Capítulo once
E sta noche es nuestro primer partido de fútbol americano y ya estoy perdiendo los nervios. Aunque más bien lo que he perdido son las llaves.
—Milord.
Hicks se vuelve, visiblemente desbordado. El aula de música es un caos en el que reina el ruido: la gente se está poniendo el uniforme mientras grita que no le entran los guantes o que no encuentra los zapatos.
—¿Sí? ¿Todo bien con tu equipo?
—Eh… con mi equipo sí, todo va bien. Es que… —Trago saliva. No me puedo creer que tenga que decir esto—. He perdido la llave del almacén de material.
Me arden las mejillas de vergüenza. No me puedo creer que me haya pasado algo así sabiendo lo importante que es esa llave.
En ese almacén guardamos todo lo necesario para las competiciones, además de banderas de desfiles y concursos anteriores y distintos accesorios.
Hasta es posible que Milord se saltara las normas al darme acceso, pero lo hizo porque confiaba en mí y sabía que Faith no podría encargarse siempre.
Y ahora tengo que ver cómo se le tuerce el gesto al enterarse de que le he fallado.
—¿Has perdido la llave? ¿Y me lo dices ahora? Hazel, tenemos que estar en el campo dentro de treinta minutos.
Bajo la mirada al suelo.
—Lo sé, y lo siento muchísimo. Juraría que la tenía; si hasta la vi entre mis cosas esta tarde, pero ahora no está por ningún lado. No sé qué ha pasado.
—Debo de tener la llave maestra por aquí.
—Mira a su alrededor, distraído, mientras al menos tres personas más lo llaman pidiendo ayuda—.
Tengo que ocuparme primero de otras cosas urgentes, pero Faith no tardará en llegar y vendrá con su copia.
—Frunce el ceño—. Pero tengo que decirte que estoy muy decepcionado contigo.
Pensaba que podía confiar en que fueras responsable, pero vas y haces esto justo antes de la primera actuación.
—Niega con la cabeza—. Que sea la última vez, ¿vale?
Asiento con firmeza. Las lágrimas amenazan con salir, pero, en cuanto se da la vuelta, me froto la cara hasta que desaparece la sensación. Bastante mal está ya que no sea capaz de cuidar una simple llave como para, encima, ponerme a llorar cuando debería estar ayudando a mi equipo.
Por primera vez, me alegro muchísimo de ver llegar a Faith. Más que enfadarse, le sorprende lo de la llave y, por suerte, ha traído su copia, así que podemos coger las banderas justo antes de salir al campo para tocar el himno y la canción de guerra.
Faith me aprieta el hombro y susurra:
—No ha pasado nada. Tienes que ser fuerte, por el grupo. —A continuación, nos reúne a todos y exclama—: ¡Estáis espectaculares!
—Ha venido todo el mundo —susurra Callie—. Nos van a estar mirando.
Deja y Keira miran hacia las gradas del estadio, que se está llenando rápidamente. La asistencia depende del tiempo y de cómo vaya el equipo ese año, pero siempre me sorprende la cantidad de gente dispuesta a pasar una noche de viernes sentada en gradas metálicas heladas.
—Creo que he visto entrar a Henry y a Sam —susurra Rosa.
—No os preocupéis —dice Devin—. A nadie le importamos. Todo el mundo se baja a comprar comida cuando tocamos.
—Mi madre no —susurra Li.
—No le deis tantas vueltas —interviene Faith—. Para esto habéis estado ensayando.
Por suerte, se acaban los discursos cuando Milord nos llama a formar, y entramos al estadio para el comienzo del partido.
Está anocheciendo y los focos iluminan el campo.
Las animadoras se colocan frente a las gradas, llenas de alumnos y familiares.
Muchos adultos llevan sudaderas verdes y blancas, mientras que los adolescentes aguantan en camiseta.
Y no podía faltar el grupo de chicos semidesnudos, con el torso pintado.
El fútbol americano es el deporte rey en Ohio, pero nuestro instituto no tiene ni el presupuesto ni el número de alumnos necesarios para contar con un equipo potente de verdad.
Las zonas de anotación no están decoradas con grandes diseños ni tampoco hay arcos de globos para que pasen por debajo los jugadores al salir al campo.
Pero tenemos un buen equipo de animadoras y una banda enorme, por lo que, aun así, conseguimos animar al público.
Obviamente, ayuda que muchos de los asistentes sean padres y madres de la banda.
En cuanto pisamos el césped, solo se oyen gritos y aplausos.
Busco entre la multitud y encuentro enseguida a mis padres y a Kelsey.
Es imposible no verlos cuando están sosteniendo en alto carteles gigantes con mi nombre.
Intento calmar los nervios. Ojalá Milord y Faith no mencionen lo de la llave.
Mis padres se han pasado tres años viéndonos sufrir. Por primera vez, quiero impresionarlos.
El inicio del partido no es tan terrible porque el color guard solo tiene que permanecer firme mientras la banda toca el himno nacional y luego hacer combinaciones sencillas de molinos, ochos y giros durante la canción de guerra.
Después vamos a la zona de anotación, donde han colocado unas gradas reservadas solo para la banda.
La percusión se sienta abajo porque tienen muchos instrumentos grandes que no pueden subir.
Y el color guard tiene que colocarse en los extremos, rodeando a la banda.
Por suerte, Nova y yo nos lo tenemos más que aprendido, así que ella se sienta al final de una de las filas para que yo pueda ponerme a su lado.
La primera mitad del partido se pasa rápido.
Estoy acostumbrada al plan de siempre: animar y tocar desde las gradas en la primera mitad, una actuación breve en el descanso y tiempo libre durante el tercer cuarto.
Solo interpretamos la primera canción de competición, así que es difícil que pueda salir mal, pero ni siquiera los pocos minutos de actuación salen limpios.
Veo a varios miembros del equipo fallar en recepciones o quedar fuera de posición, y tengo que esforzarme para mantener la sonrisa.
Rezo para que Brody y Max estén a lo suyo, desfilando, y no se den cuenta.
Camino con Li hacia los puestos de comida cuando nos dan descanso en el tercer cuarto.
—Oye, ¿podemos hablar un momento?
—¿Es por la última recepción? Ya sé que no ha sido tan limpia como debería, pero te prometo que voy a mejorar antes de la competición —dice Li, con una expresión preocupada—. Voy a seguir practicando todos los días.
—No, no es por eso —la tranquilizo—. Ni siquiera me he fijado en esa recepción. Lo estás haciendo genial.
Li está empezando a ser una de las mejores del equipo.
Se nota cuánto practica fuera del instituto, porque en cada ensayo vuelve con todo más pulido que el día anterior.
Incluso le he pedido que ayude a algunos de los demás, aunque no sé hasta qué punto les hace gracia, ya que es la más joven de todos.
—En realidad quería hablarte de otro tema —continúo—. Aún no hay nada seguro, pero estoy pensando en montar un grupo de D & D y quería saber si te interesaría. Pero es todo hipotético. Y aviso: nunca he dirigido una partida, así que no te prometo nada.
Desde que hablé con mi madre el lunes, la idea no deja de rondarme por la cabeza.
Hay muchas razones para no hacerlo. Solo el tiempo que requiere ya da miedo, teniendo en cuenta la duración de las partidas más lo que tardaría en preparar la campaña.
Y luego está lo de Max. Me entusiasmaría mucho más si no tuviera que contar con él.
Pero sé lo contenta que se pondría Nova si pudiera jugar por fin con su exploradora después de tanto tiempo pensándolo.
Además, como dungeon master , yo llevaré el control y podré echar a Max cuando haga falta.
He pensado que lo mejor era tantear el terreno antes de darle más vueltas al asunto. Basta con mirar a Li para saber que no ha prestado atención ni a mi advertencia ni a lo de que todo es hipotético. Se le ilumina la cara y empieza a saltar de alegría.
—¿En serio? Pero ¿en serio de verdad? ¿Quieres que me una a tu grupo? —Salta aún más alto.
Me río, contagiándome de su entusiasmo.
—Si al final se hace, pues claro que sí. Sería mi primera vez, pero es un buen comienzo tener a alguien tan emocionada. Aunque, repito, aún no es definitivo.
Da un gritito y casi se le caen las gafas de la emoción. Algunos músicos de la banda nos miran, seguramente preguntándose qué narices pasa para que esté tan contenta.
—¡Dios, me encantaría! Oye, ¿puedo usar el personaje que creé en tu casa?
—Claro, sin problema.
Su entusiasmo es tan contagioso que no puedo evitar sonreír yo también. Ahora pesan menos la culpabilidad por haber perdido la llave y la preocupación por lo de Max.
—¡Muchísimas gracias! Es lo más guay del mundo. Te prometo que voy a ser una buena jugadora. —Da una palmada—. ¿Quién más va a jugar?
—Todavía estoy en ello, pero Nova seguro. Lleva años dándome la lata con el tema, así que va a participar sí o sí. —Me balanceo hacia atrás sobre los talones—. Y, bueno, igual Max también.
Li se queda clavada en el sitio, deja de saltar y se le tuerce el gesto.
—¿Max, el de percusión?
Nunca la había escuchado hablar en una voz tan alta. Miro alrededor. Hay bastante jaleo y casi nadie está prestando atención, pero Max está cerca, riéndose con unos cuantos percusionistas, por suerte sin Brody. Nos mira con los ojos entrecerrados de suspicacia.
Agarro a Li del brazo y la aparto unos pasos.
—Yo tampoco lo tengo claro —le digo en voz baja—. Por eso no quería prometerte nada. Igual solo dura una partida antes de que tengamos que echarlo. Pero nuestros padres son amigos y quieren que lo incluya.
Mira hacia detrás de mí, donde estoy segura de que Max sigue fulminándome con la mirada, y asiente despacio.
—Vale. No me imagino que pueda salir bien, pero tampoco quiero quedarme fuera. Eso sí, como empiece a portarse como un imbécil conmigo, me voy.
—Como nos diga algo a cualquiera de nosotras, lo echo. Es mi campaña y mi casa, así que tendrá que hacer lo que yo diga.
Li se ríe.
—Me parece bien. Ahora me gustaría que dijera algo para ver cómo lo echas.
—Tampoco nos pasemos. Entonces, ¿te apuntas?
—Pues claro. —Me da un abrazo rápido—. Voy a por pizza . ¿Vienes?
—Ve yendo tú, que yo tengo que buscar a Nova.
Se marcha prácticamente dando saltitos y se me encoge el corazón. Es más maja… Espero que esta partida de D & D no acabe convirtiéndose en una pesadilla para ella.
Busco a Nova con la mirada, con ganas de contarle la noticia, pero en su lugar aparece Max, avanzando hacia mí con paso decidido.
—¿Estabais planificando mi asesinato o qué?
La pregunta es tan inesperada que me río sin poder evitarlo.
—Sí. Necesitaba una cómplice y Li está encantada de echarme una mano. Nos presentaremos en tu casa en un plazo de tres a cuatro días laborables.
Sus labios se curvan en una sonrisa minúscula y siento una extraña sensación de victoria por poder seguir sacándole esa reacción.
—En serio —continúa—, ¿por qué una de tus chicas ha gritado mi nombre de esa manera? Ha sido inquietante.
Dudo un momento. No lo tengo del todo claro, pero tarde o temprano voy a tener que hablar con él.
—¿Sabes si tu madre piensa traerte a mi casa todos los domingos a partir de ahora?
Desaparece todo rastro de humor de su expresión y aprieta los labios en una línea recta.
—Aún lo estamos hablando.
—O sea que sí. Mi madre ya me lo ha dicho.
—No me sorprende.
Niego con la cabeza, molesta.
—¿Qué tienes en contra de mi madre y de mí?
—¿Y por qué tu madre y tú no dejáis de hablar de mí?
Los dos nos quedamos mirándonos con rencor unos segundos, hasta que suspiro.
—Mira, da igual. Era imposible que saliera bien.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Estaba pensando en empezar una partida de D & D los domingos por la tarde.
Nova lleva años pidiéndomelo y he pensado que podrías participar si tu madre te obliga a venir los domingos.
Li estaba gritando porque acababa de invitarla también a ella.
—Pongo los brazos en jarras—. Pero está claro que es una malísima idea.
No quiero dirigir una partida en la que uno de mis jugadores cuestione todo lo que digo, no deje de soltar comentarios sarcásticos o se dedique a insultar.
No me merece la pena. Tú quédate viendo la tele abajo, yo me quedaré en mi cuarto y que nuestros padres se aguanten.
Me alejo, sorprendida por la decepción que se acumula en mi interior.
Y no es por Max, sino porque al final no voy a poder estar con Nova y Li los domingos.
Quizá pueda organizar la partida en otro momento, cuando no esté Max.
Ahora mismo, los viernes y los sábados son imposibles, entre partidos y competiciones, pero, cuando acabe la temporada de la banda, todo será distinto.
Nova y Li se van a poner tristes, pero seguro que entienden que toca esperar.
Max echa a correr y se planta delante de mí, obligándome a detenerme.
—¿Querías que me uniera a tu partida de D & D ?
—Tampoco es que quisiera.
—Vale, pero ¿estabas dispuesta?
—Sí.
Aprieta la mandíbula mientras me observa con atención.
—Siempre hablábamos de montar una partida juntos.
Sus palabras me remueven algo por dentro, totalmente por sorpresa.
Es verdad que lo hablábamos mucho. Nos pasábamos horas y horas leyendo los manuales de D & D, inventando personajes absurdos y pensando en campañas.
Me encantaban esos momentos con él (en realidad, me encantaban todas aquellas tardes), pero ahora Max se comporta como si nada de eso hubiera pasado.
Como si ni siquiera lo recordara. Que ahora lo reconozca es como un puñetazo en el estómago.
—No va a funcionar, Max. No somos capaces de llevarnos bien ni dos segundos seguidos.
Max mira hacia su grupo de percusión, como si estuviera debatiéndose, y abre la boca, pero de inmediato la cierra y respira hondo.
—Uno. —Vuelve a inspirar—. Dos. Ya está, dos segundos. Bueno, igual hasta tres.
—¿Qué…? —Lo miro desconcertada—. ¿Me estás diciendo que quieres formar parte del grupo?
—No lo sé. Puede. Nunca he jugado a juegos de rol de mesa. Aunque… ¿habría alguna posibilidad de convencerte para que, en vez de tu campaña, dirigieras El anillo único?
Levanto los brazos. Llevamos tres segundos hablando y ya intenta convencerme de que cambie de juego.
—No, no vamos a pasarnos a un juego ambientado en El Señor de los Anillos porque tú lo digas.
—Está bien. Tu juego también tiene buena pinta.
—Ya… Pues eso… —La verdad es que no sé muy bien qué más decir.
Llaman a Max y este mira hacia atrás.
—Te doy una respuesta el domingo, ¿vale? —me dice.
O sea que va a volver a casa.
—Sí. Vale.
Max regresa con sus amigos y yo me quedo allí, intentando asimilar lo que acaba de pasar.