Capítulo doce
O jalá pudiera decir que paso el fin de semana tan tranquila, escuchando a mis cantautoras noventeras, practicando caligrafía con mis rotuladores y disfrutando de la vida, pero la verdad es que no consigo relajarme sabiendo que Max va a venir a casa.
Le doy vueltas y más vueltas y no veo forma de que nuestra posible partida de D no pienso aguantarle el numerito. Me doy media vuelta y me dirijo de nuevo a mi habitación.
—Oye, espera —me llama—. No puedes irte: tenemos cosas que hablar.
—No tenemos nada de lo que hablar —replico—.
Es ridículo que nos planteemos siquiera sentarnos una vez a la semana en torno a una mesa durante varias horas a hablar, reírnos y proponer ideas.
No me soportas y yo no pienso exponerme a más insultos ni a poner a Nova y a Li en la incómoda posición de tener que mediar entre nosotros. Se acabó la discusión.
Se queda boquiabierto.
—No puedes decidirlo sin más.
—Soy la DM y ya está decidido.
—Que las cosas no te salgan perfectas no implica que…
—¿Cuándo me salen las cosas perfectas a mí?
Señala la casa con un gesto.
—Eh… ¿siempre?
—Max, no hagas como que sabes algo de mí o de mi vida. —Doy un paso hacia él y le clavo el dedo índice en el pecho—. Vuelves al pueblo y a mi casa como si lo supieras todo, y ya estoy harta. ¿Cómo quieres que te incluya en la partida si ni siquiera puedes hablarme como a un ser humano?
Me agarra del dedo y tira ligeramente de él hacia sí para que le presione aún con más fuerza el pecho.
—Pues vamos a hablar —susurra—. ¿Qué quieres saber?
Se me acelera el pulso.
—Todo.
—¿Quieres saberlo todo? —Le noto la respiración agitada—. Pues empieza preguntando algo concreto.
Está jugando. No puede ser otra cosa. Tiene que ser una competición absurda que no entiendo, porque, si no, ¿por qué iba a mirarme tan fijamente?
¿Por qué iba a estar tocándome? Quiero apartarme de un tirón, insultarlo y dejarlo plantado, pero, no sé por qué, me da la sensación de que equivaldría a perder.
Y no pienso volver a perder contra Max.
Doy un paso más hacia él, hasta que apenas nos separan unos centímetros, y alzo la barbilla, desafiante.
—¿Cuándo pasamos de ser mejores amigos a esto, Max? Empieza por ahí. Porque yo me quedé destrozada cuando te fuiste, y parece que a ti te ha destrozado haber vuelto.
Con eso basta. Max se aparta de golpe y rompe el contacto visual. Aprieta la mandíbula y, por un segundo, creo que por fin lo he dejado sin palabras.
—Y es verdad —dice en voz baja—. Pero no por lo que tú piensas.
—Pues ilumíname.
Escudriña la casa con recelo.
—¿Cómo de insonorizado tenéis el sótano?
Tiene razón. Quiero pensar que nuestros padres están tan metidos en la partida que no van a andar escuchándonos, pero no puedo garantizarlo.
—Mejor vamos fuera.
Caminamos en silencio hasta la cama elástica. Max se sienta en el centro, pero yo me quedo en el borde para poder bajarme en cuanto suelte alguna burrada. Se frota los ojos con las manos y suspira hondo.
—Quieres saberlo todo, ¿no? Vale. ¿Qué sabes de mis padres?
Niego con la cabeza.
—Que están separados. Y que jugaban a D cómo habían pasado de estar más o menos bien a separarse tan rápido. Y entonces me contó que había vuelto a hablar con tu madre y que eso fue lo que la convenció para dejarlo.
Me echo hacia atrás, aturdida.
—¿Cómo? Mi madre… ¿Qué?
No dejo de darle vueltas a la cabeza. Vale, no sé qué estaría pasando exactamente entre sus padres y es verdad que mi madre tiende a meterse en la vida de los demás, pero me parece excesivo hasta para ser ella.
—Desde entonces no puedo dejar de pensar en ti, en tu madre y en lo feliz que ha sido siempre tu familia.
Igual que hace años, con esas grandes tardes de juego de los domingos y con unos padres capaces de dejarlo todo para llevarte la comida, hacer voluntariado en el colegio o desvivirse para que no te faltase de nada.
Ojalá mi vida se le pareciera aunque fuera un poco.
—Niega con la cabeza—. Sé lo unida que estás a tu madre, Hazel.
Y la posibilidad de que te hubiera comentado algo, de que pudieras haber sabido que mis padres se iban a separar antes que yo, me ha estado atormentando.
—Toma aire profundamente—. Dime la verdad. ¿Te contó algo?
Me quedo sentada, aún conmocionada. En parte me gustaría gritarle por todas las suposiciones sin fundamento que hace sobre mi vida y mi familia.
Pero, por la expresión de su cara, veo que está destrozado.
Siempre ha mostrado mucha rabia, pero ahora entiendo que era su armadura.
Sin ella, no queda nada más que tristeza.
—Max. —Me inclino hacia delante y escojo las palabras con cuidado—. No sabía nada de lo de tus padres. Te lo juro.
Cierra con fuerza los ojos antes de asentir muy despacio.
—Mi madre y yo… ya no tenemos la relación de antes. Y mi vida dista mucho de ser perfecta.
—Pues yo la veo bastante perfecta —murmura, pero ahora no hay reproches ni acusaciones en sus palabras.
—Eso es porque ves mi vida desde fuera.
Max alza la cabeza hacia el cielo y traga saliva.
—Igual quiero dejar de estar fuera.
Lo miro un segundo, con el corazón acelerado por lo que acaba de decir, y luego me dejo caer de espaldas sobre la cama elástica. Está sucia y caliente por el sol del verano, pero es más fácil mirar a las nubes que a su expresión. Al cabo de un momento, él hace lo propio y se tumba a mi lado.
—No estoy diciendo que tenga una mala vida —digo en voz baja—.
Porque no la tengo. Sé que tengo una vida muy buena y doy las gracias.
Pero mis padres, sobre todo mi madre, tienen muchas expectativas puestas en mí.
Y, pase lo que pase, siempre tengo que estar esforzándome por algo.
Nunca he conseguido estar a la altura de lo que esperan.
Así que este año es decisivo. Mi última oportunidad.
Necesito que el color guard sea mejor que nunca y necesito ganar el premio a mejor integrante.
—¿Lo necesitas tú o lo necesitan ellos?
—Lo necesito yo. O, yo qué sé, igual un poco ambas cosas.
Pero, si te piensas que Kelsey y yo nos sentamos todas las noches con nuestros padres a cantar canciones y contarnos nuestros secretos y nuestros sueños, estás muy equivocado.
Me paso casi todo el rato encerrada en mi habitación para escapar de la presión.
Me muerdo el carrillo y espero a que suelte algún comentario sarcástico, pero no lo hace, y nos quedamos ahí tumbados en silencio, viendo pasar las nubes.
—Pero esto no quita que vaya a competir contra ti en la banda —dice por fin.
—Tampoco lo esperaba.
—Y la apuesta sigue en pie. No tengo ninguna intención de hacer el ridículo intentando aprenderme la coreografía.
—Y yo no pienso limpiar el baño de hombres.
Se vuelve a hacer el silencio, hasta que Max se aclara la garganta.
—Pero… lo siento. Tenía envidia y estaba enfadado, y lo he pagado contigo. —Noto el momento en que gira la cara hacia mí—. ¿Cuenta como habértelo contado todo?
No debería girarme para mirarlo. Estaríamos demasiado cerca y será incómodo y raro.
Pero lo hago igualmente.
El pelo oscuro le cae sobre los ojos, y tiene una expresión arrepentida que nunca le había visto.
Su cercanía me provoca una oleada de calor.
Sé que no puedo fiarme de él, con todo lo que nos hemos dicho y hecho estas últimas semanas.
Pero, al menos en este preciso momento, tampoco puedo odiarlo.
Porque casi puedo ver al chico del que estuve medio enamorada.
Se me ruboriza la piel y me incorporo de golpe.
—Tienes muchas ganas de jugar a D & D, ¿eh?
Max se ríe en voz baja y se incorpora para sentarse a mi lado.
—Sabes que siempre he querido jugar. En mi anterior instituto no pude encontrar a nadie. Aunque tengo algunas condiciones.
—Todavía no he aceptado dejarte jugar. No te adelantes.
—Oye, seamos realistas. Me necesitas. Si tuvieras una lista enorme de gente deseando apuntarse, Nova y tú ya tendríais partida. Pero, tal y como están las cosas, solo tienes a Nova y a Li, y con eso no sale una campaña precisamente divertida.
Frunzo el gesto, desafiante. Puede que tenga razón, pero no pienso dársela.
—Y, si lo piensas, la situación es bastante injusta para mí.
—Se pone de pie y empieza a rebotar de puntillas sobre la cama elástica.
Yo también me levanto, por si tengo que bajarme a toda prisa—.
Ahora mismo, el grupo consistiría en tu mejor amiga, a la que seguro que ya has puesto en mi contra, y una de las chicas del color guard, que claramente me odia a juzgar por el grito de terror que pegó el viernes.
Max empieza a saltar más alto y yo lo imito porque no quiero quedarme atrás.
—Normal que te odie: tuvo que lavar la ropa tres veces para quitarle el olor a vinagre.
Encima tiene la cara dura de reírse.
—Vamos, algo de gracia sí que tuvo, ¿no? Yo no paraba de reírme mientras llenaba los globos.
—No tuvo ninguna gracia y no estás ayudando a tu causa.
—Solo digo que tiene que haber cierta igualdad en el grupo. Que esté más equilibrado.
—Como estés a punto de proponer a Brody como jugador, te tiro de la cama elástica y te prohíbo volver a casa.
—Inténtalo. —Sonríe con chulería y me veo tentada, hasta que levanta las manos en un gesto defensivo—. No, a Brody no. A él no le van los juegos de mesa. Estaba pensando en Felix Jackson.
Dudo un momento mientras intento situarlo. Es el chico jovencito que toca la caja y al que he visto con Max alguna que otra vez. Es percusionista, lo cual ya juega en su contra, pero no recuerdo que haya sido especialmente borde o agresivo, a diferencia de otros.
—¿No es bastante callado?
Max asiente.
—Mucho. Pero es buen chaval, aunque puedas pensar lo contrario, y creo que le gustaría aprender a jugar. Además, le está costando encontrar su sitio en la banda.
Pienso en Li. Le daría un punto positivo a Max por preocuparse por los más jóvenes de su sección, pero sigo intranquila con el plan que propone.
—O sea, que el grupo quedaría dividido en dos: Felix y tú, por un lado, y Nova y Li, por el otro.
—No es buena señal que la DM ya esté pensando en dividir al grupo en dos. Tenemos que ser un equipo. ¿No has visto los directos de Con todo el equipo? Porque eso tiene remedio.
—Sí que los he visto. Perdona, es que me cuesta imaginar que de repente todos nos llevemos bien.
—Pero cuando jugamos no somos nosotros mismos. Somos personajes, ¿no? Así que no debería haber problema.
Respiro hondo e intento pensar con objetividad. Si fuera al revés, a mí también me gustaría tener a un amigo en la mesa. Y si todos somos capaces de dejar las armas a un lado cuando nos sentemos a jugar (y empuñar las armas ficticias en su lugar), igual puede funcionar.
—Mientras estemos jugando, nada de hablar de la banda ni de hacer comentarios sarcásticos ni de pelearnos —digo, señalándolo con el dedo—. Todos tenemos que comprometernos con el grupo y ser leales al resto de los jugadores. ¿Te ves capaz?
De repente, deja de saltar, lo que hace que se le doblen las rodillas.
—Capaz y con ganas —responde con una voz que parece sincera. Aún no sé si puedo fiarme de él, pero supongo que podemos probar una vez a ver qué pasa.
—Una sesión —digo, levantando un dedo en un gesto enfático—. Y me reservo el derecho de cancelarla si no sale bien.
En el rostro se le dibuja una enorme sonrisa bobalicona, y se me encoge el pecho al verla. Conozco bien esa sonrisa. Antes me encantaba.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.