Capítulo 33
CAMILLE
No he dormido nada en toda la noche.
Ayer confundí todas las señales, me moví por impulso y he mandado al traste años de amistad con Luke. Conforme más pensaba en ello, más me cabreaba, porque no me esperaba esa reacción por su parte.
Sin embargo, el motivo de mi desvelo ha sido otro. Luke me importa y sé que tengo que hablar con él, pero lo que no me deja respirar con normalidad es el mensaje de Dylan.
Lo he leído tantas veces que todavía se repite en mi cabeza, como un eco doloroso que no creo que nunca olvide.
«Puedes ignorarme lo que quieras, pero no vas a impedir que conozca a mi hijo.
Mañana viajo a Salt Lake City y luego iré al pueblo a buscar a Caden.
Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, pero vamos a hacerlo de todos modos».
Le respondí a las tres de la madrugada, consciente de que esta vez no bastaría con bloquearlo.
Aparco en la puerta de Suzanne y vuelvo a comprobar mi móvil, para ver si me ha contestado de nuevo. Releo la conversación con un pinchazo en el pecho.
¿Por qué ahora? Siempre te has desentendido de él… ¿Qué ha cambiado?
Mi mujer no lo hubiese entendido, pero ahora no estamos juntos. No he dejado de pensar en él en todo este tiempo, imaginando cómo sería, si se parecería a mí o a ti. Me merezco conocerlo. Soy su padre.
No te mereces nada. No eres su padre. Pero voy a hablar con él. Si decide que quiere conocerte, dejaré que lo veas. Si no quiere, no volverás a aparecer nunca por aquí.
Me vale.
Y por cierto, no se parece a ti.
Los últimos mensajes son para quedar por la tarde en Salt Lake City, en el caso de que Caden acceda, pues no quiero que Dylan venga a Harper Springs.
Me quedo dentro del coche, con las manos aferradas al volante y la mirada perdida en ninguna parte.
¿Qué le digo a Caden? ¿Que el hombre que puso el espermatozoide del que salió él quiere conocerlo ahora porque ha dejado a su mujer?
No lo entiendo ni yo, no sé cómo puedo explicárselo a un niño de seis años.
Pero lo cierto es que Caden me ha preguntado varias veces por su padre. ¿Puedo negarle el derecho a conocerlo solo porque a mí me duela? Él no es más que un niño, seguramente ni siquiera sea consciente de todo lo que implica esto, pero no sé si es egoísta que yo decida por él.
Me limpio las lágrimas de la cara a manotazos, cojo aire y salgo del coche.
Suzanne me abre la puerta con una sonrisa, ajena al mundo que se desmorona para mí, y me cuenta lo bien que lo han pasado y que quieren repetir. Respondo a todo de forma automática, sonriendo cuando toca y siendo amable, pero en cuanto puedo, le doy la mano a Caden y nos despedimos con urgencia.
—¿Te apetece tomar un helado? —le pregunto, una vez estamos los dos dentro del vehículo.
—Tú siempre dices que no se puede desayunar helado.
—Hoy sí. ¿Qué tal lo has pasado?
—¡Genial! Vimos una película muy divertida antes de irnos a la cama y los papás de Becca nos dejaron acostarnos tarde.
Durante un rato, hablamos sobre cómo ha sido su noche y me siento aún peor, porque Caden está feliz ahora mismo y no quiero enturbiarle ese sentimiento.
Quizá podría callarme y mentirle a Dylan, no es como si se mereciese mi sinceridad.
Sin embargo, eso también sería engañar a mi hijo y a él sí que no puedo mentirle.
Espero a que termine de comer su helado de fresa y chocolate y a que me cuente todo con esa ilusión e inocencia que solo poseen los niños.
—Hay algo importante que quiero decirte —empiezo. Escondo el temblor de mi voz para que no lo note, igual que hago con el miedo y la impotencia.
—¿Qué pasa?
Me agacho a su lado para mirarle a los ojos desde su altura e intento tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta. Debo parecer segura y firme, aún si me estoy derrumbando por dentro, porque no quiero que mis sentimientos le afecten a él.
—Hace poco me escribió Dylan —empiezo. Le digo el nombre porque las veces que me ha preguntado por su padre, le he dado ese dato—. Quiere conocerte.
Veo la sorpresa reflejada en sus ojos. Quizá debería haberlo suavizado un poco, pero no sé cómo tratar este tema con él.
—¿Dylan quiere conocerme?
Yo nunca me refiero a él como su padre, así que Caden tampoco lo hace. Me gusta eso.
—Sí, pero no es algo que elija él. Solo te conocerá si tú también quieres.
Mi hijo se queda en silencio, pensativo. Daría cualquier cosa por averiguar qué pasa por su cabeza ahora mismo, pero tengo que limitarme a lo que veo a través de sus ojos. Las dudas, el miedo, la confusión. Me mira, después de un rato que se me ha hecho eterno, y se acerca un poco a mí.
—¿Vas a estar triste si digo que sí?
El corazón se me hincha de felicidad. Caden es un gran niño, por eso está preocupado por mí, en lugar de mirar únicamente por sus deseos. Me trago el nudo de la garganta, que cada vez es más grande, antes de responder.
—Siempre que algo te haga feliz, a mí también me va a hacer feliz —aseguro.
Es verdad a medias, porque la realidad es que me da un pánico atroz la mera idea de pensarlo.
A pesar de que siempre conté con la ayuda de mi familia, criar a Caden yo sola es lo más duro que he vivido. Siempre pensé que nada se le igualaría siquiera, pero esta situación lo sobrepasa.
Me siento dividida. Una parte de mí quiere proteger a mi hijo y que nada de esto suceda nunca, pero la otra no puede negarle la oportunidad.
No sé cuál será el futuro ni todo lo que implica si Caden dice que sí.
¿Hasta qué punto quiere Dylan formar parte de la vida de Caden?
¿Hasta qué punto va a sacarlo eso de la mía?
Siento el corazón agrietado con miles de surcos y solo espero que no se hagan tan profundos como para romperlo del todo.
—¿Seguro que no te pone triste? —me vuelve a preguntar—. Tienes los ojos brillantes.
—No me pone triste, solo estoy preocupada por ti. Quiero que escojas lo que tú quieras, Caden.
—Sí quiero conocerlo.
El pecho me da un vuelco al escucharlo, a pesar de que sabía de antemano su opinión. Sirve para hacerla más real.
—Entonces vamos a casa. Voy a escribirle para quedar con él.
—¿Tenías su teléfono móvil?
—No, cariño, no lo tenía. Me ha contactado Dylan.
Asiente, pensativo.
Caden no dice nada más, pero es mi hijo y lo conozco mejor que nadie.
Hace el camino hasta nuestra casa en silencio, perdido en su mente.
Perdido en Dylan, adivino. Cuando sale de su dormitorio y veo que ha escogido la camisa de dinosaurios y un pantalón vaquero, tengo que volver a contener las ganas de llorar.
No sé cuánto tiempo más voy a aguantar. Por fuera, intento parecer firme, fuerte, entera, para que Caden no vea cómo me destroza lo que vamos a hacer. Por dentro, es como si una supernova acabara de explotar y estuviese haciendo desaparecer todo lo que hay a su alrededor.
Aferro con fuerza el volante mientras conduzco a Salt Lake City para evitar que las manos me tiemblen. Pongo la música por tener un ruido de fondo, aunque estoy bastante convencida de que ambos escuchamos solo el sonido de nuestros pensamientos.
Al final he escrito a mi madre para contarle lo que voy a hacer. Lo he hecho tarde para que no influya en mi decisión, porque sé que ella se opondrá, pero no puedo seguir escondiéndoselo.
—¿Crees que le gustaré? —me pregunta Caden un rato después, cuando nos estamos bajando del coche, con un tembleque en la voz que no debería contener un niño tan pequeño.
—Estoy segura de que sí.
—¿Y si no le gusto? ¿Y si se vuelve a ir?
—Entonces demostraría que sigue siendo igual de idiota y cobarde que la primera vez —afirmo y me agacho frente a él para darle un abrazo—. Eres un niño excepcional, Caden. Cualquiera que te conozca lo sabe. Dylan también se dará cuenta de eso, ya lo verás.
—¿Hemos quedado aquí?
—En una cafetería. Vamos, es temprano, podemos elegir mesa.
He escogido Dear Coco para vernos, un sitio bastante concurrido.
No creo que Dylan sea una persona violenta, ni que vaya a intentar nada con Caden, pero tampoco puedo asegurarlo a ciencia cierta.
Prefiero prevenir cualquier riesgo. Le escribo para decir que ya estamos aquí y, al coger el móvil, veo que tengo cantidad de mensajes y llamadas de varios contactos.
No miro ninguna conversación, mi atención está en otra parte.
Aparco el coche en la puerta y nos bajamos.
Le doy la mano a Caden y noto que sigue temblando por los nervios, por la anticipación. No podemos seguir así, la espera nos va a matar a ambos. Tomamos asiento y pedimos. Yo escojo una tila, él, un batido y un donut.
—Sigues pareciendo triste —me dice de pronto.
—Te prometo que no.
—¿Promesa de meñique? —me pide.
Esas son más reales, le enseñé que no puede engañarme con una así.
—No estoy triste por lo que crees, cariño. Lo que me entristece es que tengas que pasar por esto, porque no es justo para ti.
—No pasa nada, mamá. Quiero conocer a Dylan, pero eso no va a cambiar que tú eres mi mamá.
Sonrío al escucharlo y extiendo la mano por encima de la mesa para coger la suya. Tengo una suerte infinita con él. Una suerte que no estoy preparada para tener que compartir con nadie más.
—¿Voy guapo?
—Vas perfecto, pero no te hace falta una camisa para eso.
—Tú me dijiste que esta camisa era para ocasiones especiales, y esta es una ocasión muy especial.
—Sí que lo es.
—A lo mejor un día puede venir conmigo al cole —deja caer—. A veces me preguntan por qué nunca viene mi papá.
Los adultos del pueblo conocen la historia, pero los niños siguen siendo niños.
—No todas las familias son iguales, cielo. Algunas solo tienen mamá, otras solo tienen papá, otras tienen dos mamás…
—Sí, lo sé, pero quizá podría venir igualmente.
—Claro. Se lo preguntaremos.
Hablamos entre nosotros intentando mantener una conversación distendida, pero ambos miramos hacia la puerta cada vez que suena la campanilla que anuncia que ha entrado un nuevo cliente.
Caden no sabe quién es, así que me pregunta «¿es él?
» cada vez que se trata de un hombre. Con todos tengo que negar.
Me pido una segunda tila y miro en el reloj de la pared que ya pasan cuarenta minutos de la hora acordada.
Cojo el móvil de nuevo para llamarlo, pero no me responde, así que le pongo un mensaje.
¿Dónde diablos estás? Llevamos un buen rato esperándote. Al menos, podrías ser puntual.
—¿Crees que le ha pasado algo? —me pregunta Caden, preocupado.
—No lo sé, hijo.
—A lo mejor se le ha roto el coche —se aventura—. O se ha puesto malo.
—Puede ser, sí —respondo, pese a que no lo creo en absoluto.
—O a lo mejor ha entrado, me ha visto, no le he gustado y ha vuelto a irse —comenta y sus ojos se llenan de lágrimas.
Me levanto para ponerme a su lado y lo tomo en brazos. Mantenerme fuerte cada vez es más complicado. No me puedo creer que, con todo lo que he sufrido este día, Dylan al final no vaya a presentarse, pero es lo que me dice mi instinto.
Que se ha arrepentido.
—No —respondo, tajante—. Dylan no te ha visto. Su decisión no tiene nada que ver contigo, Caden, sino con él. No es por tu culpa, mi vida. No lo es.
Caden llora en mis brazos.
La campana suena de nuevo.
—Mamá. Mira.
Me giro hacia la puerta con el corazón en un puño y las lágrimas arañándome desde las entrañas.
Hay una persona que conozco demasiado bien entrando a la cafetería.
No es Dylan, sino Luke Bedford.