Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo treinta y dos #2
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Capítulo treinta y dos #2

Cinco minutos después, Callie susurra:

— ¿Pizza después del ensayo? ¿Todos juntos?

Frunzo el ceño. No nos reuníamos todos desde la cena de la sección de agosto. No puede ser que todos tengan tiempo o ganas. Pero, para mi sorpresa, todos asienten, y parece que se me afloja un poco la opresión del pecho.

Soy la última en llegar al restaurante porque mi madre me ha escrito para pedirme que lleve a Kelsey a danza, ya que ella tiene la agenda hasta arriba.

Cuando entro, me llega un coro de risas y voces.

Sigo el sonido hasta el fondo, donde el equipo entero está reunido en torno a una gran mesa redonda.

—¡Por fin llega! —grita Li.

Saludo con la mano y me siento.

—Gracias por venir, chicos. Es muy importante para mí.

—Teníamos que celebrarlo con una cena —dice Callie—. Y despotricar sobre la sección de percusión, que ha vuelto a demostrar que es lo peor.

Los demás asienten con vehemencia, pero yo no consigo enfadarme con los percusionistas. Ni siquiera tengo fuerzas para despotricar contra Brody. Lo único que siento es apatía y una tristeza dolorosa.

Cuando me quedo callada, se hace un silencio incómodo en la mesa.

—Perdonad por aguaros la fiesta —murmuro—, pero ahora mismo no estoy rabiosa ni indignada. Simplemente estoy plof.

—Por cierto… eh… lo de Max… —dice Deja—. Ha sido de la nada, ¿no? ¿No lo odiabas?

—Yo también lo pensaba —respondo con una risita—.

Al menos durante un tiempo. Pero nos conocemos desde hace años y, al final, me di cuenta de que tanto odio a lo mejor se estaba convirtiendo en…

—Se me pasa por la mente una palabra concreta de cuatro letras, pero me apresuro a apartarla de la cabeza.

No puedo decirla en voz alta—. En otra cosa.

Pero es muy complicado. No sé cómo confiar en él.

—Es que no deberías confiar en él —dice Addison—. Es de percusión.

Se escapan algunas risitas en torno a la mesa.

—No me matéis —interviene Li—, pero creo que Max es bastante buen tío. Hemos estado jugando a D a estos tres les encanta el cotilleo—.

A Milord se le veía enfadado. ¿Sabéis qué pasaba?

Niko y Felix niegan con la cabeza.

—Ni idea.

—Yo no quiero saberlo —dice Niko—. Solo quiero sobrevivir al campeonato estatal del sábado.

—Nosotros también —dice Callie—. Aunque volveremos a ser los que saquemos las mejores puntuaciones.

Felix se encoge de hombros.

—Me da igual. A estas alturas ya no me importa.

—A mí también me da igual —añade Niko.

—A mí también —dice Deja. Se le ponen las mejillas coloradas cuando todos la miran—. No me gusta competir.

—¿Por qué todo tiene que girar siempre en torno a la banda? —pregunta Keira—. A veces solo me apetece comer pizza y hablar de Bailando con las estrellas .

—Me encanta ese concurso —se apresura a decir Devin.

—Mi madre lo ve siempre —comenta Niko—. Todas las semanas se queja de los jueces.

—¡Y con razón!

Varios más se suman a la conversación y yo me recuesto en la silla, sorprendida y contenta a la vez.

No es que sea precisamente una cena de celebración ni de lamentos, pero quizá sea algo aún más raro: una conversación normal entre integrantes del color guard y de percusión.

Que avisen a la Iglesia, porque creo que acabo de obrar un milagro.