Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo veinticuatro
65%

Capítulo veinticuatro

E l sábado tengo turno en el puesto de comida del Instituto Glen Vale en la feria del condado. Aquí la feria es todo un acontecimiento, y de lo que recaudamos estos días sale buena parte del dinero que necesitamos para el resto del año, así que los turnos son innegociables.

Aunque estemos a finales de septiembre, parece pleno julio: unos treinta grados, un sol de justicia y ni un solo rincón del recinto con aire acondicionado.

Cuando llego, me alegro de ver que Max también comparte turno conmigo y con Nova.

A nosotras nos han puesto de camareras, así que nos toca recoger los pedidos en la ventanilla trasera y llevarlos a las mesas.

No es un trabajo complicado y la gente siempre está encantada cuando le das la comida, pero a los pocos minutos ya estoy sudando.

Aunque no debería quejarme, ya que mi trabajo es un paseo comparado con lo que le ha tocado a Max.

—¡Ah! —protesta por enésima vez.

Me inclino sobre el mostrador hacia la cocina.

—¿Qué tal sigues? —le pregunto a través de la ventanita que separa la zona de servicio de los cocineros.

—¿Qué le pasa a esta maldita máquina de dónuts? Cada vez que saco una tanda nueva, me acabo quemando.

—Al menos están buenos, ¿no?

—Normal cuando cada ración lleva una pequeña parte de mi alma —refunfuña—. Y de mi piel.

Todos los mayores sabemos que no deberíamos acercarnos a la máquina de dónuts.

Es una pequeña freidora que hace minidónuts muy rápido, pero que es muy traicionera si no tienes mucha experiencia.

Normalmente algún padre se ofrece voluntario sin saber dónde se ha metido, pero este año ninguno puso pegas cuando Max pidió encargarse.

Además, cualquiera que tenga el pelo un poco largo tiene que ponerse redecilla por higiene.

Como a Max el flequillo ya le tapa los ojos, le ha tocado lucir tan favorecedor complemento.

Ya le he hecho un montón de fotos con el móvil, aunque a escondidas, claro.

Somos amigos, pero nunca está de más tener material comprometedor por si acaso.

—¡Tres pedidos más, Max! —le canta el padre de Nova desde la caja, con una sonrisa demasiado amplia.

Normalmente mis padres intentan coincidir conmigo en el turno, pero este año están hasta arriba con 4-H, una organización que ayuda a los chavales a implicarse en el pueblo y aprender habilidades prácticas.

Yo estuve cuando era pequeña y ahora le ha tocado a Kelsey, lo que significa que, cómo no, mi madre se ha ofrecido como asesora del club local.

Está liada todo el año, pero en época de feria es como si tuviera otro trabajo a jornada completa.

Mis padres prácticamente viven en el recinto (algo bastante habitual si presentas animales de granja) y no tengo ni idea de cómo llegan a todo.

Por suerte, no me han encasquetado ninguna actividad adicional esta tarde.

Nova se acerca a mi lado.

—¿Sigue sufriendo? —pregunta, señalando con la barbilla hacia Max.

—Muy contento no está. —Se oye otro quejido antes de que pueda decir nada más.

Nova se ríe.

—¿No se te ocurrió avisarlo?

—¿Y quitarle la oportunidad de presumir? Ahora nadie podrá decir que no forma parte de Glen Vale.

Cuando por fin terminamos nuestro (larguísimo) turno de tres horas, salimos a una de las avenidas principales, llena de puestos de comida y juegos de feria, y nos quitamos las camisetas de los Caballeros de Glen Vale que nos obligaban a llevar encima de la ropa.

Max se arranca la redecilla con auténtico júbilo.

—¿Qué tal estoy? —me pregunta muy serio, sacudiéndose el pelo. Querría burlarme de él, pero la verdad es que está tan guapo ahora mismo que me cuesta apartar la mirada.

—Deja de ir buscando piropos —le dice Nova—. Todo el mundo sabe que tienes pelazo.

—Dejaré de buscar piropos cuando tú dejes de echármelos. —Se pasa la mano por el pelo como si fuera modelo—. Y luego dicen que eres borde.

Niego con la cabeza en un gesto de advertencia.

—No la piques.

—Mañana suelto a Zelda contra Axolotl como no te andes con cuidado —dice Nova.

Max se echa a reír.

—Si te soy sincero, Zelda no es que me intimide mucho. Ni tampoco Zoinks. Lo peor que me puede pasar es acabar con la cara llena de babas.

—Ya veremos lo que dicen los dados —replica ella, sin acritud—. ¿Damos una vuelta?

Me sorprende para bien que Nova esté contando con Max.

Las dos venimos a la feria del condado todos los años desde que nos conocimos y, con el tiempo, hemos perfeccionado la ruta: parada obligatoria para una limonada (la proporción exacta entre limón y azúcar es crucial), las patatas fritas perfectas (finas, grasientas y cargadas de sal) y nuestros bocadillos favoritos (de salchicha italiana con pimientos en el puesto que hay a la entrada del pabellón de productos lácteos).

—¡Vale! Yo empezaría por la limonada. ¿Vamos a…

? —Me interrumpo al ver a Li a lo lejos.

Está sola y camina hacia los pabellones de educación y arte.

Aún no he hablado con ella. Nunca parece ser buen momento…

y por eso lo sigo dejando pasar. Si no hablamos hoy, mañana en la partida de D & D estaremos igual.

Me muerdo el labio y miro a Max, que asiente de forma casi imperceptible.

—Lo que pasa es que acabo de ver a Li y quería hablar con ella de la partida. —Me giro hacia Nova—. Creo que está molesta porque no he incorporado más su historia al juego.

—No la veo yo muy capaz de enfadarse contigo. Está claro que eres su ídolo. Pero Max y yo podemos apañarnos, ¿no?

Max asiente.

—¿Te gustan los corn dogs? He visto un puesto junto a la grada.

—No mucho. Pero las patatas sí me gustan, y las mejores están en la misma dirección.

Los dos asienten a la vez y los miro alternativamente. ¿Nova y Max son amigos? Se me hace a la vez raro y entrañable.

—Como no vayas ya, la vas a perder. Luego te buscamos. —Nova me hace un gesto para que me vaya, y salgo trotando hacia Li mientras me despido de ellos.

—¿Li? —la llamo cuando ya estoy más cerca.

Esta se gira al oír su nombre, pero alcanzo a ver el instante de duda cuando descubre que soy yo.

—Hola —continúo—. ¿Tienes un momento para hablar? Si no interrumpo nada, claro.

—Solo estaba paseando hasta que empezase mi turno. ¿Qué pasa?

Empezamos a caminar juntas, esquivando de cuando en cuando carritos de bebé y grupos descontrolados de chavales que pasan corriendo. Me parece ver a Felix más adelante y, por un segundo, me tienta llamarlo para aplazar esta conversación un poco más, pero sé que ya está bien de huir.

—Quería hablar de D & D antes de la partida de mañana.

Se le tuerce el gesto.

—Ah, vale.

Me duele verla tan desanimada con la sola mención del juego.

—Quiero pedirte perdón —digo—. Siento haber sido una mala dungeon master y entendería que no quisieras seguir jugando, pero me gustaría que te quedaras y me dieras otra oportunidad.

Me mira con el ceño fruncido.

—¿No me vas a echar del grupo?

—¿Qué?

Me sorprendo tanto que me quedo parada y alguien se choca conmigo por detrás. Tenemos que ir a un sitio más tranquilo, así que la llevo al pabellón de 4-H, más oscuro y silencioso, y me vuelvo hacia ella.

—Claro que no. ¿Por qué crees algo así?

Suspira.

—Se notaba que te molestó el trasfondo que te dimos Felix y yo para nuestros personajes. Está claro que fuimos por donde no debíamos. Y he estado pensando que seguramente te divertirías más con gente con más experiencia o al menos de tu misma edad.

—¡Ay, Dios, no! —Niego con firmeza—. No os habéis equivocado en nada.

Es imposible, además: son vuestros personajes y punto.

Podéis hacer lo que queráis con ellos. —Intenta replicar, pero sigo hablando—.

Mira, todos somos nuevos, sobre todo yo.

Te prometo que voy a asegurarme de que Felix y tú os sintáis más integrados.

—¿De verdad? Porque no quiero dejar de jugar con vosotros. Me encanta.

Parece a punto de llorar y se me parte el corazón, así que la abrazo.

—Te prometo que no te vas a ninguna parte. Entonces, ¿todo bien?

Me dedica una sonrisa radiante, aunque aún llorosa.

—Sí, claro que sí.

—Menos mal. —Suspiro, aliviada, aunque ya me estoy imaginando a Max presumiendo cuando se entere de que su consejo era acertado—. Ahora que lo hemos aclarado, también quiero hablar con Felix. Lo he visto hace un momento. ¿Me ayudas a buscarlo?

—¿Ahora? —Su voz sube una octava—. ¿Lo has visto?

—Sí. —Alzo las cejas—. ¿Va todo bien entre vosotros? No habrá sido borde, ¿verdad? Porque eso no lo pienso tolerar.

—Es… eh… igual lo contrario. —Se recoloca las gafas—.

Estábamos hablando ayer en el partido y de repente me apretó la mano de una forma que me hizo pensar que podría estar pasando algo entre nosotros, aunque igual me lo estoy imaginando todo, pero el caso es que creo que estoy empezando a sentir algo por él y ahora todo es rarísimo y…

—Li. —Habla tan rápido que apenas la entiendo—. Respira. No hace falta que vengas a buscarlo conmigo si no quieres.

—Gracias. Sé que me estoy haciendo ilusiones. Es un año mayor que yo y tan mono y popular… No tengo ninguna posibilidad.

Me muerdo el carrillo para no sonreír demasiado.

Felix me parece un buen chico, pero la imagen que Li tiene de él no es muy realista que digamos.

Max lo invitó a jugar porque le estaba costando encajar con el resto de la banda.

Si me piden mi opinión, yo diría que el que tiene suerte es él por ser amigo de Li.

—No puedo decirte qué pasa por la cabeza de Felix, pero parece que tenéis cosas en común. Igual podrías intentar pasar más tiempo con él.

—Me da pánico pensarlo, pero a la vez no puedo dejar de imaginármelo. —Se ríe entre dientes—. De hecho, se me ha ocurrido que, si doy suficientes vueltas por la feria, igual acabábamos cruzándonos y me invitaba a pasar un rato con él.

Dios mío, es tan adorable que me entran ganas de achucharla.