Capítulo veinticinco
E l resto del día es increíble: comemos demasiado, visitamos a todas las crías de animales de granja y subimos a tantas atracciones que casi me quedo sin voz de tanto gritar.
Pero, durante todo ese tiempo, siento una bola de expectación en el estómago, preguntándome qué estará planeando Max para la noche.
Dejo el coche en casa después de salir de la feria y me tomo un momento para escribirle a Nova. Parecía comprenderlo cuando le conté nuestros planes, pero Max estaba delante y no sé si puedo fiarme de su reacción. Un segundo después Nova responde:
Tranquila. ¡Pásatelo bien con Max!
¿Signos de exclamación? ¿Por Max? Qué raro. Niego con la cabeza y me guardo el móvil.
A los pocos minutos, Max detiene el coche frente a mi casa.
—A ver, ¿me vas a decir adónde vamos? —pregunto al subir a su coche—. ¿O es secreto?
Max acaricia el volante.
—Te va a sonar raro, pero ¿has oído hablar de los baños de bosque?
Abro los ojos como platos.
—¿Es… bañarse desnudos? —No dejo de darles vueltas a todas las posibilidades. Me gusta muchísimo Max, pero pasar de amigos a bañarnos desnudos de la noche a la mañana es ir demasiado deprisa.
Se ríe mientras se incorpora marcha atrás a la vía, aunque el cuello se le pone un poco rojo.
—Eh… no. Los baños de bosque son una práctica japonesa que descubrió mi madre.
Básicamente significa estar un rato en el bosque.
Últimamente ha estado paseando mucho por una reserva natural a las afueras del pueblo y siempre vuelve más contenta y tranquila.
—Me mira un segundo antes de devolver la vista a la carretera, y me doy cuenta de que está nervioso.
Está inquieto, mueve el pie izquierdo sin parar y habla más rápido de lo normal—.
Has estado currando muchísimo (bueno, los dos, en realidad) y se me ha ocurrido que podría estar bien pasar un ratito tranquilo en la naturaleza.
Perdona si pensabas que íbamos a hacer algo más interesante.
—No, me parece bien. Me tienes intrigada.
—¿Sí? Pues estupendo.
Max conduce hasta la reserva natural, a las afueras del pueblo.
Había oído hablar de ella, pero nunca había estado.
Mi madre será una supermujer, pero ni ella ni mi padre son muy de naturaleza.
Cuando bajamos del coche, me tranquiliza ver que no va a ser ninguna aventura extrema: es claramente un parque accesible para todo el mundo.
Hay varios senderos de madera que se internan en el bosque, además de refugios y merenderos.
Max alza las cejas, interrogante.
—Ah, no. Ha sido idea tuya. Te cedo el honor de guiar.
Toma uno de los senderos y tengo que reconocer que, en cuanto el bosque se cierra a nuestra espalda, me invade una sensación de calma.
Aunque es por la tarde, aún queda casi una hora de luz.
No es un bosque espeso, así que distingo entre los árboles los troncos caídos a lo lejos y las ardillas que corretean por las ramas.
Y, como caminamos sobre una pasarela de madera elevada unos centímetros, no tengo que preocuparme por rozarme con hiedra venenosa ni cardos.
Avanzamos en silencio, y se agradece no sentir la obligación de seguir hablando sin parar.
Me fijo en que bastantes árboles junto al camino se han convertido en cápsulas del tiempo de antiguos romances: los troncos están cubiertos de iniciales y corazones tallados.
Deben de haber venido muchas parejas durante años para llenar tantos árboles.
Me viene a la mente nuestro paseo por la zona arbolada de detrás del instituto.
¿Le habrán contado a Max por qué suele ir la gente allí?
Le lanzo una mirada de reojo. ¿Estará pensando en eso ahora mismo?
Me descubre mirándolo.
—¿Te estás cansando?
—No, voy genial.
—Bien, porque en realidad te estoy llevando a otro sitio. Pero hay que subir unos cuantos tramos de escaleras.
—¿Escaleras? ¿En medio del bosque?
Se ríe.
—Tú confía en mí. Vamos, que ya casi estamos.
Acelera el paso, lo que acaba con la atmósfera zen del bosque, y, unos minutos después, aparece ante nosotros una escalera enorme. Debe de equivaler al menos a dos pisos y, arriba, hay otra pasarela de madera, solo que esta atraviesa las copas de los árboles.
—Ostras —susurro.
—¿A que sí? Mis padres me traían aquí cuando era pequeño. —Su expresión se ensombrece ligeramente al mencionarlos, pero enseguida se recompone—. Ya no viene tanta gente como antes. Con la feria, tenía la esperanza de que estuviéramos solos.
Me toma la mano un instante, lo justo para tirar suavemente de mí hacia las escaleras, pero ese breve contacto basta para que el corazón me lata más deprisa.
Sé que estoy siendo una hipócrita por sentir todo esto por Max y no decírselo.
Se merece conocer mis sentimientos, pero pensar en abrirme así me da ganas de tirarme desde lo alto de estas absurdas escaleras.
Puede que yo no le interese. O que no quiera nada serio.
Conozco a muchos chicos así, pero yo no sé si podría estar con alguien sin compromiso.
Mucho menos si ese alguien es Max. Tenemos demasiado historial.
Trago saliva y respiro hondo, principalmente por lo que he estado pensando, pero también porque las escaleras están empinadas y me falta el aire.
Me repito que, pase lo que pase, sobreviviré.
En el peor de los casos, le confesaré lo que siento, lo que siempre he sentido, y saldré del bosque con el corazón hecho polvo y una vergüenza eterna y, además, tendré que dirigir una partida de D & D de varias horas frente al susodicho.
Perfectamente asumible.
Se me escapa una risa al llegar arriba.
—¿Te ríes después de lo que hemos subido? —dice—. Voy a tener que mejorar mi cardio.
—Me río de lo, digamos, surrealista que es todo. Esto de subirnos a las copas de los árboles.
Sí, soy una cobardica.
Avanzamos por la pasarela elevada y me maravilla tener las ramas al alcance de la mano. Por suerte, las barandillas son altas y robustas, pero aun así camino por el centro, por si acaso.
—¿Sabes? —dice Max, volviendo la cabeza porque me he quedado atrás—. Anoche estuve pensando en los juegos a los que jugábamos en tu casa cuando éramos pequeños.
—¿Cuando hacías trampas al Uno de Mario?
Abre la boca, indignado.
—No hacía trampas en ninguna de las versiones del Uno. De niño era torpe y tiré sin querer las cartas de los dos.
—Entonces, ¿por qué después de recogerlas yo tenía cartas distintas? Ni siquiera disimulaste. Te quedaste con algunas de las mías.
—Jamás.
Nos miramos y nos reímos, y ya no estoy nerviosa. Max me mira a los ojos un segundo más antes de volverse y señalar al frente.
—Ya hemos llegado.
—¿Hemos llegado a dónde? —Abro bien los ojos y doy un paso atrás—. Porque yo ahí no me meto.
La pasarela desemboca en una enorme red tensada sobre el bosque.
Es del mismo material que esas hamacas de cuerda tejida que hay en algunos jardines, salvo que esta es cuadrada, está sujeta con firmeza por los cuatro lados a la estructura que la rodea y es gigantesca.
Debe de medir como mi salón. Se parece un poco a una cama elástica, si las camas elásticas estuvieran hechas de cuerdas, no rebotaran… y se encontraran a dos pisos del suelo.
En otras palabras, es absolutamente aterradora.
El gris de sus ojos brilla con picardía.
—Claro que te vas a subir conmigo. Por eso te he traído.
—Ni hablar. Estamos altísimos. Y son cuerdas: se me pueden colar los pies por los huecos. No pienso morirme en este bosque.
Max señala un cartel clavado en la barandilla.
—Mira, soporta hasta dos toneladas. Podrían tumbarse quince adultos a la vez y no pasaría nada. Solo estamos tú y yo.
Mi cabeza empieza a negar ella sola.
—No soy muy amiga de las alturas.
—Debí sospecharlo por los chillidos ensordecedores en las atracciones esta tarde. —Mira primero la red y luego a mí, frunciendo el ceño de preocupación—. En fin, no está siendo exactamente el paseo relajante que tenía pensado.
—Quizá porque tu plan consistía en hacerme hiperventilar.
Max extiende las manos como si intentara tranquilizarme antes de que salga corriendo. Lo que no sabe es que estoy paralizada por el miedo y no puedo moverme de aquí.
—No voy a obligarte a venir conmigo. Ni a cogerte en brazos y lanzarte al centro ni nada por el estilo.
Abro los ojos como platos, horrorizada.
—Que conste que ha pasado. Vi a un chico hacerlo con su novia una vez.
Pero sí que voy a pedirte que confíes en mí.
Iríamos muy despacio, paso a paso, y pararíamos en cuanto tú dijeras.
—Su expresión se vuelve seria y me ofrece la mano, con la palma hacia arriba—. ¿Qué me dices? ¿Confías en mí, Hazel?
Respiro hondo, mirando alternativamente a la red y a su cara. Las cuerdas son gruesas y están bien tensadas. Todo parece bien mantenido.
Y, lo más importante, confío en Max.
—Sí —susurro—. Vale.
—Bien.
Me agarra de la mano y me lleva hasta el borde de la red. Apoyo un pie sobre la cuerda, que cede bajo mi peso, y brinco hacia atrás de inmediato.
—¿Y si nos sentamos y avanzamos a rastras? —propone.
—Puede.
El corazón me late desbocado cuando veo el suelo del bosque muy abajo, a través de los huecos de las cuerdas, pero me obligo a mantener la vista al frente. Me siento a su lado y empezamos a deslizarnos poco a poco hacia el centro, hasta que Max se detiene.
—¿Estás bien? —pregunta.
Su expresión es tan amable que solo con mirarlo me tranquilizo.
—Estoy temblando, pero sigo viva. Y, además, seguro que ahora mismo parezco una tía chulísima.
Se ríe.
—Ya estamos bastante cerca del centro. Prueba a tumbarte y mirar al cielo.
Lo hago con sumo cuidado. Las cuerdas se me clavan un poco en la espalda, pero la brisa es fresca y noto la red estable debajo de mí.
Al cabo de un momento, abro los ojos y contemplo las copas de los árboles, que se balancean, salpicadas de luz, y los retazos de cielo azul visibles entre las hojas.
A regañadientes, admito que tenía razón. Es… impresionante.
Max se tumba a mi lado con cautela y cruza las manos detrás de la cabeza. Permanecemos así, respirando y escuchando a los pájaros, hasta que mi corazón recupera un ritmo normal. Al fin, Max se gira para mirarme.
—¿Qué te parece? ¿Sigues enfadada porque te haya traído?
—Ya no.
Esboza una débil sonrisa.
—Me alegro. —Guarda silencio por un instante—. Porque he mencionado las noches de juegos por algo.
Lo miro, desconcertada.
—He estado pensando en lo aburridas o tristes que podrían haber sido cuando éramos pequeños.
Que me dejaran todos los fines de semana en una casa cualquiera mientras mis padres se lo pasaban bien abajo, teniendo que matar el tiempo con una chica que no conocía.
La primera vez que me lo propusieron, le supliqué a mi madre que me dejara quedarme solo en casa.
Pero luego empezamos a conocernos y no volví a quejarme.
Estar contigo era de todo menos aburrido.
—Me recorre el rostro con la mirada—. Somos competitivos y cabezotas, pero, aun así, lo nuestro funcionaba. Siempre ha funcionado, Hazel.
Se me vuelve a acelerar el corazón. Max se gira sobre su costado izquierdo, y yo, sobre el derecho, pero la red es inestable y acabamos rodando el uno hacia el otro, como si estuviéramos tumbados en una hamaca normal.
Suelto una risa nerviosa e intento apartarme un poco, pero él me pone una mano en la cadera para detenerme.
—Si no te intereso como nada más que tu amigo competitivo, no pasa nada. Pero te he echado de menos. No hay nadie como tú en el mundo, Hazel. Y sigo esperando que haya algo que pueda hacer para conquistarte.
Sus palabras me atraviesan como una descarga eléctrica por todo el cuerpo. El mundo se reduce hasta que solo veo su cara. Casi no me puedo creer que esto esté pasando. Llevo cinco años esperando oír esas palabras exactas.
—Me conquistaste cuando tenía doce años —susurro—. Solo estaba esperando a que te dieras cuenta.
Abre los ojos con sorpresa justo cuando me inclino un poco más hacia él.
La red nos empuja aún más cerca y nuestros labios se rozan.
Me aprieta la cadera con la mano y profundiza el beso.
Entonces me recorre por dentro una llamarada eléctrica.
Besar a Max es como lo imaginaba, en el mejor de los sentidos, y mucho más.
El modo en que su mano asciende por mi espalda, su respiración en mi boca, el sonido que se le escapa cuando me acerco más a él.
Me siento como si estuviera flotando. Y creo que lo estoy.
Al cabo de unos segundos me separo, aunque no es fácil cuando la red parece empeñada en juntarnos.
—¿Estás bien? —pregunta Max, sin aliento. Su mirada gris es cálida, y su expresión, hambrienta, aunque se suaviza mientras me observa con atención—. ¿Quieres bajar?
Hace un ademán de incorporarse.
—No. —Le apoyo una mano en el pecho—. No quiero irme. De hecho, quería decirte que lo de la red ha sido una idea buenísima. Aunque relajante, lo que se dice relajante, no es. Tengo el corazón a mil.
Entonces reaparece su expresión traviesa.
—Lo siento, pero me temo que en eso no puedo ayudarte.
Así, se inclina de nuevo hacia mí y me tumba con suavidad, y desaparece de mi mente todo lo que no sea él.