Capítulo siete
A l día siguiente es el Día de los Globos de Agua.
Cada sección lleva camisetas de un color distinto, los padres de la asociación de la banda traen los globos y terminamos el ensayo antes de lo normal para poder lanzarnos unos a otros tantos globos de agua como podamos.
La sección de percusión seguro que viene a por nosotros sin piedad, pero este año vengo preparada.
Me he gastado un dineral en globos adicionales para asegurarme de que podamos devolverles el favor.
Por desgracia, tanta emoción por el final de la jornada hace que el equipo no esté muy concentrado. Estamos repasando la coreografía de la canción de guerra (la que vamos a tocar hasta la saciedad durante todo el curso) y está saliendo bastante floja.
—Keira, debes tener la bandera completamente vertical en el cuatro para que puedas pasártela por detrás de la espalda en el seis.
Cojo la bandera de los Caballeros de Glen Vale que hemos dejado a un lado del campo para enseñárselo.
En las competiciones usamos muchas banderas distintas, pero la que llevamos habitualmente a los partidos de fútbol americano es una bandera sencilla con dos espadas cruzadas que representan a los Caballeros. Repito la secuencia para que la vea.
—Pero si lo estaba haciendo en el cuatro.
—No, tienes que ir contando mentalmente. —Hago lo posible por mantener un tono ligero—. No llegas hasta el cinco, así que ya vas con retraso en toda la combinación.
—Ah, vale. —Pone cara de confusión, como si no tuviera muy claro de lo que hablo o no me creyera del todo.
—No me puedo creer que estemos llegando ya al final del campamento —se queja Madisyn—. Seguro que el resto del curso pasa igual. Antes de darnos cuenta, estaremos graduándonos.
Addison y Devin asienten con tristeza, y a mí también se me encoge el corazón al pensarlo. Este año quiero hacer muchísimas cosas, pero pensar en ello solo sirve para distraerme y hacer que rinda peor.
—Vale, empezamos la canción de guerra desde el principio —anuncia Milord por el megáfono—. Flautas, quiero oíros más en el estribillo. Y, color guard, sigue viéndose bastante desordenado; a ver si lo pulimos antes del primer partido, ¿vale?
Asiento con la cabeza. Uf, no soporto que nos señalen delante de toda la banda.
Milord nos concede un descanso antes de la batalla de globos de agua y hago señas a mi equipo para que me acompañen al aparcamiento.
—Hoy he venido en coche para poder traer esto. —Abro el maletero y les enseño una bolsa de plástico enorme, llena hasta arriba de globos de agua.
—¡Ostras! —exclama Li.
—¿No te has pasado un poco este año? —pregunta Devin, riéndose—. ¿Cuántos globos hay ahí?
—Yo diría que ciento cincuenta —respondo, algo avergonzada—. Pero son de los fáciles de llenar, así que tampoco ha sido para tanto.
A ver, eso no es del todo cierto. Anoche, después de que se fueran, me pasé como mínimo una hora llenándolos.
Y luego tuve que pelearme con Kelsey para recuperarlos cuando descubrió lo que estaba haciendo y quiso usarlos para montar su propia guerra de globos con los vecinos en el jardín.
Pero va a merecer la pena cuando a los de percusión se les agoten y podamos bombardearlos sin parar.
—Eso sí, necesito ayuda para llevar la bolsa al campo —explico—. Yo no puedo con ella, así que ha tenido que meterla en el coche mi padre. Creo que casi se deja la espalda esta mañana.
Al final necesitamos cuatro personas para arrastrarla hasta el campo, y estoy tan sudada que casi me apetece que me alcancen unos cuantos globos.
Milord vuelve al campo, pero esta vez ha cambiado sus gafas de pasta por unas gafas de natación. Una decisión inteligente. Aunque todos nos lo pasamos bien atacándonos, a él le caen más globos de agua que a nadie más en toda la banda.
—Muy bien, el momento que estabais esperando.
Recordad que solo podéis tirar globos a quien esté dentro del campo de entrenamiento.
Nada de apuntar a la cara ni a la entrepierna, ni tampoco podéis robar globos del arsenal de otras secciones.
Estamos aquí para pasárnoslo bien, así que no hay ganador oficial, pero todos sabemos que siempre hay un perdedor.
—Se señala a sí mismo con una sonrisa y toda la banda se ríe.
—¡Te vamos a hundir, abuelo! —grita Socks. No es su nombre de verdad, pero todos los tubistas lo llaman así, y así se ha quedado. De hecho, ya ni sé cómo se llama de verdad.
Milord coge un globo de agua de detrás de sí y apunta a Socks.
—No te preocupes por mí: no he venido desarmado. —Mira a toda la banda—. Tres, dos, uno… ¡Que empiece la batalla de globos!
Todos gritamos y salimos corriendo hacia nuestras zonas del campo, donde cada sección guarda su reserva. Nos han dado setenta y cinco globos por sección, pero todo el mundo trae siempre de más. Cojo dos globos, corro hacia el centro del campo y se desata el caos.
En cuestión de segundos, me alcanzan dos veces.
Chillo cuando el agua helada me estalla contra la piel.
Hay tanta gente corriendo que ni siquiera puedo fijarme en a quién le lanzo los globos.
Tiro uno al azar y le doy a un trombonista.
Y entonces veo una camiseta naranja por el rabillo del ojo: hoy los de percusión van de naranja.
Consigo acertarle a un bombo en el tobillo y le empapo las zapatillas.
Me río, victoriosa, y vuelvo corriendo a por más munición, aunque por el camino me alcanzan otras dos veces.
Cada impacto me arranca un chillido y una carcajada.
Milord está recibiendo la mayoría de los globos, pero en realidad todos estamos empapándonos sin piedad. Veo a Nova y le doy en el estómago.
—¡Ah! —grita.
Ella me devuelve el ataque en el hombro y ahora soy yo la que chilla.
Siguen volando los globos y estoy completamente empapada, pero me sorprende que la sección de percusión no esté apuntándonos especialmente ni a mí ni a mi equipo.
Qué raro. El año pasado tuve a dos o tres percusionistas persiguiéndome durante toda la batalla, hasta el punto de que apenas podía dar un paso sin recibir un impacto.
Poco a poco, las secciones que no han traído muchos globos de más se van quedando sin munición. Menos mal que al color guard todavía nos quedan un montón.
—¡Nos toca! —grito a los compañeros que veo alrededor—. ¡Vamos a rematarlos!
Responden con vítores y juntamos todos los globos que podemos cargar. Incluso me levanto el bajo de la camiseta para hacer una especie de bolsa en la que guardar más.
Ahora que el campo está algo más despejado, es fácil localizar a Max.
Puede que sea por la camiseta naranja chillona o porque es un poco más alto que la mayoría.
O igual porque la ropa se le pega al cuerpo y distrae a las chicas que pasan corriendo.
Parece que hubiera elegido la camiseta más ajustada posible para sabotearnos y que nos quedemos mirando.
Y funciona, porque, en cuanto vacilo un poco, me tiran un globo justo entre los omóplatos.
Aprieto los dientes y aparto la vista de su torso.
Después de la jugarreta de los polos, ahora solo pienso en la venganza.
No voy a quedarme tranquila hasta verlo hecho un ovillo en el suelo, suplicándonos que dejemos de bombardearlo.
Cojo mis globos y empiezo a lanzarlos como si fuera el elfo Buddy arrojando bolas de nieve en Central Park.
Max se gira hacia mí. Le brillan los ojos de alegría, pero enseguida adopta una expresión seria.
—Tienes buen brazo, Hazel, pero has hecho mal en meterte conmigo.
—Has empezado tú.
Se vuelve y grita hacia atrás:
—¡Es el momento!
¿El momento? ¿El momento de qué?
Miro hacia la línea de banda de las treinta yardas, donde guardan los globos los de percusión, y veo que tienen una segunda bolsa. Han venido preparados, igual que nosotros, pero no me intimidan.
—¡Vamos! —Le lanzo otro globo, pero lo esquiva, y acaba golpeando a Felix en la cadera y a Niko, de los platos, en la espalda.
Los percusionistas echan a correr desde distintos puntos del campo. Todos cogen globos de la misma bolsa y vienen directos hacia nosotros. Me aprovisiono de nuevo, dispuesta a alcanzar a cuantos pueda. Brody lanza el primero y me da de lleno en la tripa.
Se parte de risa y no para ni cuando le acierto en el pecho.
—¿Qué…? —grita Callie.
Devin levanta los brazos.
—Ni hablar. Yo me largo.
Un segundo después, Rosa también chilla. Un percusionista me da en el costado y empiezo a notar un olor desagradable a mi alrededor. Me acerco la camiseta a la nariz, pero pararme ha sido un error. Tres globos más me alcanzan seguidos y, a continuación, recibo otro en la nuca.
—¿Qué es ese olor? —grita Yori.
Eso, ¿qué es ese olor? Vuelvo a olerme y tardo un segundo en reconocerlo.
—¡¿Vinagre?! —grito, y me vuelvo hacia Max—. ¿Habéis llenado los globos de vinagre?
Toda la sección de percusión estalla en una carcajada, sin dejar por ello de seguir lanzándonos globos.
Devin se está marchando del campo a toda prisa y las demás se dispersan cuando se dan cuenta de que no son globos normales.
Los percusionistas corren detrás de ellas y el caos toma otro cariz.
Los gritos se vuelven histéricos y toda la diversión que sentía se transforma en pura rabia.
No me puedo creer que estén estropeando uno de los momentos más divertidos del campamento.
Veo a Max perseguir a Addison mientras Brody corre en dirección contraria. Le acierto a Brody en la parte baja de la espalda y consigo darle a Max en la nuca. Río triunfante.
Max se gira justo cuando un globo lanzado por Niko me estalla contra la clavícula y me salpica vinagre por toda la camiseta y hasta la cara.
Grito y me limpio la boca con la mano. Max se queda quieto, recorriéndome con la mirada, y recuerdo de pronto que estoy empapada.
La camiseta morada se me pega al cuerpo y noto cómo me arden las mejillas al imaginar el aspecto que debo de tener.
Max levanta una mano con cautela.