Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo treinta y uno #2
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Capítulo treinta y uno #2

—Veníamos a buscarte —responde Niko lentamente—. La madre de Jamila ha dicho de ir a tomar unos batidos para compensar el horror de competición y queríamos que vinieras. —Frunce el ceño y nos mira a Max y a mí alternativamente—. ¿O estás ocupado?

—No estoy ocupado. Solo estaba felicitando a Hazel por haber ganado la apuesta.

Los demás no parecen muy convencidos con la explicación. Jamila mira a Niko de reojo y se cruza de brazos.

—Sí, ya lo hemos visto. Menuda felicitación.

—Qué mal perder tienes —espeto.

—A ver, tranquilizaos —dice Max—. Hazel y yo nos conocemos de toda la vida. Somos amigos desde hace años.

—Seguro —responde Niko—. Porque yo diría que no parecéis precisamente amigos.

Se suman más compañeros al corrillo, seguramente intrigados por vernos allí parados. Distingo a Felix y a Li, y también está Nova, con una expresión pétrea.

—¿Qué pasa? ¿Nos vamos o qué? —resuena la voz estridente de Brody entre el grupo. Se abre paso hasta delante y pone los ojos en blanco—. ¿En serio estás perdiendo el tiempo hablando con Hazel? Vámonos.

—¿Quién va a limpiar los váteres ahora, Brody? —Sonrío con malicia—. Tiene que ser durísimo saber que has perdido. Aunque, a decir verdad, ya tienes bastante experiencia en eso de perder. —Sé que no estoy ayudando, pero no puedo evitar echar un poco más de leña al fuego.

Brody me fulmina con la mirada, pero Niko interviene.

—La verdad, creo que al final Max no va a salir con nosotros esta noche —le dice a Brody—. Va a salir con otra persona…

Algunos se ríen entre dientes. Se me acelera el corazón cuando me vuelvo hacia Max.

Alzo ligeramente las cejas, animándolo a que se arranque la tirita de una vez y lo diga.

Es su sección, así que no voy a hacerlo yo por él, pero está claro que el momento de los secretos ya ha pasado. De hecho, ya se lo huelen.

Pero, en lugar de acercarme hacia él y anunciar lo que siente, se queda callado. Tenso. «Díselo —le suplico en silencio—. Vamos».

«Sí, estoy saliendo con Hazel».

«Sí, me gusta».

«Es importante para mí».

Max se aclara la garganta, con los ojos muy abiertos y nerviosos. Mira a su sección y luego a mí. La nuez le sube y baja al tragar saliva, y luego se gira para encararlos del todo.

Entonces niega con la cabeza con sorna.

—Es coña, ¿no? ¿Hazel y yo? Claro que no vamos a salir. Solo estaba siendo maduro y felicitándola, algo que a vosotros no os vendría mal hacer de vez en cuando.

Retrocedo un paso.

—¿Maduro? —bufa Brody—. Venga ya. Si sé que aún tienes la llave del almacén de material.

El impacto de sus palabras es tan repentino que de verdad creo que voy a vomitar. ¿Tiene la llave que yo creía haber perdido? Me vuelvo hacia él.

—¿Qué coño está pasando, Max?

Max palidece y agita las manos delante de la cara.

—No es lo que parece. De verdad que no pensábamos hacer nada.

Algunos percusionistas resoplan, como si discreparan bastante de esa versión, pero Max se vuelve hacia ellos.

—No es buen momento. Esta noche no me apetece batido, así que podéis iros. —Entonces se vuelve hacia mí—. Hazel, no te alteres y escúchame.

Los demás se quedan un rato más, probablemente esperando que montemos una escena monumental, pero tengo la mandíbula tan apretada que no me sale ni una palabra.

Felix apremia a su sección a marcharse, pero nos lanza una última mirada nerviosa.

Solo cuando volvemos a quedarnos solos recupero las fuerzas para hablar.

—¿Me robaste la llave?

Max tiene mala cara.

—Fue por una apuesta absurda, en agosto, antes del primer partido de fútbol americano. Pero en ningún caso se me ocurrió hacerlo de verdad.

—Pero ¿lo pensaste? ¿Pensaste en…? —Casi no puedo pronunciar las palabras al imaginar lo que tendrían planeado—. ¿En destrozarnos el material? ¿Rompernos las banderas?

Sé que he acertado cuando cierra con fuerza los ojos.

—Fue solo un segundo. Sé que soy muy competitivo, pero quería ganar por mis propios méritos, no saboteando al rival.

Doy otro paso atrás, con torpeza.

—Es que… no me puedo creer que hicieras algo así. Yo jamás te habría hecho nada parecido ni a ti ni a nadie de percusión.

—Ya lo sé.

—Estaba furiosa conmigo misma por haberla perdido, y Milord estaba muy decepcionado conmigo —susurro—. Pero resulta que no era culpa mía. Me la robaste. —Niego con la cabeza, incrédula—. Y no me lo dijiste, Max. ¿Cómo quieres que confíe en ti?

—Porque fue hace casi dos meses —suplica—. Han cambiado muchísimas cosas; yo he cambiado muchísimo. Te juro que nunca te haría daño. Por eso no pude seguir adelante. Me imaginé tu cara cuando abrieras el almacén y supe que nunca podría hacerte algo así.

Me abrazo el vientre y retrocedo unos pasos más.

—Debería habértelo dicho, pero tenía miedo de que pasara esto.

—Nos señala alternativamente—. No podía arriesgarme a perderte.

Eres lo mejor de mi vida; siempre lo has sido.

Incluso de pequeños, me encantaba tu pelazo rizado, cómo te reías más alto que nadie, lo competitiva que eras, la manera en que podía decir cualquier cosa y tú siempre entendías lo que quería decir.

Y ahora —vuelve a señalarme— eres muchísimo más aún.

—Soy «lo mejor de tu vida», pero no puedes reconocer que estamos saliendo. Así no funcionan las cosas.

—Eso no es justo —dice en voz baja—. Me han pillado desprevenido. También tú me has pillado desprevenido. Creía que habíamos decidido mantenerlo en secreto y no estaba preparado.

Me regresan las mismas náuseas de esta mañana, que me queman la garganta y me revuelven el estómago.

—Ya has dejado muy claro que percusión es lo más importante de tu vida. ¿No es lo que me dijiste cuando estuve en tu piso? Pues estás de suerte, porque se van a tomar un batido. ¿Por qué no pasas el resto de la tarde con ellos? Porque, desde luego, conmigo no la vas a pasar

Me doy la vuelta y me marcho.