Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 44
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Capítulo 44

CAMILLE

No puedo creerme que por fin estemos aquí.

—¿Puedo ir a jugar mientras? —pregunta Caden—. En esas mesas de allí.

—Sí, pero no te alejes más.

Estamos en la cafetería del hotel en el que se aloja Cole.

Hailey ha venido a recogernos al aeropuerto después de que hayamos volado a California por primera vez.

Este año la final se juega en el Levi’s Stadium de Santa Clara y mi hijo no puede estar más emocionado.

Se ha puesto la camiseta de los Eagles y una gorra y una bufanda de los Bills.

Todavía no hemos visto ni a mi hermano ni a Luke, por eso estoy aprovechando para ponerme al día con mi cuñada.

—Quizá me tome un pequeño descanso cuando termine este libro —me comenta, después de contarme las últimas novedades de su carrera literaria—.

Desde que empecé, he ido solapando una historia con otra y con otra y necesito un respiro.

Cargar las pilas para descubrir qué me apetece escribir ahora, no sé.

—Me parece una decisión muy sana. Hay que priorizarse a una misma —respondo. Creo firmemente en estas palabras, aunque a menudo me cueste aplicármelas—. ¿Qué vas a hacer?

—Preparar una mudanza a Búfalo, para empezar —afirma con una sonrisa.

—No sé si puede considerarse descanso entonces —bromeo—. Si podemos ayudaros, ya sabes que estamos para lo que necesitéis.

—No te preocupes, no será tanto. Solo voy a mover ropa y mi ordenador. Ni siquiera me lo llevaré todo, pues no voy a abandonar el piso de Nueva York. He quedado con Jenna en que la visitaré todos los meses.

Me gustan esos detalles. El hecho de que, aunque se vaya a vivir con su novio, todavía quiera seguir pasando tiempo con Jen.

A veces siento que la vida en pareja te hace renunciar a algunas cosas.

No a la amistad en sí, pero quizá a momentos que ya no vas a vivir con tu mejor amiga.

Supongo que es el ritmo natural, que de todos modos vas a perderte otras cosas, por eso me parece importante intentar mantener un equilibrio.

—¿Y tú? ¿Qué tal va todo por Harper Springs? —se interesa. Mi gesto tiene que reflejar todo lo que siento, porque no me da tiempo ni a responder—. ¿Qué ha pasado? No intentes engañarme, acabo de verte la cara.

Desvío la mirada hacia Caden. Está sentado en el suelo, hablando con un par de niños que también visten la camiseta de los Eagles.

Suspiro y, cuando vuelvo la vista hacia Hails, no escondo la derrota ni todos esos sentimientos que me he estado esforzando por apartar.

—Villa Ruina se ha venido abajo —suelto sin rodeos—. Literalmente.

Ella se queda inmóvil, con la cucharilla de su café suspendida en el aire.

—¿Cómo que se ha venido abajo?

—Hubo una tormenta especialmente fuerte. El tejado cayó en parte del salón. Es un desastre —resumo—. No es algo que pueda arreglar ahora, ni en un futuro próximo. Voy a posponer la inauguración, pero no pasa nada. Retomaré la obra cuando me sienta con más fuerza.

—Cami…

—No puedes contárselo a nadie —la interrumpo antes de que hable—. Ni a Cole ni a Luke. Ellos hoy se juegan demasiado y, pase lo que pase después, su preocupación no tiene que ser mi hotel. Yo misma se lo diré, pero más adelante.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Cuándo fue? ¿Por qué no me dijiste nada?

—No quería preocuparos.

Le cuento cómo fue todo y mis motivos para mantenerlo en secreto. Hailey me escucha con atención y cariño, dándome unos ánimos que me ayudan a sentirme mejor.

—Van a enfadarse cuando lo descubran —me dice al final.

—Me parece justo —admito.

Voy a añadir algo más, pero entonces todo un dispositivo policial se pone en marcha y me imagino lo que va a pasar. Hago un gesto a Caden para que se acerque y obedece enseguida.

Los Bills se alojan en este hotel y van a salir hacia el estadio. Distingo a Cole entre la multitud. Se sale de la fila para venir a darnos un abrazo a Caden y a mí.

—Siento no tener más tiempo, pero nos vemos cuando acabe el partido.

—No te preocupes. Mucha suerte.

Le da un beso rápido a Hails y vuelve con los suyos.

Pagamos la cuenta y salimos hacia el estadio.

El ambiente es ensordecedor incluso antes de empezar el partido. La gente se agolpa fuera para animar a sus respectivos equipos. Caden está emocionado, señalándolo todo y dando datos aleatorios sobre cualquier cosa que ve.

—Esto es más grande que en la tele —comenta sin parpadear.

—Tienes razón. No te separes.

Dentro, todo es aún más exagerado. Las luces, las pantallas, la música, las camisetas verdes o azules de los hinchas. Tenemos asientos en una zona privilegiada, cortesía de mi hermano, así que nos dirigimos hacia allí.

Nos encontramos con Cole cerca de la zona restringida. Se le ve serio y concentrado, pero cuando ve a Caden se le afloja un poco la expresión.

—¿Preparado para disfrutar del mejor partido del año? —pregunta a su sobrino.

—¡Sí!

—Que sepas que vamos a ir a por todas, aunque vayas con el otro equipo —afirma Cole con tono bromista.

—Si ganas tú también voy a estar contento, pero es que tú ya ganaste el año pasado. No creo que haya que abusar.

Mi hermano se ríe y le revuelve el pelo.

Hablamos lo justo. Comentarios rápidos sobre el ambiente, sobre lo increíble que es estar aquí, deseándole suerte. Antes de irse, me mira un segundo más de lo habitual.

—¿Todo bien?

—Todo bien —miento sin esfuerzo. En las últimas horas, me he hecho profesional en la materia.

Hailey, Caden y yo buscamos nuestros asientos y, entonces, lo veo.

Luke está en el campo, rodeado de jugadores de los Eagles.

Viste esa camiseta verde que le queda especialmente bien.

Tiene el casco puesto, pero lo distingo sin problemas.

No por el apellido en la espalda, ni por el brazalete de capitán, ni siquiera por el número 27, sino porque conozco su silueta a la perfección.

No sonríe, sino que se muestra serio, decidido. Da indicaciones a otros jugadores, escucha, asiente. Se nota que está centrado, convencido.

—Ahí está —dice Caden a mi lado. Se pone de pie en el asiento para observarlo mejor.

Luke no nos ve, pero no pasa nada.

—¡Ya empieza! —grita el pequeño.

Y no sé muy bien por qué, pero los latidos se me disparan.

El rugido del estadio nos envuelve cuando los jugadores se colocan para el saque inicial. Siento la vibración bajo los pies, como si el suelo también estuviese nervioso. Caden aprieta mi mano con fuerza, sin dejar temblar. Incluso Hailey, sentada al otro lado, mueve la pierna sin cesar.

El partido comienza intenso desde el sonido del silbato.

Los Bills avanzan rápido en la primera posesión, sólidos y precisos.

Conozco su juego desde hace años y aprecio los cambios que ha hecho Cole como segundo entrenador.

Los noto en detalles, en pequeñas decisiones y ajustes.

Cuando anotan, el sector azul del estadio estalla en vítores.

Yo aplaudo también, aunque el corazón me da un vuelco.

A mi lado, Hails grita y lo celebra por todo lo alto.

—¿Vas con el tío Cole? —le pregunta Caden.

—¡Claro! ¿Tú vas con el tío Luke?

—¡Sí! Bueno, con los dos.

—Gane quien gane, lo vamos a celebrar todos juntos.

—¡Sí!

—Esto acaba de empezar, aún queda mucho por delante.

Los Eagles recuperan el balón y Luke entra en escena de verdad.

No es el Bedford de hace unas semanas, cuando nada le salía bien y todo el mundo creía que estaba lesionado.

Tampoco el de la temporada pasada, que sacaba jugadas de la manga para anotar más puntos.

Este es todavía mejor. No tiene nada que ver con nuestra relación, de verdad es el mejor quarterback que conozco.

Es capaz de coger la pelota, leer toda la jugada en apenas una milésima de segundo, y pasársela al compañero mejor colocado para ganar unas yardas.

Examina el campo como si lo tuviese dibujado en la mente.

Completa un pase largo que nos pone en pie a los tres.

Caden grita su nombre con todas sus fuerzas.

—¡Es mi tío! —exclama orgulloso—. ¡Mi tío!

Empatan el marcador y el partido se vuelve una lucha constante.

Puntos arriba, puntos abajo. Touchdown de los Bills, respuesta inmediata de los Eagles.

Las pantallas gigantes repiten jugadas espectaculares: una recepción imposible en la banda, un placaje brutal que corta un avance prometedor y hace que le tape los ojos a Caden, una carrera de Luke que arranca nuevas yardas cuando parecía no haber hueco. La gente vibra de la emoción.

—Está jugando increíble —murmura Hailey, sin apartar la mirada de su hermano—. ¿Cómo lo ha conseguido en tan poco tiempo?

—Harper Springs tiene un poder sanador —respondo con una sonrisa.

Ella asiente y sonríe también.

—Sí que lo tiene.

La imagino pensando en su propia historia, en la de Cole. Solo un instante. Después, las dos devolvemos la atención al campo.

Luke está en todas partes. Lidera, anima, empuja a los suyos cuando algo falla. Incluso desde aquí noto que está disfrutando, que está luchando por la victoria.

Y por la promesa que le hizo a Caden.

Llegamos al descanso con el marcador empatado. El estadio es un hervidero de nervios. Me duele la mandíbula de apretarla tanto. Caden no para de hablar, repasando las mejores jugadas como si fuera un comentarista profesional.

Estamos los tres tan agitados, que ni siquiera podemos disfrutar del todo del espectáculo del descanso.

Wandering Souls da un concierto increíble y llamativo.

La gente baila y vive sus temas. Hails y yo hacemos algún comentario sobre lo guapo que es el cantante y recordamos cuando lo conocimos en Nueva York.

La segunda parte es aún más dura. Los Bills se adelantan otra vez y el miedo se me instala en el pecho. Voy a estar feliz también si gana mi hermano, por supuesto, pero no puedo controlar las reacciones corporales y, si siento esto, es porque creo que Luke lo merece más esta vez.

Veo a Cole en la banda, concentrado, serio, sin dejar de dar órdenes. A su lado, Aaron hace lo mismo. Entonces, en una jugada clave, Luke se escapa por el lateral, esquiva a dos defensas y avanza lo suficiente para cambiar el rumbo del ataque.

—¡Vamos, tío Luke! —grita Caden, saltando desde su asiento.

Último cuarto.

Todo sigue igualado.

La tensión se respira en el ambiente. Quedan pocos minutos y nadie parece respirar. Los Eagles tienen el balón. Luke dirige el ataque con una calma que asombra. Pase corto, carrera. Avances milimétricos y el reloj sigue corriendo.

Luke lanza un último pase. Tan perfecto, tan preciso, tan directo a las manos del receptor en la zona de anotación, que sé que ese gesto pasará a la historia del fútbol americano. Me pongo en pie de un salto. El touchdown sube al marcador y el estadio estalla en un rugido ensordecedor.

Los Bills tienen una última oportunidad, pero la defensa de los Eagles aguanta. El tiempo se agota. El pitido final suena y el estadio vuelve a rugir mientras el color verde se apodera del ambiente.

—¡Han ganado! ¡Han ganado! —grita Caden, abrazándome.

Luke está en el centro del campo, rodeado de sus compañeros. Se quita el casco, alza los brazos y sonríe. Una sonrisa auténtica, cargada de felicidad.

Busco a Cole al otro lado. Está más serio. Sin embargo, al fijarme con más detalle, lo veo sonreír también. Ha ido con todo y han intentado ganar, pero no puede esconder la alegría que siente por su mejor amigo.

—¡Te dije que cumpliría su promesa! —exclama Caden.

—Siempre las cumple —afirma Hails—. Venga, vamos a ver si podemos llegar hasta ellos.

Los ojos de Caden se abren de pura sorpresa y se ríe, eufórico. Este va a ser uno de los mejores días de su vida y, a pesar de todos los problemas que he dejado en casa, creo que también lo será de la mía.