Capítulo diecisiete
H an pasado casi veinticuatro horas y sigo dándole vueltas a lo que dijo Max anoche. ¿Qué quiso decir con eso de «no hace falta que lo sientas»? A Max lo único que le importa es ganar y, casi igual de importante, ganarme a mí. ¿Quería que lo mirara? No entiendo por qué.
Bueno, eso tampoco es del todo cierto.
Hay una posible explicación, pero es tan absurda que seguro que estoy equivocada.
Es imposible que Max esté interesado en mí.
Puede que yo estuviera coladísima por él cuando éramos pequeños, pero él nunca sintió lo mismo.
Ni siquiera sé si me veía como a una chica.
Para él, yo era solo una amistad más con la que hacer el tonto.
Mi madre asoma la cabeza a mi cuarto y me obliga a quitarme los auriculares por quinta vez esta tarde. Insiste tanto en interrumpirme que ni siquiera puedo escuchar tranquila la música que me suelo poner cuando estoy enfadada.
—Me acaba de escribir Melanie: Max y ella vienen una hora antes. Y Kelsey no para de insistir con ir a casa de la tía Mary, así que voy a llevarla antes de que lleguen.
—¿Vienen antes? ¿De quién ha sido idea?
Mi madre ladea la cabeza, confundida.
—Pues no le he preguntado. ¿Quieres que le escriba?
Me estremezco solo de imaginar a mi madre y a Melanie haciendo de intermediarias entre nosotros como si tuviéramos ocho años.
—No, da igual. Perdona, ha sido una pregunta ridícula.
—Vale. —Me observa con atención—. Avísame si necesitas algo esta noche.
Me obligo a apartar todas las dudas y pensamientos sobre Max y a centrarme en la partida. Eso es lo importante. La primera sesión salió bien y hoy podría ser incluso mejor, siempre que me concentre en ser una buena dungeon master y deje fuera de la mesa de juego mi bagaje emocional.
Claro que todo eso se va al traste en cuanto Max y su madre entran por la puerta.
Durante un momento están entretenidos quitándose los zapatos y peleándose con las bolsas, así que aprovecho para observar a Max.
Lleva los vaqueros negros que le quedan muy ajustados y que le sientan genial, y una camiseta gris ceñida a juego con sus ojos que le marca perfectamente los hombros y los brazos.
Sé que dicen que el gris es un color aburrido y sin gracia, pero no cuando está asociado con él.
Ese color me hace sentir cosas raras en el corazón.
Están regresando los mismos sentimientos de hace años. Aprieto los párpados.
—Hazel, ¿me echas una mano?
Abro los ojos. Mi madre y Melanie siguen hablando junto a la puerta, pero Max está en la entrada de la cocina con un montón de bolsas y cara de confusión.
Me acerco, regañándome mentalmente.
—¿Qué has traído? —pregunto, asomándome a una bolsa—. ¿Otra vez nachos?
—He pensado que, ya que tú haces todo el trabajo de DM, yo podía encargarme otra vez de la comida. —Entra en la cocina y deja las bolsas en la encimera más cercana—. Además, se me ha ocurrido una idea épica.
Saca dos de los rollos de papel de aluminio más grandes que he visto en mi vida y sonríe con un orgullo sospechoso para tratarse de simples utensilios de cocina.
—Me das miedo.
—Vamos a hacer nachos en mesa. Mi madre lo ha visto en internet.
—Sigue sacando cosas de las bolsas. Esta noche está emocionadísimo—.
Cubrimos la mesa de la cocina con el papel para no mancharla, echamos todos los totopos encima, añadimos los ingredientes y comemos directamente de la mesa, como si fuera un plato gigante.
Podemos hacer suficiente para todos. ¿Qué te parece?
—Que a mis padres les va a dar algo cuando lo vean.
—Qué va, si luego es facilísimo de limpiar: haces una bola con el papel de aluminio y lo tiras a la basura. Me parecía muy apropiado empezar las sesiones de los domingos con nachos, como hacíamos tú y yo antes.
Me ruborizo al recordarlo.
—Habría que estudiar tu obsesión con los nachos, pero es verdad que es una idea épica.
Nos ponemos a cocinar la carne picada, a calentar los frijoles refritos y a cubrir la mesa con papel de aluminio.
Agradezco tener las manos ocupadas para darme tiempo a controlar las emociones, aunque no consigo evitar que se me acelere el pulso cada vez que Max se acerca para coger ingredientes o utensilios de los armarios.
—¿Cómo lo llevas? —pregunta mientras abre una bolsa enorme de cheddar rallado.
—¿El qué? Estoy bien. Todo bien.
Max ladea la cabeza.
—¿Seguro? Yo solo me he levantado hoy de la cama porque sabía que esta noche había D & D .
Está hablando de la banda. Habría que estar loca para pensar que estuviera hablando de otra cosa.
—Pues… yo diría que estoy haciendo como si ayer no hubiera pasado nada.
—Deberían haber cancelado la competición o haberla retrasado. El campo estaba embarradísimo. Era como desfilar por una ciénaga.
—Yo ni veía las líneas del campo —admito. Se me hace rarísimo hablar de esto con Max como si estuviéramos en el mismo equipo y no en bandos archienemigos.
—Ni tú ni nadie. Era imposible. Hubo un momento en que habría jurado que estaba en la línea de las cuarenta yardas, pero debía de ser la de cuarenta y cinco, porque la tuba de Sock casi me tira al suelo. —Se ríe mientras abre un bote de salsa.
—Podría haber sido peor.
Se gira hacia mí. Hoy lleva el pelo ondulado más revuelto de lo normal. Siempre me ha gustado su pelo. Frunzo el ceño y remuevo la carne más rápido.
—¿A qué te refieres? —pregunta—. ¿Qué pasó?
—Si no te has enterado ya, no pienso contártelo. Seguro que el lunes lo usarías en mi contra.
Lo digo en un tono de broma, sin ninguna intención de acusarlo, pero Max reacciona como si acabara de darle un empujón.
—Yo no haría algo así. ¿Por qué siempre piensas lo peor de mí?
—Por experiencia.
—Venga, cuéntamelo. No voy a apuñalarte por la espalda. —Se me acerca un paso y me coge de la muñeca para tirar de mí—. Ya te he pedido perdón y lo decía en serio. ¿Qué más quieres que haga?
—¡Vale, vale! —respiro hondo y me aparto.
No puedo pensar con él tan cerca—. Ayer me caí.
Iba corriendo hacia la línea de banda para cambiar de bandera, me resbalé y me caí.
De morros. Y el campo estaba tan asqueroso que acabé con barro por toda la barbilla y hasta por dentro de la nariz, pero cogí la bandera y volví a salir al campo igualmente, porque para eso soy la capitana.
Me cruzo de brazos, desafiante.
—¿Se te metió barro en la nariz? —Se le curvan los labios como si estuviera intentando no reírse.
—Hasta el fondo.
—¿Cómo…? —Se le tuerce aún más la boca—. ¿Cómo lo sacaste?
—Intentando echar aire con fuerza por la nariz. Conseguí expulsar el último trozo justo antes del solo de Nova.
Lo miro fijamente, intentando con todas mis fuerzas no desmoronarme, pero ninguno de los dos tiene tanta fuerza de voluntad.
Max estalla en una carcajada y yo hago lo propio.
Se dobla hacia delante, riéndose tan fuerte que parece que fuera a quedarse sin aire.
Pero a mí no me va mucho mejor: me apoyo en la encimera y me seco las lágrimas de los ojos.
Contarlo en voz alta por primera vez pone en perspectiva lo absurda que fue la actuación.
Estuve desfilando por el campo con tanto barro en la nariz que tenía que respirar por la boca. ¿Cómo no me voy a reír de algo así?
—Hoy no voy a poder comer nachos —dice Max cuando por fin consigue enderezarse—. Tengo el estómago hecho polvo de tanto reírme.
Lo señalo enfáticamente.
—Ahora entiendes por qué no quería contártelo. Fue horrible. Y encima ahora tienes material para usarlo en mi contra cuando quieras.
—No voy a usarlo en tu contra, aunque no entienda muy bien a qué te refieres. No puedo prometerte que el resto de mi sección haga lo mismo, sobre todo con Brody al mando, pero yo no lo voy a hacer. No quiero seguir peleándome contigo.
El corazón se me acelera a trompicones. No se me ocurre qué decir, así que recurro a una broma.
—Venga ya, un poquito sí que quieres pelearte conmigo, ¿no? Estoy segura de que te sale solo.
—Lo que no me importaría sería machacarte de una vez al Catán .
—Un objetivo imposible siendo tan mal jugador. Apunta un poco más bajo.
Traga saliva y me recorre entera con la mirada.
—He decidido apuntar bastante alto.
En ese momento se abre la puerta de la entrada y se rompe la magia. Vuelvo con la carne picada (que ya va camino de quemarse) y Max sigue con el queso. Li y Felix entran en la cocina, para mi desgracia.
—¿Más comida mexicana? —pregunta Felix, ojeando la cocina.
—No es simple comida mexicana, tío. En tres palabras: mesa de nachos.
—No sé qué significan esas tres palabras juntas —dice Li.
Corro a abrazarla.
—Es cosa de Max.
—¡Hola! —se oye la voz de Nova desde la entrada—. ¿A que no sabéis quién ha venido?
El bobtail de Nova entra corriendo en la cocina y se planta a mis pies, con la lengua fuera y una sonrisa enorme. Es el perro más feliz que he conocido nunca. Le rasco detrás de las orejas y luego se va paseando por la estancia para que los demás hagan lo propio.
—Me alegro un montón de que te hayas traído a Zoinks —dice Li, enterrando la cara en su pelaje—. No me imaginaba que D & D pudiera ser aún mejor, pero, claro, es que no sabía que pudiera haber perros.
—Los perros lo mejoran todo —dice Nova.
—Igual que los nachos —añade Max—. Venga, vamos a montarlos.
Asignamos a cada uno un ingrediente: carne, frijoles, queso fundido, nata agria y salsa, y luego rodeamos la mesa para admirar nuestra obra.
—Brutal —dice Felix.
—¿A que sí? —responde Li, y saca el móvil para hacer una foto—. Nunca había visto nada parecido.
Nova aparta a Zoinks de la mesa y alarga la mano para coger un nacho. Sin pensarlo, miro a Max horrorizada.
—¡Quieta! No puedes… comer y ya —protesta Max—. Primero hay que buscar el mejor nacho.
—¿Qué? —pregunta Felix.