Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 45
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Capítulo 45

LUKE

Estoy eufórico.

Tengo el pecho desbocado, una sonrisa tatuada en la cara y una sensación imparable de felicidad.

Abrazo a mis compañeros y a mi entrenador.

Cuando toca dar la mano a los adversarios, dejo a Cole para el final.

Él no me da un apretón formal, sino que me abraza y me aprieta contra él.

Yo hago lo mismo. A pesar de que hace diez minutos éramos adversarios, hemos dejado de serlo.

Una de las mejores cosas de ganar este título es poder compartirlo con él, aunque sea de este modo.

—Has jugado increíble, cabrón —me dice al oído—. Bedford está de vuelta.

—Gracias —respondo. De repente tengo un nudo en la garganta y no puedo pronunciar nada más.

Tampoco hubiera podido. Mis compañeros me placan y se tiran encima de mí, en una forma un poco salvaje de celebrar la victoria.

Alzamos la vista hacia la grada y vemos una marea verde festejando el título con nosotros.

Cuando empiezan a corear mi nombre, los ojos se me llenan de lágrimas por la emoción.

En un primer momento, pienso que me han perdonado. Que todas las críticas que he recibido por la temporada, todos los insultos, todas las amenazas, han sido olvidadas por fin.

Me doy cuenta de que no me importa. Me he pasado los últimos meses sufriendo las opiniones de una multitud de personas a las que ni siquiera conozco. Desconocidos cuyas sentencias no me importan.

Busco con la mirada a la gente que sí. He evitado hacerlo durante todo el partido porque no sabía cómo iba a reaccionar, porque estaba convencido de que iba a afectar a mis nervios.

Ha sido una buena decisión, pues, en cuanto poso los ojos en el reservado para ellas, el corazón se me dispara a un ritmo diferente.

Acabo de jugar el partido más importante de mi carrera y me he puesto más nervioso al descubrir a Camille saltando y abrazándose con Caden y mi hermana.

Hace semanas que no nos vemos en persona y, aunque hablamos casi a diario, no es lo mismo.

Tengo un pálpito del que no puedo desprenderme que me dice que algo extraño está sucediendo, y estoy convencido de que es por mí.

Ella me animó a aceptar esta segunda oportunidad y, joder, ha merecido la pena, pero no me olvido de cómo me fui de Harper Springs, a las horas de acostarnos por primera vez, tras una discusión y sin aclarar del todo la situación entre nosotros.

Supongo que esa conversación puede esperar un poco más, cuando mis compañeros me cogen en volandas para seguir celebrando lo que acabamos de hacer. Mañana habrá más críticas, más insultos de personas que piensen que no merecemos este título por no haberlo ganado de forma tradicional.

Pero hoy no.

Hoy lo festejamos animando a la gente del público a hacerlo con nosotros. Una ola que convierte el campo en un mundo verde. Ese mismo verde que inunda también los bosques de Harper Springs y que de repente se convierte en mi nuevo color favorito.

Un rato después, nos dirigimos al vestuario. El entrenador Sirianni nos da la enhorabuena, nos habla de lo orgulloso que está de nosotros. Me acerco a él.

—Gracias, Bedford —me dice antes de que pueda abrir la boca—. Has regresado justo a tiempo. Esta victoria es prácticamente tuya.

—Es de todos —afirmo. No es humildad, es la realidad. Sé que he jugado bien, mejor de lo que recuerdo haber jugado nunca, pero no hubiese servido de nada sin el respaldo de todo el equipo—. Tuya, el primero.

—El año que viene repetiremos el título —asegura. Me río. Habla en serio, claro. Él ya ha ganado este año, ahora tiene la cabeza en la próxima liga.

Cuando se marcha, lo primero que hago es coger el móvil de mi taquilla y sentarme en el banco. Abro la conversación con Camille, la persona con la que más me apetecería celebrarlo. Escribo un mensaje rápido, antes de que mis compañeros se me vuelvan a echar encima.

Ojalá estuvieses aquí.

Lo guardo de nuevo y me dejo arrastrar hacia las duchas.

Todo son risas, bromas y felicidad desbordándose.

Alguien me lanza una pastilla de jabón, ni siquiera veo quién, la atrapo al vuelo y la devuelvo.

El ambiente es genial mientras festejamos el título solo entre nosotros.

Muy lejos quedan aquellas caras largas y agotadas después de una temporada catastrófica.

Todos nos hemos olvidado ya de eso para dejar hueco a esta sensación.

Me tomo mi tiempo y, al regresar a la taquilla, el resto están ya casi vestidos.

—Menudo partido, capitán —me dice Carter—. Hoy te has salido.

—¡Ahora a celebrarlo igual! —exclama Davis.

Las risas, los golpes, todo se apodera otra vez del ambiente.

—¡Te esperamos fuera! —me dicen una vez empiezan a salir.

Me quedo a solas con Hurts, otro de los quaterbacks .

—¿Has gastado toda tu energía en el campo? —me ataca, bromeando—. Te mueves más lento que un perezoso.

—Todavía me queda energía para tumbarte, si quieres comprobarlo.

Suelta una carcajada y desvía la mirada un segundo. Se rostro cambia al instante. Primero hay sorpresa, después una sonrisa cargada de dobles intenciones.

—Espero que eso sea cierto —comenta y se levanta—. Tranquilo, yo te cubro.

Me giro sin entender absolutamente nada, y entonces la veo.

Ahí, parada en la puerta del vestuario, se encuentra Camille, mirándome.

—Perdón, no sabía que había más gente —se disculpa, avergonzada—. Sirianni me ha dicho que podía entrar.

—Y puedes, y puedes —suelta Hurts y me dedica una sonrisa lobuna—. Tomaos el tiempo que necesitéis. Encantado, Camille —dice de últimas antes de salir del vestuario.

No tengo ni idea de qué hace ella aquí, pero el corazón se me dispara de forma incontrolable.

—¿Acabas de colarte en el vestuario de los Eagles? —pregunto—. No sé qué pensar de nuestro sistema de seguridad.

—Me ha dejado pasar tu entrenador —responde, todavía un poco cohibida—. Tu compañero también me conocía. ¿Les has hablado de mí?

—Por supuesto. Sirianni quería saber qué me distraía tanto durante los entrenamientos, y el idiota de Hurts decía que me veía demasiado feliz como para que no hubiese una chica implicada, así que se lo conté a ambos. ¿Te molesta?

—Para nada.

—Entonces, ¿por qué sigues ahí parada?

—Estaba observando al quarterback más sexi de la NFL.

Su respuesta me arranca una carcajada. Todavía no me he vestido. Mi única prenda es una toalla que me tapa de cintura para abajo.

Me acerco hacia ella despacio, disfrutando de la sensación de ver sus ojos recorrer mi cuerpo. Me detengo a pocos centímetros y la miro, divertido.

—¿Y planeas solo mirar, o puedo besarte de una vez?

Pese a la pregunta, no espero respuesta.

Coloco las manos en sus mejillas y lo hago.

La he echado de menos estas semanas y, aun así, el beso que compartimos es más lento que urgente.

Por supuesto que noto la prisa, las ganas palpitando en la punta de la lengua, en la yema de los dedos, pero me apetece mucho más recrearme en cada instante, paladear ese sabor que llevo extrañando todos estos días, recordar el tacto exacto de su piel mientras la recorro con las manos.

La levanto sin esfuerzo para suplir la diferencia de altura. Ella enrosca las piernas alrededor de mi cintura y nos movemos juntos contra la taquilla. La toalla se me cae en algún momento, pero no me importa. Camille solo necesita bajar un poco la mirada para constatar cuánto la he echado de menos.

—Espera, para —me dice y se separa de golpe—. Estamos en los vestuarios, Bedford. En cualquier momento puede entrar alguien y…

No la dejo que continúe esa frase y vuelvo a besarla. Enreda las manos en mi pelo y me devuelve el gesto con más intensidad. Sin soltarla, rodeo la zona de las taquillas y me dirijo hacia los lavabos.

—¿Mejor? —pregunto.

Si alguien entra ahora, no nos verá directamente.

Camille no responde y me besa con vehemencia. Abre las piernas para que me coloque en medio. Lleva toda la ropa puesta, pero el simple roce ya me enciende. Entre los dos nos deshacemos de cada una de sus prendas y las dejamos caer al suelo.

—Nos están esperando —murmura, sin llegar a separarse del todo—. Nuestros hermanos y Caden.

—Pueden esperar un poco más —replico. Me la sujeto con una mano y llevo la punta a su entrada—. Mierda, no tengo preservativos —caigo de pronto.

Ella me sonríe y recupera uno del bolsillo trasero de su pantalón.

—¿Siempre llevas un condón en el bolsillo? —pregunto bromeando.

—He aprendido este truco de alguien que conozco.

Me río, se lo arrebato y me lo pongo enseguida.

—Chica lista.

—No han sido ni tres semanas —comenta, divertida. Se acomoda un poco sobre el lavabo y se aprieta más contra mí, jadeando cuando lo hace.

—Ha sido mucho más tiempo del que crees —confieso sin querer. Porque no hablo solo del tiempo que ha pasado desde que nos acostamos en la cabaña, sino de todos los instantes que han compuesto mi vida desde la primera vez que me di cuenta de que Camille era algo más que la hermana de mi mejor amigo.

Ella coloca las manos en mi culo y me empuja contra ella, haciéndome entrar de golpe. Los dos gemimos a la vez.

Y, a pesar de que acabo de ganar el partido más importante de mi vida, el mejor recuerdo de esta noche y este vestuario lo creamos juntos.