Capítulo 8
LUKE
Tengo el corazón encogido y siento una impotencia que no sé explicar.
Camille no solo es la hermana de mi mejor amigo, es una amiga en sí misma.
La conozco desde hace años y pocas veces la he visto llorar de esta manera, tan destrozada.
Me mata no saber qué está pasando, pero no voy a presionarla.
Si no quiere hablar, me limitaré a estar con ella, sin más.
Si necesita estar sola puedo dejarle espacio, aunque no voy a irme.
Las calles de Nueva York en plena noche no son el lugar más seguro para una chica solitaria.
Siento el frío helado en la espalda y los brazos. Camille ha salido sin su abrigo y, en cuanto la he visto temblando, le he colocado mi chaqueta encima.
—Me ha escrito Dylan —dice de pronto.
No reacciono al principio, porque no caigo en quién es. Voy pasando nombres y rostros por mi mente, tratando de recordarlo, hasta que doy con él.
Se me escapa un grito de sorpresa. Camille solo me lo mencionó una vez, hace ya muchos años, cuando me contó que estaba embarazada y el padre se había desentendido.
No solo eso. Resulta que Dylan no es más que un desgraciado que hizo una parada en Harper Springs, se acostó con ella, y después siguió su camino.
Le recriminó que la había engañado por asegurarle que usaba la píldora.
Sí que la utilizaba, pero desconocía que había un margen de error.
Ese sinvergüenza tuvo el valor de acusarla a ella de mentir, mientras le pedía matrimonio a su novia a la que acababa de engañar.
Le exigió que nunca contactara con él.
Y ahora es él quien ha contactado con ella.
—¿Qué te ha dicho? —pregunto despacio.
Silencio.
Las manos le tiemblan. No me lo pienso cuando se las agarro con cariño y las envuelvo entre las mías. Sé que no tirita por el frío, tampoco mi intención es solo calentarlas. Necesito que sepa que estoy aquí, que puede contar conmigo.
—Quiere conocer a Caden. ¿Y si quiere compartirlo? ¿Y si pretende aparecer en su vida y, yo qué sé, que pase con él dos fines de semana al mes? No puede, Luke. No puede quitarme a mi hijo.
Llora con desgarro y yo tiro de sus manos para atraerla hacia mí y abrazarla. Camille solo se deja hacer, deshaciéndose de dolor entre mis brazos, y yo la aprieto con más fuerza porque no sé qué otra cosa puedo hacer.
—No va a llevárselo —prometo con la voz firme—. No sé si tiene o no algún derecho, pero no importa. No vamos a permitírselo.
Voy a preguntar a abogados, quizá incluso pueda utilizar algún amigo influyente, pero no voy a dejar que ese hombre se acerque, ni a Caden ni a ella.
Lleva años ignorándolos a ambos, seguro que las leyes protegen de estas cosas.
No pueden obligar a un niño pequeño a que pase tiempo con alguien a quien ni siquiera conoce.
—Te estoy manchando toda la camisa —comenta de pronto y se separa un poco de mí.
Me la ha mojado con sus lágrimas.
—No seas idiota, no me importa la camisa.
La empujo hacia mí para abrazarla de nuevo y noto cómo poco a poco se va relajando. La respiración más regular, el llanto desaparece.
Escuchamos pasos apresurados y nos giramos a la vez. Cole y Hails llegan hasta nosotros y, en cuanto ven la cara de Camille, se agachan a su lado.
—¿Qué ha pasado? —pregunta su hermano.
—Te hemos visto salir de la terraza, pero estábamos esperando el ascensor y no llegaba y… —titubea Hailey—. ¿Estás bien?
—Me ha escrito Dylan, el padre de Caden. Dice que quiere conocerlo y…
—No —espeta Cole, sin dejar que termine—. Déjame el móvil, le responderé yo mismo si hace falta. No va a acercarse a mi sobrino. Y no es su padre.
Una parte interna de mí sonríe al escucharlo. Normalmente, yo soy el sobreprotector y él, la persona comprensiva y abierta. Ahora, sin embargo, su reacción ha sido contundente. Caden es su familia y está dispuesto a protegerla con la misma ferocidad con la que yo defiendo a la mía.
Camille se levanta y saca el móvil. No se lo da a su hermano, sino que teclea ella misma.
—La respuesta es cosa mía.
No veo lo que pone, hasta que termina, le da la vuelta al teléfono y nos enseña la pantalla.
Como tú mismo dijiste hace años, no es tu hijo. Es solo mío. Llevas toda la vida ignorándolo. Sigue haciéndolo, no queremos saber nada de ti.
—Bien hecho —la animo. No necesita mi aprobación, pero quiero que sepa que estoy orgulloso de ella.
—Dylan puede irse al infierno —añade Hails—. O podemos llevarlo nosotras mismas. Seguro que Jenna se ofrece a atropellarlo con el coche si hace falta —bromea.
—¡Jenna! —exclama Cami. Se seca las lágrimas que le quedan y esboza una pequeña sonrisa—. ¿Va a matarnos por desaparecer de su fiesta?
—Probablemente, pero eso no importa ahora —comenta Cole—. Lo importante es que tú estés bien.
—Lo estoy, chicos —asegura. Abre los brazos y se acerca a nosotros para darnos un abrazo grupal—. Gracias.
Cuando los cuatro nos envolvemos con un cálido gesto, el corazón se me desencoge por fin. Odio ver a Camille llorar, pero sus sonrisas devuelven el mundo a la normalidad.