Capítulo veintiséis
N o puedo parar de sonreír durante las siguientes veinticuatro horas.
Debo de parecer trastornada. Mis padres no dejan de mirarme de reojo y hasta Kelsey me pregunta por qué estoy tan feliz de repente.
Me limito a encogerme de hombros y decir que estoy de buen humor.
Y lo estoy. El rato que pasé con Max se repite en bucle en mi cabeza.
La forma en que me miraba, como si no pudiera creerse lo afortunado que era.
Como si yo fuera lo que siempre había querido.
Estoy contemplando mi sándwich con una sonrisa boba cuando mi madre carraspea y señala el calendario de la cocina.
—No me puedo creer que octubre esté a la vuelta de la esquina. Dentro de nada tenéis la última competición regional y luego el campeonato estatal.
Sus palabras me bajan de la nube.
—Si nos clasificamos para el estatal, querrás decir.
—Claro que os vais a clasificar. —Aprieta los labios, molesta—. Glen Vale lleva dieciocho años sin faltar al campeonato estatal. No va a ser justo este año, tu último curso, en el que se acabe la racha.
Siento arcadas y aparto el sándwich. Ojalá la férrea determinación de mi madre bastara para asegurarnos una plaza.
Al empezar el curso, ni siquiera me preocupaba llegar al estatal.
Pero ahora, con una sola competición por delante, tenemos mucha presión encima.
«Devastada» se queda corto para describir cómo me sentiré si no nos clasificamos.
—No se va a acabar la racha, mamá —digo en voz baja.
—Claro que no. No lo vas a permitir. ¿Qué tal van los drop spins sincronizados?
—Van saliendo.
Traducción: casi siempre hay al menos una persona desincronizada cada vez que ensayamos, pero mejor eso que medio equipo desincronizado.
—¿Y el premio a mejor integrante? No se me ocurre nadie que se lo merezca más.
Con todo lo que está pasando, apenas he pensado en el premio… y, sinceramente, ya no me importa tanto. Sería un honor, y mis padres estarían eufóricos, pero ¿lo necesito? Ya no estoy tan segura.
—Ahora mismo estoy intentando centrarme en preparar la última competición regional —respondo al fin.
Mi madre me da unas palmaditas en la mano.
—Hablas como una líder digna de ese premio.
—¿Vas a ir a la feria esta tarde con papá y Kelsey? —pregunto, sobre todo porque necesito cambiar de tema.
—Sí. Oye, ¿dónde están mis gafas de sol? —Gira sobre sí misma—. Estoy tan liada que últimamente no me entero de nada. —Rebusca en el bolso y las saca, triunfal—. ¿Tú también vienes? Ayer por la tarde me encontré con Nova y me dijo que Max y tú os habíais ido antes.
—Eh… sí, fuimos a pasear a una reserva natural. Fue… muy divertido.
Me asalta la imagen de sus dedos enredándose en mi pelo y vuelvo a sonreír sin poder evitarlo. ¿Me estoy ruborizando? Creo que sí.
—Aaah. —Se le agudiza la voz—. Conque ahora Max y tú quedáis a solas. Qué interesante.
—No es interesante. Es normal. Hemos ido a ver árboles.
—A ver árboles. Ya. —Se le ensancha la sonrisa—. Ya decía yo que anoche no dejabas de sonreír.
—No es para tanto, así que no te pases, ¿vale?
—Vale, vale.
Me observa, quizá esperando que añada algo más, pero yo le doy un mordisco al sándwich.
Max y yo ni siquiera hemos hablado de qué vamos a hacer, y no quiero que mi madre nos ponga en evidencia en cuanto Max cruce la puerta.
Tal y como están las cosas, ya doy por hecho que vamos a ser tema de conversación en el sótano durante su partida de D & D de esta noche.
—A ver, solo para que quede claro, creo que Max y tú hacéis buenísima pareja y estoy a favor.
Melanie y yo siempre sospechamos que había algo entre vosotros.
Pero —intento interrumpirla y no me deja— recuerda que tienes que centrarte en lo importante.
Está a punto de terminar la temporada de la banda. No te vayas a arrepentir de nada.
—De nada —murmuro.
Pero de lo que sí me arrepiento es de esta conversación. Debería haber comido en mi cuarto.
La tarde del domingo se me hace eterna hasta que llegan Max y su madre para la partida. Tengo curiosidad por ver cómo se comporta Max conmigo delante de ella, pero está igual que siempre hasta que Melanie baja al sótano con mis padres y nos quedamos a solas.
—Hola —dice con una voz esperanzada.
Los nervios y la expectación revolotean en mi interior.
—Hola.
Me toma de la mano y me lleva al comedor.
—¿Qué tal estás? ¿Te estás rayando?
—¿Te estás rayando tú?
—No, aunque me preocupa que estés dudando de lo nuestro.
«Lo nuestro». Me da un vuelco el corazón.
Una pequeña parte de mí estaba preocupada por lo que pasaría hoy.
¿Y si para él lo de ayer no había significado tanto?
¿Y si ya se había divertido un rato y se había cansado de mí?
Pero saber que los dos compartimos las mismas inseguridades me permite respirar.
Me inclino hacia él y me atrae hacia su pecho.
—No estoy dudando de nada —susurro.
—Menos mal, porque te he echado muchísimo de menos. No he podido pensar en otra cosa. —Me sube la mano por la espalda hasta mi cabello—. ¿Ya te he dicho lo mucho que me encanta tu pelo?
—Si ya lo has dicho, deberías repetírmelo.
—Me encanta de verdad. —Se echa un poco hacia atrás para verme la cara—. A lo mejor tendríamos que haberlo hablado ayer, pero ¿qué probabilidades hay de que cancelemos la partida y pasemos la noche juntos, nosotros dos solos? Por ejemplo, peli, palomitas, los dos bajo una manta bien gruesa…
Me río y me aparto de sus brazos.
—Los demás nos la liarían.
—Podríamos con ellos. —Unos mechones le caen sobre la cara. Se los aparto para verle bien los ojos, y el corazón casi se me sale del pecho al pensar que ahora puedo hacerlo sin más.
Me aprieta la mano.
—Hablando de los demás, ¿has pensado qué quieres hacer esta noche? ¿Se lo contamos?
Me muerdo el carrillo.
—No es que me dé vergüenza ni nada…
—A mí tampoco.
—Pero, cuando se lo digamos, va a ser todo un acontecimiento. Sobre todo, con el historial que tenemos entre el color guard y percusión.
—Y puede distraerlos de la partida.
—También. Aunque no quiero estropear lo que tenemos.
Max da un paso hacia mí.
—No lo vas a estropear. Haremos con lo que estés más cómoda. Si prefieres no decir nada, no lo decimos. No pasa nada.
—Bueno…
Bajo la vista a nuestras manos. Su pulgar está dibujando círculos sobre mi piel, y ese gesto tan pequeño me lanza una descarga eléctrica por el brazo y por todo el cuerpo.
En parte querría gritar la noticia en cuanto entrasen por la puerta, darle la mano durante la partida y besarlo cada vez que hiciera una buena tirada.
Pero me quedaría corta si digo que cambiaría la dinámica de la partida.
Aún no estamos en terreno firme como grupo.
Que la dungeon master esté saliendo con uno de los jugadores podría descolocar aún más las cosas.
—De verdad que no me importa, Hazel —murmura Max.
Levanto la vista y le veo la expresión tranquila, como si ya supiera lo que iba a decir antes incluso de que yo lo tuviera claro.
—¿Sí? Entonces… lo llevamos con naturalidad, ¿no? —pregunto—. No hace falta fingir que nos odiamos, pero haremos como siempre.
—¿Como siempre? —Sonríe—. Entonces más vale que empecemos a preparar los nachos.
—La verdad es que eso ya lo tengo solucionado. —Lo llevo a la cocina y alzo una bolsa de tortillas de trigo—. Voy a decirte dos palabras.
—¿Te necesito?
—¡Nachos dulces! —Abro los brazos con entusiasmo.
Max se ríe.
—Pensaba que nada podía superar a «te necesito». Bueno, igual «bésame, Max», pero «nachos dulces» suena bastante bien. Aunque, eh, ¿qué son exactamente?
—Cortamos las tortillas en triángulos, las pincelamos con mantequilla, azúcar y canela, y las horneamos. Luego les ponemos sirope de chocolate, nata montada y fresas. Esta tarde estaba nerviosa y me dio por buscar recetas de nachos que aún no hubiéramos probado. ¿Qué te parece?
Se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con los brazos.
—Que nunca me había alegrado tanto de haberte convencido para que me dejaras unirme a tu partida.
—Creo que aún puedo hacerte un poquito más feliz. —Me giro entre sus brazos para quedar frente a él.
—Ah, ¿sí? —Me mira con escepticismo—. A ver, inténtalo.
Me pongo de puntillas para llegarle al oído y susurro:
—Bésame.
No necesita más invitación. Lleva los labios a mi cuello al mismo tiempo que da un paso adelante y me deja apoyada contra la encimera.
Aspiro el aire con fuerza. Justo entonces se abre de golpe la puerta de la entrada y el inconfundible sonido de unas uñas contra el parqué nos avisa de que ya no estamos solos.
—¡Hola! —grita Nova.
Max se aparta de un salto cuando Zoinks entra disparado en la cocina. El corazón me late a mil por hora, pero no hay mejor distracción que un bobtail . Hundo la cara en su pelaje.
—¡Pero qué cosa más bonita eres! —le digo—.
Espera, que te tengo varios regalos, campeón.
—Cojo una bolsa de la isla de la cocina y voy sacando cada artículo—.
Dos juguetes de goma con forma de poción, un dragón de goma para que lo muerda y…
—saco el último juguete con una floritura— ¡su propio d20!
Zoinks se pone a morder y olisquear cada juguete.
Max coge el d20 y lo examina maravillado.
—¿Has encontrado juguetes de D & D para perros?
—Hacen juguetes para perros de cualquier cosa que te puedas imaginar, así que no me ha costado tanto. Me parecía justo incluirlo un poco más en la partida. No se puede jugar a D & D sin un d20.
—Me molesta un poco que no me hayas traído ningún regalo a mí, pero la verdad es que son monísimos —dice Nova, negando con la cabeza.
Al poco llegan Li y Felix, juntos, y se repiten las exclamaciones de ternura.
Transcurre media hora antes de que podamos hablar de algo que no sea Zoinks, pero no me importa.
Nadie va a notar ningún cambio entre Max y yo si estamos todos pendientes de mimar a nuestro miembro favorito del grupo de D & D .