Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 35
61%

Capítulo 35

CAMILLE

Regresar a Harper Springs me produce un alivio difícil de explicar. Me alegro de haber quedado con Dylan en Salt Lake City y no aquí, pues hubiese enturbiado la paz de mi hogar.

Hemos llegado al lago hace un par de horas, nos hemos bañado en un agua demasiado fría y hemos jugado hasta que me ha dolido la mandíbula y la tripa por las risas.

Es el poder sanador de este lugar. También de la gente que me acompaña.

Caden está tan feliz, que me contagia. A decir verdad, casi siempre ha sido así desde que nació. Mi estado de ánimo va ligado al suyo.

Luke y él siguen jugando en el agua, pero yo estoy tumbada en el embarcadero.

La vista es sencillamente maravillosa. Las cabañas de madera rodeando al lago, las montañas, imponentes y majestuosas, al fondo.

Todo envuelto en esos tonos verdes, amarillos, malvas y coloridos que hacen destacar al mundo.

Harper Springs en primavera parece sacado de un libro de fantasía.

La Corte Primavera, podría ser. Y, aunque ya pasan de las siete de la tarde, el sol sigue brillando e iluminando el paisaje.

Las vistas al otro lado no se quedan atrás. Luke, con ese cuerpo marcado que evito a toda costa mirar, jugando a subir a Caden sobre sus hombros y lanzarlo al agua, mientras el pequeño ríe como si estuviese disfrutando en un parque acuático.

Han sido tantas emociones en apenas veinticuatro horas que no termino de asimilarlas todas. Anoche el rechazo en el manantial, hoy el rechazo de Dylan…

Aprovecho que están divirtiéndose para coger el móvil y responder a los mensajes que se me acumulan en WhatsApp. Empiezo por mi madre, que me ha escrito varias veces, preocupada.

Como no me respondas ya voy a hablar con Ryan y que movilice a su gente.

Eso es lo último que me ha escrito. Ryan Arbon es el sheriff del pueblo.

El departamento de policía solo tiene a cinco miembros, contando administrativos, pero me imagino a Maggie poniéndolos a trabajar uno por uno, así que me apresuro para responderle.

Debería haberlo hecho antes, pero, al llegar, me he tirado al lago con Caden y no he pensado en nada más, porque tenía la mente y los esfuerzos centrados únicamente en mi hijo.

Estamos bien. Dylan no ha venido. Caden se ha puesto muy triste, así que estamos animándolo. Ahora mismo se está bañando en el lago. Gracias por preocuparte y por ser tan buena madre. Te quiero.

El siguiente mensaje es de Cole.

¿Dónde diablos estás, Camille? Respóndele a tu madre de una vez, que la tienes en vilo. ¿Cómo es eso de que has quedado con Dylan? La próxima vez me avisas con tiempo para que yo pueda ir. Ese desgraciado no puede acercarse ni a ti, ni a mi sobrino. Te quiero.

Tengo otros mensajes. De Hailey, de Taylor, incluso de algún vecino del pueblo.

Mi madre no suele airear estas cosas, pero imagino que los nervios la han puesto histérica.

No puedo juzgarla. Respondo por encima a todos para que no se preocupen y dejo a Dylan para el final.

Después de más de diez intentos por mi parte, me ha contestado.

Mi mujer me ha perdonado. Ella no entendería nada de esto, no podría hacerle eso. Hablamos para el futuro.

La sangre me hierve al leerlo. Tengo que borrar un par de veces el mensaje de vuelta, porque estoy tan enfadada que solo me salen insultos.

¿Y a mi hijo si puedes hacerle eso? Si vuelves a intentar ponerte en contacto conmigo, yo misma le contaré todo a tu mujer, incluido lo que pasó antes de la boda.

No me respondas a este mensaje. No vuelvas a escribirme nunca.

Desaparece para siempre de mi vida y olvídate de que existimos, hijo de puta.

Le doy a enviar antes de volver a eliminar nada. Las manos todavía me tiemblan cuando dejo caer el móvil a mi lado. No pienso llorar de nuevo por él, porque ese miserable ya se ha cobrado muchas más lágrimas de las que merece.

—¡Mira que alto, mamá! —me llama Caden.

Pongo toda mi atención en él, que ríe a carcajadas cada vez que sale del agua. Intento alejar lo demás de mi cabeza.

A veces, también me fijo en Luke, en cómo se le marcan los músculos de los brazos cuando impulsa a mi hijo hacia arriba, o cómo le resbalan las gotas desde el cabello.

Entonces, recuerdo el rechazo de ayer y la vergüenza me invade de nuevo.

No creo que llegue a superar nunca ese momento.

Todavía ni se lo he contado a Taylor, pero tengo que hacerlo.

Caden sale del agua, seguido por Luke, y se me acerca con la cara de lástima que utiliza cuando quiere conseguir algo. Me levanto para colocarle su toalla, un albornoz del Capitán América, y espero a que se pronuncie.

—¿Podemos quedarnos a cenar? —me pregunta. A su lado, el Gato con Botas de Shrek es un mero aficionado—. Porfi, porfi, porfi.

Junta las manos y coloca la barbilla sobre ellas, para darle más énfasis.

—No podemos, cielo. Ya nos quedamos la otra noche, y Luke tiene cosas que hacer.

Caden se gira hacia él.

—Entonces, ¿no podemos? Antes me has dicho que ibas a hacer burritos.

—A mí no me importa que os quedéis.

Luke me mira con una fingida inocencia y se encoge de hombros.

Llevo medio día con él, y no ha sido raro porque primero ha pasado lo de Dylan y después ha estado casi todo el tiempo con Caden, pero no entiendo por qué quiere que cenemos aquí, después de cómo me rechazó anoche.

Suspiro, sin ganas ni fuerzas de seguir luchando tras un día agotador,y termino por asentir.

—Cenamos y nos vamos.

—¡Bien!

—Si quieres, puedes entrar en la bañera de Cole. Caden y yo prepararemos todo. ¿A que sí? Hoy vamos a mimar a mamá. Porque sabes cocinar, ¿no?

—¡Claro que sé! La abuela me ha enseñado todos los secretos culinarios que existen en el mundo mundial.

—Pues venga. Nos vamos a duchar, te pongo el pijama y empezamos.

—No tengo pijama de Caden aquí —intervengo. No quiero cortarles el plan, pero no he cogido nada.

—Llevo yo una mochila preparada en el coche, que me la ha dado tu madre. Así que todo arreglado. ¡Ahora el plan es de chicos! —exclama y coge a Caden antes de que yo pueda decir nada más.

Me quedo mirándolo, sin entender nada. ¿Por qué tiene el pijama aquí? ¿Ya pensaba quedarse con él a dormir? Ni siquiera hemos hablado de eso, tan solo le he dado permiso para cenar.

Como no me desagrada la idea de zambullirme en una bañera con agua caliente y relajarme un rato, no pongo objeciones. Me limito a encerrarme en el dormitorio, incluso le robo a Hailey una de sus sales de baño con aroma a vainilla.

No sabía la falta que me hacía este rato hasta que siento cómo los músculos se destensan, pues los he tenido todo el día rígidos.

Me visto con una camiseta de mi cuñada. Me queda holgada, lo suficiente para que me tape los muslos. Me pongo también sus zapatillas y salgo de la habitación con el pelo todavía húmedo.

La cena está lista en la isla. Caden está duchado, con un pijama y una sonrisa tan radiante, que no parece que haya estado llorando hace apenas unas horas.

Y de repente entiendo lo que está haciendo Luke.

Él siempre ha sido así de atento, cuidando de todos, sobre todo de los niños, porque es una parte de sí mismo de la que no puede desprenderse.

En este momento, mientras veo los ojos de mi hijo brillar de felicidad, solo siento agradecimiento y afecto.

Tomo asiento en un taburete al lado de Caden y le sonrío.

—Menuda pinta tiene todo —afirmo.

Los burritos se ven increíbles. Luke ha preparado agua para el niño y dos copas de vino blanco para nosotros. Sé que él prefiere el tinto y le agradezco el gesto.

—Los burritos son la comida especial de los Bedford —informa Luke.

Hailey me lo ha contado. Siempre que celebraban una ocasión especial, pedían burritos. No sé si esta ocasión lo es, pero pienso devorarlos.

—Están buenísimos, ya lo verás. Yo ya los he probado. Luke quería ponerle salsa picante, pero le he dicho que no te gusta. A mí tampoco me ha gustado.

—Cuéntame la receta.

Caden habla sin parar, acaparando toda la conversación. A veces conmigo, otras con Luke. Noto en él esas ganas de querer gustarle, la forma en la que presume de sus logros, cómo se ríe de forma exagerada en cuanto Luke hace el más mínimo comentario. Me resulta tierno.

Por eso no me sorprende en absoluto cuando, tras terminar de recogerlo todo, mi hijo me mira y me pregunta:

—¿Podemos quedarnos a ver una película? Porfi, porfi, porfi.

—Claro que sí. Venga, vamos al sofá.

Veo por el rabillo del ojo la sonrisa de Luke mientras nos mira, pero no dice nada.

El pequeño se ha vuelto a salir con la suya.

A mí no me importa. No me considero una madre autoritaria.

Sé ponerle límites a mi hijo, por eso también sé cuándo puedo dar mi brazo a torcer.

Hoy es uno de esos días en los que quiero mimarlo más y que se olvide de todas las cosas que le dañan y que ojalá no existieran.

Escogemos Enredados , una película que hemos visto mil veces porque a los dos nos encanta. A la mitad, escucho su respiración profunda y veo que tiene los ojos cerrados.

—Ha sido un día agotador para él —le digo a Luke—. Sabía que no tardaría en dormirse.

—¿Quieres que lo lleve a la cama? —se ofrece.

—No hace falta. Tenemos que irnos ya, se ha hecho bastante tarde.

—Puedes quedarte un rato —responde en el acto, casi con urgencia—. Apenas hemos hablado.

Eso es cierto. A pesar de que llevamos horas juntos, ha sido con Caden de por medio, con toda la atención centrada en él. Sin embargo, no sé sobre qué quiere que hablemos, ni si estoy preparada para hacerlo.

Luke debe de ver las dudas en mi cara, porque su mirada cambia y se vuelve mucho más intensa.

—No tienes por qué contarme nada, pero me gustaría saber qué ha pasado con Dylan.

Suspiro. El mero hecho de escuchar ese nombre me agota mentalmente. Aun así, asiento. Después de todo lo que ha hecho por nosotros, es lo mínimo que merece.

Luke lleva a Caden a la cama de mi hermano. Cuando vuelve, yo estoy en la cocina, fregando las copas de vino que hemos llevado al salón mientras veíamos la película.

—Me ha dicho que ha vuelto con su mujer —explico sin girarme, centrada en limpiar el cristal—. Ella no tiene ni idea de que Caden existe y él no quiere que lo sepa, así que se ha rajado.

—¿Y eso no es mejor? Quiero decir, ¿no prefieres que Dylan no esté en su vida?

—No quiero que Dylan esté en su vida, pero tampoco quiero que le haga daño.

Caden estaba ilusionado con la idea de conocer a su padre y ahora…

—Hago una pausa para tragarme el nudo que empieza a formarse en la garganta.

Me he prometido que no voy a volver a llorar por él y pienso cumplir mi palabra—.

Nunca lo había visto sufrir así, tan desconsolado.

Lo peor es que no puedo hacer nada por ayudarlo.

Si tiene un problema con alguien de clase, puedo hablarlo con el compañero, o con su madre.

Si se cae y se hace una herida, puedo intentar curarlo.

¿Qué hago si quiere un padre y no puedo dárselo?

No me arrepiento de nada con Dylan porque gracias a eso tengo a Caden, pero ojalá él no existiera. Ojalá nunca hubiese aparecido.

Las manos me tiemblan y soy incapaz de sostener el cristal más tiempo.

Luke se coloca detrás de mí y siento sus brazos alrededor de mi cintura.

Me quita la copa y la deja en el fregadero y, después, me abraza por la espalda sin que esté preparada para ello, consiguiendo que me derrumbe.

No estoy llorando por Dylan, sino por Caden.

—Nunca más va a volver a aparecer. Hay medidas legales que puedes tomar para ello —me dice.

Apoya la barbilla en mi cabeza y me aprieta con más fuerza, como si quisiese sostener todas esas emociones que me están destrozando por dentro—.

Y, aunque no hubiese formas legales, me encargaría de ello.

Nadie daña a mi familia, Camille. Nadie.

Me da la vuelta para quedar cara a cara. Me limpia las lágrimas con una delicadeza que choca con la rabia de sus palabras.

—Dylan fue un imbécil —suelta—. No por rechazar a Caden, aunque no conozco a un niño más adorable que él. Fue un imbécil por rechazarte a ti.

La intensidad de sus ojos me quema. Sus dedos siguen en mis mejillas, pese a que ya no me están quitando las lágrimas. Permanecen quietos, sujetándome mientras me mira con ese fuego abrasador.

No sé si es el vino, la cercanía, el rencor que guardo dentro. No debería decir nada y, aun así:

—Tú también me rechazaste —le recuerdo—. Preferiste sumergirte en el agua.

—¿Crees que me sumergí por ti? —me pregunta y veo en su rostro la confusión, mezclada con la impotencia, con la contención, con algo que parece anhelo—.

Me sumergí por mí, porque no soportaba mirarte un instante más y no poder besarte.

Y no me hubiese bastado con eso, hubiese querido más, Camille, mucho más. Hubiese querido todo.

—Puedes cogerlo todo —respondo.

Mi voz no suena tan firme como pretendo, pero tiene el efecto deseado.

Luke suelta un jadeo, liberando de esa forma todo lo que estaba frenando, y me besa.