Capítulo veintidós
¿Tienes un rato para acompañarme a una tienda de juegos después de clase? Se me ha ocurrido que podríamos comprar unas miniaturas de D & D para la partida.
Parpadeo y releo el mensaje mientras voy de camino a sexta hora, aún acostumbrándome a la idea de que Max y yo volvemos a escribirnos. Es miércoles, el único día de la semana en que no tenemos ensayo extra de la banda después de clase, así que, técnicamente, esta tarde estoy libre.
¿Dónde? En este pueblo no hay nada.
Ya, es de lo peor de vivir aquí. Pero he encontrado una a unos cuarenta y cinco minutos. Podemos ir en mi coche.
Aprieto el móvil un poco más fuerte. ¿Una tarde entera con Max y, encima, en una tienda de juegos? No puedo decir que no.
Salgo en cuanto aparca en la entrada de casa después de clase. El corazón se me acelera al verlo.
—Hola —digo al subirme al coche. Me siento orgullosa de lo normal que suena mi voz—. Menuda sorpresa.
—Ya. —Se incorpora a la carretera—. Pero he estado dándole vueltas y no termina de parecer una partida de verdad sin miniaturas. Creo que nos vendrá bien poder visualizar cómo es la ciudad.
Nota mental: tengo que decidir cómo es la ciudad antes del domingo.
—Iba a pedirlas por internet —continúa—, pero he pensado que lo lógico era contar con la DM.
—Te lo agradezco.
Lo miro de reojo. ¿Es ese el único motivo por el que me ha invitado, para no pasarse de la raya en la partida? ¿O también buscaba más excusas para estar a solas conmigo?
—A ver, ¿qué escuchamos de camino? —Se pasa la mano por el pelo, casi con timidez—. Tengo varias listas de reproducción bastante buenas. Hasta incluyen varios clásicos, que sé que te gustan.
Le cojo el móvil y me pongo a curiosearle el Spotify. Vale, reconozco que hay grupos noventeros que me gustan, como Nirvana, Nine Inch Nails y Stone Temple Pilots, pero no hay ni una sola mujer en ninguna de las listas. Suspiro y se lo devuelvo.
—Creo que tenemos que ampliar tus horizontes. Tengo la lista perfecta.
En realidad, tengo como dos mil millones, pero en la que estoy pensando es un poco menos iracunda que las que suelo escuchar. Más «Lovefool» de The Cardigans y menos «You Oughta Know» de Alanis Morissette.
Espero que me mire raro cuando empieza a sonar la primera canción, pero, en vez de eso, sonríe levemente y se recuesta contra el reposacabezas. Escuchamos en silencio un par de temas hasta que, de pronto, Max se incorpora.
—Ahora sí. —Se inclina hacia delante para subir el volumen—. Sabes que me pierden las buenas entradas de batería.
—Esta es de mis favoritas.
Es una versión de «I Want You to Want Me», de Letters to Cleo, uno de mis grupos favoritos de los noventa.
La tocaron en la azotea al final de 10 Things I Hate About You y fue la perfección absoluta.
No puedo evitar cantar, y Max parece incapaz de escuchar música sin convertir el volante en una batería improvisada.
Al poco estamos riéndonos y moviéndonos al ritmo de la música mientras dejamos atrás los maizales.
—¿Ves? Esto es lo que pasa cuando escuchas más voces femeninas —lo pico.
—Vale, vale, ya lo pillo —cede—. Pero no pienso renunciar a Nine Inch Nails.
Al final cambiamos la música por un episodio de Con todo el equipo, para ir entrando en ambiente antes de llegar a la tienda.
Llegamos a Scottsville y Max aparca en un parking que ha vivido tiempos mejores.
La tienda, Juegos de Mesa y Presa, está en una galería comercial bastante descuidada junto a una pizzería, un salón de uñas y un bazar cutre. No es precisamente acogedora.
Miro a Max con escepticismo.
—¿Seguro que quieres entrar?
—He oído hablar bien de ella. Al menos vamos a echar un vistazo.
Estamos a pocos pasos de la puerta cuando salen dos chicas adolescentes.
Una, de rasgos indios, lleva unos pendientes morados en forma de d20 que no me importaría tener, mientras que la otra viste una falda larga verde con estampado de paisley, una camiseta de tirantes y un montón de collares largos de cuentas.
Se ríen y hablan en voz baja, ajenas a nosotros.
Me sorprende ver a más chicas de mi edad aquí.
No he estado en muchas tiendas de juegos, pero, cuando mis padres me han llevado a una, siempre me he sentido un poco fuera de lugar.
—… decirle a Logan cuánta bisutería nos han comprado —le dice la de los collares a su amiga justo cuando están pasando junto a nosotros.
—Ya, es que no me lo puedo creer, Quinn.
Me giro instintivamente para mirarlas. Qué raro. ¿No se llamaban Logan y Quinn dos de los jugadores del streaming?
Max se detiene ante la puerta.
—¿Vamos?
Sacudo la cabeza para despejarme y vuelvo a centrarme en él.
Por dentro, la tienda es mucho más acogedora de lo que esperaba.
Casi todo el espacio lo ocupan grandes estanterías de madera, y a la izquierda hay un mostrador alargado.
Detrás veo a un hombre con una camiseta de Monty Python y, al fondo, se observa una puerta que da a otra sala, de donde llegan murmullos y risas que hacen que el local resulte aún más agradable.
No tenemos mucha prisa, ya que a nuestros padres les hemos dicho que no nos esperen para cenar, así que recorremos los pasillos con calma. Cuando doblo una esquina, me echo a reír y miro hacia atrás.
—Uy. Mejor no vengas por aquí si no te apetece recordar tu épica derrota.
Este pasillo está dedicado a los juegos de mesa, y buena parte de las estanterías más cercanas a mí están llenas de distintas ediciones del Catán .
Max se acerca a mi lado y examina las estanterías.
—Esa partida no la ganaste.
—Repítetelo las veces que quieras. No dejaba de darte palizas en los juegos de mesa.
—Que no —protesta, aunque sonríe—. En fin, ahora mismo podría ganarte. He cambiado mucho desde la última vez que jugamos.
«Ya lo creo», pienso, y me permito ojearlo por un segundo.
—De hecho, lo he estado pensando.
—¿Lo bien que se me dan los juegos de mesa? Yo también lo creo.
—No —digo, poniendo los ojos en blanco—. Lo distinto que eres ahora.
Max se queda quieto.
—¿Para mejor o para peor? Mira, da igual. No quiero saberlo.
—Eso depende del momento en que me lo preguntes —bro-meo. Dejamos atrás el pasillo de los juegos de mesa y nos adentramos en el de Warhammer —. Pero te veo…, no sé, más seguro de ti mismo. Y más popular. Cada vez que te veo en la banda, estás de risas con alguien o haciendo apuestas absurdas…
—Las apuestas no son absurdas.
—O rodeado de gente. Antes no eras así. Eras un friki como yo.
Me sujeta con suavidad del brazo. Me detengo y me vuelvo hacia él.
—Lo dices como si ser friki fuera algo malo.
¿Sabes la ilusión que me hace la partida de los domingos?
¿O la cantidad de notas que tengo en el móvil sobre Axolotl y sus aficiones?
Por cierto, es artesano y en su tiempo libre forja armas con diseños complejos y pequeñas esculturas de metal.
Una de las cosas que más me gustan de haber vuelto es poder volver a ser friki contigo.
Se me corta la respiración. Echaba de menos estos momentos (y a él) más de lo que me atrevo a reconocer.
Max se aclara la garganta.
—Deberíamos buscar la sección de D & D, ¿no?
La pared derecha entera de la tienda está dedicada a D & D .
Es impresionante y un poco intimidante la cantidad de cosas que tienen: manuales, cartas de conjuros, tapetes de batalla e incluso tarjetas de felicitación temáticas.
Recorro con la vista filas y filas casi interminables de miniaturas, pintadas y sin pintar.
Podría pasarme cincuenta años jugando y no probar ni de cerca todos los personajes posibles.
—No tengo mucho dinero, pero quiero que compremos miniaturas para Felix, Li y Nova —digo—. ¿Y puede que algo de escenografía?
—¡Mira, un guerrero dracónido! —dice Max, levantando una miniatura.
La examino.
—Pero ¿te lo imaginabas así? Yo no lo veía con escamas rojas.
—Ya, es verdad.
Encuentro druidas elfos para Li y Felix, pero tampoco encajan del todo con la imagen que yo tenía de sus personajes.
—¿Qué te parecen? —le pregunto a Max, enseñándoselos—. ¿Les parecerá mal si no coinciden exactamente con la descripción de sus personajes? Li ya tiene clarísimo hasta el último detalle de cómo es Ellywich.
—No podemos permitirnos miniaturas personalizadas para todos. Pero, si te preocupa, podríamos comprarlas sin pintar. Eso si crees que nos va a apetecer pintarlas, claro. Lleva su tiempo.
Ha sonado sospechosamente a otra excusa para quedar, y no pienso oponerme.
—Podríamos hacer una tarde de nachos y pintura, y luego sorprenderlos a todos con sus miniaturas en la partida.
Max asiente.
—Me parece un plan perfecto.
Decidimos comprar dos cada uno: yo, las de Li y Felix, y él, las demás. No nos damos prisa en elegir los cuatro personajes, y Max añade un montón de pinturas distintas. Son caras, pero insiste en pagarlas él.
En la caja ya no está el hombre de antes, sino una chica de mi edad. Lleva el pelo rubio recogido en un moño despeinado y una camiseta naranja chillón con estampado de fresas, además de unos pendientes colgantes con forma de Pop Tart.
—Hola. ¿Lo habéis encontrado todo bien? —le pregunta a Max cuando este le entrega los artículos.
—En realidad creo que hemos encontrado demasiadas cosas.
Max paga y luego se inclina hacia mí, posándome una mano en la parte baja de la espalda.
—Ahora vuelvo —susurra.
Desaparece en un instante, pero noto como si me hubiera atravesado una descarga eléctrica. Se dirige al otro extremo del mostrador, donde hay varias filas de cajas abiertas.
Arrastro mis cosas sobre el mostrador hacia la empleada.
—Nos habríamos dejado varios cientos de dólares si los tuviéramos.
—Mis amigos y yo tenemos el mismo problema. Es una lucha constante, incluso con el descuento de empleada.
—Riesgos laborales. Por cierto, me encantan tus pendientes.
Sonríe con ternura y se toca uno de ellos.
—Gracias. Me los regaló mi novio.