Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

—Me imagino. —La examina—. ¿Quieres repetir este año?

—A todos nos gustaría ganar siempre, ¿no?

Sé que es egoísta querer volver a ganarlo en mi último año cuando ya me lo han dado una vez.

Hay gente que también se lo merece, pero la banda es muy importante para mí y sería la forma perfecta de despedirme de los Caballeros.

Además, mis padres se volverían locos de alegría si lo consiguiera, igual que hizo mi madre cuando tocaba en Glen Vale.

Max aparta la vista del premio.

—No creo que todo el mundo tenga tantas ganas de ganar como nosotros. Siempre hemos tenido ese pequeño defecto en común.

No sé muy bien qué responder, así que sigo caminando hacia la cocina, al fondo de la casa.

—Y ahí está el jardín. Fin de la visita.

Max mira por el cristal de la puerta corredera.

—Hala, seguís teniendo la cama elástica.

—Ahora la usa Kelsey. ¿Quieres… verla?

—Vale. —Abre la puerta y va directo hacia ella.

Me viene a la cabeza otra oleada de recuerdos mientras lo sigo a regañadientes.

Nos encantaba saltar juntos. No me sorprendería que ahora mismo se pusiera a saltar o a hacer mortales como hacíamos entonces.

Quizá podría dejarlo aquí fuera, como a un niño hiperactivo, y atrincherarme en mi cuarto lo que queda de noche.

Pero se limita a sentarse en el centro y levantar la barbilla hacia el cielo.

Dudo un segundo antes de subirme yo también a la cama elástica.

—En fin —digo en voz baja.

—En fin.

Respiro hondo para armarme de valor.

—No lo entiendo, Max. ¿Por qué te has hecho amigo de Brody?

—¿Por qué no soportas a Brody?

—Como si no fuera evidente. —Resoplo y procedo a levantarme—. Que te diviertas.

—Soy nuevo, Hazel. Sé que nuestras respectivas vidas han ido por caminos distintos, y tú no sabes lo que es cambiar de instituto, pero yo sí. Lo que no quiero es llegar a un sitio nuevo y a una banda nueva y enemistarme con el líder de mi sección.

Me muerdo el carrillo y vuelvo a sentarme. No me esperaba una respuesta de verdad. Y, en el fondo, tiene razón, pero es que Brody es tan imbécil que me cuesta respetar a cualquiera que se lleve bien con él.

—¿Por qué no lo soportas? —repite Max en voz baja.

—Porque tiene muy mal perder. Y también muy mal ganar, la verdad.

—¿Mal perder? Vaya, nunca había conocido a alguien así —dice con un deje burlón.

—Yo tampoco. Y menos por algo tan absurdo como los juegos de mesa.

Clava la mirada en la mía.

—Espero que no te estés refiriendo a la partida de Catán .

—¿Dices esa partida que duró tres semanas y que acabé ganando yo?

—No ganaste: hiciste trampas inventándote las normas. Además, te quedaste con todos los recursos. Es imposible construir sin madera.

Me río, triunfante.

—Porque mis poblados estaban cerca de los bosques. No iba a comerciar contigo; habría sido como dejarte ganar.

—Si no recuerdo mal, no ganó nadie porque nuestras respectivas madres nos obligaron a recogerlo todo y a pedirnos perdón.

—Bueno, yo prefiero recordarlo de otra forma.

Levanto la barbilla, desafiante, y me quedo pasmada cuando se echa a reír. Lo miro, incrédula, y él se ríe aún más.

—Ostras, casi se me había olvidado esa cara. Estás igual que cuando tenías doce años.

—¡Mentira! Retíralo.

Por favor, que no sea verdad. Entre el acné, el maquillaje horrible y las greñas que llevaba, no quiero parecerme en nada a mi yo preadolescente.

—Vale. —Se pone serio y me observa con atención—. Igual has cambiado un poco.

Noto mariposas en el estómago por la intensidad con la que me mira, como si me estuviera analizando por dentro. Me apresuro a hacerle una pregunta para distraerlo.

—¿Por qué no fueron tus padres a la actuación de la banda del viernes? ¿Tenían que trabajar?

Max me mira un instante con los ojos entrecerrados y niega con la cabeza.

—Oye, ahora que lo pienso, tenías razón. Ha sido mala idea. Me vuelvo dentro.

—¿Eres incapaz de mantener una conversación normal? —Niego con la cabeza—. En fin, da igual. Sé perfectamente cómo hacer que hables.

—Hazel… —me advierte.

Me pongo en pie.

—Vamos a hacer una apuesta. Si eres capaz de hacer un mortal hacia delante en esta cama elástica, no hace falta que respondas a ninguna de mis preguntas. Pero, si te caes, tendrás que contarme algo de verdad sobre tu vida; algo que no quieras contarme.

—¿Y por qué iba a aceptar la apuesta?

—Porque no soportas perder. Y lo único que te gusta aún menos que perder es echarte atrás.

—Ya no me conoces tanto como antes.

Cierta tristeza en su voz me hace vacilar. ¿Qué le pasa? Antes no era así. Ojalá pudiéramos hablar con normalidad en vez de pelearnos por todo, pero no sé cómo sacarle las respuestas de ninguna otra forma. Si va a ponerse difícil, yo también.

—Sé perfectamente que ya no te conozco. —Abro las manos en un gesto para recalcar lo evidente de mis palabras—. Por eso tengo que apostarme ridiculeces contigo.

Me observa y luego entrecierra los ojos para mirar al cielo.

—Vale. Acepto la apuesta.

—¿Ves? Todavía te conozco bastante bien. ¡Espera! —Lo señalo con el dedo—. ¿Tenías cama elástica en tu anterior casa?

—No.

—¿Estabas en el equipo de gimnasia o acrobacias?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste un mortal?

Max sonríe con suficiencia.

—Aquí. Caí mal y casi me rompo el cuello, así que te dio pena y me preparaste un plato enorme de nachos y pusiste Las dos torres .

—Ah. Es verdad.

Se me había olvidado esa parte de la noche.

Pasó justo después de enterarme de que su familia se marchaba.

Yo estaba destrozada y, en secreto, tenía la esperanza de que, si pasábamos la noche acurrucados en el sofá, uno al lado del otro, por fin se daría cuenta de lo mucho que significaba para él y me besaría.

Pero en vez de eso se pasó toda la película contándome curiosidades sobre Viggo Mortensen y explicándome que muchos de los jinetes de Rohan en El Señor de los Anillos eran en realidad mujeres maquilladas con barba.

—No se me ha olvidado. —Se levanta y empieza a saltar con cautela—. Qué ricos estaban esos nachos.

—Ya veo que no han cambiado tus hábitos alimentarios. Venga, vamos a ver ese increíble mortal.

Max empieza a saltar cada vez más alto y yo me muevo hacia el borde de la cama elástica para que no caiga encima de mí por accidente.

La tensión me recorre el cuerpo mientras lo observo, con la esperanza de que se le den tan mal los mortales como antes, aunque juro que tampoco me interesa tanto saber nada sobre él. Solo quiero ganar la apuesta.

Sus saltos están empezando a alcanzar bastante altura. Contengo la respiración cuando se lanza hacia delante… y cae de una forma espectacular de espaldas. Me tapo la boca justo a tiempo para no gritar victoriosa.

Max refunfuña y se gira de costado.

—No debería haber aceptado la apuesta.

—Y, aun así, sabía que la aceptarías. —Bailoteo, triunfal—. No te has muerto, ¿no?

Max cierra los ojos, apretando los párpados, y se incorpora despacio.

—Venga, regodéate.

—No me voy a regodear. —Lo pienso unos segundos antes de hacer una pirueta—. Bueno, sí, me regodeo muchísimo.

Max me mira con escepticismo.

—¿Qué quieres saber?

¿Qué pasó después de que te marcharas?

¿Por qué eres tan distinto ahora?

¿Cuándo dejé de gustarte?

Quiero saberlo todo.

Trago saliva, intentando decidir cuánto puedo preguntar sin que se levante y se marche molesto.

—Pues… Supongo que quiero saber qué te pasa.

—Es una pregunta muy amplia para haber fallado solo un mortal —responde, irritado—. Estoy… yo qué sé, adaptándome, como ya te he dicho. Al nuevo piso y a la nueva situación familiar, e intentando ayudar a mi madre y apoyarla ahora que no está en su mejor momento. Son muchas cosas.

—¿Nueva situación familiar?

Me mira como si no tuviera claro si soy una ignorante o una maleducada.

—La separación de mis padres.

Me echo hacia atrás, sorprendida. Mis padres habían insinuado que Max lo estaba pasando mal, pero yo pensaba que solo estaba enfadado por haber tenido que mudarse.

—Ah… No lo sabía —susurro. Mi hostilidad desaparece al ver su expresión abatida—. Lo siento, Max. De verdad.

—¿No te lo ha contado todo tu madre? Con lo bien que os lleváis. —La amabilidad de su expresión desaparece en cuanto menciona a mi madre.

Noto un pinchazo de dolor. La última vez que Max estuvo por aquí, mi madre y yo éramos inseparables.

Estábamos siempre juntas y hablábamos de todo.

Hasta saqueaba su armario para ponerme la ropa que me quedara bien.

Igual por eso me gusta tanto la ropa vintage de los noventa.

Pero han cambiado muchas cosas desde entonces.

Ahora me agobia tanto entusiasmo por mi futuro, aunque no quiera reconocerlo.

—No me ha dicho nada.

—Pues… —Me mira como si no se pudiera creer lo que estoy diciendo—. Pensaba que… Pues… eso.

—¿Tu madre no está bien?

—Fue ella la que quiso separarse, pero aun así es complicado. Vamos justos de dinero, el piso es pequeño y… pues está triste.

—Ah —murmuro—. Y supongo que eso explica por qué no fue nadie a verte a la exhibición de la banda.

Se encoge de hombros y se pone a juguetear con los cordones de las zapatillas.

Hay muchas más cosas que quiero preguntarle, pero me da miedo estropear la paz tan frágil que hay ahora mismo entre nosotros.

No estamos más cerca de volver a ser amigos, pero tal vez nos hayamos alejado unos milímetros de ser enemigos. Y con eso me vale.

—No tengo nachos que ofrecerte, pero puedo poner La Comunidad del Anillo hasta que terminen nuestros padres.

Max permanece en silencio un segundo antes de volver a encogerse de hombros.

—Vale. ¿Sabías que la escena en la que Ian McKellen se da un golpe en la cabeza en casa de Bilbo no estaba en el guion?

Suelto un largo suspiro mientras vuelvo hacia casa.

—Sí, creo que me lo has contado alguna que otra vez.