Capítulo 39
LUKE
Los días se han convertido en una locura desde que llegué a Filadelfia.
El entrenador Sirianni está más motivado que nunca.
Ha intensificado los entrenamientos. Nos impone horas de descanso.
No dejamos de ver partidos y partidos de los Bills para aprendernos sus jugadas y poder contraatacarlas.
Esta segunda oportunidad es un regalo que no quiere desaprovechar, a pesar de que partimos en desventaja.
Los Búfalo Bills solo tienen que jugar la final de la Super Bowl , pues ya se han labrado su camino hasta ahí.
Nosotros no. Antes tenemos que ganar los nuevos playoff .
El primer partido es contra los Broncos y, si ganamos, nos enfrentaremos al que resulte victorioso del otro lado.
Son dos partidos antes de tener que jugar contra los Bills.
Por mucho que Sirianni nos obligue a descansar, vamos a llegar en peores condiciones físicas que nuestros contrincantes.
La prensa deportiva está que arde estos días, disfrutando de una temporada que será siempre recordada por lo inusual que resulta.
Las especulaciones, los rumores, todo está en alza, sobre todo, las críticas.
Hay gente que se opone a las sanciones tan fuertes a los equipos implicados, otros defienden el castigo para dar ejemplo.
Cuando enciendo la televisión, justo están hablando de este tema.
Aaron Brady, el entrenador de los Búfalo, aparece en una rueda de prensa, con varios micrófonos apuntándole de cerca. A su lado, Cole Jenkins se mantiene tranquilo y en silencio. Todavía se me hace raro verlo así, vestido con un traje chaqueta en lugar de con la ropa deportiva.
—¿Considera justa la decisión? —pregunta una periodista—. Todos estos equipos ya fueron eliminados de la competición.
—He escuchado los rumores —responde Aaron, de forma educada—.
Hay quien opina que deberían darnos la victoria directamente, pues no es nuestra culpa que descalificaran a los Chiefs.
Sin embargo, de hacerse así tendríamos el trofeo, pero no la sensación de haberlo ganado.
La Super Bowl es el mejor evento deportivo de nuestro país.
Merece ser jugada. No nos importa que concedan una segunda oportunidad a equipos ya eliminados.
Tienen que buscarnos un rival para que podamos ganarnos el título.
—¿Crees que los Bills ganarán la competición?
—Por eso vamos a luchar. Lo que no voy a consentir es lucir un trofeo que no nos hemos ganado. Si esa copa se viene a nuestra vitrina, será después de que machaquemos al equipo contrario en el campo.
—¿Tiene algún favorito? —indaga un hombre—. ¿Contra quién prefiere enfrentarse?
Las cámaras enfocan a Cole, haciendo un primer plano de su cara. Sé por qué lo hacen, al igual que ellos.
—No me importa el rival —responde de manera diplomática—. Vamos a ir con todo, sea quien sea.
—¿Y usted, Jenkins? ¿Cabe la posibilidad de que se enfrente a Bedford? Nunca ha jugado contra su mejor amigo un partido tan importante. ¿Tiene el corazón dividido?
—Los Eagles siempre serán una parte importante de mí, pero ahora soy entrenador de los Bills. Quiero repetir el título y volver a ganar la Super Bowl . Luke, si estás viendo esto, que sepas que vamos a machacarte en el campo, aunque para eso tienes que llegar.
Suelto una carcajada cuando lo veo sonreír. Está intentando picarme, darme un incentivo para que gane.
Apago la tele y cojo el móvil para mandarle un mensaje.
Vamos a llegar.
No escribo nada más, pero sé que va a entenderlo.
Me recuesto en el sofá y aprovecho para revisar los mensajes.
Busco primero el chat con Camille. Se me hace extraño.
Hemos pasado de vernos todos los días a hablar en momentos esporádicos.
Ni siquiera mantenemos una conversación fluida, pues respondemos en distintos momentos del día.
Yo estoy volcado con el deporte y ella va hasta arriba.
Caden, la reforma… Es complicado coincidir.
Esto es algo que no habíamos pensado ninguno de los dos y, ahora, debido a las circunstancias, lo estamos probando de primera mano.
Mi vida está en Filadelfia. Los Eagles han sido mi equipo desde que me hice profesional y mi intención es retirarme con ellos.
Llevo años aquí y, aunque no lo considero un hogar, sí me siento cómodo.
La vida de Camille, en cambio, está en Harper Springs.
Jamás se me ocurriría pedirle que se mudara por mí.
Ella tiene a Caden, el proyecto en el que lleva años trabajando…
Hay más de dos mil millas entre su ciudad y la mía.
Nunca he tenido una relación a distancia, no sé cómo sería.
Lo que tengo claro es que, al final, soy yo quien deberá ceder.
Sin embargo, son cosas en las que no puedo pensar demasiado.
Mi prioridad ahora es la promesa que le hice a Caden.
Voy a intentar ganar la Super Bowl .
Leo los últimos mensajes de Camille con una sonrisa en los labios.
A pesar de todo, de la incertidumbre sobre nuestro futuro, del agotamiento físico y mental después de las jornadas intensas de entrenamiento, estos momentos son mis favoritos del día.
Cuando por fin puedo relajarme, coger el móvil y saber un poco más sobre ella.
La obra va bien, un poco más lenta de lo que me gustaría. El pueblo de la lluvia está haciendo honor a su apodo y llevamos unos días sin tregua, así que no he podido avanzar mucho.
No te preocupes, lo podemos recuperar.
Caden está muy contento. No para de presumir de que sus tíos son los mejores.
Se ha convencido de que llegarás a la final, pero también está nervioso y expectante.
No se quita la camiseta firmada que le regalaste, hasta quiere dormir con ella.
Me cuesta todos los días convencerlo para que se acueste con el pijama.
El otro día te vi un poco entrenando, cuando lo televisaron.
Estás muy sexi con esa ropa.
La sonrisa se me ensancha al leer el último mensaje. Empiezo a responder, aunque no sigo el orden de los suyos.
Mañana te mandaré una foto, para que puedas verme sexi siempre que te apetezca.
Me detengo, porque la veo en línea, escribiendo. El corazón se me acelera al instante. Aquí son las once de la noche, allí todavía las diez. Imagino que ha dormido a Caden hace poco y ahora estará exhausta después de un día muy intenso, pero relajada por fin.
Maldita sea, tendré que esperar hasta mañana.
El gif de una niña llorando de forma dramática me arranca una carcajada.
Mañana tienes el primer partido, no? Estaremos viéndolo. Mucha suerte!
Me quito la camiseta y, recostado como estoy en el sofá, me hago un selfie . Enfoco a la cara, pero dejo que se vea también el torso desnudo. Le envío la imagen.
No es el uniforme, pero así no tendrás que esperar a mañana.
Añado un emoticono guiñando el ojo.
Empieza a escribir algo y lo borra. Lo hace hasta tres veces en las que miro la pantalla, expectante. ¿Me he pasado? Ha sido una broma, aunque quizá le haya sentado mal. O puede que Caden se haya despertado y haya dejado la frase a medias.
Entonces, recibo una videollamada. Descuelgo al instante y veo a Camille, acostada en la cama, tan preciosa como siempre.
—Eso quiero verlo en directo —me dice. Lleva puestos unos auriculares y habla bajo para no despertar a Caden.
Vuelvo a reírme y giro la cámara del móvil para enfocarme el pecho.
—¿Satisfecha?
—Más o menos.
—¿Qué más necesitas ver? Quiero complacerte.
—No es ver, necesito tocarlos —bromea y sonríe.
Yo sonrío con ella.
—¿Y tú? —pregunto, con la voz más ronca.
Ha pasado una semana desde que Camille y yo nos acostamos por primera y única vez. Ahora está en la cama, yo estoy en el sofá, y, aunque nos separe un país entero, quizá podamos recortar un poco esa distancia gracias a la tecnología.
—Yo no tengo abdominales, no creo que pueda enseñártelos —replica.
—Pero podrías enseñarme otra cosa —le pido.
Me siento extraño y, a la vez, valiente. Camille se sonroja enseguida, solo un instante, antes de esbozar una sonrisa que me desarma por completo.
—¿Me estás proponiendo sexo a distancia? —pregunta sin rodeos—. Porque nunca he hecho algo así. No sabría ni cómo empezar.
—Yo tampoco lo he hecho —confieso—. Y no creo que haya una guía. De todas formas, no tenemos que hacer nada que no te apetezca…
—Yo no he dicho eso —me interrumpe—. Solo que no sé hacerlo.
—Claro que sabes. ¿Qué me harías ahora mismo si estuvieses aquí, conmigo en este sofá?
—Estaría tumbada encima de ti, besándote. Primero en la boca, porque te echo de menos y me gustaría volver a saborearte, pero después bajaría por el cuello, lamiéndote.
—Joder, Camille —casi gruño—. Creo que sí se te da bastante bien.
—¿Qué me harías tú? —me pregunta, provocativa.
—Lo primero, sin duda, te quitaría ese pijama para poder tocarte.
Ella obedece y se deshace de su ropa. Se queda destapada para que pueda verla.
Se levanta y coloca el móvil en algún sitio fijo.
Después, vuelve a tumbarse en la cama, esta vez sobre las mantas.
La veo un poco más lejos que antes, pero es un encuadre perfecto, porque sale ella entera, apoyada sobre sus rodillas y erguida, con una lencería negra que solo le tapa la parte de abajo. El resto de su cuerpo está expuesto.
—Joder —repito—. A la mierda el móvil. Voy a mirar un vuelo para ir allí ahora mismo.
Camille se ríe, pero no lo digo del todo de broma. Ahora sí que necesito tocarla, besarla, acariciarla.
—No seas idiota, Bedford, los dos sabemos que eso no puede ser. Entrenas dentro de ocho horas.
Tiene razón, claro. Por desgracia, eso no hace que las ganas disminuyan.
—Lo que sí puedes hacer es ayudarme a tocarme yo misma, como si lo hicieses tú.
A pesar de que el móvil está más lejos, la oigo perfectamente gracias a los auriculares. Sigue hablando en susurros, que ahora me parecen muy sensuales. Cierra los ojos. El pelo cae por delante, tapándole un pecho. Me fijo en el otro.
—Quiero que te acaricies —le pido, casi una súplica. Camille obedece en el acto. Lleva una mano a su vientre y comienza a subir, despacio, muy despacio—. Ahora mismo te tocaría el pecho. Lo apretaría con ganas, jugaría con tu pezón un poco antes de metérmelo en la boca.
Gime cuando se acaricia del modo en el que le digo. Sin dejar de mirarla, bajo mi mano para tocarme también, solo que yo soy más directo. La tengo durísima al rodearla con los dedos. Comienzo con un movimiento lento, subiendo y bajando, subiendo y bajando.
—Te sujetaría la otra mano y me llevaría dos dedos a la boca, para lubricarlos antes de que empezaras a tocarme —continúo.
Camille se chupa los dedos y siento la polla palpitándome de puro placer, así que aprieto más con la mano para intensificar el movimiento—.
Y después te tocaría ahí abajo. Te masturbaría despacio, sin dejar de besarte, de morderte en el hombro, en el cuello, en las tetas, y lo haría cada vez más rápido, guiándome por tus respiraciones aceleradas y esos gemidos en mi oído.
Sí, justo esos —puntualizo cuando empieza a jadear.
Sigue con los ojos cerrados, sin dejar de acariciarse y explorarse con los dedos. Y, aunque me encantaría estar ahí con ella, esto me está resultando más morboso de lo que esperaba. Me encanta ver cómo se toca a sí misma mientras imagina que soy yo quien la lleva al clímax.
Acelero el ritmo también, pues apenas puedo contenerme más. Mis gemidos, más sonoros, se mezclan con los suyos, más amortiguados. Me la sujeto con más fuerza y muevo la mano con más intensidad, casi con violencia.
—Quiero que te corras —le pido, casi una orden—. Quiero que…
No termino la frase, porque me centro en el momento exacto en el que Camille se va del todo.
Abre los ojos de golpe, como si quisiese que le viese la cara en este instante, y se deja caer contra el colchón.
Me corro con esa imagen. Aprieto la mandíbula y se me tensan todos los músculos mientras descargo sobre mi propio abdomen.
La escucho inspirar y espirar despacio, normalizando su respiración, hasta que se incorpora para coger el móvil y vuelvo a tener su cara en primer plano.
—Buenas noches, Luke —se despide, sin añadir nada más.
Y supongo que no hace falta decir nada, que lo que acabamos de hacer ya habla por sí solo.
—Buenas noches, Camille —me despido también.
Sirianni va a matarme por saltarme las horas estipuladas de descanso, pero no me importa en absoluto porque ha merecido la pena cada segundo.
Además, esto me ha motivado más aún, si cabe.
Necesito cumplir la promesa que le hice a Caden, no solo por él, sino por ver la sonrisa de Camille cuando vea la felicidad de su hijo.