Capítulo 3
LUKE
Estoy acostumbrado a los aeropuertos y a los viajes, pues tomo decenas de aviones cada año.
Es algo que normalmente me gusta, pero que hoy estoy detestando.
Si hubiese salido desde Filadelfia me habría desplazado en coche para evitarlo.
Por desgracia, he tenido que ir a Washington para ver a mi representante.
Las terminales congregan a mucha gente y, cuando eres una persona famosa, resulta sencillo que te reconozcan.
No suele importarme hacerme fotos con los fans, firmar algún autógrafo o incluso tener una breve conversación sobre el último partido.
Llevo muy bien la fama, es algo que me gusta, que me parece un privilegio, más que un castigo.
Al menos, así pensaba hasta hace poco. La fama es genial cuando va acompañada de piropos y agradecimientos, pero es tan volátil, que un día puedes ser el jugador favorito y, al siguiente, te están recriminando que les has costado la temporada al equipo, que eres un pésimo deportista y que deberías retirarte (en los mejores casos, en los peores, creen que mereces incluso morirte).
Así que me coloco las gafas de sol, me ajusto la gorra y trato de pasar desapercibido hasta que me subo al avión y me acomodo en mi asiento.
Las únicas personas que me reconocen ahora son las dos azafatas encargadas de esta zona, que me miran sin ocultar su emoción y sorpresa. Una de ellas me entrega una pequeña botella de ginebra, una tónica, un vaso y una sonrisa deslumbrante.
—Perdona, pero mi amiga y yo nos estamos preguntando… ¿Eres Luke Bedford, verdad?
No parece que vaya a echarme nada en cara, así que asiento.
—Lo sabía, te he reconocido por el anuncio de la colonia.
Eso es bueno, que sepa quién soy porque patrocino el último perfume de Paco Rabanne y no por mis horribles estadísticas de esta temporada.
—Me llamo Allie. Voy a estar en Nueva York un par de días… Si te aburres, o lo que sea, llámame. Estaré disponible.
Allie se va antes de que pueda decir nada. Me fijo en el vaso que me ha entregado. Ha escrito su número de teléfono y dibujado un par de corazones al lado.
La contemplo mientras se aleja, con ese uniforme que se ajusta a sus curvas y ese contoneo de caderas.
Últimamente tengo la mente en otra parte. En la presión que gente que no conozco ejerce sobre mí, en la incertidumbre de qué pasara de mi vida cuando solo tengo treinta años, en la preocupación de no saber si mi carrera deportiva ha llegado ya a su fin.
Quiero despejar la mente y olvidarme de todo.
Sin pensármelo demasiado, me levanto de mi asiento y sigo a Allie por el interminable pasillo del avión. Le rozo la cadera al pasar por su lado, una caricia suave, pero cargada de intenciones. Me doy la vuelta para seguir caminando de espaldas, sin dejar de mirarla a los ojos, y me meto en el aseo.
No coloco el pestillo.
Apenas dos segundos después, la puerta se abre y una Allie decidida viene hacia mí. Tomo la iniciativa. Me apodero de sus labios y la beso con unas ganas provocadas por el deseo de distraerme, de apartar todo de la mente y dejarla limpia y vacía.
Ella gime cuando meto la lengua en su boca y aumenta la intensidad del beso. Nos convertimos en un amasijo de manos acariciándose, apretándose, provocándose placer.
Le subo la falda por la cintura, la coloco encima del minúsculo lavabo y me cuelo entre sus piernas. Me detengo un segundo para mirarla. Allie se fija en mí, sorprendida por el repentino parón.
—Esto solo va a ser un polvo —informo. No quiero que confunda las cosas, ni que luego me haga unas exigencias que no voy a responder.
—Me parece perfecto.
—Bien. Me gusta ser claro para que no esperes otra cosa.
—No quiero nada más, Luke Bedford —me responde y, al hacerlo, me doy cuenta de que soy una especie de trofeo para ella, una anécdota que contar a sus amigas. «Me tiré a Luke Bedford en el avión. Ya sabes, el del anuncio de la colonia de Rabanne».
También decido que no me importa.
No soy hipócrita; ella me va a usar, igual que yo la voy a usar a ella. Somos adultos, podemos hacernos cargo de nuestras decisiones.
—Será un polvo inolvidable, eso sí —le susurro en el oído con la voz ronca.
Noto cómo se eriza y me busca de nuevo para besarnos.
No hay delicadeza, ni siquiera cariño. Ella me desabrocha el pantalón con prisas, yo tiro de sus bragas y se las arranco. Mis caricias la hacen gemir, pero tampoco las prolongo. Me coloco un condón que guardo siempre en el bolsillo trasero y la penetro de golpe.
Me la follo sobre el lavabo y contra la puerta, después me sienta en el váter y se sube encima para cabalgarme. Son apenas diez minutos de sexo rabioso y desenfrenado, que culminan con un orgasmo brutal que cumple su objetivo.
Cuando vuelvo a mi asiento, esa sensación de fracaso ha desaparecido para dejar paso a una reconfortante paz.
Una paz que va a durar tan solo unos minutos y, después, volveré a machacarme con la intensidad de siempre.