Capítulo 18
CAMILLE
La cena ha transcurrido entre bromas y anécdotas.
Me ha sorprendido que Luke cocinara para todos y, sobre todo, que tuviera en cuenta nuestras preferencias.
Somos amigos desde hace años y siempre ha tenido detalles, como cuando se presentó por sorpresa en la inauguración del Bed and Breakfast porque no quería perdérselo o cuando se presentó unas Navidades a última hora para acompañarnos en los momentos especiales.
Sin embargo, nunca hemos coincidido durante tanto tiempo y estoy descubriendo otras facetas de él que me gustan y me asombran.
Después de recoger la mesa entre todos, hemos tenido una sesión de karaoke en la que hemos destrozado la discografía entera de Taylor Swift, además de temas de otros cantantes que han corrido la misma mala suerte.
Ahora estamos jugando al catán mientras tomamos una copa. Yo estoy bebiendo un Sprite porque no me gusta beber alcohol delante de Caden, más allá de una cerveza o una copa de vino puntual. Luke también se ha servido agua, pero en su caso supongo que no le apetece esta noche.
—Pídeles trigo —le susurro al niño. Nosotros somos un equipo, uno que funciona genial.
—¿Alguien me da paja? —pregunta, refiriéndose al trigo, y los mira a todos con cara de pena—. Nosotros damos oveja o piedra.
Nadie debería negociar con nosotros porque nos queda un único punto para ganar, pero los ojos de Caden obran milagros y Luke le da la carta que está pidiendo.
—¡Nos hacemos una ciudad aquí y ganamos! —exclama irradiando alegría—. ¡Hemos ganado!
—Choca esos cinco —celebro y pongo la mano para que la golpee con euforia—. Y ya va tocando irse a la cama, que se está haciendo tarde —añado.
—Jo, no quiero todavía. ¿Podemos jugar la última? ¡Y ya después me duermo, porfi! ¡Porfi, porfi, porfi!
Miro a los chicos. Supongo que quieren continuar la fiesta sin un niño pequeño de por medio.
—A nosotros no nos importa —dice Luke en nombre de todos.
—La última —cedo—. Y luego a dormir sin rechistar.
—Vale.
—Promesa de meñique.
Eso lo hacemos cuando quiero que entienda que no puede romper su palabra. Enlaza sus meñiques con los míos y le damos un beso, sellando el pacto.
—¿Puedo ir con Luke esta partida? —me pide.
—Claro, así podré ganar una por fin —responde el aludido—. Eres buenísimo jugando a esto.
—Se me dan muy bien casi todos los juegos —comenta el pequeño—. Menos el tenis y el baloncesto.
—Turno de chicos ahora —dice Taylor—. Nosotras esta partida nos tomamos un descanso.
—Venga, pues quitaos ya entonces, que queremos empezar —nos apremia mi hijo.
Sean y Adam se ríen por sus prisas, y yo finjo indignarme de que él mismo me eche.
Taylor y yo nos sentamos en los sillones junto al embarcadero. Me arrebujo bajo la chaqueta y meto las manos dentro de las mangas. Abril está llegando a su fin y durante el día suele hacer buen tiempo, pero las noches refrescan todavía.
—Tía, quiero pedirte perdón —empieza mi amiga—. Metí la pata hasta el fondo.
—¿Qué? —pregunto, totalmente confundida—. No tengo ni idea de qué me estás hablando.
—Cuando te dije que te lo tiraras —explica—. Yo que sé, lo vi como un polvo, pero Luke nunca podría ser un polvo y ya está. Tenéis una amistad muy bonita y eso podría echarla a perder.
—Ah —suelto, sin saber qué más decir.
—Aunque también se puede plantear como algo distinto —continúa.
Los ojos se me abren por la sorpresa al caer en la cuenta de lo que está insinuando—.
No, no digo con Luke. O sí, no sé. Me da igual quién sea, Cami, pero creo que te mereces encontrar a alguien más allá de para follar, algo como lo que tenemos Adam y yo, o Hailey y tu hermano.
—¿Tanto has bebido? —inquiero. Taylor suele divagar si se excede con el alcohol.
—No desvíes el tema, no tiene nada que ver con eso.
—¿Pero a qué viene todo esto ahora?
—Viene a que creo que te autosaboteas, a que, como ya compartes tu vida con Caden, no estás abierta a conocer a nadie más.
—Eso no es del todo así —replico con sinceridad. Taylor es mi mejor amiga, sabe todo de mí, no tengo secretos con ella—. Alguna vez me han gustado chicos para algo más que sexo, pero en cuanto se enteran de que soy madre, huyen.
Supongo que no puedo juzgarlos. No a todo el mundo le apetece incluir a un niño de seis años en una relación.
—Tienes veinticinco, Cami. Solo te pido que no te cierres en banda, porque eres una de las personas más maravillosas que conozco.
No te mereces solo a una persona que no huya, te mereces a alguien que quiera quedarse.
Y si esa persona se queda lo suficiente, se enamorará de ti, pero también de Caden.
Taylor estira la mano hacia mí y coge la mía, y luego ese gesto se le queda corto y salta sobre mí para darme un abrazo. Es la confirmación que me faltaba para saber que sí, que está borracha.
Aun así, sus palabras siguen dando vueltas por mi mente cuando, un rato después, nos levantamos y volvemos a la mesa. Los chicos están gritando porque Caden ha ganado otra vez. Miro a Luke celebrar la victoria con mi hijo, subiéndoselo a hombros y saltando con él encima.
Algo se me encoge en el pecho con la escena y, cuando Luke me descubre mirándolo y me sonríe, maldigo a la idiota de Taylor por hacer comentarios que no debería.
—Ahora sí, a la cama —le digo a Caden.
Él no replica, pero me mira con la misma cara con la que ha chantajeado a todas las personas de esta mesa para ganar al juego.
—¿Puede contarme Luke el cuento? Porfi, porfi, porfi.
Él me observa, como esperando mi permiso para hablar. Asiento, despacio.
—Claro que sí, hoy te duermes conmigo —comenta al final.
—Caden, despídete de todos.
Luke lo baja de los hombros y mi hijo sale corriendo hacia Adam. Aprovecho ese momento para acercarme al mejor amigo de mi hermano.
—¿Estás seguro? Es un hueso duro de roer, tarda lo suyo en dormirse.
—No seas mala, me ha elegido a mí y no vas a convencerme de lo contrario. Tú tienes todos los otros días, déjame este.
Sonrío y le doy las buenas noches a ambos. Va a dormir en la cama de Cole hasta que sea la hora de irnos y lo tenga que subir al coche.
Mientras observo cómo se alejan, las palabras de Taylor vuelven a mi cabeza.
«No te mereces solo a una persona que no huya, te mereces a alguien que quiera quedarse».
Maldita Taylor, la muy perra me está removiendo la vida.