Capítulo 36
LUKE
He construido los cimientos en los que se basan mis principios centrados en dos cualidades fundamentales: la lealtad y la protección. Todo lo que hago, todo lo que soy, se rige por esos dos factores.
Cuando te crías como yo, con ese sentimiento de culpa que fue creciendo conmigo, con ese miedo atroz a volver a perder a alguien cercano, a quedarme solo, a ser el responsable de otra muerte, es inevitable que se convierta en una parte de tu personalidad.
Hice terapia siendo adulto, sané mis traumas, pero hay cosas de mi carácter que ya no puedo cambiar.
Por eso siempre me he considerado, ante todo, una persona leal y protectora.
Al menos, con las personas que más me importan en la vida, que son Hailey y Cole.
Sin embargo, han bastado tres palabras de Camille para pulverizar esos cimientos hasta convertirlos en polvo, en algo insignificante.
—Puedes cogerlo todo.
Y lo demás desaparece, porque necesito cogerlo todo.
Sin pensar en nada más, sin que me importe nada más, me lanzo a besarla.
Dejo las manos en sus mejillas y me apodero de su boca con todas las ganas contenidas durante estos meses.
La beso por todas esas veces que he deseado hacerlo y me he reprimido.
Por esta tarde, cuando la he visto romperse delante de Caden y solo quería arrancarle de cuajo ese dolor.
Por unos minutos antes, cuando se ha resistido por no llorar delante de su hijo.
Por anoche, cuando me hundí en el agua como un cobarde para no afrontar lo inevitable.
Por el momento durante el baile del festival de la Herencia de la Primavera, cuando las ganas casi vencen.
Por los segundos que tuve que mantener la respiración durante la búsqueda del tulipán dorado, porque sentía que perdía los sentidos y necesitaba devorarla.
Por el instante que compartimos mientras hacíamos el cartel del festival de la Herencia de la Primavera, cuando me conformé con rozar el tulipán de su oreja, pero en realidad lo que quería era tocarla a ella.
Incluso por otras, que no sabía que existían hasta ahora.
Como cuando nos vimos en Nueva York y me quedé sin habla, o como el día que inauguró Villa Ruina y yo me presenté por sorpresa, porque era incapaz de perderme ese momento de su vida.
O aquella vez en Acción de Gracias en la que estaba preciosa con un vestido negro y me imaginé haciéndole cosas prohibidas.
O esa otra, hace ya años, en la que nos encontrábamos en una fiesta y yo la miré como no debía, y permití que terminara ligando con otro hombre por no asumir la realidad.
Los sentimientos se van desbloqueando poco a poco, como si los hubiese tenido recluidos sin darme cuenta de ello, porque era más sencillo negarlos que aceptar lo que sentía por la hermana de mi mejor amigo.
Quizá por eso me enfadé tanto con él cuando empezó con Hailey, porque él sí se atrevió a apostar por ella, mientras que yo guardaba mis impulsos por no perjudicar nuestra amistad.
No me he dado cuenta hasta ahora, hasta que he destruido mis barreras y he permitido que Camille las atraviese todas.
La beso con todas las ganas que tengo ahora, pero también con todas esas ganas que he tenido antes, movido por la desesperación y el deseo.
Y cuando ella suelta un gemido contra mi boca, esas ganas se vuelven todavía más intensas.
Bajo las manos hasta la parte trasera de sus muslos y la levanto sin esfuerzo para sentarla sobre la encimera.
Nuestras lenguas se buscan y se exploran, como si ya se reconocieran.
Como si se pertenecieran. Huele a vainilla.
Sabe a dulce y a vino blanco. Camille me acaricia el torso con las manos y las deja en la parte baja de mi espalda.
Cuando me aprieta contra ella, se me escapa un gruñido desde lo más profundo de la garganta.
—¿Estás segura? —Me he separado poco, lo necesario para mirarla a los ojos y convencerme de su respuesta.
—Te he dicho todo, Luke. Todo.
Sus palabras me tientan, pero es su mirada lo que me termina de enloquecer.
Me hago hueco entre sus piernas y me acerco más a ella para volver a besarla, con más ahínco ahora.
Llevo las manos desde sus mejillas hasta los brazos y los acaricio con lentitud, con delicadeza, hasta que llego a sus muñecas y se las levanto por encima de la cabeza.
Las apoyo en alto contra el cristal del mueble de la vajilla.
Camille jadea en mi boca cuando profundizo aún más el beso, cuando me pego a ella para sentirla más cerca.
Sujeto sus muñecas con una única mano para liberar la otra.
La bajo a su pierna para acariciarla con una lentitud deliberada, subiendo desde el muslo.
Camille se estremece con el contacto. Me observa con la súplica en la mirada, rogándome que no me detenga.
Cuelo la mano por debajo de la tela y, en el instante en el que mis dedos rozan su ropa interior, echa la cabeza hacia atrás y gime con los ojos cerrados.
Ese es el momento en el que termino de perder el control.
Aprovecho su postura para besarle el cuello, para saborear su piel.
Sus jadeos se hacen más fuertes. Lucha para liberarse las muñecas, pero no se lo permito.
Me gusta tenerla así y ella también está disfrutando.
Aparto sus bragas a un lado y la acaricio.
Hago círculos en su zona sensible y froto mis dedos, masturbándola con lentitud.
Está tan húmeda que resbalan con facilidad cuando la penetro con ellos.
Subo la boca desde el cuello hasta el lóbulo de la oreja y dejo ahí un pequeño mordisco.
Su respiración se hace más sonora mientras la sigo acariciando, mientras exhalo con fuerza en su oído y le provoco un escalofrío. Dejo el pulgar en su clítoris. Sé lo mucho que le está gustando cuando empieza a restregarse contra mí con urgencia.
Me la noto durísima contra el pantalón, pero estoy disfrutando demasiado como para no querer continuar así, excitándola tanto.
—¿Te gusta esto? —murmuro en su oído, sin dejar de masturbarla.
Quiero cerciorarme. Quiero saber exactamente lo que necesita, porque lo que yo necesito es dárselo todo.
Se limita a asentir, incapaz de responder con palabras.
Los gemidos escapan de sus labios cada vez más altos y continúa intentando liberar sus muñecas.
Soy yo quien las suelta. Le tapo la boca con la mano, consciente de que le preocupa que nos oiga Caden.
Ese niño duerme como un tronco, pero si quiere amortiguar el sonido, entonces yo también quiero.
Me muerde la palma para amortiguar el sonido y siento una descarga de placer directa a la entrepierna.
Camille se agarra con fuerza a la encimera de la cocina y yo introduzco un tercer dedo.
Acelero cuando siento que ella hace lo mismo contra mi mano, como si se la estuviese follando.
Mantengo el ritmo que me pide, sin dejar de acariciarla con el pulgar.
Muerde con más fuerza para evitar que los gritos que se le escapan suenen más altos, aunque ya no consigue silenciarlos del todo.
No me hace daño. Al contrario, me pone esta parte de ella.
Apenas un instante después, sus músculos interiores se tensan y me aprieta los dedos, descargándose en una oleada de placer.
Abre los ojos y me choco de bruces contra ellos. No quiero pensar en todo lo que me hacen sentir, en la forma en la que se me encoge el pecho cuando descubro a Camille tan vulnerable, justo después de haberse corrido en mis dedos.
—Vamos a la cama —me pide, casi una orden—. No quiero despertar a Caden.
Como si ella fuese mi ama y yo su siervo, obedezco. La cargo sin dificultad y la llevo al dormitorio. Por el camino volvemos a besarnos. Le aparto el pelo para poder lamerle el cuello y el hombro. Ella cuela una mano entre nosotros y me acaricia el torso, el vientre, y sigue bajando y bajando…
Gruño contra su piel cuando me la rodea con los dedos y ejerce la presión perfecta antes de empezar a moverse.
—Joder… —se me escapa.
Llegamos al dormitorio y la dejo sobre el colchón. Se quita la camiseta y la lanza al suelo. Hace lo mismo con el sujetador y las bragas, con prisas por desnudarse y continuar esto donde lo hemos dejado.
A pesar de que las ganas de perderme en ella me hierven en la piel, me tomo un instante para observarla. Quiero retener esta imagen en mi memoria y conservarla para siempre. Se incorpora para venir hasta mí y coloca las manos en mis caderas. Las desliza hacia las ingles con una lentitud casi cruel.
—Todo —me recuerda y, cuando me mira con ese anhelo, consigue que reaccione.
Me deshago de la ropa y la empujo contra la cama. Cae de espaldas y, mientras me acerco para colocarme encima, me repasa de arriba abajo.
—Es que estás buenísimo —me suelta.
Se me escapa una carcajada.
Dejo mi mano en su melena, totalmente despeinada, y tiro de ella hacia mí.
En cuanto nuestras bocas se encuentran, me apodero de la suya y la beso con ganas, con un ansia incontrolable.
Nuestras lenguas se tantean con avidez, intentando memorizar el sabor del otro.
Camille cae de nuevo en la cama y yo caigo encima de ella.
Sube las caderas para restregarse contra mí y el simple roce me quema.
Me separo de golpe para volver a mi pantalón.
—¿Siempre llevas un condón en el bolsillo? —me pregunta, divertida.
—¿Preferirías que no lo llevara?
No responde con palabras. Me quita el preservativo de las manos y rasga el envoltorio.
Creo que podría correrme ahora mismo, mientras me lo coloca ella sin apartar la mirada de mí.
De todas las facetas que he ido conociendo de Camille, esta es sin duda la que más me sorprende.
No el hecho de que no sea pudorosa, sino que no lo sea conmigo .
Porque esto no es sexo cualquiera con una persona cualquiera.
Somos Camille y Luke y eso ya significa algo.
Quizá le pase como a mí y no quiera pensar en ello ahora mismo.
Quizá estemos los dos postergando las consecuencias, movidos tan solo por un irrefrenable impulso que nos lleva a querer explorarnos en otros sentidos.
—Entra —me urge, y yo obedezco en el acto porque ahora mismo haría cualquier cosa que me pidiera.
La penetro de golpe, de un empujón que me lleva hasta el fondo y nos hace gemir a los dos. Apoyo los codos a ambos lados de ella y sigo moviéndome, a un ritmo cada vez mayor.
Gira sobre la cama para quedar encima y esta postura es infinitas veces mejor.
Sentada sobre mí, la visión es gloriosa.
Dejo las manos en sus caderas. Ella pone las suyas en mi pecho.
Comienza a cabalgarme despacio, buscando la cadencia que más le hace sentir.
Yo la memorizo de nuevo. Su pelo cayendo de forma salvaje por su pecho.
Sus mejillas rosas. Su boca entreabierta por la que se escapan constantes jadeos.
Me doy cuenta de que no voy a aguantar nada así. Llevo tanto tiempo deseando esto, aun si me lo he negado a mí mismo, que me cuesta no dejarme llevar del todo por el placer.
La sujeto con fuerza para obligarla a que baje el ritmo.
—Más despacio —pido. Si quiero que esto dure, y por supuesto que quiero, necesito recuperar el control.
Camille se lo toma al pie de la letra y se mueve con una lentitud deliberada, torturándome cada vez que entra y que sale, que se restriega sobre mí. Porque lo hace despacio, pero también profundo, haciendo que la note en cada una de mis terminaciones nerviosas.
Cierro los ojos un segundo, apretando la mandíbula e intentando no perderme en la sensación. Es demasiado. Demasiado intensa, demasiado real.
—Si sigues así… —admito en un susurro ronco.
Deja escapar una risa suave y no se detiene. Al contrario. Mantiene ese ritmo exasperante, como si supiera exactamente lo que está haciendo conmigo, como si llevara años aprendiendo a desarmarme.
Abro los ojos y me encuentro con los suyos fijos en mí.
Ambos podemos jugar a esto, porque no estoy dispuesto a que termine tan pronto.
Deslizo las manos desde sus caderas hasta sus pechos, recorriendo su piel despacio, dejando que se estremezca bajo mis dedos.
Los acaricio despacio, los aprieto. Apoyo una mano para que me ayude a incorporarme y sustituyo los dedos por la boca.
Camille jadea cuando me meto el pezón en la boca y lo lamo y succiono.
Me agarra del pelo y me separa de ella, solo para buscarme. Nuestras bocas chocan, deseosas por encontrarse de nuevo. Camille no deja de moverse sobre mí, con las rodillas sobre el colchón y sus brazos cruzados tras mi nuca.
—Joder, Luke… No pares… —jadea.
Mi nombre en sus labios me estremece.
Arquea la espalda hacia atrás, haciendo que note de forma más profunda cada nuevo roce. Hasta que el ritmo se vuelve frenético, el aire se le escapa a bocanadas y se le tensan hasta los dedos de los pies. Su cuerpo se queda flácido un instante y se deja caer sobre mí.
—Necesito un segundo para recomponerme —dice, su voz apenas un susurro inaudible.
Llevo las manos a su espalda para abrazarla y dejo un beso en su cabeza. Se ha corrido dos veces y parece exhausta. No me importa. Habrá otras oportunidades para…
—Ponte tú arriba —ordena, de una forma tan autoritaria que la polla me palpita con intensidad.
Se quita de encima y, al colocarse sobre la cama, lo hace de espaldas, con el pecho apoyado sobre el colchón y las caderas levantadas hacia mí.
No puedo esperar. La penetro desde atrás, de una profunda embestida.
Después sigo con ese ritmo, con movimientos rápidos y hondos, sintiendo cómo la lleno entera.
Camille se agarra con fuerza a las sábanas para resistir mis acometidas, sus manos convertidas en puños.
El cabecero rebota contra la pared por la intensidad con la que me la estoy follando.
Sus jadeos cada vez son más altos, su voz una plegaria en la que me pide más.
Me inclino sobre ella para besarle en el hombro y noto cómo el clímax me invade. Me corro, con su aliento mezclado con el mío, con mi nombre saliendo de sus labios.
Nos quedamos unos segundos así, normalizando la respiración, recuperando un ritmo cardíaco adecuado. Después, salgo con cuidado de llevarme conmigo el condón y Camille se da la vuelta para mirarme.
Se inclina para acostarse sobre mi pecho y yo la rodeo y la aprieto contra mí, en un gesto que nada tiene que ver con el sexo ya. Ahora es afecto, protección, la calidez que siento al abrazarla de esta manera.
—Debería volver con… —empieza, pero la interrumpo antes.
— Shhh , no digas nada. Solo quédate un poco más.
Sonríe contra mi pecho y me aferro a ella con más fuerza. No hablamos. Compartimos un silencio cómodo y reparador. Y no pienso en nada más.