Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 34
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Capítulo 34

LUKE

A pesar de que estoy acostumbrado a hacer deporte, tengo que detenerme un instante en la puerta para recobrar el aliento. No recuerdo cuándo fue la última vez que corrí tan rápido. Probablemente, nunca.

En el momento en el que veo a Camille y a Caden, me permito respirar de nuevo. Un instante, solo uno, hasta que veo las lágrimas del pequeño, la lucha interna de ella, y comprendo lo que acaba de pasar.

Llego tarde.

He pasado toda la noche dándole vueltas a lo que sucedió entre Camille y yo en el manantial, consciente de que le debo una disculpa y una explicación. Me he perdido tanto en eso, que no me he acordado de que hoy era el día en el que conocían a Dylan.

He venido tan veloz como he podido, en cuanto Maggie me ha dicho dónde estaban, pues Camille no me ha respondido.

Le prometí que no la dejaría sola, y también en eso le he fallado.

Me acerco a la mesa en la que están ambos.

Camille sostiene a Caden en brazos mientras el pequeño llora.

Me detengo a una distancia prudencial. Este momento es suyo, de ellos dos, y yo no soy más que un intruso que quizá ni siquiera debería estar aquí.

Yo quiero estar aquí. Lo que no sé es si Camille también lo desea.

—No ha venido —me dice ella, la voz rota y a la vez contenida, porque no quiere derrumbarse delante de su hijo.

—Vámonos —les pido a ambos.

Dylan no se merece que esperen por él y malgasten ni un solo segundo. Ya odiaba a ese hombre despreciable y, aunque no conozco el motivo de su ausencia ahora mismo, no lo necesito para detestarlo todavía más.

No quiero permitir que se acerque a ellos, ni que tenga el poder de dañarlos.

No sé cómo hacerlo, porque no es mi decisión, ni siquiera tengo derecho a inmiscuirme, pero me parte el alma ver la cara descompuesta de Caden y los esfuerzos titánicos de su madre.

Tengo a mis abogados trabajando en el tema y, en cuanto sepa algo claro, se lo diré a ella.

Salimos de la cafetería y nos recibe el sol de Salt Lake City. Nos encaminamos al Liberty Park, un parque cercano y alejado de la multitud de las calles.

Camille sigue con su hijo en brazos, susurrándole palabras de aliento para reconfortarlo.

—No es tu culpa —le repite, pues es lo que Caden no para de preguntar—. Además, no necesitamos a Dylan. Tú y yo somos el mejor equipo. Y la abuela Maggie también.

—Y el tío Cole —añade el pequeño. Se sorbe los mocos y se limpia la nariz con la manga de su camisa.

Camille lo deja en el suelo sobre el césped y se agacha para quedar a su altura. Yo observo desde lejos, pues no sé cómo intervenir.

—Lo siento, mamá —suelta el pequeño—. Ya no voy a llorar más.

—Puedes desahogarte lo que quieras y necesites. Llorar es sano —responde—. Si te sientes triste, enfadado o decepcionado, las lágrimas te sirven para curarlo todo.

—Entonces, ¿por qué tú te estás aguantando? Te veo las ganas en la cara.

Veo el instante exacto en el que el rostro de Camille se descompone del todo y, como si abriese una presa cerrada, se desborda.

Se le escapa un llanto desesperado y abraza con más fuerza a su hijo.

Y no sé si es correcto o no, pero no puedo más.

Me acerco también a ellos y los abrazo con la misma intensidad.

Quiero que vean que estoy aquí, que pueden apoyarse en mí.

Un rato después, no sabría decir si un minuto o cien años, Caden se separa y se limpia las lágrimas.

—No pasa nada si Dylan no quiere conocerme —asegura, pese a que la voz todavía le tiembla un poco—. Tú y yo somos un gran equipo.

—Sí que lo somos —afirma ella—. Y solo queremos en nuestro equipo a gente que nos quiera bien, ¿a que sí?

—Sí.

Me alejo para darles intimidad y me pregunto si yo soy parte de ese equipo o he quedado fuera después de anoche. Ni siquiera podría culparla, porque actué como un cobarde.

Los escucho hablar y reírse, señal de que la tensión va desapareciendo.

No del todo, Caden vivirá con este trauma durante un tiempo.

Lo sé por experiencia propia. No importa si nuestros progenitores merecen o no nuestro cariño, porque los hijos sí los necesitamos.

Por eso los perdonamos, nos preguntamos si somos culpables o qué hemos hecho mal, nos duelen sus defectos porque los volvemos propios, hasta que llega el día en el que comprendes que el problema no reside en ti.

Es un camino largo, pero sé que Caden lo hará. Tiene a la mejor madre acompañándole.

—Gracias por venir —me dice Camille.

Estaba tan perdido en mis pensamientos, que no me he dado cuenta de que se han acercado. Ya no hay lágrimas en sus ojos, aunque ambos tienen la cara enrojecida y brillante.

—Te prometí que no te dejaría sola.

—Eres un hombre de palabra —responde, y me parece percibir cierto reproche en su tono de voz.

Hace amago de alejarse, pero la sujeto por la muñeca para detenerla.

—No estoy aquí solo porque te lo prometiera, aunque es cierto que soy una persona leal y mantengo mi palabra.

Estoy aquí porque quiero, Camille. Porque sé lo que suponía este momento para ti y no quería que estuvieses sola.

Puedes apoyarte en mí. Siempre que me necesites, voy a estar a tu lado. Y eso también te lo prometo.

Sus ojos brillan de nuevo, de una forma muy diferente a la que le provocan las lágrimas, y se limita a asentir.

—Vamos de vuelta a Harper Springs. Me siento mejor allí.

—¿Podemos quedarnos más rato con Luke? —pregunta Caden.

Camille me mira y deja que sea yo quien conteste, imagino que para no ponerme en ningún compromiso.

—Claro, todo el que quieras. ¿Dónde quieres ir?

—¡Al lago! Mamá no me deja bañarme hasta junio porque dice que el agua está fría, pero hoy yo creo que podemos convencerla.

El niño me sonríe y yo le devuelvo el gesto. Después, como si estuviésemos coordinados, ambos nos giramos hacia ella.

—¿Podemos bañarnos? —preguntamos a la vez.

Me mira divertida, antes de romper a reír.

Ese sencillo momento termina de deshacer la tensión que quedaba.