Capítulo veintiséis #2
Nova deja escapar un suspiro exagerado.
—Chicos, como Zoinks siga recibiendo tanto amor en las noches de partida, no va a querer marcharse de esta casa.
Me froto las manos con gesto malévolo.
—Conque mi plan por fin está dando sus frutos…
Zoinks ladra como respuesta.
—Creo que lo que pasa es que quiere empezar ya a jugar —dice Li entre risas. La veo mucho más tranquila y contenta que en la última partida, lo cual es buena señal.
Me siento detrás de mi parapeto y echo un vistazo a los apuntes de esta noche, escritos con mi preciosa caligrafía para que resulten más especiales. Quiero que la partida sea cordial con todo el grupo y espero que hoy pueda empezar de cero.
La última sesión terminó con el grupo exigiendo ver al gobernante de Darkthorn, así que la retomo justo ahí.
—Gracias por vuestro incansable trabajo defendiendo esta ciudad —les digo, interpretando al duque—. Hemos intentado contener al mago, pero no podremos resistir su asedio mucho más tiempo.
Los demás se remueven en sus respectivas sillas.
—¿Un mago? —pregunta Nova.
—Eso es lo que creemos, aunque nunca lo he visto con mis propios ojos. Por lo que hemos podido averiguar, su ambición es gobernar esta ciudad y todas las tierras que la rodean. Creemos que vive en los bosques cercanos y que utiliza su magia para crear las monstruosidades que luego nos envía.
—¿Sabéis algo más? —pregunta Li. Le brillan los ojos de interés.
—Que es un cobarde —respondo—. De lo contrario, vendría él mismo. Y está claro que no tiene la menor empatía. No solo ha matado a muchos de los míos, sino que he oído rumores de que sus hechizos experimentales han provocado otros efectos nefastos en las tierras colindantes.
Espero que Li y Felix capten la pista y pidan más información, aunque tampoco me extrañaría que no lo hicieran, teniendo en cuenta cómo les he cortado las alas cada vez que intentaban investigar más. Sin embargo, Li se inclina hacia delante y pregunta:
—¿Podéis contarnos más sobre esos efectos?
—No sé gran cosa —respondo como el duque—. Aquí hemos estado desbordados y no hemos podido salir a comprobar qué está ocurriendo, pero han llegado historias de que la tierra se ha vuelto negra y de que nada crece ni sobrevive. No sé qué ha sido de la gente que vivía allí.
—Nosotros somos esa gente —dice Felix—. Llevamos tiempo buscando respuestas sobre qué causó la plaga. Nuestro pueblo tuvo que huir y ahora está disperso por los reinos vecinos.
—No puedo daros respuestas, pero las historias sobre la plaga, como la llamáis, empezaron al mismo tiempo que los ataques a nuestra ciudad, así que me imagino que estarán relacionados.
Max me dedica una pequeña sonrisa y yo respiro hondo. Felix y Li están sentados más erguidos que nunca y parecen interesados, así que creo que está saliendo bien.
—Decís que creéis que el mago podría estar viviendo en el bosque, ¿verdad? —interviene Nova.
—Estamos casi seguros, aunque ninguno de mis hombres ha conseguido dar con él. O, al menos, eso supongo, pues ninguno ha regresado. He dejado de enviarlos.
Los cuatro se miran en silencio y asienten levemente. Se me encoge el corazón de felicidad al verlos así: unidos, concentrados y en sintonía. No estaba segura de que pudiéramos llegar a este punto, pero tal vez pueda reconducir la campaña.
—Tengo una propuesta para vos —dice Max, con los ojos entornados y los hombros tensos.
Ahora estoy tratando con Axolotl, no con el guapo de mi novio, si es que puedo llamarlo así—.
Soy guerrero de oficio y raudo con mis hachas.
Una de mis compañeras es exploradora, y tanto ella como su perro son rastreadores excepcionales.
Y estos druidas no se detendrán ante nada para salvar su tierra.
Estamos dispuestos a internarnos en el bosque, buscar al mago y derrotarlo. Pero necesitaremos una compensación.
Miro despacio a cada uno de ellos antes de volverme hacia Max.
—Nuestras arcas han quedado mermadas por los ataques, pero, si podéis traer pruebas de la derrota del villano, os prometo a cada uno un título y tierras propias. Y, si estáis dispuestos, reuniré una partida de búsqueda para ayudar a estos druidas a encontrar a sus respectivas familias.
Los cuatro vuelven a mirarse, esta vez sonrientes.
—Vamos a por el mago —anuncia Nova, y los demás vitorean para mostrar su acuerdo.
Todos se recuestan, emocionados.
—Me encanta cómo lo has hilado, Hazel —dice Nova.
Felix asiente.
—Totalmente. ¿Tenías pensada la historia del mago desde el principio?
Podría mentir, pero no quiero dirigir una partida fingiendo ser quien no soy.
—¡No! —respondo, y los demás se ríen—. Al principio estaba tan perdida como vosotros, pero al final he encontrado la forma. Gracias por vuestra paciencia.
—Me encanta el color guard, pero creo que esta es mi nueva afición favorita —me dice Li.
—A tu DM le parece genial —le respondo—, pero que no te oiga tu capitana.
Sonríe.
—Será nuestro secreto.
Max se estira y se pone en pie.
—¿Podemos hacer una pausa rápida para picar algo antes de ponernos a buscar al mago? Además de arrasar como DM y como capitana, Hazel ha descubierto unos nachos dulces que me muero por probar.
Sonrío mientras los demás pasan a mi lado de camino a la cocina, pero tengo la cabeza embotada.
Me siento casi fuera de mi propio cuerpo.
¿Max me besó hace un rato en esa misma cocina?
¿Estamos saliendo de verdad, después de todas las veces que he fantaseado con esto mismo?
O el universo está tomándome el pelo, o yo lo estoy distorsionando todo en mi cabeza.
Pero, cuando miro a Max, intentando descifrar si él siente lo mismo, me devuelve la mirada con tanta seguridad que puedo respirar tranquila.
—¿Todo bien? —pregunta en voz baja, esperanzado.
Madre mía. Una sola palabra y se me desboca el corazón.
—Genial —susurro.
—Entonces vamos a comer nuestro peso en totopos bañados en chocolate.
Oigo un grito ahogado tras de mí. Nova me señala, luego hace lo propio con Max, y vuelve a señalarme a mí.
—Un momento. Vosotros dos… ¿Ha pasado algo?
—¡Chis! —Agito las manos como una loca en su dirección.
—¡Qué fuerte! ¡Estáis juntos! —susurra—. ¡Sabía que en la feria pasaba algo!
—¿Lo sabías? —pregunta Max.
Nova se cruza de brazos, ofendida.
—Se te notaban de lejos las ganas que tenías de quedarte a solas con Hazel.
—Tan evidente no sería. —Pero Max tiene el cuello rojo, y es tan mono que estoy a punto de estallar.
—Ahora entiendo los signos de puntuación de ayer. Nunca usas signos de exclamación cuando hablamos de chicos.
—Siempre te voy a apoyar como amiga. —Me abraza—. Pero necesito que me lo cuentes todo cuanto antes —me susurra al oído.
—Te escribo en cuanto acabemos —le respondo.