Capítulo 13
CAMILLE
La semana ha ido pasando entre Caden y el trabajo.
Algunas mañanas, Taylor y Adam me ayudan con el Bed and Breakfast para que yo pueda continuar en la reforma.
Otras lo hace mi madre, que deja a Hannah al frente del restaurante.
Luke aprende rápido, así que llevamos un ritmo que, por un lado es bueno, por otro resulta agotador.
Él descansa algunas tardes, otras continúa colocando tablones, lijando o barnizando.
Las mías las reparto entre las cabañas y Caden.
Esta noche, sin embargo, el plan es otro.
Sean no concibe que Luke lleve aquí tanto tiempo y todavía no hayamos salido a ningún lado.
La idea inicial era que se fuesen los chicos, pero ellos insistieron, mi madre también insistió en quedarse con su nieto, y aquí estamos Taylor y yo, en el aseo de un bar en Sandy, mientras ellos piden las bebidas.
—Tía, Luke está buenísimo —me dice mi amiga mientras se sube las bragas.
—¿Te has peleado con Adam? —pregunto mientras tomo su relevo para hacer pis.
—¿Qué? ¡No! —exclama—. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Sigo teniendo ojos en la cara, puedo darme cuenta de que un tío está bueno y seguir queriendo a mi novio.
—Ya sé que Luke es guapo, no sé a qué viene eso ahora —le recrimino, antes de que insinúe lo que creo que va a insinuar.
Terminamos y nos paramos frente al espejo para lavarnos las manos y retocarnos el maquillaje. Taylor se ha pintado los labios de rojo, a juego con su pelo. Yo solo los he perfilado y puesto brillo.
—¿No te gusta? No me digas que nunca has pensado en liarte con él —comenta y me mira a través del espejo.
—Tía, Luke es un amigo. Además, es el mejor amigo de mi hermano. Sería raro.
—Cole está saliendo con la hermana de su mejor amigo.
—Sí, y ya viste lo mal que se lo tomó al principio. Estuvo meses sin hablar con ellos.
—Bueno, no tendría ni por qué enterarse. Luke está en el pueblo, tú te mereces darle una alegría al cuerpo… Tampoco hace falta que te enamores de él, yo solo sugería que podías tirártelo.
—Sigue siendo mi amigo —argumento.
—Lo que tú digas.
Coge mi mano y tira de mí hacia afuera. Los chicos están en la mesa de billar, jugando una partida.
Luke está inclinado hacia delante, con el taco entre los dedos y una mirada de concentración.
Me fijo en él. En su pelo, entre rubio y castaño, que ha peinado con esmero, en esos ojos azules y penetrantes, en sus manos grandes, en esa postura que marca los músculos de sus bíceps y el torso, en…
Maldita sea, ¿qué estoy haciendo? Ya sé que Luke es atractivo, y no me refiero a un atractivo común, como el de mi hermano.
Este chico protagoniza campañas de perfumes.
Su mirada podría vender cualquier cosa, incluso fantasías.
Me sonríe cuando me ve llegar y yo vuelvo a maldecir a Taylor.
—¿Os apuntáis a una partida? —pregunta Luke—. ¿O tenéis miedo de perder? —añade mirándome directamente.
—No me subestimes. Soy bastante buena manejando este palo —comento mientras cojo el taco. No es mentira. Cole me enseñó a jugar y he practicado durante años.
—¿Sí? ¿Y eres igual de buena manejando otros palos? —indaga Sean con las cejas alzadas—. Unos más cortos, pero más gruesos…
Adam y Taylor se ríen a carcajadas, pero Luke solo me observa con una media sonrisa y una mirada curiosa. Ni siquiera he pensado en el doble sentido cuando he soltado esa frase, pero se lo he puesto a huevo. Sin embargo, hace falta mucho más que eso para ruborizarme o dejarme sin palabras.
—Sean, lo tuyo es más parecido a la tiza… —replico, en referencia al utensilio que se utiliza para aumentar la fricción con la bola blanca, para evitar que el taco se resbale. Esta vez todos ríen, incluido Luke—. ¿Empezamos?
—Somos impares —apunta Adam—. No me importa quedarme fuera. Me parece que voy a disfrutar más mirando.
—¿Chicos contra chicas? —sugiere Taylor.
—Perfecto —responde Sean—. Pero vamos a hacerlo más interesante. Necesitamos una apuesta. ¿Qué os parece si, cuando perdáis, tenéis que hacer lo que nosotros os pidamos?
—¿Por qué das por hecho que vamos a perder? —espeta Taylor.
—Esa es una apuesta un poco arriesgada. Sean es un degenerado, no sabemos qué va a pedir… —afirmo yo. Somos amigos, pero lo conozco lo suficiente como para estar segura de que esa carta puede aprovecharla muy bien.
—No se puede pedir nada humillante, ni que sobrepase los límites de la otra persona —aclara Luke, que parece complacido con la idea.
—Además, ¿es que temes perder? Creía que eras muy buena manejando este palo —añade Sean y acaricia un poco su taco de billar, sin borrar esa sonrisa divertida de la cara.
—Os vais a arrepentir de esto —sentencio.
Ni por asomo voy a dejar que ganen esta partida. Pienso disfrutar cuando Sean muerda el polvo.
—Deberíamos definirlo —insiste Taylor—. No quiero favores en blanco.
—Está bien. Si ganamos nosotros, tenéis que invitarnos a cenar. Cocináis vosotras —plantea Sean, que ni lo ha consultado con Luke—. Y nosotros elegimos el menú y la temática.
—Hecho —acepta mi amiga—. Aceptamos y, además, la cena incluirá a Caden y tendréis que hacer de canguro para él.
—Perfecto —coincide Sean—. Pues las damas primero.
Colocamos las bolas en la mesa y empiezo yo. La blanca rueda con un sonido seco cuando rompo. Impacta contra las demás con fuerza. Una de ellas se cuela, las otras se desplazan hacia todas las direcciones.
—Vamos a lisas —anuncia Taylor.
En el siguiente tiro, meto otra bola con una curva que ni yo misma he planeado. Adam aplaude como si hubiese visto un truco de magia.
—¿Cuándo has mejorado tanto? —resopla Sean.
—Ya te dije que se me daba bien.
Luke me está mirando, más serio. De repente, esta postura me parece incómoda, así inclinada sobre la mesa de billar y con sus ojos clavados en mi figura. Me pongo nerviosa sin poder evitarlo y fallo el siguiente tiro.
La partida continúa entre bromas y algunas pullas. Luke también juega bien y mete varias bolas seguidas. Por suerte, a Taylor se le da mejor que a Sean, que cuela directamente la bola blanca.
Durante mi turno, mi mano se roza con la de Luke. Siento el tacto como algo extraño, como si hubiese una corriente entre nosotros, pero sé que no es más que la estúpida idea que Taylor ha intentado meterme en la cabeza.
—Perdón —murmura y aparta la mano con naturalidad, sin ningún drama. Solo eso, una disculpa y una sonrisa.
Taylor y yo vamos ganando. Me tumbo casi sobre la mesa para apuntar mejor.
—Esa postura te hace un culo increíble —comenta Sean.
Me giro para fulminarlo con la mirada. Sé lo que intenta. Quiere ponerme nerviosa para que falle, pero lo conozco. Para Sean soy como una hermana pequeña, nunca me vería de ese modo. Me ha conocido con los pañales, literalmente.
—No va a funcionar —se burla Adam. Cuando acierto y la bola entra en su agujero, él y Taylor se ríen—. Va a hacer falta mucho más que eso.
—Luke, tío, échame una mano. Si mete la negra, perdemos. Me da igual cocinar o hacer de canguro, lo que me importa es la honra.
Luke no le responde, solo me mira. Primero con diversión, luego con algo más similar a la picardía. Es un gesto sutil, el tipo de expresión que suele pasar desapercibida si no estás atenta. Pero yo estoy atenta.
Me olvido de los chicos, dispuesta a ganar. Ya no es por el premio, que es muy suculento, sino por cerrarle la boca a Sean y su ego. La bola negra está bien colocada, solo tengo que empujarla un poco para que entre.
Taylor me guiña un ojo. Adam se cruza de brazos, expectante. Sean habla sin parar, intentando distraerme con sus tonterías.
Luke da un paso hacia mí, luego otro. Ya estoy agachada, concentrada, con el taco en posición. Mi respiración es estable, mi pulso también.
Hasta que noto a Luke justo a mi lado. Se inclina conmigo, como si fuese a ayudarme a apuntar.
Coloca una mano en el borde de la mesa, justo al lado de la mía.
Su contacto me arde. Vuelvo a pensar en lo que me ha dicho Taylor.
Joder, sí que está bueno. ¿Por qué ha tenido que meterme esa idea en la cabeza?
Mi pulso ya no es tan estable, mis latidos tampoco.
—Sean tiene razón —murmura en mi oído—. Sí que te hace buen culo esa postura.
Abro los ojos, sorprendida, y el taco casi se me escapa de las manos. Casi. Sé lo que está haciendo. Luke nunca me ha dicho algo así.
—¿Estás intentando distraerme, Bedford? —Utilizo su apellido para marcar distancia. Evito mirarlo, pero solo porque no me siento preparada para toparme con esos ojos desde tan cerca.
—Estoy constatando un hecho.
Respiro de forma profunda y me tomo mi tiempo.
No puedo evitar girar el rostro, solo un poco.
Me choco de bruces con su azul. No es un azul mar, sino más bien el color de un cielo inestable, de una tormenta a punto de estallar.
Luke está cerca, más de lo que había imaginado.
Su expresión cambia. Ya no parece tan seguro de sí mismo.
Veo sus nervios, su confusión. Mi mente, que hace unos segundos estaba haciendo cálculos de ángulos y velocidad, ahora solo puede pensar en su cercanía, en el aroma de su colonia, en la tensión que refleja su mandíbula.
Necesito recuperar el control.
Sonrío.
Él no.
Sigue serio. Retrocede unos centímetros, como si no soportara estar tan pegado a mí. Sin apartar la mirada de sus ojos, realizo el último tiro. No necesito mirar para saber que hemos ganado. Escucho la bola entrar, el grito entusiasmado de Taylor, la frustración de Sean.
—Tramposo —le digo cuando me incorporo sobre la mesa, con una sonrisa triunfal—. No conocía esa faceta tuya.
—¿Qué faceta?
—Jugar sucio. No te hacía inventándote nada para ganar.
Taylor llega en ese momento y se lanza a abrazarme, dando saltos.
—¡Eres una máquina! —exclama. Después se gira hacia Sean—. ¡Chúpate esa, perdedor!
—Eres un provocador, Sean, ahora van a disfrutar a tu costa —añade Adam.
Las pullas y las bromas siguen entre los tres.
Luke me mira un instante, serio. Pese a que abre la boca con la intención de decir algo, se limita a tragarse la saliva y sus palabras.
Yo me quedo con el sabor dulce de la victoria, también, con una sensación extraña que antes no estaba ahí. Como si la partida no hubiese terminado todavía, pero esta no tuviese nada que ver con el billar.