Capítulo dieciséis
E s jueves, justo antes de la próxima competición de la banda, y la presión de cara a la actuación del sábado no deja de aumentar.
Todos estamos tan concentrados que ni siquiera hemos tenido tiempo para discutir con los de percusión.
En parte me pregunto si Max y Felix habrán calmado un poco a los demás después de la partida del domingo, pero aún no quiero hacerme ilusiones.
—Antes de terminar por hoy —grita Milord desde la línea de banda—, he pensado que podríamos divertirnos un poco para relajar el ambiente. Es un juego al que ya hemos jugado anteriormente en el campamento de verano: Mira .
Los veteranos de la banda vitorean al oírlo.
Mira es un juego un poco raro que, no sé muy bien por qué, se ha convertido en tradición en Glen Vale.
Los integrantes de cada sección se enfrentan entre sí formando círculos de cinco personas.
Todos miramos al suelo y, cuando los jefes de campo gritan «¡mira!
», tenemos que levantar la vista y mirar a alguien del círculo.
La gracia está en elegir a alguien que probablemente no vaya a mirarte a ti, porque, si esa persona te está mirando, los dos quedáis eliminados.
Les explico rápidamente las reglas a las nuevas de mi equipo y los dirijo hasta la línea de las veinte yardas, donde nos dividimos en dos círculos.
—Esto es un lío. ¿Cómo vamos a saber a quién mirar? —pregunta Callie, con una mano en la cadera. Siempre tiene que estar quejándose de todo.
—No lo sabes, y por eso es un juego —responde Addison.
—La gracia es conocer la personalidad de la gente del grupo para poder predecir lo que van a hacer —explico—. Además, es solo un juego. No le deis tantas vueltas.
—Por lo menos descansamos un poco de ensayar —le murmura Rosa a Yori.
—Que nos obliguen a divertirnos es mejor que no divertirse nunca, como pasa siempre —le responde Yori.
Encorvo los hombros, pero hago como si no las hubiera oído. Sé que esta semana he estado más tensa de lo normal, pero, después del desastre de la primera competición, los ensayos son más importantes que nunca. Y tampoco ayuda que todos sigan molestos por la apuesta que hice con los de percusión.
—¿Listos, Caballeros? —pregunta Milord por el megáfono.
Echo un vistazo a los corros repartidos por todo el campo. Por suerte, apenas distingo a los de percusión, que están en la otra punta del terreno de juego.
—¡Mirada al suelo! —ordena Marjorie. Me da la sensación de haber vuelto al drill down . E, igual que entonces, estoy decidida a ganar.
—¡Mira! —grita el otro tambor mayor, Greg.
Levanto la vista y miro a Rosa. Tal y como me esperaba, no me está mirando. Después de lo que acababa de decir, era de prever. Addison y Madisyn caen en la primera ronda, y dejan solo a Devin, para su desgracia. Volvemos a bajar la mirada.
—Rosa, a la próxima mírame —susurra Devin.
—Eso es hacer trampas —le digo.
—Ya, pero así podemos irnos a sentar a las gradas.
Niego con la cabeza. Devin siempre intenta escaquearse de todo. Me sorprende que haya aguantado los cuatro años en el color guard .
—¡Mira! —grita Marjorie.
Efectivamente, Devin y Rosa se miran y yo quedo como ganadora de nuestro círculo, aunque tampoco es que sepa a victoria cuando mis rivales se han dejado ganar. En el otro grupo del color guard gana Deja.
—Lo habéis hecho muy bien, chicos —dice Milord una vez que cada grupo se ha quedado solo con un único participante—. Vamos a seguir. Juntaos los que quedáis y continuaremos hasta que solo quede uno.
Gano también la siguiente ronda. Ya quedamos pocos en el campo y no me sorprende ver que Nova sigue en juego. Y también Max.
Trago saliva y camino despacio hasta la línea de las cincuenta yardas para reunirme con ellos y los otros cuatro que quedan.
—Otra vez juntas —dice Nova, chocando el hombro contra el mío—. Como en el drill down .
Consigo soltar una risita, pero tengo la boca seca. Veo a Max por el rabillo del ojo, aunque evito mirarlo directamente incluso antes de que empiece la ronda. En realidad, ya no me apetece seguir jugando. Con los demás es solo un simple juego, pero jugar con Max es casi… íntimo.
A propósito, me giro hacia Nova y le doy la espalda a Max. Aun así, un cosquilleo de alerta me recorre la piel.
—¿Me está mirando Max ahora mismo? —le susurro a Nova.
Esta posa la vista en él por un instante antes de volver a mirarme a mí.
—Eh… sí, te está… No, te estaba mirando. Acaba de apartar la vista.
—¿Y por qué me estaba mirando?
—Ni idea. No hay nada que entienda menos en el mundo que a los chicos. ¿Qué pasa? ¿Por qué no os estáis lanzando a la yugular del otro como siempre? ¿Habéis firmado una tregua o qué?
Niego con la cabeza. Ni yo misma sé qué está pasando. No somos amigos. No hemos cruzado ni una sola palabra desde la partida del domingo. Pero hay una tensión rarísima entre nosotros y no me gusta.
Marjorie camina despacio en círculo a nuestro alrededor, intentando intimidarnos.
—¡Mirada al suelo!
Bajo la vista y la clavo en mis pies, y se me acelera el pulso.
¿Cuál es la mejor estrategia? Podría mirar a Nova, ya que seguramente no me mirará en esta primera ronda, pero quién sabe.
No quiero arriesgarme. Lo más seguro sería mirar a Max.
Es imposible que él me mire a mí, aunque hace un segundo me estaba mirando.
¿Querría decirme algo? ¿Soltarme algún insulto o amenaza? Ahora ya es tarde para saberlo.
—¡Mira!
En el último segundo, giro la cabeza hacia la derecha y miro a Eileen, una trompetista. Por suerte, está mirando a otra parte. Uf, una ronda superada.
Supero las dos siguientes rondas mirando a un trombonista novato, pero, cada vez que fijo la mirada en su pelo recién cortado, siento un cosquilleo en la nuca.
La inconfundible sensación de que me están observando.
Es normal que me estén mirando, dado el juego, pero esta mirada pesa, como si me tocaran en vez de observarme.
Me sacudo la tensión que me trepa por la espalda.
Greg pasa justo por detrás de mí.
—¡Mirada al suelo!
—No mires a Max si no quieres perder —susurra Nova tan bajito que casi no la oigo.
—¿Qué? —respondo.
—Te está eligiendo en todas las rondas. Debe de estar intentando sabotearos o algo.
—¡Mira!
Clavo la vista en Nova sin pensarlo, pero por suerte está mirando al frente; a Max, si recuerdo bien dónde está colocado.
El corazón me late tan deprisa como si estuviéramos corriendo en vez de estar completamente quietos.
Dos personas más quedan eliminadas y el círculo se reduce a Max, Nova y yo, aunque ni siquiera me fijo en quiénes eran.
La siguiente ronda acaba en empate. Yo miro a Nova, Nova mira a Max y Max me mira a mí, supongo. Y en la siguiente ocurre exactamente igual.
—Nos estamos aburriendo, finalistas —dice Milord por el megáfono—. No me sorprende ver llegando al final a algunos de nuestros sospechosos habituales, pero vamos a ir terminando. Que gane el mejor.
Sus palabras me recuerdan el premio al mejor integrante, y mis pensamientos cambian de rumbo.
Aunque ese premio depende en parte de los votos de la banda, también cuentan los votos de Milord y sus ayudantes.
Estoy segura de que perdí buena parte de su respeto cuando extravié la llave del almacén de material, pero ¿podría recuperar puntos si gano ahora?
¿Influirán estos juegos en su decisión final?
De repente, ganar se me hace más importante que nunca.
Intento analizar la estrategia de los demás, pero tengo la cabeza hecha un lío y al tambor mayor justo detrás de mí.
Miro al suelo y aprieto los puños. Seguro que Max no sigue eligiéndome en todas las rondas, sobre todo ahora que Milord nos ha pedido que cambiemos de objetivo.
—¡Mira!
Trago saliva y levanto la vista hacia Max.
Sus ojos grises me devuelven la mirada, abiertos y sin parpadear.
El pecho se me encoge y se me expande al mismo tiempo, y me quedo sin aire.
Algo le cambia en la expresión y, de pronto, necesito saber qué está pensando.
¿Está molesto porque por fin he decidido mirarlo o es otra cosa?
Nova grita victoriosa a mi lado y el momento pasa de largo.
—¡Enhorabuena, Nova! Estás imparable —anuncia Milord.
—¡Ahhh! —Salta emocionada—. ¡No me puedo creer que os haya ganado a los dos!
Max esboza una mueca y se acerca un poco más a mí.
—No sabía que fuera tan competitiva como nosotros. —Se pasa una mano por la boca.
—Por algo somos tan amigas. Solo que ella lo disimula mejor.
Voy a abrazarla, aunque por dentro me reprocho haberle dado la victoria. ¿Por qué he mirado a Max sabiendo que podía perder?
Será que no me podía creer que fuera a estar mirándome.
El sábado, a primera hora de la mañana, mis padres me dejan en el instituto para nuestra segunda competición.
Los autobuses de la banda están en fila, esperando a que subamos.
También están los enormes remolques cargados con los instrumentos del foso, el material del color guard y todo lo que vamos a necesitar hoy.
Hay unos cuantos percusionistas subiendo los xilófonos por la rampa del remolque.
Solo con verlos vuelvo a acordarme de la apuesta y trago saliva.
—¿Hoy tienes un buen presentimiento? —pregunta mi padre desde el asiento del copiloto.
—Más o menos.
—Pues a ver si es verdad, porque he gastado todo el bote de purpurina verde en el cartel que te he hecho —interviene Kelsey, a mi lado.
—Oooh, gracias —respondo. Preferiría evitar la presión adicional en forma de brillibrilli, pero no hay nada que Kelsey valore más que su colección de purpurina.
—El tiempo no está de vuestra parte —dice mi madre, mirando por la ventanilla. El cielo está gris, hace viento y ya empieza a chispear—. Pero yo creo en ti.
—Estaremos animándote en las gradas —añade mi padre mientras me bajo del coche—. Búscanos.