Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 16
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Capítulo 16

LUKE

Esta noche haremos la cena que perdimos en la apuesta con el billar y estoy decidido a que todo sea perfecto. Creo que tanto Cami como Caden se lo merecen.

Regresé ayer de Nueva York después de unos días bastante intensos de compromisos, sesiones fotográficas y reuniones sociales que no me apetecen lo más mínimo, pero que forman parte de mi contrato de cesión de imagen con varias marcas conocidas.

El pueblo se está preparando para el festival de la Herencia de la Primavera, se percibe en cada rincón.

Nunca antes lo he visto, pero Camille no deja de hablar de él.

La plaza del Ayuntamiento está llena de puestos de madera que más tarde se convertirá en un mercado.

Hay un escenario en una zona más amplia, guirnaldas colgando de árbol a árbol y cintas de colores vívidos ondeando con la brisa.

Paso todo por alto y me dirijo al Rincón de Maggie, la primera parada de mi mañana.

Ha colocado tulipanes y lirios en la entrada para decorarla, a juego con todo el pueblo.

Hay un par de casitas para pájaros; una azul con rayas blancas y la otra, con pequeños corazones dibujados con distintos colores.

No necesito preguntar para saber que esas casas estarán por todo el pueblo, pues habrán sido diseñadas en el Club de Manualidades.

Sonrío de repente al caer en la cuenta de lo mucho que conozco Harper Springs y las buenas sensaciones que me despierta siempre.

Me detengo en la entrada, frente a la pequeña estantería que hay, y miro los libros que tiene.

No está la trilogía La última canción oscura , la saga con la que se hizo famosa mi hermana, pero sí tienen La última era , la primera parte de la bilogía que está terminando ahora.

Cojo el libro y lo abro para hojearlo. Hay cantidad de notas adhesivas marcando frases, además de algunos dibujos y anotaciones.

Saco mi móvil para hacer una foto y se la mando a Hails.

En Harper Springs te adoran. Sigue escribiendo. La gente necesita más de ti. Te quiero.

Vuelvo a dejarlo en la estantería y reviso el resto de títulos.

Hace años era un lector asiduo, no solo porque me lo pegara mi hermana, sino porque perderme entre las páginas de un libro siempre ha sido un buen refugio cuando la realidad se ponía más fea.

Después, la vorágine de la vida adulta y las obligaciones me absorbió y la lectura quedó relegada a un quinto o sexto plano.

Estos meses estoy intentando reconectar conmigo mismo, acallar los ruidos externos y quedarme solo con los que me interesen.

Cojo uno titulado Nunca mientas , de Freida McFadden, una autora de la que me han hablado muy bien, y lo guardo para llevármelo a casa.

Es otra de las cosas que adoro de este pueblo. Es una comunidad unida, que comparte todo lo que tiene, incluso sus lecturas favoritas para que otros puedan disfrutarlas. Así nació esta iniciativa de bookcrossing que practican casi todos en Harper Springs.

El rincón de Maggie está abarrotado de gente desayunando. Me dirijo a la barra para buscar a la dueña. Parece entretenida hablando con Ruth, Molly y Helen. Sostienen un póster enorme en las manos que no veo porque está al revés y, a juzgar por sus caras, lo que esconde es espantoso.

Me apoyo en la madera sin intervenir. Yo solo quiero un café y eso parece más importante, así que puedo esperar. Sin embargo, Maggie se gira hacia mí y su cara se ilumina nada más verme.

—¡Luke, hijo! ¡Qué alegría que estés aquí! Cami no me ha dicho nada.

—Llegué anoche.

—Necesitamos tu opinión, que seguro que entiendes más de estas cosas —comenta Helen.

—Claro que entiende más, este chico sale en el anuncio ese de la colonia que tiene el bote negro, el que parece el cáliz de Jesucristo —añade Molly.

Me trago la carcajada y sonrío. Imagino que se refiere al que simula ser un trofeo, pero no la corrijo.

—¿Qué necesitáis? —pregunto en cambio.

—Ruth ha diseñado el cartel para el festival —explica Maggie—. No nos termina de convencer.

—Es una mierda —aclara Molly. Las otras la miran con los ojos muy abiertos, como si hubiese soltado una blasfemia—. ¿Qué? ¿Para qué vamos a suavizarlo? ¡Lo sabéis tan bien como yo!

—Ruth tiene muchas virtudes, es muy buena organizadora de eventos, pero las tecnologías se le escapan de las manos.

—¿Puedo verlo? —indago, ya cargado de curiosidad.

Giran el póster a la vez, con caras compungidas.

Llevo años dedicándome al modelaje, así que sé escoger las expresiones faciales para que encajen con lo que quiero mostrar.

Aun así, no estoy seguro de esconder del todo mi cara de sorpresa cuando me topo con esa…

cosa. Ni siquiera tengo muy claro lo que es.

Parece una figura abstracta vestida de época, con la cara deformada.

La tipografía que ha escogido apenas es legible y hay tanto texto que termina tapando el vestido.

Molly se ríe al ver mi cara, y Helen tiene la precaución de taparse la boca para evitar hacerlo.

—Ay, es horrible, ¿verdad? —lloriquea Ruth—. Si es que yo me ofrecí a hacerlo, pero realmente no tengo ni idea.

—Quizá se pueda mejorar con algunos retoques —interviene Maggie.

—Yo creo que sí —coincide Molly—. Podemos recortar esto de aquí —añade señalando lo que supongo que es la cabeza de la chica—¸esto, y esto, y todo, hasta que no quede nada y entonces lo tiramos a la basura.

—Señoras, críticas constructivas, si no os vais —se impone Maggie, mirándolas muy seria.

—Mi crítica constructiva es que destruyas ese cartel y empieces de cero —ataja Helen.

Se enzarzan en una discusión entre las cuatro y yo me quedo al margen, viendo los dardos volar entre ellas. No es nada serio, luego seguirán siendo tan amigas, es la forma que tienen de relacionarse estas mujeres. Vuelvo en mí cuando escucho a Ruth gritar emocionada:

—¡Pues no es mala idea!

—¿A ti qué te parece? —me pregunta Maggie.

—¿A mí?

—Claro, a quién si no —protesta Molly.

—Perdonad, ¿podéis repetirlo?

—No sé si no nos ha escuchado o se está haciendo el sordo —interviene Helen.

—Luke, cariño, tú entiendes de todo esto —empieza Maggie, mirándome directamente— Queremos que el cartel sea llamativo y profesional, porque Ruth está empeñada en hacer crecer esta fiesta y que venga más gente desde otros pueblos.

—Es una de nuestras señas de identidad, los pueblos vecinos pueden disfrutarla también —añade la aludida—. ¿Podrías ayudarnos a hacerlo? Seguro que se te da mejor y tienes buenas ideas. Va a ser lo primero que la gente vea. Queremos subirlos también a Facebook.

—¿Ideas? —pregunta Molly y se ríe—. ¿Vosotras habéis visto a este chico? Solo tenéis que poner su cara en el cartel y la gente vendrá sola. Sin ofender, Luke, nosotras sabemos que eres más cosas además de guapo.

—Tranquila, no me ofendes —respondo con la risa contenida. Molly es así de natural, no tiene filtros al hablar. Quiero ayudar a Ruth a sentirse mejor, así que acepto—. Pensaré en algo, os lo prometo. ¿Para cuándo lo necesitáis?

Los ojos de las cuatro mujeres se iluminan mientras me observan como si estuviesen mirando a un ángel.

—¿Para esta semana podría ser? —pregunta Ruth—. Sé que es poco tiempo, pero tengo que imprimirlo, pegarlo, algunos vecinos me van a ayudar a llevarlos también a los otros pueblos… Cuanto antes estén, antes podremos ponernos a ello.

Pese a que no tengo ni idea de qué voy a hacer en tan poco tiempo, vuelvo a asentir.

—Te diré algo pronto. Hoy no puedo ponerme, ya tengo otro plan.

—¡No te preocupes! ¡Ay, gracias, me salvas la vida!

—¡Pues ahora idos por ahí y dejad que desayune en paz! —exclama Maggie. Su voz suena tan autoritaria, que incluso las ancianas obedecen y se vuelven a su mesa—. ¿Café solo? —me pregunta con una dulzura que choca con su tono anterior.

—Con un poco de leche —pido. No digo nada del chocolate. Creo que eso está mal visto para los Jenkins.

Maggie me sirve la taza y me agradece de nuevo la ayuda con el cartel.

—¿Puedo pedirte yo algo o ya sería abusar? —me pregunta ella.

—Maggie, puedes pedirme siempre lo que quieras. Nunca sería abusar —respondo. Esta mujer es como una madre para mí, la madre que siempre quise tener. Ella ha hecho tanto por mí y a tantos niveles que nunca viviré lo suficiente para devolvérselo todo.

Extiende la mano por encima de la barra y me da un apretón cariñoso. Sabe todo lo que hay detrás de mis palabras, todo el agradecimiento que guardo hacia ella.

—¿Crees que puedes convencer a tu hermana para que venga al festival? Cole no lo sabe aún, pero quizá ella sí. Le vendrá bien despejarse. Y nosotros tenemos ganas de verla.

—Lo intentaré, claro. Yo también necesito tu ayuda —le digo entonces—. No sé si Camille te ha contado la apuesta que perdimos.

—Sí, me lo dijo. Quiero mucho a Sean, pero no suele tener muy buenas ideas. Retar a mi Cami al billar… Si hasta hace dos días, él no diferenciaba la bola blanca de la negra. ¿Qué necesitas?

—La cena es esta noche y quiero que sea especial para Caden. He pensado en preparar su comida favorita, pero no sé cuál es.

—¡Qué detalle más bonito! —Sonríe y los ojos se le iluminan al hacerlo—. Adora las albóndigas con salsa. Creo que tengo algunas de la última vez que hice, te las puedo dar…

—Gracias, pero quiero hacerlo yo. Es lo justo.

Su sonrisa se ensancha todavía más.

—Te daré mi receta.

—Perfecto. ¿Y cuál es la de Camille?

—¿Vas a hacer su comida favorita?

—Claro, también quiero que ella lo disfrute.

Es curioso porque, aunque la sonrisa se vuelve más pequeña, los ojos ahora le brillan más.

—La lasaña, con mucho queso. También tengo la receta. Dame un segundo y te apunto las dos.

—Lo que necesites. Esperaré tomando café.

Elijo una mesa apartada y compruebo las notificaciones del móvil mientras disfruto de una bebida caliente. Solo abro WhatsApp, nada de redes sociales. Apenas las miro desde que llegué a Harper Springs, es parte de mi desconexión.

Aprovecho para escribirle un mensaje a Hails.

Dentro de unas semanas es el festival de la Herencia de Primavera. Maggie me ha pedido que te convenza para que vengas. Yo también quiero que vengas. Te quiero.

Siempre me despido así de mi hermana. Supongo que, por mucha terapia que haya hecho y mucho que haya sanado desde que Lucy se fue, el miedo a la pérdida es demasiado fuerte como para desaparecer del todo.

Maggie viene un rato después y me deja un papel sobre la mesa.

—Ni te has acordado, pero por si también te interesa —me dice. Después, me guiña un ojo y se va.

Leo lo que ha escrito y, además de la receta de Caden y Camille, hay otra de una carne con salsa de setas. Es la comida favorita de Taylor.

La apuesta era con las dos, claro. Ni siquiera me he acordado de ella.

Siento un nudo en el estómago al darme cuenta de por qué. He estado tan pendiente de que todo saliera perfecto para Caden y Cami, tan centrado en ellos, que me he olvidado por completo de Taylor. No porque no sea mi amiga, sino porque, en el fondo, no me importa tanto como los otros dos.

Y, por mucho que intente negarlo, eso revela más de mí de lo que quisiera aceptar.