Capítulo dieciséis #2
Como si pudiera no verlos. Ya llevan puestas las camisetas de Glen Vale, pintura en la cara, chapas gigantescas con mi foto en la banda y un cartel lleno de purpurina.
Ah, y unos cencerros enormes para hacer ruido cuando la banda salga al campo.
La única razón por la que no se han ofrecido como acompañantes en el autobús es porque tienen que estar con Kelsey…
y porque yo se lo supliqué desesperadamente en mi primer año.
—¡Queremos estar orgullosos! —grita mi madre.
Me encojo un poco más al oír sus palabras.
Ojalá hoy fuera el día en que por fin pudiera conseguirlo, pero no creo que los dioses de las bandas de música estén de mi parte.
La lluvia pasa de una neblina fina a una llovizna constante y mis esperanzas se hunden un poco más.
Si hubiera posibilidad de tormenta eléctrica, cancelarían la competición, y casi que lo preferiría.
Pero, mientras el tiempo no suponga un peligro real, tendremos que actuar sí o sí.
Para colmo de males nos toca salir los últimos.
En condiciones normales sería positivo, para impresionar a los jueces al final y dejar huella.
Pero cuando por fin saltamos al campo, horas después, el césped está embarrado y tan destrozado por las bandas anteriores que apenas se ven las líneas de las yardas.
Con la lluvia, los instrumentos desafinan con más facilidad, el barro se pega a las suelas y mejor ni hablar de las banderas.
Al menos los instrumentos de los músicos no tocan el suelo, pero nosotros arrastramos literalmente la punta de las banderas por el barro, así que se ensucian, pesan y nos salpican fango a la cara y a los ojos en cada giro y lanzamiento.
El terreno resbala tanto que, en un momento dado, hasta yo me caigo y me embadurno la cara de barro.
En resumen, la actuación es un desastre absoluto, y se nota en las puntuaciones.
—A ver…
Por primera vez, mi madre se queda sin palabras cuando vuelvo a encontrarme con mi familia después de la entrega de premios. Agradezco que siga lloviznando porque así disimulo un poco las lágrimas.
—Vamos a mirarlo por el lado positivo: solo podemos ir a mejor —dice mi padre—. Y ha sido una actuación que recordarás toda la vida.
Toso, medio sollozando. Es una forma de verlo. Esta vez el color guard ni siquiera ha conseguido un excelente: nos han dado un bien, que es casi como si nos hubieran dado un espantoso. En la vida había pasado tanta vergüenza.
—Es solo un concurso —dice mi madre, frotándome la espalda—.
Así empiezan las historias de éxito: el héroe cae, pierde la esperanza y luego remonta y gana al final.
Aún te puede pasar igual a ti. Imagínate lo contenta que te pondrás cuando consigáis un superior en la última competición.
Milord va a verse obligado a darte el premio a mejor integrante.
Ojalá la tormenta fuera más fuerte para que cayera un rayo y me fulminara aquí mismo. Apenas consigo mantener la calma y mi madre ya está hablando de que voy a ganar el premio. Ahora mismo está más lejos que nunca.
—¿Hay alguna papelera por aquí? —pregunta Kelsey con cara de pena, levantando su precioso cartel. La purpurina se ha corrido por todo el letrero como si estuviera llorando por lo pésimo de nuestra actuación.
No soporto más estar rodeada de rostros de decepción y frases de ánimo.
No hay nada que puedan decir que me haga sentirme mejor, ni ellos ni nadie.
El sueño de conseguir las puntuaciones máximas y los premios a mejor conjunto auxiliar se aleja cada vez más.
Y, para más inri, aún no nos hemos clasificado para el campeonato estatal.
Siempre lo logramos, como muy tarde en la segunda competición.
Pensar que quizá no acuda en mi último año me deprime tanto que casi me dan ganas de tirarme boca abajo al primer charco que vea.
—He quedado en pasar a ver cómo están algunos compañeros —les digo a mis padres—. La gente está bastante tocada.
Mi padre asiente con comprensión.
—Claro, deberías estar con tus amigos. ¿Quieres que te esperemos para llevarte a casa?
—No, ya vuelvo con el equipo. Es lo mínimo.
En cuanto me libero, camino en dirección contraria, aunque ni siquiera sé a dónde voy. En realidad, no tengo a nadie con quien hablar; solo era una excusa. Pero necesito unos minutos a solas. Me dirijo hacia los autobuses de material de Glen Vale hasta que unas voces airadas llaman mi atención.
—Relájate, tío. No es para tanto.
—Sí que es para tanto. Ya está la gente bastante hundida después de lo de hoy. No hacía falta que te burlaras de Felix y de Niko delante de todos.
Me quedo helada. Es la voz de Max, y la otra es sin duda la de Brody. Los busco con la mirada, pero no los veo. Deben de estar al otro lado del autobús más cercano.
—¿Y cómo van a mejorar si nadie les dice las cosas claras? Los dos son malísimos. Nos están arrastrando, y ni de coña pienso acabar haciendo una coreografía del color guard porque nos hagan perder la apuesta de las narices.
—Pero son muy jóvenes y se están esforzando. Creo que la madre de Felix ha oído parte de lo que le has dicho.
—Pues a ver si así se motiva y no vuelve a pasar.
Max refunfuña y casi puedo imaginármelo levantando los brazos.
En teoría, oír que hay tensión entre los percusionistas debería animarme un poco.
Si sus dos mejores músicos están discutiendo, no puede ser buena señal.
Pero no consigo alegrarme. ¿Brody se estaba burlando de Felix?
Eso no es propio de un buen jefe de sección.
—Si sigues así, no vamos a mejorar nunca —replica Max, alzando la voz—. La gente te tiene miedo.
—¿Me tienes miedo tú? Porque, si sigues hablándome así, deberías.
Ahogo un grito y me llevo las manos al vientre. La frialdad de la voz de Brody hace que un escalofrío me recorra la espalda.
—No, Brody —dice Max con una voz firme—. No te tengo miedo.
—Pues qué pena.
Me doy la vuelta y me alejo a toda prisa por si ya han terminado de hablar.
Solo faltaba que me pillaran espiando su discusión.
Ya he puesto suficiente distancia de por medio cuando Max grita mi nombre.
Me giro despacio. Miro a mi alrededor y veo que estamos solos.
Respiro hondo y levanto mis murallas defensivas.
El día ya ha sido horrible de por sí; no hay nada que pueda decir Max que lo empeore.
—Mira —digo—, ha sido un día horrible para todos. Si vienes a pagarlo conmigo rematándome ahora que estoy hecha polvo, ni se te ocurra. De verdad que hoy no me viene bien.
Max se frena a mitad de paso.
—No te he llamado por eso.
—Ah. Pensaba que…
Se acerca un poco más, pero se encorva ligeramente.
—¿Que solo quiero hablar contigo para hacerte daño?
—A ver, sí. Normalmente es así. Aunque, para ser justa, tú podrías decir lo mismo de mí.
Max suspira.
—¿Por qué estamos así?
—Porque nuestras respectivas secciones se odian, y tú me odias, y…
—Yo no te odio, Hazel. Nunca te he odiado. He estado enfadado, pero solo porque quería tener una vida como la tuya.
Asiento, sin saber muy bien qué contestar.
—¿Y tú? ¿Me odias a mí? —pregunta en voz baja.
—A ver, te odié cuando discutimos en el drill down .
Y cuando me empapaste de vinagre y cuando me diste polos derretidos.
Y cuando me soltaste aquella bronca cuando quise darte la bienvenida a la banda.
—Max pone una mueca y se pasa las manos por la cara y el pelo—.
Pero estos últimos días no te he odiado tanto.
Esboza una media sonrisa.
—Estupendo.
—Estuvo bien la sesión de D & D —añado—. Mucho mejor de lo que esperaba.
—Sí, es verdad. Por cierto, Felix me ha dicho que se lo pasó genial. No sé si te lo ha comentado.
Me muerdo el labio. Sé que debería dejarlo pasar, pero no puedo evitarlo.
—No os estaba espiando, pero he oído parte de lo que le acabas de decir a Brody sobre Felix y Niko. Lo siento.
—Brody ha sido un rastrero. —Los ojos le brillan de rabia—. No me puedo creer que se haya metido con ellos así, y menos ahora, cuando ya se sienten fatal.
—Todos hemos competido horrible —digo—. Estamos con los nervios a flor de piel. A ver si el lunes, en el ensayo, ya se ha calmado todo.
Ni yo me creo que esté justificando el comportamiento habitual de imbécil de Brody, pero ahora mismo me parece más importante animar a Max que restregarle que yo siempre he tenido razón con lo de Brody.
—Me alegro de que estuvieras por aquí, Hazel. —Me recorre todo el rostro con la mirada—. Me gusta tener a alguien con quien hablar.
—Sorprendentemente, yo también me alegro de hablar contigo.
Se ríe.
—Otro gran piropo para cerrar la noche. Nos vemos mañana.
Da unos pasos antes de que yo eche a andar detrás de él.
—Oye, Max. —Se me agarran los nervios a la garganta—. ¿Por qué no dejabas de mirarme durante el juego del otro día?
Max se queda quieto por un momento antes de volverse hacia mí.
—¿Y cómo sabes a dónde miraba si tú no me mirabas a mí?
—Me lo dijo Nova.
—Ah. —Se pasa la mano por la nuca y cambia el peso de un pie a otro, como dudando. Luego se encoge de hombros—. Porque sabía que tú nunca me ibas a mirar a mí. Era la forma más fácil de ganar.
La explicación tiene su lógica, pero me sorprende lo decepcionada que me deja. Es ridículo lo rápido que salen a la luz mis sentimientos por Max, por mucho que intente enterrarlos.
—Ya —murmuro—. En fin, siento haberte mirado al final y haberte fastidiado la victoria.
Max niega con la cabeza.
—No hace falta que lo sientas.
Y luego sonríe y se marcha.