Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

- P restadme atención —dice Milord el lunes por la tarde, cuando ya estamos todos sentados en el aula de música—.

Faltan dos semanas para nuestra última competición local, lo que significa que en octubre se acerca otro acontecimiento importante: los premios a mejor integrante.

Estos premios se conceden a una persona por curso.

Los votan vuestros compañeros, junto con las valoraciones mías y de los ayudantes de dirección.

Abriremos las votaciones este viernes, y sé que para muchos alumnos son muy importantes, así que acordaos de votar.

Y recordad que no es un concurso de popularidad, sino una forma de reconocer el trabajo y la dedicación a nuestra banda. Votad en consecuencia.

Milord recorre el aula con la mirada como si quisiera grabarnos sus palabras a fuego en la mente, pero seamos sinceros: claro que es un concurso de popularidad.

Escuchar su discurso me recuerda por qué estaba tan empeñada en ganar al principio de la temporada, aunque ahora parece más improbable que nunca, por mucho que mi madre quiera creer lo contrario.

Ya sabemos que hay una sección que no va a votarme.

En cuanto Milord nos da permiso para irnos, mi equipo se dirige al auditorio para el ensayo. Se agrupan todos, cuchicheando, y yo me acerco con cierta cautela. Ojalá no estén enfadados por nada relacionado con el equipo. De verdad pensaba que el grupo estaba empezando a funcionar.

—Llevo todo el fin de semana que trino —dice Callie.

—¿Que trinas por qué? —pregunto.

—Por lo del partido del viernes —responde, incrédula. Varios asienten—. Pensaba que tú también estarías así.

La miro confusa durante un segundo, hasta que recuerdo la jugarreta que montó la sección de percusión antes del espectáculo del descanso.

Después de todo lo que ha pasado con Max este fin de semana, el partido de fútbol americano ni se me había pasado por la cabeza.

Pero me da la sensación de que no es lo que esperan oír.

—Ah, claro, totalmente —digo, poniendo los ojos en blanco como si me indignara recordarlo—. Aunque está claro que Brody se dedica a organizar estas cosas porque está resentido y frustrado. Deberíamos seguir pasando de él.

Me muerdo el labio, preguntándome si Max estará teniendo ahora mismo una conversación parecida con su sección. Tampoco es que pueda preguntárselo en el instituto. No lo hemos hablado oficialmente, pero doy por hecho que hoy seguimos con la estrategia de hacer como si no ocurriera nada.

—Hazel, ¿qué te pasa? —pregunta Devin.

—¿Cómo que qué me pasa?

—Pensábamos que vendrías con el doble de energía —responde Madisyn—. Devin ya se estaba quejando de los ejercicios extra que nos ibas a obligar a hacer con el concurso tan cerca.

—¿Qué más dan los ejercicios? —dice Rosa—. Lo que tenemos que hacer es encontrar la forma de poner a percusión en su sitio de una vez. Dios, es que no los soporto.

—Yo he tenido que lavarme los pantalones cuatro veces para quitarles el olor a vinagre, y a veces me da la impresión de que aún huelen —dice Yori—. Eran mis favoritos.

—Tenemos que hacer algo —dice Deja.

—Podríamos echarles vinagre en los sombreros, para que lo huelan todo el rato mientras desfilan.

—O esconderles los guantes del uniforme. ¡O las baquetas! A Milord le daría algo.

Los demás se ríen, salvo Li, que está tensa. Sé que estará pensando en Felix. Esto se nos está yendo de las manos.

—A ver, vamos a tranquilizarnos un poco con las venganzas —les digo—. Lo único que conseguiríamos sería que Milord nos sentara en el banquillo cuando se enterase. Tenemos que centrarnos en lo que importa de verdad.

Pero, incluso mientras lo digo, sé que no estoy aplicando mis propios consejos.

Devin tiene razón: normalmente habría aprovechado los ratos libres en clase para decidir qué ejercicios hacer hoy, planificar cada minuto y organizar los ensayos del resto de la semana.

En cambio, me he dedicado a imaginar qué estaría haciendo Max en sus clases de la universidad y a preguntarme cómo reaccionaría la gente si anunciáramos que estamos saliendo.

Supongo que ya tengo la respuesta a la segunda pregunta.

El resto del equipo sigue refunfuñando a mi alrededor, mascullando que hay que acabar con los de percusión.

Agradezco su lealtad al grupo, pero no me gusta verlos así de enfadados.

Y tampoco es cierto que toda la sección de percusión esté en nuestra contra.

¿Y si contarles lo de Max rebajara la tensión que hay entre los dos grupos?

Podría humanizar a la sección de percusión ante sus ojos… o podría salirme el tiro por la culata.

Trabajamos la colocación de las manos en los lanzamientos de molino, pero agradezco cuando aparece Faith veinte minutos después. Está intentando venir más ahora que se acercan las actuaciones importantes y, por una vez, me alegro de cederle el mando y el protagonismo.

Cuando termina el ensayo, Nova viene a buscarme. Lleva su camiseta negra favorita, que reza «Perros Personas».

—Oye, Max me ha dicho que te diga que os veáis en una de las salas individuales antes de que te vayas. —Frunce el ceño al ver mi cara de agotamiento—. ¿Va todo bien?

Anoche estuvimos escribiéndonos sin parar mientras la ponía al día sobre lo de Max. Temía que fuera crítica después de sus dudas anteriores sobre que estuviéramos juntos, pero me ha apoyado en todo momento. Claro que no tiene ni idea de lo que opina mi equipo. Gimo y me aparto el pelo de la cara.

—Sí. Es que mi sección me ha estado recordando lo muchísimo que odian a los de percusión. Ha sido un ensayo bastante incómodo.

—Uf, lo siento. —Me da un codazo juguetón—. Pero creo que te vendrá bien un rato en la sala de ensayo.

Veo a Max en la segunda de las tres salas que hay junto al aula principal.

Es pequeña, apenas cabe una silla y un atril, y las paredes están cubiertas de paneles de espuma para aislar el sonido.

La única forma de ver el interior es por una ventanita en la parte superior de la puerta, y casi nadie pasa por este pasillo si no va a usar una de las salas.

Es el lugar perfecto para estar a solas unos minutos.

—¿Cómo estás? —pregunta Max en cuanto cierro la puerta tras de mí.

Me encojo de hombros y aparto la mirada.

—Pse. Mi equipo sigue echando humo por lo del viernes.

—Brody supo elegir el momento perfecto, ¿eh? —responde con una mueca—. Entonces no les has contado lo nuestro.

—Daba por hecho que no íbamos a hacerlo, ¿no? ¿Se lo has dicho tú a tu sección?

—No le he dicho nada a nadie. —Me dedica una sonrisa tranquilizadora, pero no me siento mejor.

—¿Es una tontería mantenerlo en secreto?

—Yo creo que no. Como hablamos ayer, con todo lo que está pasando, es lo más lógico. Aunque ojalá pudiera hacer esto más a menudo. —Se inclina y me besa suavemente en la sien.

—Milord nos mataría.

—Igual tenemos que volver a dar una vuelta por el parque de detrás del instituto. —Alza las cejas de una forma ridícula y sugerente, y me arranca una carcajada.

—Veo que por fin has descubierto por qué la gente va a ese parque.

—Lo sabía desde que llegué.

Me da un vuelco el corazón.

—¿Lo sabías? ¿Desde el principio?

—Brody no tardó en vacilarme con la cantidad de veces que había ido con chicas.

Me apresuro a apartar esa imagen tan asquerosa de mi mente.

—Entonces, ¿por qué propusiste que fuéramos juntos?

—Porque, a ver… —Me escudriña la cara—. ¡Pensaba que tú también lo sabías! ¿Creías que quería ir a pasear por el parque porque éramos amigos?

—Pues… sí, ¿no? —Estoy tan sorprendida que siento que se me va a desencajar la mandíbula—. Apenas estábamos volviendo a llevarnos bien, así que era imposible que estuvieras interesado en mí y…

—Hazel, llevo queriendo besarte desde que me clavaste el dedo en el pecho y me echaste la bronca.

Estabas tan guapa que casi no podía ni respirar.

Estaba convencido de que me ibas a rechazar cuando te hablé del parque.

—Se pasa una mano por el pelo, entre malhumorado y alegre—.

Cuando allí no pasó nada, di por hecho que no te interesaba.

Me tapo la boca con las manos.

—¡No tenía ni idea! Ni siquiera se me pasó por la cabeza la posibilidad.

Max se echa hacia atrás y se queja, lo que me hace reír. Ahora su expresión es puro sufrimiento.

—¿Me estás diciendo que, si hubiera dado el primer paso en el parque, habrías estado dispuesta?

Vuelvo mentalmente a aquella tarde y a cómo mi cabeza solo podía pensar en besarlo cuando me dijo que quería arreglar las cosas.

—Mi yo del pasado estaba excepcionalmente dispuesta.

Vuelve a protestar, esta vez de una forma aún más agónica.

—Me estás matando. Tanto tiempo rompiéndome la cabeza para convencerte de que me dieras una oportunidad, para que no sirviera de nada.

—Sí que ha servido de algo. —Doy un paso hacia él—. Ahora estamos aquí.

—Ahora estamos aquí —murmura despacio, y se me acelera el corazón—. ¿Estás contenta?

—Contentísima.

La comisura de su boca se curva en una sonrisa.

—Pues ven, anda.

Coloca las manos a ambos lados de mi cuello y me besa.

Este beso es distinto al del sábado. Me hundo contra su pecho y me dejo llevar al sentir sus labios sobre los míos, con la certeza de que, todo este tiempo que yo lo había estado deseando, él también me deseaba a mí.

Es increíble. Por fin estamos juntos y no quiero que nada lo estropee.