Capítulo dieciocho
-¿Y qué más da? —se queja Callie durante el ensayo del lunes.
—¿Cómo que qué más da que las banderas tengan que estar paralelas en el cinco y no en el seis? —La miro sin dar crédito—. Porque, si no contamos a la vez, no vamos a ir sincronizadas.
Callie se encoge de hombros con indiferencia y Madisyn deja caer la bandera al suelo.
—Creo que lo que quiere decir es que qué más da todo en general. ¿Para qué vamos a esforzarnos tanto si al final no vamos a ir a ninguna parte?
—Estoy de acuerdo —añade Devin, sentándose en el suelo del gimnasio.
—Pero vamos a mejorar, estoy segura, siempre que sigamos trabajando. —Intento que mi voz suene convincente, pero no parece colar.
Hoy es el primer ensayo desde el desastre de la competición del fin de semana, y está claro que el equipo aún está digiriendo el golpe.
No hay forma de suavizar lo mal que salió todo, pero tenía la esperanza de que pudiéramos repasar los detalles y servirnos de la mala actuación para espolearnos.
Pero, por lo visto, los demás prefieren recrearse en la derrota.
—Hazel, déjalo ya —dice Addison, y se sienta junto a Devin—. No es verdad. Deberíamos asumir que, dentro de nada, vamos a estar limpiando orina y sabe Dios qué más en los baños de hombres.
—Eso. Por cierto, muchas gracias por el regalazo —añade Rosa—. No pudiste contenerte con Brody y Max, ¿eh?
Aprieto los labios y contemplo al equipo. Todos tienen cara de derrotados, incluso Li, que normalmente compite conmigo en optimismo y ganas de trabajar. Se me forma un nudo en el estómago. Así no deberían ser las cosas.
—A ver… —De pronto desearía que Faith estuviera aquí para hacer uso de su autoridad y obligarlos a levantarse o, como mínimo, distraerlos con dónuts gratis. Yo no tengo nada—. ¿Qué tal si hacemos un descanso de cinco minutos para relajarnos y luego seguimos?
En respuesta, solo se encogen de hombros y refunfuñan.
Hoy tardo más de lo normal en recoger todas las banderas.
Sé que debería obligar a cada integrante del equipo a encargarse de la suya, pero están tan deprimidos que recogerlas yo me parece lo mínimo que puedo hacer.
Cuando, después, vuelvo al aula de la banda, está completamente vacía.
O eso creo al principio. Sin embargo, al mirar hacia el despacho de Milord, que tiene una ventana que da al aula, veo a Max dentro con él, la señora Lewis y el señor Jenkins, el especialista en percusión.
La puerta está cerrada, así que no oigo nada, pero, por la seriedad de sus caras, parece una conversación importante.
Aparto la vista antes de que se den cuenta de que estoy mirando.
¿Qué hace Max solo con ellos en el despacho?
¿Se habrá metido en algún lío? No he visto nada raro en los ensayos de hoy, pero es verdad que he estado muy centrada en el color guard .
Dudo un momento, pensando qué hacer. La respuesta lógica es irme a casa.
Pase lo que pase, no es asunto mío. Pero, por otro lado, mis padres saben que muchas veces me quedo hasta tarde en el instituto, y después de anoche parece que Max y yo estamos volviendo a ser amigos.
Si está pasando algo malo, igual debería quedarme por si necesita hablar.
Tras unos segundos de debate interno, opto por un término medio.
No voy a quedarme merodeando frente al despacho como una acosadora, sino que voy a sentarme en una de las mesas de hormigón de fuera.
Si quiere hablar, allí estaré. Y si no, tampoco pasa nada.
Además, así puedo organizar por fin mi lista de reproducción de Fiona Apple, como llevo tiempo queriendo hacer, y de paso dejo de pensar en el color guard .
Quince minutos después, Max sale por la puerta y alza la cabeza hacia el cielo, claramente pensando que está solo, para respirar hondo.
Lleva una camiseta gris de Led Zeppelin que le queda bastante ajustada.
Le encantan las camisetas de grupos, aunque quién soy yo para criticarlo, teniendo en cuenta que ahora mismo llevo una de Letters to Cleo que le he robado a mi madre.
Max se dobla hacia atrás para estirarse y la camiseta se le levanta lo justo para dejar ver una franja de piel del abdomen.
Solo eso basta para que se me acelere el pulso.
Entre eso y su precioso pelo negro azabache, no podría apartar la vista de él ni aunque un meteorito estuviera a punto de caer sobre la tierra y matarnos a los dos.
Entonces se endereza y casi da un brinco del susto al verme.
—¡Hazel! ¿Qué haces aquí a estas horas?
Levanto el móvil, avergonzada.
—Eh… básicamente perder el tiempo. Pero te he visto en el despacho y se me ha ocurrido esperarte.
—¿En serio? —Parece sorprendido de verdad—. No hacía falta.
—Ya lo sé, pero para eso soy tu amiga. ¿O me estoy metiendo donde no debo?
—No, me alegro de que me hayas esperado. —Se frota la nuca—. Oye, ¿tienes tiempo para dar una vuelta? He oído que hay un sendero por ahí, pero no he estado nunca. —Max señala hacia una arboleda que hay detrás del instituto.
Abro los ojos como platos y hago un esfuerzo por mantener un gesto neutro.
Está claro que nadie le ha explicado qué fama tiene ese parque ni las implicaciones de lo que está proponiendo.
Nuestro instituto da a una franja estrecha de arbolado y, hace años, al distrito escolar le pareció buena idea acondicionar la zona para alumnos y vecinos.
Hicieron un sendero y pusieron piedras a modo de escalones e incluso algunos bancos.
Cómo no, en cuanto los alumnos descubrieron el sitio, se dedicaron a tallar nombres en los árboles, a pintar los bancos con grafitis y a usarlo como lugar «secreto» para fumar porros junto al recinto escolar.
Y también tiene fama de otra cosa. He perdido la cuenta de las parejas que han ido al parque para tener intimidad, y prefiero no pensar en lo que habrán visto esos árboles.
Hoy en día, si alguien me viera entrar ahí con Max, solo sacaría una conclusión.
Aunque ahora mismo no hay nadie mirando.
Echo un vistazo al parque. Nova y yo fuimos a echar un ojo en nuestro primer año en el instituto, pero no volví nunca, aunque reconozco que siempre me ha dado curiosidad explorar un poco más.
—Eh… vale. Pero no puedo ofrecerte una visita guiada porque yo tampoco he estado nunca —digo mientras cruzamos el césped hacia la entrada.
—¿En serio? Pensaba que sería un sitio popular.
—Lo es… para cierto tipo de gente. Pero normalmente aquí solo vienes si estás saliendo con alguien.
Me mira de reojo y siento cómo se me calienta todo el cuerpo. No quiero hablar de amor con Max. Sé que no me ha invitado al parque para que nos enrollemos bajo los robles.
No tengo claro qué me voy a encontrar cuando nos adentramos en el camino al que dan sombra los numerosos árboles: ¿quizá basura, restos de drogas o sujetadores colgados de las ramas?
Pero no es más que un parque tranquilo y muy bonito.
El sendero de tierra es lo bastante ancho como para que podamos caminar uno al lado del otro y el murmullo del arroyo cercano resulta relajante.
—Oye, ¿puedo preguntarte qué hacías en el despacho de Milord?
—Perdona, ¿estás preocupada por mí? No sabía que te importara tanto mi bienestar. —Me dedica una sonrisa burlona.
—Pues igual no.
—Me alegro. Pues entonces no te hago perder el tiempo. Podemos limitarnos a disfrutar de tanta belleza natural. O puedo contarte la conversación tan fascinante que hemos tenido hoy en clase de Filosofía Política. Estamos empezando a…
—¡Max! —exclamo, volviendo a sentirme igual que cuando era pequeña. Le doy un empujón en el brazo y tiene que dar un paso al lado para no caerse sobre los arbustos del camino—. Vale, sí que me preocupo por ti. Un poquito. —Resoplo—. ¿Contento?
Se ríe.
—Mucho más.
—Siempre conviertes todo en una competición. Hasta las conversaciones.
—La vida es más divertida así. —Se detiene y mira hacia el arroyo, donde el agua forma una pequeña cascada—. Estaba en el despacho de Milord porque quiero quitarle a Brody el puesto de líder de sección. Milord y los demás querían hablar conmigo antes de seguir adelante.
Ahogo un grito.
—¿Quieres quitarle el puesto?
En la banda, los líderes de sección los eligen Milord y la señora Lewis antes de que empiece la temporada.
Nunca han explicado exactamente cómo toman la decisión, pero está claro que se basan en el nivel musical, el liderazgo y la antigüedad.
Este año nadie dudaba de que Brody sería el elegido para liderar su sección.
Lleva estudiando música desde quinto, igual que yo.
El curso pasado fue el percusionista principal de la orquesta sinfónica y, desde entonces, es el líder de facto de la sección de percusión.
Y una vez que alguien consigue el puesto, se acabó.
No recuerdo que hayan destituido nunca a un líder de sección a mitad de temporada.
Sería un escándalo en la sección y destrozaría la relación de Max con Brody.
—Quiero quitarle el puesto —repite Max en una voz baja y tranquila—.
Ya me han dejado claro que es algo muy poco habitual, pero, cuando les he explicado lo que pasa cuando ellos no están, se han mostrado de acuerdo en que quizá haga falta un cambio.
Van a seguir hablándolo, también con Brody, y el miércoles nos van a comunicar la decisión definitiva.
Me paso las manos por el pelo, intentando recolocarme los rizos y los pensamientos a la vez, aunque sé que no sirve de nada.
—Pero, Max, ¿lo dices en serio? ¿Sabes lo que eso implica?
—No es mi primer año en una banda, aunque sea nuevo en esta. Brody está furioso, y peor se va a poner si me dan la razón. Y, si se queda como líder, no va a dejar de restregármelo. Voy a tener que aguantarlo todos los días de lo que queda de curso.
Me quedo mirándolo, boquiabierta.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
—Porque es un mal líder y el grupo merece algo mejor.
—Entorna los ojos y se le endurece la expresión—.
Brody cree que la forma de sacar lo mejor de la gente es ridiculizándola y humillándola.
Está todo el rato señalando a los más jóvenes cuando se salen de ritmo o se equivocan en el campo, y anima a los demás a reírse mientras se burla de ellos.
—Eso yo ya lo sabía. De hecho, creo que intenté avisarte.
Max tuerce el gesto.
—Lo sé. Y he sido terco e imbécil por no escucharte.
Pero conmigo se portaba bien e imagino que quería creer que lo decías porque te caía mal y punto.
—Se mete las manos en los bolsillos y vuelve a echar a andar.
El sendero se estrecha y empieza a tomar una leve pendiente, así que tengo que caminar casi pegada a él para no quedarme atrás—.
¿Qué ha pasado de verdad entre Brody y tú?
Me ha contado algunas cosas, pero seguro que eran mentira.
—Seguro que sí.
—¿Has salido con él o algo? —Su voz suena tensa.
—Ostras, veo que no me tienes ningún respeto.
—Me estremezco del asco—. Jamás saldría con Brody.
Me odia desde nuestro primer año de instituto, cuando gané el premio a mejor integrante y él estaba convencido de que se lo merecía más.
Creo que, si lo hubiera ganado Nova u otra persona, no le habría importado, como ya pasó en los dos cursos siguientes, cuando tampoco ganó.
Pero, como fue alguien del color guard quien se llevó el premio por encima de todos los músicos, se puso hecho una furia.
Le encanta señalar lo mal que lo hacemos, como si así demostrara que nunca debí haber ganado ese premio.
—Esa versión es muchísimo más creíble que lo que me ha contado él. —Max tuerce el gesto—. Me da hasta vergüenza haber pensado que era amigo mío. Creo que solo era majo conmigo porque se dio cuenta de que podía ser una amenaza si me lo proponía. Y ahora me lo propongo.
—Nunca habíamos estado tan de acuerdo. Me estoy empezando a creer que has cambiado de verdad —digo.
—¿En serio? —Se detiene y se vuelve hacia mí. Aquí todo está en silencio, salvo por el susurro de las ramas y el murmullo del agua. Entiendo perfectamente por qué las parejas vienen a estar a solas—. Me gustaría compensarte. Haré lo que tú quieras.
Sin previo aviso, me asalta la mente la imagen de él besándome.
Se me acelera la respiración y aparto la vista.
De pequeña pasé una cantidad vergonzosa de tiempo imaginándome cómo sería, pero sé que besarlo es lo último en lo que debería estar pensando ahora mismo.
Max y yo apenas hemos dado los primeros pasos para reconstruir nuestra amistad.
No debería mezclar otras emociones cuando ni siquiera tenemos una base firme.
—Lo mejor que puedes hacer por mí es quitar a Brody del puesto. Siempre que Milord te elija a ti como nuevo líder de la sección, claro. —Le dedico una sonrisa burlona con la esperanza de disimular cualquier otra expresión que haya podido reflejarse en mi cara.
—¿No crees que me vayan a elegir?
—No lo sé. Habrá que esperar.
A Max se le tensa la mandíbula y tengo que morderme el carrillo para no echarme a reír al ver su expresión. Tengo casi total certeza de que va a ser el nuevo líder, pero la forma en que se pica cuando lo pongo en duda me hace muchísima gracia. Es facilísimo meterse con él.
Da un paso hacia mí.
—Vale, pues vamos a apostar.
—Por supuesto. ¿Y qué gano yo?
—De eso no hace falta preocuparse porque está claro que vas a perder.
—Me fulmina con la mirada, aunque en ella ya no está la intensidad de antes.
O, al menos, ya no hay ira. Baja la vista un segundo hasta mi boca y un calor muy distinto me recorre por dentro—.
Y cuando pierdas, porque vas a perder, tendrás que invitarme a un helado antes del partido en casa del viernes que viene.
Esto no me lo esperaba. Se me desmonta la chulería y doy un pequeño paso atrás. ¿Vamos a ir a tomar un helado juntos? ¿Me está… invitando a salir?