Capítulo dos
A la mañana siguiente, estoy decidida a empezar de cero.
¿Qué más me dan Max y la actitud insoportable que, al parecer, ha desarrollado en estos tres años?
He venido al campamento de la banda para ayudar al color guard a arrancar con ventaja la temporada, no para preocuparme por chicos que no merecen la pena.
Nova tenía razón con eso de que me paso de optimista.
Milord nos da el discurso habitual de la mañana y, a continuación, nos deja marchar al gimnasio.
—Hazel —me llama Milord justo cuando estoy saliendo con el resto del grupo—. Creo que te va a hacer falta.
Me vuelvo y lo veo tendiéndome algo con una sonrisa.
Es una llavecita plateada, colgada de un llavero con forma de nota musical.
La cojo y aprieto el frío metal en la palma de la mano.
Es la llave del almacén del color guard, en el que guardamos las banderas buenas que usamos durante la temporada.
Normalmente, solo los directores de la banda y de la sección tienen copia, pero Milord ha hecho una excepción conmigo.
Cuando me doy cuenta, me pongo a la vez contenta y nerviosa. Que confíe en mí es muy importante.
—Ahora sí que eres oficialmente la capitana. —Me aprieta el hombro—. Va a ser un buen año. Confío plenamente en ti.
—Gracias —respondo, conteniendo los nervios.
Ayer, nuestra nueva directora, Faith, estuvo aquí todo el día. Por desgracia, hoy no es así. Pero no pasa nada. Puedo ocuparme yo sola.
Corro hasta el gimnasio y echo un vistazo a los otros nueve miembros del color guard, ocho chicas y un chico, repartidos por la pista.
Ahora mismo tenemos que mantener bastante distancia entre nosotros para que nadie le abra la cabeza a nadie sin querer al lanzar la bandera.
Al fondo están Madisyn, Addison y Devin, nuestros veteranos de último curso.
Pasan tanto tiempo juntos, cuchicheando, riéndose y cotilleando, que, después de tantos años, sigo confundiendo sus apellidos.
Si hasta se parecen: los tres son blancos, de pelo castaño y con las cejas perfectamente perfiladas.
Rosa Sánchez es la única alumna de undécimo curso que vuelve este año, y me alegro de contar con ella, aunque se pase casi tanto tiempo jugueteando con el largo pelo negro como practicando las coreografías.
Este año ha convencido para apuntarse a su mejor amiga, Yori Fujii.
Tiene potencial, aunque estoy bastante segura de que solo ha aceptado porque su nueva novia toca la trompeta.
Callie Armstrong, Keira Webb y Deja Williams son las nuevas de décimo.
Ayer Deja me confesó que no le gusta competir, lo cual no es una buena señal conociendo la banda, pero aun así me cae bien.
Callie y Keira, en cambio, son las que más me preocupan.
Callie parece estar siempre de mal humor y Keira no tiene precisamente mucha coordinación, pero tampoco estamos como para ponernos exigentes.
Y luego está Li Xiang, nuestra única alumna de noveno. Puede que sea la persona más alegre, entusiasta y con más ganas de agradar que he conocido jamás. Cada vez que la miro, me nace un instinto protector inmediato.
Echo los hombros hacia atrás y me aclaro la garganta.
—¡Buenos días!
Callie se lleva una mano a la cadera.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está Faith?
—Faith tiene trabajo, así que le va a costar más venir a todos los ensayos, pero vendrá siempre que pueda —explico—. Y asistirá a todos los partidos y competiciones, así que no os preocupéis.
Intento sonar tranquila y segura, aunque en realidad este es uno de los temas que más me inquietan este año.
Que no pueda asistir a todos los ensayos se sale bastante de lo normal, pero, como acaba de empezar en el trabajo, no puede permitirse faltar mucho.
Milord dice que soy lo bastante responsable como para dirigir los ensayos yo sola, pero yo no lo tengo tan claro.
—¿Qué has dicho? —grita Keira—. No se te oye. Tienes que hablar más alto.
Me aclaro la garganta otra vez y repito lo mismo. ¿Por qué ya está siendo mucho más complicado de lo que esperaba?
—Un momento. —Callie mira a Keira y a su otra amiga, Deja—.
O sea, ¿nos estás diciendo que no va a vigilarnos ningún profesor?
¿No va a haber nadie que controle cada segundo de lo que hacemos?
—Da una palmada, encantada, y se le balancea la coleta, su peinado favorito—.
Pues vamos a hacer algo divertido. Seguro que no se dan cuenta si nos escapamos un momento a por café.
Los demás se miran entre sí, y en sus expresiones se mezclan sorpresa y dudas. Cada vez estoy más enfadada.
—No vamos a ninguna parte —digo—. Puede que no tengamos a un adulto vigilándonos todo el rato, pero creo que se darían cuenta si todo el color guard desaparece de repente en pleno campamento de la banda de música.
Además, tenemos que aprendernos un espectáculo entero, y parte de la coreografía es bastante complicada. Tenemos que ponernos en serio.
Todos suspiran sin contenerse mientras cojo mi bandera y, con un gesto, les indico que recojan las suyas del montón.
Van y vuelven arrastrando los pies, como si caminaran por barro.
Me muerdo la lengua para no soltar un bufido de frustración.
Si este es el ritmo que vamos a llevar, no vamos a avanzar nada.
—Oye, ¿qué pasa con la sección de percusión? —pregunta Keira justo cuando por fin estamos a punto de empezar—. Me da la sensación de que nos miran mal.
—Totalmente —añade Deja—. Es superraro.
—Es que… —Quiero decir que no pasa nada y seguir con el ensayo, como deberíamos hacer, pero sería mentir descaradamente. Entre percusión y el color guard pasa bastante.
—Los odiamos —dice Rosa como si nada—. Igual que nos odian ellos a nosotros.
—Qué va: ellos nos odian más —interviene Madisyn.
Addison asiente.
—Su misión en la vida es ganarnos cada vez que pueden. Son felices si nos ven fracasar.
—Vamos, que siempre están felices —remata Devin, y los tres se miran para confirmarlo.
—¿En serio? —pregunta Li, ajustándose las gafas rosa chillón mientras mira alrededor horrorizada. Callie, Keira y Deja tampoco parecen muy tranquilas.
Respiro hondo y dejo la bandera en el suelo.
—Vale, la cosa está así. Nuestra banda es competitiva.
Muy competitiva. Tenemos una larga tradición de ganar campeonatos y de sacar siempre la máxima calificación en el estatal, y eso se debe en parte a ese espíritu competitivo.
Todas las secciones quieren ser las mejores, claro, pero, entre percusión y el color guard, en los últimos años la cosa se ha vuelto personal.
Madisyn suelta un bufido.
—Es una forma fina de decirlo. Más bien es que su jefe de sección es un capullo.
Me muerdo el labio para no reírme, aunque ganas no me faltan. Desde luego, no voy a llevarle la contraria.
—Brody y yo tenemos cierto historial —continúo, dirigiéndome a las nuevas, porque los demás ya se lo conocen de sobra—. No respeta al color guard y nunca ha superado que yo ganara el premio a mejor integrante por delante de él en mi primer año. Desde entonces, nuestras secciones están en guerra.
Un destello de rabia me cruza el pecho al recordar los comentarios venenosos entre ambos grupos, el cántico ofensivo que nos dedicaron en mi segundo año y cómo nos sabotearon durante las jornadas deportivas la primavera pasada cuando estábamos a punto de quedar primeros.
No hay nada que desee más que ponerlos en su sitio.
Solo por una vez, quiero que reconozcan al color guard como la mejor sección, en vez de la que todos los años arrastra al resto de la banda.
—Por eso en este curso es más importante que nunca que clavemos las coreografías.
—Voy mirando a cada uno de los integrantes mientras hablo—.
Vamos a enseñarles de lo que es capaz este color guard .
Se van a tragar todas las calificaciones máximas que consigamos para que no se olviden nunca de lo fracasados que son.
Deja abre mucho los ojos y Li da un pasito atrás. Solo los veteranos asienten. A ellos no necesito convencerlos.
—Jolín, cuánta presión, ¿no? —dice Callie con sarcasmo.
Recojo la bandera e intento sacudirme el calentón. Tengo que centrarme, pero sin darles miedo.
—No os preocupéis por ellos. Lo único en lo que tenéis que pensar es en aprenderos los ejercicios y las coreos; lo demás ya llegará. ¿Vale?
Alguien se ríe (con sarcasmo), aunque no alcanzo a ver quién ha sido.
Espero que los integrantes de último curso (Madisyn, Addison y Devin) me echen un cable, pero se limitan a observar la escena con cara de total indiferencia.
Me da la impresión de que piensan pasarse su último año con la ley del mínimo esfuerzo.
Las demás dan la misma apariencia de falta de motivación e incredulidad.
Genial. Otro día estupendo en el campamento de la banda.
Casi doy gracias cuando por fin llega la pausa para comer.
Mientras salgo hacia las mesas de pícnic donde Nova y yo nos sentamos siempre, entre el instituto y el campo de entrenamiento, intento repetirme que todo va a salir bien.
Los primeros días siempre son complicados y, además, la mitad del color guard son nuevos.
Pero eso no va a frenarme. Este es mi último año y voy a ser yo quien cambie radicalmente la racha del color guard y consiga las calificaciones máximas que sé que podemos lograr.
Y si encima vuelvo a ganar el premio a mejor integrante en mi último año, en fin, eso ya sería la guinda.
—¿Lo has visto? —pregunta Nova cuando me siento. Señala hacia el campo de fútbol americano, que está junto al de entrenamiento. Tengo que levantarme y entrecerrar los ojos para distinguir qué está pasando, y no soy la única que lo hace.
—¿Está Max dando vueltas al campo?
—Sí, a más de treinta grados. —Niega con la cabeza.