Capítulo nueve
-H azel, baja un momento —grita mi padre desde el pasillo el domingo por la tarde.
Cierro la lista de reproducción de Fiona Apple y levanto la cabeza del cuaderno en el que estoy apuntando ideas para posibles villanos de la (inexistente) campaña que Nova sigue insistiendo en que dirija.
A ver, es verdad que igual no estoy tanto apuntando ideas como escribiendo la palabra «espectro» con mis rotuladores de caligrafía favoritos, pero también vale.
Será una afición un poco friki, pero me encanta la caligrafía.
Todo queda más bonito, hasta mis aburridísimas ideas para D & D .
—¿No puede ser luego? —grito.
—No, no puede ser luego. —Oigo pasos frente a mi puerta, antes de que mi padre llame y asome la cabeza—. Max y Melanie están abajo. Ha venido sin avisar a nuestra partida de D & D .
Entonces me recorre una descarga de adrenalina.
—¿En serio?
Miro la hora en el móvil y me doy cuenta de que ya son las seis de la tarde, que es cuando suele empezar su partida de los domingos. Había oído abrirse y cerrarse la puerta varias veces, señal de que habían ido llegando los demás, pero no había prestado mucha atención.
—A nosotros también nos ha pillado por sorpresa —dice mi padre—. La tía Mary ya se ha llevado a Kelsey, pero deberías bajar a saludar a Melanie antes de que vayamos al sótano a jugar.
—¿Y Max? ¿Qué va a hacer?
Mi padre me mira, confundido.
—Pues pensaba que se quedaría contigo hasta que terminásemos la sesión, como hacíais antes.
—¿Pretendes que le haga de niñera?
—Yo no lo llamaría así, ahora que es más alto que yo. ¿Qué problema hay? Antes lo hacíais siempre.
—Sí, antes de que empezara a odiarme.
Mi padre resopla.
—Seguro que Max no te odia. Venga, no quiero hacer esperar a todo el mundo.
—Vale, ahora bajo.
Espero a que se cierre la puerta para frotarme la cara con las manos.
¿Ha venido Max? Melanie habrá tenido que arrastrarlo de la oreja o amenazarlo con daños físicos.
La situación va a ser incomodísima. Me miro: llevo una camiseta y un peto corto vaquero.
No es precisamente mi conjunto más espectacular, pero al menos hoy tengo el pelo bonito.
Esta mañana, me he tomado la molestia de usar el difusor, así que me cae en unos rizos suaves por la espalda.
No es que me importe lo que piense, pero me resulta bastante satisfactorio, teniendo en cuenta que solo me ha visto agotada y sudorosa en el campamento de la banda.
Cuando bajo las escaleras, los veo a los dos junto a mis padres, al lado de la puerta de la entrada.
Y, sin poder evitarlo, mi atención se fija en Max.
Aunque puede que sea un poco más alto que mi padre, cuesta apreciarlo porque tiene los hombros caídos de tanto mirar al suelo.
Lleva las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros negros y hoy viste una camiseta de AC/DC, de esas que intentan parecer vintage pero que sabes perfectamente que ha comprado en unos grandes almacenes.
Después de haberlo visto hacerse el héroe durante las dos últimas semanas en el campamento de la banda de música, resulta evidente que aquí está incomodísimo.
Debería sentirme ofendida, pero, no sé por qué, la escena me resulta ridículamente graciosa: que un chico alto que va de sobrado quede reducido a una sombra de sí mismo solo por tener que estar en mi presencia. Menudo cuadro.
Se me escapa una risa que no puedo contener.
Siempre me he reído más fuerte de lo que me habría gustado, y hasta ese pequeño bufido hace que todos se vuelvan hacia mí.
Me tapo la boca con la mano, pero Max frunce el ceño y sé que se ha dado cuenta de que me estoy riendo de él.
Y no consigo sentirme culpable por ello.
—¡Hazel! —exclama Melanie mientras se acerca.
Hacía años que no veía a la madre de Max, pero la reconozco al instante, a pesar de que el tiempo no haya pasado en balde para ella.
Es voluptuosa y un poco más baja que yo, con pelo oscuro y ondulado y unos hoyuelos.
Si entrecierro los ojos, Max se parece un poco a ella.
La altura la ha heredado de su padre, pero la cara y el pelo son de su madre.
Aunque hace tiempo que no le veo los hoyuelos, porque no sonríe cuando estoy cerca.
Nada más llegar al último escalón, Melanie me envuelve en un abrazo, con una expresión radiante.
—¡Estás guapísima! —exclama contra mi pelo. Entonces se aparta y me observa de arriba abajo—. Ni que te hubieran estirado. ¡Estás altísima!
—A ver, tampoco tanto. Solo mido uno sesenta y dos.
Se ríe.
—Sí, ya sé que soy bajita. Qué alegría verte.
—Yo también me alegro de verte. No sabía que volvías a jugar con mis padres.
Se remueve incómoda.
—He estado… liada con cosas desde que volvimos, pero tu madre me ha ayudado mucho y sabía que me vendría bien acercarme. —Mira hacia Max—. Que nos vendría bien a los dos.
Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no volver a reírme en su cara. Melanie es encantadora, pero estoy segurísima de que su hijo no opina lo mismo que ella.
—Bueno, Max, ¿qué tal te está yendo en Glen Vale? —pregunta mi padre—. ¿Es muy distinta de tu banda anterior?
—No mucho. En Oak Grove nos lo tomábamos muy en serio y aquí es bastante parecido. Aunque en el campamento de allí no nos lo pasábamos tan bien en los descansos.
—¿No teníais globos de agua? —pregunto.
Clava la mirada en mí y luego en nuestras respectivas madres, como si estuviera esperando que lo riñeran por haberme empapado de vinagre.
Pensé en contárselo a mis padres en cuanto llegué a casa ese día, pero al final metí la ropa en la lavadora y lo dejé pasar.
No merecía la pena. Solo habría servido para que mi madre llamara a Melanie y todo acabara en más discusiones y más líos.
—Me alegro mucho de que estéis juntos en la banda —dice Melanie, volviéndose hacia mí—. ¿Tú también juegas a D & D , como tus padres?
—Pues…
—En realidad, Hazel y una amiga suya llevan siglos diciendo que van a empezar una campaña —interviene mi madre—. Yo sigo animándola, pero, de momento, nada.
—Estoy liada. Y no podemos jugar Nova y yo solas.
—¿Estáis buscando gente? —pregunta Melanie con entusiasmo, y agarra a Max del brazo—. A Max le encantaría participar. Lleva tiempo buscando grupo.
Max pone mala cara.
—No estoy buscando grupo. Déjalo, mamá. —Se suelta de ella.
Se hace un breve silencio incómodo, hasta que mi padre se da unas palmadas en los muslos.
—En fin, ya va siendo hora de empezar la partida. Seguro que Dale y Connie se están poniendo nerviosos abajo, y Glenn no tardará en llegar. ¿Podemos dejaros solos?
Mi padre nos mira a Max y a mí con una expresión de duda, y por un momento me entran ganas de agarrarme a él como si fuera una niña pequeña y negarme a quedarme sola.
—¿Por qué no le enseñas la casa a Max? —propone mi madre—. Ha pasado mucho tiempo.
Trago saliva.
—Vale. Voy.
Los adultos bajan al sótano y yo me quedo en el pasillo estrecho con un chico que claramente preferiría estar en cualquier otra parte.
—No has podido convencerla de que no viniera, ¿eh? —le digo.
La sombra de una sonrisa suaviza su expresión durante apenas un segundo.
—Se ha puesto pesada.
—Pues yo no voy a ponerme pesada. Puedes quedarte viendo la tele en el salón si quieres. Yo me voy a mi cuarto. —Me vuelvo hacia las escaleras.
—¿Quién es la de tu camiseta?
Me detengo y bajo la mirada. Hoy llevo la camiseta de Boys for Pele, uno de mis discos favoritos.
Miro hacia atrás.
—Tori Amos.
—¿Quién?
Pongo los ojos en blanco.
—Nadie: solo una de las mejores cantautoras de los noventa. Escribe canciones increíbles e inolvidables, y nunca recibe el reconocimiento que merece.
—No sabía que te gustara la música de los noventa.
—Y yo no sabía que fueras un imbécil con aires de superioridad, pero la gente cambia. Y mucho, en algunos casos.
Apenas puedo dar un paso antes de que me pose la mano en el brazo. Es un mero roce, pero basta para que me recorra una corriente eléctrica. No es tan fácil como pensaba olvidar a quien me gustó durante tantos años.
—¿Siempre tienes que complicarlo todo tanto?
Habla con una voz grave y molesta, pero hay cierta familiaridad en ella que hace que me vuelvan recuerdos de golpe.
¿Cuántas veces se quedó al pie de estas mismas escaleras, esperando, impaciente, a que yo bajara para jugar a juegos de mesa o ver una película juntos?
¿Cuántas veces refunfuñó cuando le ganaba o le recordaba que se había olvidado de las reglas?
Me resulta surrealista estar ahora aquí con él, odiándolo, después de todo lo que vivimos juntos.
Respiro hondo y me vuelvo de frente hacia él.
—¿Y tú siempre tienes que ser tan cargante?
Nos miramos desafiantes. Es un pulso, y no pienso ser yo quien ceda primero. Lo que pasa es que estamos muy cerca. Me cuesta pensar en lo mucho que lo odio cuando recuerdo lo bonitos que tiene los ojos. Al fin, acaba bajando la mirada al suelo y da un paso atrás.
—Mira, enséñame la casa y ya está, ¿vale? No quiero que se enfade mi madre.
La sola mención de Melanie me hace replanteármelo. Siempre ha sido muy maja conmigo y yo tampoco quiero que se enfade.
—Vale. —Echo los hombros hacia atrás—. Por tu madre.
Me sigue mientras voy pasando de una habitación a otra, apenas diciendo nada. La verdad es que la casa no ha cambiado mucho desde que se marchó del pueblo, así que tampoco hay gran cosa que enseñarle.
—Veo novedades en el altar dedicado a la banda de música —comenta cuando atravesamos el salón.
Frunzo el ceño y me giro para verlo mirando mi placa de mejor integrante de la banda.
—No es un altar.
Max levanta una ceja.
—Hacía tiempo que no venía, pero recuerdo perfectamente a tus padres. No hay nada que veneren más en el mundo que la banda de música.
Me muerdo el labio para no sonreír.
—La gané en mi primer año de instituto —digo, señalando la placa—. Decir que mis padres estaban emocionados sería quedarme corta.