Traidores y mazmorras (Romántica 3) Capítulo tres
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Capítulo tres

L a casa huele de maravilla cuando entro por la puerta del garaje el miércoles por la tarde, después del campamento de la banda de música.

Voy directa a la cocina, donde hay una olla llena de pulled pork .

Levanto la tapa y lo remuevo un poco, y ya empieza a rugirme el estómago pensando en la cena.

Como casi siempre, soy la primera en llegar a casa.

Mis padres siguen en el trabajo y luego tienen que recoger a mi hermana pequeña, Kelsey, que tiene diez años, de su enésimo campamento de verano.

Me meto en la ducha porque hemos pasado casi todo el día bajo un sol de justicia, aprendiéndonos las formaciones mientras un montón de abejas revoloteaban alrededor de mis piernas.

Hoy no ha ido mucho mejor que los dos días anteriores.

El equipo está empezando a pillar la primera canción, pero solo porque estoy encima de ellos todo el rato para que presten atención y no se despisten.

Sé exactamente cuándo llega mi familia por el ruido de pasos y portazos. Kelsey podrá estar apuntada a mil campamentos de baile, pero a caminar en silencio todavía no ha aprendido.

—¿Hazel? —me llama mi madre desde abajo, justo por encima de la canción de Veruca Salt que tengo puesta a todo volumen en el baño.

—Estoy saliendo de la ducha. Ahora bajo.

—Vale, pero date prisa, que quiero que me cuentes qué tal ha ido el día.

Me seco el pelo y respiro hondo. No sé si tengo tanta energía como para soportar su entusiasmo. Hay padres que sueñan con que sus hijos estudien en Harvard o sean astronautas; pues mi madre soñaba con que llegara ya mi último año de instituto.

Cuando bajo, Kelsey está sentada en la isla de la cocina junto a mi madre, haciendo un atrapasol lleno de brillantitos. A Kelsey le encanta el brillibrilli y todo lo que sea muy femenino.

—¡Mírala, la capitana del color guard! —anuncia mi madre, como si me acabaran de nombrar capitana esta mañana y no al principio del verano.

Se ha cambiado y lleva una de sus camisetas de correr, con el pelo oscuro y rizado tan perfecto como siempre.

Tanto Kelsey como yo hemos heredado sus rizos, aunque mi madre es lista y lo lleva por los hombros porque así es más fácil de mantener.

Da unas palmaditas y me mira de arriba abajo—.

¿Qué tal el día? ¿Habéis avanzado? ¿Estás guiando al equipo hacia la victoria?

Tengo que contener la irritación que me nace de golpe al verla tan emocionada. A ella todo le fue tan bien en la banda del instituto que no concibe que mi experiencia pueda ser distinta.

—Mamá, no vamos a la guerra; solo ondeamos banderas.

Kelsey se ríe y yo cojo los cubiertos para ir poniendo la mesa, aunque sea solo por distraerme.

—¿Ondeáis banderas? —repite mi madre—. Hazel, espero que no digas esas cosas delante del equipo. Tu tarea consiste en motivarlos y hacerles entender lo importantes que son para la banda. Nunca debes restarles valor ni hacer que se sientan inferiores a los músicos.

Tendría que haberme quedado más tiempo en la ducha para ahorrarme otra ronda de consejos y sermones.

La cuestión es que mi madre no fue una simple componente más de la banda: fue trompeta principal, líder de sección y elegida mejor integrante de la banda tanto en su segundo año como en el último.

El ganador se decide con una media ponderada de los votos de los directores y de todos los componentes de la banda, y en Glen Vale es importantísimo ganar el premio: son como los Óscar de la banda de música.

Mi madre estaba eufórica cuando lo gané en primero, porque estaba «siguiendo la tradición».

Las placas de ganadora siguen siendo de sus posesiones más preciadas.

Las tiene colgadas en el salón, junto a una foto de mi padre tocando la tuba principal en la mejor banda de música del país, la de la Universidad Estatal de Ohio.

Mi padre «triunfó» en la universidad, pero mi madre fue la estrella de la banda del instituto.

Siempre soñaron con que yo siguiera sus pasos y fuera la integrante principal en algún instrumento de viento-metal, pero, cuando elegí el color guard, mi madre no tardó en reajustar sus expectativas.

—No estoy desmotivando al equipo —replico—. Vamos a ser el mejor color guard que haya tenido este instituto en la última década.

Mi madre me señala con el dedo.

—¡Eso! Esa es la actitud que quiero. Vais a arrasar. ¿Ya empieza a encajar la coreografía?

—Ajá —murmuro.

—Va a estar genial. Este año, el premio a mejor integrante lo tienes en el bolsillo.

Menos mal que no tengo que contestar porque Kelsey me interrumpe.

—Esta semana, en el campamento de baile, estamos con jazz y vamos a preparar una actuación con una canción de Whitney Houston. Tendrías que venir a enseñarnos a mover las banderas, Hazel.

—¿Me harías caso?

—Si fueras simpática. Y me trajeras un batido.

Niego con la cabeza.

—Entonces va a ser que no.

Mi madre le pregunta a Kelsey por el campamento y tengo unos minutos de paz hasta que llega mi padre y me somete al mismo interrogatorio otra vez.

Mi padre destapa la olla y prueba el pulled pork antes de que mi madre pueda regañarlo.

Es incapaz de resistirse a sus platos, lo cual nos viene de perlas porque a ella le encanta cocinar.

Mi padre aún no se ha quitado el polo y los vaqueros del trabajo; dirige el servicio técnico informático de una universidad pública de la zona.

—Oye, ¿Max al final se ha apuntado a la banda? —pregunta—. No nos has dicho nada.

—Sí, se ha apuntado.

Mis padres se miran de reojo. Saben lo bien que nos llevábamos, y seguro que han hablado en privado, fantaseando sobre lo contenta que me iba a poner ahora que Max ha vuelto al pueblo.

—Pues me alegro —dice mi padre un instante después—. ¿Crees que se está adaptando bien?

Se me vienen a la cabeza las imágenes de Max corriendo, riéndose con sus colegas percusionistas y pasando olímpicamente de mí, y pongo los ojos en blanco.

—Ni idea.

—¿Todos los adolescentes son igual de siesos? —pregunta Kelsey sin levantar la vista de sus manualidades.

—Solo los que tienen hermanas pequeñas que hacen preguntas absurdas. Así que tú tranquila.

—¿Qué pasa? Pensaba que Max y tú volveríais a ser amigos —dice mi madre.

—Ya, bueno, la gente cambia.

—Dale tiempo —responde mi padre—. Está pasando por muchos cambios, pero seguro que al final entra en razón.

Me da igual que Max haya tenido que mudarse en el último curso; eso no es excusa para ser tan borde sin motivo.

Mi madre se levanta y saca los platos del armario.

—Por cierto, voy a volver a escribirle a Melanie para que venga a jugar a D seguro que puede ayudar.

—Pero es que no quiero ayuda. No quiero que llames a su madre para decirle que Max se ha portado mal conmigo como si tuviéramos ocho años. Puedo apañármelas yo sola; ya me las arreglaré yo con Max.

Mi padre me lanza una mirada de reproche.

No le gusta que le hable a mi madre sin el máximo respeto posible porque, según él, mi madre es una superheroína y nada funciona en esta casa sin ella.

Pero a veces mi madre tiene demasiadas ganas de ponerse la capa y salvar el mundo.

Sus intromisiones podían servir de algo cuando yo tenía la edad de Kelsey, pero ya no las necesito.

Mi madre levanta las manos en un gesto defensivo.

—Solo digo que nunca viene mal hablar las cosas. Si no quieres que te ayude, vale, pero vas a tener que ser tú quien dé el paso.

No se me ocurre nada que decir que no vaya a meterme en problemas, así que salgo al jardín.

Es muy fácil decirme que dé el paso, pero ellos no han visto la cara que puso Max cuando intenté tener una conversación normal con él.

Ni que yo fuera un oso lechuza intentando arrancarle la cara de un mordisco.

En otro universo, me encantaría volver a ser amiga suya.

No me he olvidado de esas tardes alrededor de la mesa de comedor mientras nuestros padres estaban abajo, jugando al Uno y al Monopoly y poniéndonos finos a nachos.

Nadie me hacía reír como Max. Pero tampoco nadie conseguía sacarme tanto de quicio.

Y, por desgracia para mí, parece que solo ha conservado uno de esos talentos.