Capítulo ocho
A l día siguiente, el último del campamento, el color guard está distante conmigo.
Sé que están enfadados, pero me cuesta sentirme culpable.
Solo Li y yo oímos todo lo que dijo Brody, y no sería una buena capitana si dejara pasar una falta de respeto así.
El problema de fondo es otro: que los demás parecen convencidos de que estamos destinados a ser los fracasados que Brody quiere que seamos.
Y, si de verdad creen eso, nunca vamos a llegar a nada.
Lo que no sé es cómo convencerlos de lo contrario.
Tampoco ayuda que estemos todos nerviosos por la actuación de esta tarde.
Es tradición que el último día del campamento terminemos interpretando nuestro espectáculo de competición para familiares y amigos y, después, se invite a un familiar a desfilar con nosotros en el campo.
Una cosa es hacerlo mal en un ensayo y otra muy distinta es quedar mal delante de nuestros padres.
Sobre todo, de los míos. No quiero empezar la temporada defraudándolos.
Cuando llega la hora, observamos desde la línea de banda cómo las familias van ocupando las gradas.
Aunque es un viernes a las tres de la tarde, sorprende cuántos padres han salido antes del trabajo para venir.
Los míos están en primera fila, con camisetas verdes y carteles de la sección de color guard de los Caballeros de Glen Vale.
—¿Así son todas las competiciones de la banda? —me pregunta Li, con una mirada de preocupación tras las gafas.
—Algunas son incluso peores. Lo bueno es que este público va a animarnos pase lo que pase.
Li se ríe, aunque parece más de nervios que de alegría.
—¡Ah! ¡He llegado a tiempo!
Faith viene corriendo hacia nosotras, aún con la ropa del trabajo. Va dándonos abrazos a todos y luego junta las manos con entusiasmo.
—Siento no haber podido venir más esta semana, pero he ido hablando con Milord y dice que estáis progresando muchísimo gracias al buen trabajo de Hazel.
Tengo muchas ganas de ver el espectáculo.
—Nos sonríe y se aparta la larga melena rubia por encima del hombro—.
Voy a apuntar cosas en las que trabajar más adelante, pero por el momento no os preocupéis, ¿vale? Centraos en pasároslo bien.
Se marcha a reunirse con el resto de los ayudantes de dirección, y el equipo entero se vuelve hacia mí, como esperando el discurso que tenga preparado. Por una vez, decido contagiarme del entusiasmo de Faith.
—Lo tenemos —les digo con seguridad—. Habéis mejorado muchísimo estas dos semanas y no vamos a parar ahora. Así que cabeza alta, desfilad y no dejéis de sonreír. Esto es solo el principio. ¡Venga, corro y manos al centro!
Nos apiñamos todos. El equipo no tiene cántico propio y, por un momento, me siento tentada de repetir el cántico modificado de los de percusión, pero no queremos meternos en más líos. Así que digo:
—A la de tres. Una, dos y tres: ¡Caballeros de Glen Vale!
Apenas me entero de la actuación. Estoy tan pendiente de lo que tengo que hacer que no tengo tiempo para pensar en cómo está saliendo, aunque está claro que dista mucho de ser perfecta.
En varias ocasiones, algunos olvidan su posición y tienen que correr a su sitio.
A muchos se les caen las banderas en los lanzamientos y estamos lejos de ir sincronizados.
Aunque lo mismo podría decirse de la banda.
Mis padres gritan mi nombre unas cuantas veces y, nada más terminar la última posición, levanto la vista hacia las gradas y los veo saltando mientras Kelsey baila con unos pompones a su lado.
Mantenemos la compostura al salir del campo, pero, en cuanto llegamos a la línea de banda, suspiramos de alivio y chocamos las manos.
—¡Lo habéis hecho genial! —digo.
—Se me ha caído la bandera tres veces —dice Keira.
—Eso no es nada. Yo me he estampado de frente contra el del saxofón barítono —responde Deja—. ¿Cómo puede desfilar con ese trasto?
—No pasa nada —las tranquilizo—. Hemos superado nuestra primera actuación de verdad y, a partir de aquí, solo puede ir a mejor.
—Integrantes de la banda, amigos y familiares, ha llegado el momento de una de nuestras tradiciones más especiales y antiguas: el desfile familiar —anuncia Milord por el megáfono, y todos guardamos silencio para escuchar—.
Me gustaría invitar a un familiar de cada estudiante a bajar al campo y reunirse con él o ella.
Vamos a poner la grabación de la primera canción de competición y podréis desfilar junto a nuestros alumnos.
No os separéis mucho del estudiante y tened cuidado con los demás, porque el campo va a estar, digamos, bastante concurrido.
Desde las gradas parece fácil, pero vais a poder comprobarlo por vosotros mismos.
Vuelvo a mirar hacia mi familia. Cada año mis padres se turnan para desfilar conmigo, y este curso le toca a mi padre. Sin embargo, no me sorprende demasiado ver a mi madre bajar al campo. De hecho, parece que vienen los tres, mis padres y Kelsey. Niego con la cabeza, confundida.
—Solo puede bajar un familiar —protesto.
Mi madre se lleva una mano a la cadera.
—Es tu último año y a Milord no le va a importar. Tu padre y yo no queremos perder la oportunidad de desfilar contigo por última vez.
—Y yo no quiero quedarme sola en la grada —añade Kelsey.
—En fin… —Me río—. Pues pegaos bien a mí o las trompetas os van a pasar por encima en cuanto empiece la música.
—Qué pena no haber traído la tuba —dice mi padre—. Así tendrían que apartarse ellos.
De todos modos, vamos a desfilar sin instrumentos ni banderas.
Ya es lo bastante caótico sin trombones ni mástiles golpeándote por la espalda.
Echo un vistazo a mi alrededor y me alegro de ver que todo mi equipo tiene a alguien a su lado.
Reconozco vagamente a los padres de los veteranos, y parece que las nuevas han traído a algún familiar o amigo.
Observo al resto de la banda y clavo la mirada en la sección de percusión.
Como todos los demás, también tienen a sus padres e incluso a algunos abuelos en el campo o en el foso, junto a la línea de banda, que es donde se quedan quienes tocan instrumentos con los que no se puede desfilar, como los enormes gongs, las campanas tubulares o los xilófonos.
Sus familiares tienen suerte de librarse del caos que está a punto de desatarse.
Y entonces veo a Max.
O, mejor dicho, me cruzo con su mirada, porque ya me estaba observando. La intensidad de su expresión hace que se me acelere el pulso.
Aparto la vista por un instante, desviándola hacia las gradas y por todo el campo, antes de volver a fijarme en él. Está solo.
Hace mucho que no veo a sus padres, pero estoy segura de que los reconocería si estuvieran aquí, y no los veo por ninguna parte.
Es hijo único, así que no tiene hermanos a los que bajar al campo, y probablemente sus únicos amigos de la zona ya estén desfilando.
No consigo evitar que se me encoja el corazón de pena.
Se le ve muy solo. Me recuerda al niño que conocía hace años.
Debería apartar la mirada, pero no lo consigo.
Ojalá pudiera arrancarme de raíz cada gramo de empatía que tengo en el cuerpo.
Una parte muy pequeña (e imbécil) de mí quiere ponerse a su lado para que no tenga que desfilar solo.
O igual mi madre o mi padre podrían desfilar con él.
Pero entonces recuerdo el comentario de Max de que mi madre se está metiendo en los asuntos de su familia.
No sé a qué se refería, pero no tengo ninguna gana de que vuelva a echarme la bronca.
—¡Madre mía! ¿Es Max? —exclama mi madre en una voz demasiado alta, agitando los dos brazos como si estuviera guiando el aterrizaje de un avión.
—¿Está solo? —pregunta mi padre en voz baja, con cierta preocupación en la voz—. ¿Dónde está Melanie?
—No lo sé —susurra mi madre—. Uno de los dos debería acercarse.
—¿Ese es Max? —pregunta Kelsey, poniéndose de puntillas—. Ya voy yo. Ahora entiendo por qué te gusta, Hazel.
—Que no… —empiezo a decir justo cuando mi madre da un paso hacia él.
Al verla moverse, la postura de Max cambia.
Echa los hombros hacia atrás y levanta la cabeza como si fuéramos a actuar ante los jueces.
Desaparece de su rostro todo rastro de tristeza, sustituido por una clara antipatía. Mi madre duda, y yo la retengo.
—No nos necesita. Está claro que está bien solo.
—Pero…
El silbato de Milord llama a la banda a formación.
Mis padres siguen siendo unos frikis de la banda hasta la médula, así que enseguida vuelven a prestar atención al director.
Yo lanzo una última mirada hacia Max, pero ya está totalmente concentrado.
Bien. No quiero tener motivos para compadecerme de él. Así me es más fácil odiarlo.