Capítulo dos #2
Me siento y saco la comida. No sé cómo lo hace, pero mi madre ha tenido tiempo de prepararme mi plato favorito, ensalada de pollo con trozos de aguacate y galletitas saladas, a pesar de lo a tope que tiene siempre la agenda.
Si estuviera en mi lugar, ya tendría al color guard funcionando como un reloj y aún le sobraría tiempo para coser los trajes y hacer banderas a juego.
—¿Y por qué está corriendo? Milord no lo habrá castigado poniéndolo a dar vueltas, ¿no?
—Más bien Milord lo castigaría por correr. Le ha dicho que no es bueno hacer ejercicio con este calor cuando tenemos que ensayar toda la tarde. —Se encoge de hombros como si le diera igual—. He oído que Max ha perdido una apuesta con Brody.
—¿Qué tipo de apuesta?
—Yo qué sé, alguna tontería. ¿No te has enterado de que esta mañana apostó con la profesora Lewis a que podía hacer el paso correctamente con las botas puestas y, como la profesora perdió, tuvo que hacer una flexión?
—¡Con lo mayor que es! —exclamo. La profesora Lewis debe de tener por lo menos sesenta años.
—Eso pensaba yo, pero la hizo, más o menos. La gente se partía.
Nova no se ríe, pero sé que se está conteniendo por lealtad hacia mí.
Le he contado lo que me hizo Max ayer y me ha prometido pasar de él por solidaridad.
Y quiero que cumpla la promesa, por absurda que sea.
Miro otra vez hacia la pista y niego con la cabeza.
Una de las cosas que nos unían a Max y a mí era que los dos éramos competitivos hasta el extremo.
Puede que todo lo demás en él haya cambiado, pero ese rasgo parece seguir intacto.
—¿Qué tal el ensayo de esta mañana? —pregunta Nova.
—Ha sido… —Intento encontrar una forma bonita de decirlo, pero no puedo—. Una mierda pinchada en un palo. Creo que no sirvo para esto.
—No digas eso. Llevas siendo la mejor del color guard desde que estamos en la banda. Si el año pasado sacasteis un excelente en el campeonato estatal fue gracias a tu solo.
Me fulmina con la mirada, pero sé que solo intenta intimidarme para que deje de hablar mal de mí misma.
Aun así, me vengo aún más abajo. Sé que no debería importarnos, pero en la banda todo el mundo vive pendiente de las calificaciones.
Sacar un superior, la puntuación más alta posible en una competición, se considera prácticamente obligatorio.
Nuestra banda lleva décadas no solo clasificándose para el campeonato estatal todos los años, sino consiguiendo, además, calificaciones máximas en él.
Y prefiero no pensar en lo mucho que mis padres, que están obsesionados con la banda, esperan que este año el color guard consiga por fin un superior.
Normalmente ya nos damos por satisfechos si sacamos un excelente.
Los jueces han llegado a decirnos que somos tan flojos que perjudicamos al espectáculo en vez de mejorarlo y, a diferencia del resto de la banda, hace ocho años que no conseguimos un superior. Y yo estoy decidida a cambiarlo.
Unos gritos me llaman la atención. Max vuelve trotando desde la pista con una sonrisa enorme en la cara.
La humedad ha hecho que se le formen rizos en el pelo, pero en él parecen ondas suaves que puede apartarse de la frente sin más, mientras que a mí la humedad me convierte el pelo rizado en una maraña encrespada.
Hasta el sudor le queda bien. Es desesperante.
—¿Seguro que han sido cuatro vueltas? —grita Brody.
—Kilómetro y medio —responde Max, que coge la primera botella de agua que encuentra y se la bebe entera de un trago—. ¿Hacemos otra apuesta o qué? Tengo que recuperar mi prestigio.
Brody se encoge de hombros de forma evasiva. Me doy cuenta de que todo el mundo a nuestro alrededor también está pendiente de la escena, aunque, claro, los chicos tampoco es que se estén cortando mucho. Estoy bastante segura de que Max está levantando la voz aposta para que lo oiga toda la banda.
—¿Qué te parece si apostamos a que puedo tocar la primera pieza a concurso sin cometer ni un solo fallo? —propone Max.
—¿Con partitura o sin ella?
—Sin.
Brody se ríe de incredulidad.
—Imposible. Dices que te dieron la partitura ayer por la mañana. No es posible memorizarla tan deprisa.
Max se encoge de hombros.
—Que tú no puedas no significa que yo tampoco.
Brody pone los ojos en blanco.
—Será un placer verte perder dos veces la misma tarde.
—Sí, seguro. Cuando gane, tendrás que… —Max se queda pensativo y mira a su alrededor.
Se le dibuja en la cara una sonrisa peligrosa; una sonrisa que reconozco de todas esas veces en que estaba a punto de ganarme a algún juego de mesa y yo aún no me había enterado—.
Tendrás que beber del desagüe de uno de los trombones.
A Brody le entran arcadas solo de oírlo, igual que a Nova y a mí.
—Dios, creo que voy a potar —murmura Nova—. Los tíos son asquerosos. No entiendo cómo puedes querer salir con ellos.
Se me escapa una risa. Nova es lesbiana declarada y la sola idea del amor heterosexual le parece repugnante. Aunque, bueno, también le cae mal la gente en general, así que prácticamente nunca sale con nadie.
Probablemente sea la persona más lista que conozco.
Asiento, solidarizándome con lo de que los chicos son un asco, pero no aparto la vista del espectáculo. Es una apuesta repugnante, sí, pero, si hay alguien en el mundo a quien me gustaría ver bebiendo saliva ajena, es a Brody.
Brody mira a su alrededor, seguramente buscando una vía de escape, pero nadie acude a salvarlo. Finalmente, levanta un hombro con arrogancia.
—Vale. Hecho.
—Un momento —dice otro de los percusionistas, levantándose.
Es un chico negro, delgado y con gafas. Está sentado un poco aparte, claramente fuera del grupo de los percusionistas «guais», así que evito apresurarme a criticarlo.
Creo que se llama Felix, pero, como solo tiene quince años, apenas lo conozco—.
¡Milord! —grita en dirección al campo de entrenamiento.
Al unísono, toda la banda se vuelve hacia nuestro director, que está hablando con sus ayudantes.
—¿Cuándo le diste la partitura a Max? —grita Felix.
—Ayer, cuando llegó —responde a voz en grito—. ¿Por? ¿Algún problema?
Se lleva una mano a la cadera y examina al grupo. Con la de tiempo que lleva tratando con adolescentes, las travesuras se las huele.
—Por nada. Por curiosidad. —Felix vuelve a sentarse, tratando de parecer inocente.
—No sé lo que estaréis haciendo, pero faltan ocho minutos para reanudar los ensayos, así que daos prisa.
—Venga, a ver esa interpretación perfecta —dice Brody.
Me muerdo el labio. Ya empiezo a notar el resentimiento que crece poco a poco en Brody.
Tiene la misma expresión que cuando gané el premio a mejor integrante en mi primer año.
No se podía creer que alguien del color guard hubiera superado a un componente «de verdad» de la banda, hasta el punto de ir a hablarlo con Milord.
Desde entonces me odia. Y, si Max no se anda con cuidado, va a acabar convirtiéndose también en su enemigo.
Max se acerca a sus tambores y se coloca el arnés para que los instrumentos le queden a la altura de la cadera.
Los tambores son ese tipo de instrumento con el que puedes lucirte de verdad si eres bueno.
Incluso yo, muy a mi pesar, me quedo impresionada con los que los tocan, porque pasan de un tambor a otro a una velocidad tremenda y hasta hacen malabarismos con las baquetas cuando quieren presumir un poco.
Todo el mundo se queda en silencio cuando saca las baquetas y respira hondo.
Max es… buenísimo. Llevo tiempo escuchando la música con la que vamos a ir a los campeonatos para poder aprenderme la coreografía del color guard, así que a estas alturas la tengo memorizada.
Pues Max está sonando prácticamente igual que la pista de percusión.
¿Se lo ha aprendido todo en un solo día?
Me noto un codazo en el costado.
—Límpiate la baba —susurra Nova.
Bajo la cabeza, avergonzada, pero no aparto la vista de Max.
Me da igual que sea un concierto de rock o el ensayo de la banda de música del instituto: cualquiera que toque así la percusión está automáticamente bueno.
Una ojeada rápida me confirma que no soy la única que lo piensa.
Me enfado conmigo misma por reaccionar así después de cómo se portó ayer conmigo, pero hay cosas contra las que el cuerpo no puede luchar.
Para cuando llega a las últimas frases, ya ha quedado claro que está presumiendo. Hace girar una de las baquetas entre los dedos antes de marcar el último golpe e inclinarse en una lenta reverencia.
—Joder —se oye susurrar.
—Parece que este año hay nueva competencia para el premio a mejor integrante —murmura otra persona detrás de mí.
Esas palabras sí que consiguen captar toda mi atención.
Ni de broma voy a dejar que Max se presente en mi banda, me falte al respeto y encima se lleve el premio por el que llevo años trabajando.
Pero parece que a nadie más le preocupa.
La banda estalla en un aplauso estridente y, a lo lejos, Milord y sus ayudantes se miran en silencio.
—¿Qué…? —dice Brody—. ¿Cómo has hecho eso?
Max se encoge de hombros.
—Elige de qué trombón quieres beber. Igual hay gente que escupe menos al tocar.
Brody se remueve, incómodo. Hemos vuelto de golpe a primaria y a los tiempos del «no seas cagueta». Puedes echarte atrás, pero pierdes todo el prestigio.
—Tío, voy a potar —responde Brody en voz baja.
Max lo mira fijamente unos segundos y de verdad me creo que va a obligarlo a hacerlo. Se me tensa todo el cuerpo a la espera de lo que va a pasar.
Pero entonces Max se echa a reír y le da un empujón amistoso en el hombro.
—¡Es broma, hombre! ¿Qué clase de psicópata te crees que soy? No me puedo creer que hayas aceptado la apuesta.
Brody lo mira atónito antes de echarse a reír, lo que hace que Max se ría aún más fuerte, y enseguida se une toda la sección de percusión.
Nova me mira de reojo.
—Pues parece que ha encajado perfectamente, ¿no?
Me dejo caer hacia atrás, clavo una galletita en la ensalada de pollo y aparto de mi cabeza los pensamientos intrusivos sobre él. Sí, Max ya está completamente integrado en la sección de percusión.