Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo diez
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Capítulo diez

M i primer día de clase resulta sorprendentemente anticlimático.

El mismo edificio, la misma gente en clase y prácticamente el mismo horario.

Si acaso, pensaba que tendría sensaciones distintas gracias a Max.

No tenía muchas ganas de cruzarme con él en clase ni por los pasillos, pero, a medida que va avanzando el día sin verlo ni una sola vez, casi estoy empezando a molestarme.

¿Cómo ha conseguido evitarme por completo?

No ha estado en ninguna de mis clases ni en el turno de comedor, ni tampoco en el aparcamiento por la mañana ni en los pasillos entre clases.

Nuestro instituto no es tan grande. ¿Y si se ha enterado de mi horario antes de empezar para asegurarse de no coincidir conmigo en todo el día? Se me hace exagerado hasta para él.

—Es raro, ¿no? —le susurro a Nova mientras caminamos hacia el aula de música para la última hora del día.

—A lo mejor está enfermo.

—Puede ser. —Aunque anoche no parecía encontrarse mal.

—Me sorprende que no estés dando saltos de alegría, con lo mal que lo pasasteis juntos.

Le escribí a Nova cuando se fue Max para contarle el giro inesperado del domingo.

Tampoco es que estuviera tan mal ver El Señor de los Anillos el resto de la tarde.

Fue una forma de estar en presencia del otro sin pelearnos, y a mí esas películas me encantan, pero tampoco es que fuera relajante.

Me pasé toda la noche en tensión, preguntándome cuánto tardaría en romperse la tregua y en que me echara la bronca por hacer mucho ruido al respirar o hiciera otro comentario desagradable sobre mi madre o sobre el color guard .

—No es que me moleste que no esté. —Me meto las manos en los bolsillos de los shorts vaqueros—. Pero es… sospechoso.

—¡Venid, chicas!

Nova y yo entramos en el aula de música y vemos a mi madre junto a una mesa plegable repleta de bolsas de patatas fritas, galletas y botellitas de zumo.

Empezar el curso con un picoteo especial es una tradición de la banda que ella inició en mi primer año, cuando mis padres empezaron a colaborar con la asociación de familias de la banda.

Los padres intentan organizar actividades especiales durante toda la temporada, como la batalla de globos de agua del campamento, el picoteo del primer día o la Fiesta del Globo, justo antes de actuar en el campeonato estatal.

Claro que no es seguro que lleguemos al estatal.

La banda tiene que conseguir la calificación máxima en alguno de los trofeos locales para clasificarse.

Esta temporada tenemos tres competiciones programadas; es decir, tres oportunidades para lograrlo, aunque no deberíamos necesitar más de una.

Llevamos clasificándonos dieciocho años seguidos, así que prácticamente se da por hecho.

Mi objetivo es que el color guard consiga también la máxima calificación y se lleve el premio a mejor sección para poder poner por fin en su sitio a la sección de percusión.

—Tiene muy buena pinta, señora Buchanan —dice Nova antes de coger una botella de zumo de manzana.

—Me alegro. Espero que lo disfrutéis.

Cada vez más gente se arremolina en torno a la comida como si fueran polillas atraídas por la luz, y agradezco cuando mi madre anuncia que ya se va.

Mientras la acompaño hasta el aparcamiento, un coche pasa a toda velocidad a nuestro lado.

Un segundo después, Max se baja y se dirige al edificio sin siquiera mirarnos.

—¿Llega ahora al instituto? —mascullo—. ¿Quién hace algo así, y encima el primer día?

—Espero que esté bien —responde mi madre—. Me alegré de ver a Melanie anoche. Hacía mucho que no coincidíamos.

—¿Sabías que los padres de Max se están divorciando?

Frunce el ceño.

—Sí. Sé que Melanie lo está pasando mal. Y seguro que Max también.

Contengo un arranque de enfado.

—Si papá y tú lo sabíais, ¿por qué no me habéis dicho nada? No es que sea precisamente un detalle sin importancia.

—Melanie me lo contó en confianza. Aún está muy reciente. —Se encoge de hombros—. Y supuse que Max preferiría contártelo él mismo cuando estuviera preparado. Siempre os habéis llevado muy bien. Me gustó que volvierais a ver juntos El Señor de los Anillos como antes.

—Mamá, no. Max y yo ya no somos tan amigos.

—¿Y por qué no empiezas la partida de D eso ya lo sabes. Pienso llevarme ese premio, Hazel.

La animadversión crece cada vez más en mi interior. ¿Lo dice porque anoche vio mi premio y sabe que quiero repetir? ¿O es simplemente su competitividad de siempre? Con Max es imposible de saber.

—Pues ponte a la cola —replico, notando cómo me arden las mejillas. No soporto que me afecte tan fácilmente—. Llevo dos años currando para conseguir ese premio.

—No importa quién tiene más ganas de ganarlo, sino quién se lo merece. Y puedes estar segura de que me lo voy a currar.

Sigue mirándome fijamente durante unos segundos más antes de hacer el gesto de tocarse un sombrero inexistente y alejarse.