Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 17
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Capítulo 17

LUKE

Después de salir del Rincón de Maggie he terminado de hacer las compras que faltaban. Aprovecho el camino de vuelta para llamar a Sean y ultimar los detalles con él.

—Buenas, tío —me saluda tras descolgar—. ¿Cómo va? Esta noche nos vemos, ¿no?

—Sí, por eso te llamaba. ¿A qué hora quedamos?

—A las seis, ¿no? —pregunta, confundido—. ¿No es lo que acordamos?

—Con las chicas —puntualizo—, nosotros tendremos que estar antes para prepararlo todo.

—¿Qué hay que preparar?

—¿La cena? —respondo, escondiendo como puedo la indignación—. Se supone que tenemos que ambientarla. Caden ha pedido superhéroes y Taylor, que sea swiftie . Además, habrá que cocinar, ¿no?

—Taylor ha dicho que se encarga ella del decorado —me informa. Ha debido escribirlo por el grupo de WhatsApp que hemos creado, pero no lo he visto porque estaba con las compras—. Y la comida, yo había pensado en unas hamburguesas en el Gato con Botas y listo.

—Perdimos la apuesta, tendríamos que cocinar nosotros, ¿no?

—¿Qué más da? Perdimos la cena, sí, pero podemos pagar algo ya hecho. No hace falta liarse tanto, lo importante es juntarnos y pasar un buen rato. Nos vemos a las seis, que ahora iba a hacer algo de ejercicio. Yo me encargo de pillar las hamburguesas, tú prepara la mesa y tal.

Me cuelga antes incluso de que pueda decirle que no compre nada.

Mi primer impulso es bufar, cabreado por su actitud. Perdimos una apuesta, una que, además, empezó él, lo mínimo sería que se molestase en que saliese bien.

Sin embargo, cuando lo pienso más fríamente, me doy cuenta de que el plan de Sean no está mal, lo que pasa es que yo estoy empeñado en que salga perfecto.

Bajo las ventanillas cuando llego a la carretera que llega al Residencial Woods y disfruto de la sensación que produce conducir por un bosque en primavera. El aire puro, los colores, la brisa fresca, la paz.

Cuando aparco frente a la cabaña de Cole, cualquier rastro de paz desaparece y empieza el estrés.

Si Sean no me va a ayudar, tengo que hacerlo yo todo.

Invierto varias horas en preparar el menú de la cena.

No se me da mal cocinar. Tuve que aprender a hacerlo siendo pequeño, después de que nuestros padres se desentendieran de Hailey y de mí.

Como hermano mayor, siempre ha sido mi responsabilidad cuidar de ella.

El arte culinario me costó años de malas caras por parte de Hails.

No era su culpa, ella intentaba camuflarlo, pero disimulaba fatal que odiaba mis comidas.

Escribo un mensaje a Sean para que no traiga nada.

Corto las verduras para la lasaña y preparo la carne y los quesos para el relleno.

Doy forma a las albóndigas, pelo unas patatas y un boniato.

La cena favorita de Taylor es una carne con setas, así que me pongo también con la salsa para dejarla ya lista.

Mientras todo se hornea y termina de cocinarse, voy al embarcadero para montar la mesa.

El cielo está despejado, aunque eso no quiere decir nada en Harper Springs, pues puede romperse en cualquier momento y descargar una potente lluvia sobre nosotros.

Traigo también un altavoz y pongo en Spotify la lista de reproducción que creó mi hermana con canciones de Taylor Swift. Ella la utiliza para inspirarse en la escritura. Hay algún que otro tema de otros grupos, pero la mayoría son de la rubia.

Después, preparo la decoración. Para Caden tengo un cartel que pedí en un cine de Nueva York en el que salen a tamaño real Spiderman e Iron Man, sus superhéroes favoritos.

Para las chicas, uno del Eras Tour y globos a juego con sus eras favoritas: rosas y blancos para Taylor, azul oscuro para Camille.

Voy corriendo de un lado para otro mientras lo monto todo. Apenas me da tiempo a ducharme y vestirme antes de que lleguen los primeros invitados; Adam y Taylor.

—Cómo te lo has currado —me dice Adam tras saludarme.

—Y supongo que tú solo, no veo a Sean por aquí —añade ella—. Casi que mejor, el embarcadero ha quedado precioso y él no tiene mano para eso.

—¿Ya me estáis criticando? —pregunta Sean, que aparece por detrás—. Me ofrecí a comprar la cena, pero me dijo que quería cocinar él.

—Así que ya has aprovechado y te has escaqueado del todo —comenta Adam—. Tío, ahora se vengarán de ti.

—Vengo preparado —afirma y le guiña un ojo a la pelirroja.

—¿Ayudamos con algo? Podemos llevar cosas a la mesa. Yo he traído también cosas del decorado, las iré montando.

—Claro, eso sí.

Entre los cuatro terminamos de montarlo todo.

Cuando Cami y Caden llegan, apenas quince minutos después, nosotros ya estamos tomándonos una cerveza sentados en el embarcadero.

—¡Qué pro! —grita el niño, que viene disfrazado del hombre araña—. ¡Hay hasta un Spiderman gigante!

Me levanto para saludarlo y, al hacerlo, me fijo sobre todo en Camille, en la sonrisa de felicidad que tiene grabada en la cara. Ella repasa los adornos y, después, me mira a mí. Sus ojos brillan aún más al chocarse con los míos y le devuelvo el gesto por instinto.

—Eres un gran perdedor de apuestas —comenta sin dejar de mirarme—. Te lo has tomado muy en serio.

—Es lo mínimo, teniendo en cuenta que ganasteis de forma justa.

—No diría que esto es lo mínimo, más bien al contrario.

—¡Mira, mamá! ¡Spiderman es más alto que tú! ¿Me haces una foto al lado?

—Todo el mundo es más alto que yo —responde y suelta una carcajada. Coge su móvil y se aleja de mí para dirigirse a Caden—. Pon tu cara de superhéroe.

Adam se queda fuera con las chicas y el niño, inmortalizando momentos mientras ellas ponen sus mejores poses junto a los globos de Taylor Swift.

Sean y yo entramos para terminar la cena y sacarla. La he dejado en el horno para que no se enfriase.

—Oye, ¿qué mosca te ha picado? —me pregunta Sean—. ¿Es que te gusta Cami o algo así?

Me tenso al escucharlo. Por suerte, estamos de espaldas y no puede ver mi gesto.

—¿Qué dices, tío? —respondo con la voz calmada y me giro hacia él—. Perdimos la apuesta. Lo justo es que nos encarguemos nosotros de todo —repito lo mismo que le he dicho antes.

—Ya, pero esto es demasiado.

—¿Tan poco cuidas a tus amigos que esto te parece demasiado?

—replico a la defensiva—. Solo es una cena.

Me gusta cocinar, es algo que hago a menudo.

Quiero que se lo pasen bien, que se relajen y disfruten de que, por una vez, alguien haga las cosas por ellos.

Camille va siempre estresada entre el trabajo, la reforma y cuidar de Caden.

Sean baja la cabeza, avergonzado por mis palabras. No era mi intención hacerlo sentir mal, pero supongo que he tocado una fibra sensible.

—Tienes razón —suelta al final—. Venga, anda, llévate esto y siéntate con los demás. Yo me encargo del resto.

—¿Qué…?

—Lo has preparado tú todo. Yo también perdí esa apuesta. Deja que haga algo.

No replico más. Cojo un par de platos y salgo hacia el embarcadero.

La cabaña de Cole en medio del bosque es un paraíso en sí mismo, pero mi parte favorita es, sin duda, este embarcadero.

Una pasarela de madera larga conectada a una plataforma amplia, lo suficiente para que quepa una estufa, un par de sillones con una mesa baja, y una mesa de exterior con seis sillas.

Dejo los platos y me encamino hacia el final de la plataforma, donde están los demás.

He pasado noches infinitas aquí sentado, con mi mejor amigo a un lado, una cerveza en la mano y conversaciones llenas de confesiones, de risas, de sueños y de cicatrices. Aquí me he abierto en canal, he llorado y he sanado, y ahora se ha convertido en un lugar que me evoca paz.

—¡Tío Luke! —grita Caden—. ¿Te pones en la foto con nosotros?

Todo el grupo está posando mientras Adam hace un selfie . Me coloco junto al pequeño, que está al lado de su madre, e imito la cara del niño como si estuviésemos disparando telarañas.

—¡He visto a los malos ahí detrás! ¡Vamos a por ellos! —le digo y salimos corriendo juntos mientras luchamos contra villanos invisibles.

Caden y yo saltamos y reímos durante un rato, disfrutando de esa inocencia que acompaña una infancia feliz, cuando los únicos problemas se basan en juegos y fantasías y no en reclamos reales de una madre enferma y un padre ausente.

Al regresar, todos están sentados, esperándonos con los platos servidos.

—Gracias por esforzarte tanto —me dice Camille en voz baja, sentada a mi lado—. Caden lo está pasando genial.

—No tienes por qué darlas. Adoro a ese niño.

—Lo sé. Sé cuánto lo adoras.

Cami extiende la mano por encima de la mesa y coge la mía para darle un apretón suave. Y sé que es solo agradecimiento, un gesto entre dos amigos, pero hay algo distinto cuando le doy la vuelta a la mía y la acaricio despacio.

Algo en lo que ni quiero ni puedo pensar.