Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 19
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Capítulo 19

LUKE

No esperaba que Caden quisiese dormir conmigo y me ha pillado por sorpresa.

Quizá por eso ha despertado en mí unos recuerdos que suelen permanecer aletargados.

He hecho este mismo proceso muchas veces.

Cuando Lucy falleció, Hailey era todavía un bebé.

Durante años me encargué de sus cuidados.

Estaba tan acostumbrado a ello, a protegerla y cuidarla, que a veces me cuesta deshacerme de ese impulso. El miedo a perderla también ayuda.

Sin embargo, hace un tiempo comprendí que cuidarla no implica sobreprotegerla, que se merece vivir su propia vida y cometer sus propios errores, porque es la única forma que existe de aprender y madurar.

Acuesto a Caden en la cama de Cole y Hailey y lo arropo. El aliento le huele a la fresa por el dentífrico infantil y la figura de Spiderman asoma en las mangas del pijama que tiene fuera de la colcha.

Sonrío mientras lo observo, consciente de la suerte que tiene con la madre que le ha tocado.

La infancia de Caden es sana y feliz, todo lo que un niño desearía.

No es algo que puedas escoger, pero no creo que nunca llegue a ser del todo consciente de lo afortunado que es creciendo en el entorno en el que está creciendo, rodeado de personas que lo quieren y lo cuidan, que le prestan atención.

A menudo me convenzo de que mis heridas sanaron, pese a que queden las cicatrices.

La terapia me ayudó en el proceso; también los amigos y mi hermana.

Pese a todo, a veces me pregunto cómo hubiese sido mi vida si un coche no hubiese atropellado a Lucy, destruyéndonos a toda la familia de mil formas diferentes.

Vuelvo a la realidad cuando Caden me entrega el cuento que tiene en la mano y que ha traído preparado en la mochila.

—Este es mi favorito —me dice—. Es sobre Tommy, un hechicero de ochos años. Su papá le regala una brújula mágica y entonces vive una aventura que es superguay.

—¿Una brújula mágica? —pregunto sorprendido.

—¡Sí! La brújula señala siempre lo que más quiere. Ya verás, empieza a leer.

— El día en que Tommy cumplió ocho años, su padre le regaló una brújula de color azul. El objeto no señalaba hacia el norte, sino que apuntaba aquello que Tommy necesitaba o que la magia supiera que podía hacerlo feliz —empecé a leer.

—¡Una vez le enseña un perrito blanco que está en peligro! Pero Tommy lo salva porque sabe hacer conjuros. Ya verás, sigue leyendo.

Le narro la historia entera. Sus interrupciones y spoilers me acompañan durante todo el relato, hasta que cierro el libro y lo dejo en la mesilla.

Caden me observa con los ojos despiertos y llenos de dudas.

—¿A ti tu papá te regalaba cosas mágicas? —se interesa de pronto.

El corazón se me detiene un instante por la sorpresa de su pregunta.

Es una sensación extraña la que se siente al perder a tus padres, pues para mí los perdí, aunque sigan vivos. Es como si una mano invasora se colara en tu pecho y estrujara tu corazón con fuerza, creándole unas grietas irreparables.

No quiero hablar de nada de esto con un niño de seis años, pero tampoco sé qué responder. Al final, decido ser más o menos sincero.

—Mi padre se fue cuando yo era pequeño.

Caden hace un gesto de arrepentimiento con la boca.

—Es verdad —comenta—. Mi mamá me lo contó. ¿Eso te pone triste?

—No —respondo de inmediato—. Antes, cuando era más pequeño, sí que me ponía triste, hasta que comprendí una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que existen dos familias: la que te toca y la que se elige.

La primera no la puedes cambiar, es la que es.

No estás obligado a quererlos ni a tenerlos presentes en tu vida.

A veces esas personas se portan bien, nos cuidan, nos hacen felices, y los quieres.

Otras veces son personas malas y lo mejor es no pensar en ellas.

—A mí me gusta mi mamá.

—¡Claro! Es que tienes una mamá muy buena.

No conozco a nadie más valiente ni más fuerte que ella —aseguro.

No intento regalarle los oídos a Caden, es algo que pienso de verdad.

Admiro la fortaleza que tiene Camille, cómo se atrevió a ser madre soltera siendo tan joven, cómo intenta compaginarlo con sus sueños con los hoteles rurales, aunque para ello tenga que sacrificar su tiempo y descanso, cómo está criando a un niño tan increíble y sano emocionalmente—.

También puedes querer a la familia que te toca, solo digo que no es obligatorio.

Tu tío Cole mola un montón, y mi hermana Hailey, y la abuela Maggie…

—Sí que molan. Y tú también —suelta con naturalidad y me saca una sonrisa—. ¿Cuál es la familia que se elige?

—La que tú quieras. Esas personas que quieres aunque no haya lazos de sangre. Para mí, Cole es mi familia también, aunque no nos una nada más que el amor que nos tenemos el uno al otro.

Caden asiente y se queda pensativo unos instantes. Los ojos se le llenan de lágrimas que no llega a derramar.

—¿Crees que mi papá no me eligió? ¿Que se fue porque no me quería?

La mandíbula se me tensa y respiro con fuerza. Tengo que contenerme unos segundos antes de hablar para no decirle lo que pienso sobre ese hombre.

—Tu padre era un cobarde. No es que no te quisiera, es que no te conoció. Si se hubiese quedado el tiempo suficiente para ver cómo eres, seguramente te habría adorado, como todos los que te conocemos.

Sigue pensativo, supongo que valorando mis palabras. Lo entiendo. Es complicado vivir una situación así, un trauma que te acompaña durante muchos años.

—¿Pero sabes qué? Que tu mamá vale como mamá y como papá, porque es una superheroína. En este pueblo hay muchísima gente que te quiere, Caden.

—Eso es verdad —coincide de repente. Los ojos siguen húmedos, pero ya no parece cerca del llanto—. Tengo un montón de amigos. Algunos flipan porque mi tío es el entrenador de los Bills y tú juegas en los Eagles. Eso también mola.

—Sí que mola.

—Mis amigos dicen que este año has jugado mal, que ni siquiera vas a jugar la Super Bowl.

Sé que solo son niños, pero odio que hagan o digan cosas que puedan poner triste a este chaval.

—La próxima la ganaré.

—¿Me lo prometes? —pregunta emocionado.

—Te lo prometo.

Extiende el meñique como ha hecho antes con su madre y sellamos un pacto que no sé si voy a poder cumplir.

Hablamos un poco más, sobre fútbol y sus amigos, y poco a poco se va quedando dormido.

Cuando pienso que está a punto de caer, abre un poco los ojos y me mira.

—Me gusta la idea de elegir a mi familia —dice en voz baja, con el sueño venciéndole casi al completo—. Así puedo elegir a un papá que me guste.

—Seguro que escogerás al mejor de todos —le respondo, pero ya no llega a oírme, porque sus ojos terminan por cerrarse.

Le vuelvo a colocar la colcha y apago la lámpara, dejando solo una pequeña luz junto a la mesilla para que no tenga miedo si se despierta y se ve solo.

Salgo de la habitación con una sensación cálida en el pecho, una que nada tiene que ver con la que me envolvía cuando era Hailey la que se quedaba en la cama. Ahora es felicidad y no miedo y rabia.

Al abrir la puerta me topo con Camille, que estaba al otro lado. Se aparta sorprendida, como si no esperase que la descubriese ahí, y me mira con los ojos brillantes y emocionados.

—Perdón —se disculpa—, solo venía a ver si había caído ya.

—Ahora mismo.

—Ya te dije que tarda un rato largo.

—No tiene importancia. Me ha gustado pasar este rato con él.

Camille me sonríe, un gesto sencillo y natural que se me queda grabado.

—Gracias —comenta entonces.

No hace falta preguntar. Sé que no se refiere solo a haber ayudado a Caden a dormirse. Lo dice por todo lo demás. Por las palabras que él necesitaba oír y que, quizás, ella también necesitaba recordar.

—No hay de qué —respondo, sin apartar la mirada de la suya.

Durante un segundo, ninguno de los dos dice nada.

—Fuera quieren seguir jugando. ¿Te apuntas a otra partida? —me pregunta.

—Claro.

La sigo de vuelta al embarcadero. Pienso en las palabras de Caden, en su voz somnolienta diciendo que le gusta poder elegir a su familia.

Y entonces lo entiendo: a veces, sin darnos cuenta, ya hemos sido elegidos.