Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 12
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Capítulo 12

LUKE

Hoy es el primer día de trabajo.

He llegado a la cabaña antes que Cami. Nunca he sido de los que duermen demasiado, especialmente en los últimos meses.

Quedarme en la cama supone tener más tiempo para pensar en cosas que prefiero evitar, la mayoría relacionadas con mi futuro.

¿Está mi carrera en el deporte terminada?

¿Podré volver a jugar con la misma intensidad que antes, o tienen razón los medios y debería retirarme ya?

¿Qué voy a hacer el resto de mi vida si mi profesión se termina a los treinta años?

He venido a Harper Springs en gran medida para no tener que pensar en todo esto.

Por esa razón he madrugado, me he preparado para una jornada de trabajo y he venido primero, a sabiendas de que Camille no estaría porque ella tiene otras ocupaciones.

Hasta que no deje a Caden en la escuela, no llegará.

Hoy Taylor y Adam se encargan del Bed and Breakfast .

Incluso me ha dado tiempo para salir a correr por el sendero situado detrás de la cabaña.

Hails me contó que ella lo utilizaba con la bici para ir al pueblo.

Aunque da más rodeo que la carretera, también es más bonito.

Hay un pequeño desvío oculto por la naturaleza que, si lo tomas, en lugar de a Harper Springs te lleva a un manantial.

El lugar es pequeño y está escondido cerca de las montañas, pero ahí reside la magia que alberga.

No tengo instrucciones porque yo no debería estar aquí todavía; hemos quedado más tarde.

Aprovecho para familiarizarme con la obra.

Son dos cabañas, aunque me dijo que nos centraríamos en la más grande.

La madera del exterior está bien, pero hay que cambiar las ventanas y la puerta.

En el interior es un caos. Faltan paredes, tuberías, cables y básicamente todo lo necesario para convertir este sitio en habitable.

La otra cabaña, más pequeña, se encuentra en mejor estado.

Se nota que ha trabajado en esa y, a falta de los últimos detalles, la obra está terminada.

—¡Qué temprano!

Me giro para ver a Camille aparecer con dos cafés y una bolsa de papel. Lo deja sobre una vieja mesa de madera y se recoge el pelo en una coleta.

—Creía que habíamos quedado a las nueve —menciona.

—Suelo madrugar bastante, no soy muy amigo de la cama —comento. Oculto el motivo, pero no tiene por qué saberlo—. ¿Ese café es para mí?

—Sí. No tenía muy claro cómo lo tomabas, así que te lo he pedido como le gusta a mi hermano. Solo y sin gracia.

Me río y cojo el vaso. Cole es amante del café, no le gusta añadir nada más para que no le reste sabor. Yo, sin embargo, lo prefiero con leche, incluso con un poco de chocolate.

—Gracias —digo y doy un pequeño trago. Está asquerosamente amargo, pero no lo expreso en voz alta.

—No te gusta, ¿verdad? —pregunta sin quitarme el ojo de encima—. Puedes tomarte el mío. Es un mocca .

—Tranquila, este está bien.

—He traído cookies para compensar.

—Pues eso está mucho mejor. Ya he desayunado, me la guardo para el primer descanso. ¿Cuál es el plan? ¿Por dónde vamos a empezar?

—¿No te he contado nada del proyecto? ¡Pensaba que sí!

Perdona, es que duermo poco y a veces se me va la cabeza.

Son dos cabañas, una de ochenta metros y la otra tiene ciento cuarenta.

Mi idea es destinar la pequeña a los lugares comunes, como la recepción, la cocina y el comedor, y la grande dividirla en dormitorios con baño propio.

Todas tienen que tener vistas, unas al lago y otras al bosque.

—Su mirada se ilumina conforme habla y su entusiasmo es contagioso—.

Quiero hacer seis habitaciones normales y otra más grande, tipo suite.

El mayor problema es que no entiendo nada de fontanería, esa parte la hizo Cole.

—No te preocupes, encontraremos la forma, aunque sea trayendo aquí a Cole —bromeo—. ¿Puedo ver los planos?

—Sí, los tengo en el coche. Te enseñaré también la lista de tareas para hoy.

—¿Tienes una lista de tareas diarias?

—Es mi forma de vida —me informa—. Bueno, al menos, la forma en la que me organizo.

Dedicamos la siguiente media hora a estudiar los detalles y el planning a seguir.

Quiere abrir dentro de tres meses. Las cabañas las compró hace casi dos años y empezó a trabajar pero, durante unas lluvias, el techo de una de ellas se derrumbó y tuvo que empezar de cero.

Pretende mantener una esencia rural, con vigas de madera vistas, suelos cálidos y chimeneas en todas las estancias.

—Quiero que la gente se sienta como en su hogar, como me siento yo en Harper Springs —asegura.

Una vez está todo claro, el trabajo de la mañana consiste en levantar las paredes que separan las habitaciones. Camille me enseña cómo colocar los tablones, cuáles son los pilares, incluso a manejar la pistola de clavos, no sin cierta desconfianza inicial.

—Ten cuidado con eso —me dice cuando me la entrega con ambas manos, como si fuese una bomba a punto de estallar.

—¿Crees que voy a clavarme un dedo o algo así? —finjo indignarme.

—No, creo que vas a clavarme a mí , que es peor —suelta y se aleja un par de pasos.

Bromeamos y reímos mientras trabajamos, lo que hace todo más ameno. Me siento en paz. Tranquilo. Sin ese ruido externo que siempre hay en mi mente y me dice que mi futuro ha terminado.

—No se te da tan mal como esperaba —confiesa un rato después, mientras descansamos y devoramos las cookies sentados en el jardín de atrás de la cabaña.

—¿Tan mal esperabas que se me diera? —pregunto divertido.

—Tengo que admitir que Cole me contó que el trabajo manual no era tu punto fuerte.

Me río. Ese desgraciado siempre aprovecha cualquier situación para meterme caña, aunque nunca sea en serio.

—¿Y cuál te dijo que era mi punto fuerte?

—Cuidar de los tuyos —responde y me mira fijamente—. Mi hermano siempre presume de que, si tuviera que dejar su vida en manos de alguien, serías tú. Y ambos sabemos que es cierto.

Trago saliva. Claro que sé que es cierto.

Cole lo pasó especialmente mal cuando se lesionó y tuvo que dejar de jugar al fútbol profesional.

Fue un largo camino hasta encontrar la felicidad que siente hoy día.

Un camino que hicimos juntos, porque somos amigos y siempre estaremos ahí el uno para el otro.

—Haría cualquier cosa por él —admito sin reparos.

—Incluso venirte unos meses aquí para ayudar a su hermana pequeña a reformar dos cabañas.

La observo muy serio, lo suficiente para que deje su galleta y me devuelva la mirada.

—Incluso eso, sí, pero no lo estoy haciendo por él, Camille. Te estoy ayudando por ti.

Baja la mirada y me doy cuenta de que se ha ruborizado, como si no terminase de creerse esas palabras. No me incomoda, pero me sorprendo al descubrir que está más relacionado con la duda que con la timidez. Esa sensación de no estar segura de merecer lo que está construyendo.

Y entonces lo entiendo.

No soy el único que intenta poner en orden sus ideas y su futuro. Quizá por eso estemos aquí los dos, entre polvo y madera, para recordarnos que empezar de cero no es fracasar, sino atreverse de nuevo.