Capítulo uno #2
Se me escapa una risa nasal. Llevamos hablando de montar nuestra propia partida de D el profesor de percusión, el señor Jenkins, y Faith, la nueva directora del color guard —.
Parece que fue ayer cuando estábamos cerrando el curso pasado, y ya estamos aquí preparando la nueva temporada de la banda.
Sé que se han marchado numerosos alumnos con muchísimo talento que se han graduado, tantos que podríamos llamar a este un año de reconstrucción, pero tenemos un grupo fantástico de alumnos veteranos y una nueva hornada de recién llegados, y no pienso ponéroslo fácil.
»Con ese objetivo, este año hemos elegido una selección de obras clásicas de Músorgski, que incluye fragmentos de Cuadros de una exposición y una de sus piezas más conocidas, Una noche en el monte Pelado —continúa—.
Va a ser un espectáculo exigente, mucho más que lo que van a interpretar buena parte de los institutos contra los que competiremos, pero sé que estáis a la altura.
Hemos demostrado ser una de las mejores bandas de música de Ohio, y espero que mantengáis ese legado.
—Mira a su alrededor, y casi puedo sentir cómo nos envuelve su orgullo—.
Durante estas dos semanas de campamento, vamos a aprender todo lo que podamos.
Vamos a empezar esta mañana dentro, ensayando el número inicial, y por la tarde saldremos para trabajar las formaciones y empezar con la colocación en el campo.
Color guard, vosotros esta mañana vais a ensayar en el gimnasio.
Algunos empiezan a moverse, convencidos de que Milord ha terminado su discurso, pero este se aclara la garganta para reclamar de nuevo nuestra atención.
—Una última cosa. Antes de empezar el ensayo, quiero presentaros a un nuevo miembro de la banda, que acaba de trasladarse a Glen Vale.
He tenido ocasión de escucharlo tocar y creo que va a ser un gran refuerzo para el grupo.
—Milord sonríe y señala a Max, que está sentado al fondo del aula con el resto de la sección de percusión—.
Este es Max Coleman. Toca los tambores, y espero que le deis una cálida bienvenida.
Más de un centenar de personas se vuelven para mirar a Max, y se me encoge el corazón de pura empatía. Imagino que levantará la mano con timidez o asentirá brevemente, evitando las miradas. Ser introvertidos y un poco torpes era una de las cosas que nos unían.
Para mi sorpresa, se pone en pie y le dedica al grupo una enorme sonrisa.
—Hola a todos. —Su voz es fuerte, grave y segura. Apenas la reconozco comparada con la del Max enclenque de catorce años, que fue su última versión que conocí—. Gracias por la bienvenida. He tocado con el Instituto Oak Grove, pero estoy muy ilusionado de estar aquí.
Se oyen algunas protestas cuando menciona el nombre. Oak Grove está a unas dos horas de distancia y es nuestro mayor rival. Siempre nos disputamos los primeros puestos en los concursos, y uno de mis grandes objetivos en la vida es ganarles por fin el premio a mejor conjunto auxiliar esta temporada.
Max se ríe con buen humor al ver la reacción general.
—Lo entiendo. Reconozco que yo también os tenía un poco de manía, pero, ahora que estoy aquí, será un placer compartir sus secretos de guerra para que podamos machacarlos.
La banda estalla en vítores y aplausos. Algunos percusionistas le dan palmadas en la espalda, e incluso a Milord parece divertirle su declaración.
—Oye, qué guapo —susurra Madisyn, una de las componentes del color guard, detrás de mí.
—Es monísimo —responde su mejor amiga, Addison—. Menos mal que tenemos sangre nueva.
—Ahora sí que se pone interesante la banda.
Noto un subidón de adrenalina. Desde su asiento en la sección de clarinetes, Nova me busca con la mirada y arquea una ceja, como diciendo: «Madre mía».
Y no le falta razón. ¿Desde cuándo es Max alguien capaz de improvisar un discurso delante de un montón de desconocidos?
Y encima va y tarda menos de treinta segundos en tener a mis chicas del color guard babeando por él, cuando yo llevo currando desde sexto para ganarme a la banda y aún no lo he conseguido.
Pero no tengo tiempo para pensarlo más, porque Milord manda al color guard a ensayar al gimnasio.
Faith nos guía el calentamiento y luego repasamos juntas las primeras frases de nuestra primera pieza.
Me da la impresión de que a algunas chicas les cuesta incluso asimilar movimientos básicos, pero supongo que no debería sorprenderme, teniendo en cuenta que no se presentó mucha gente a las pruebas y tuvimos que aceptar a todas las que lo intentaron.
No es ningún secreto que el color guard ha estado bastante flojo en los últimos años, y eso explica lo difícil que resulta atraer a nuevos integrantes.
Uno de nuestros principales problemas es que aún no hemos conseguido a nadie de fiar que dirija el proyecto.
Milord ha tenido que buscar a la desesperada otra vez este curso, y la única persona disponible ha sido Faith: una exalumna cuatro años mayor que yo, recién salida de la universidad y que acaba de empezar su primer trabajo «de verdad» además de colaborar con nosotros.
Quiero ayudar al equipo en todo lo que pueda, pero aún no tengo claro cómo afrontar la situación. Algunos de los integrantes no están prestando mucha atención, pero es el primer día. Me muerdo el labio y me trago las preocupaciones. Probablemente solo sean nervios y se les acabarán pasando.
No vuelvo a ver a Max hasta más tarde, cuando salimos todos al campo.
Está riéndose con un grupo de percusionistas.
Jugueteo con el pelo. Sé que debería alegrarme de que esté haciendo amigos tan rápido, pero, si no hablo con él pronto, van a acabar contaminándole la opinión sobre el color guard y sobre mí.
Lo saludo con un gesto, con el estómago revuelto. Allá vamos.
—Hola, Max. —La voz me sale forzada, y no estoy segura de que siquiera me oiga.
Los chicos que están con él dejan de hablar, como si tuvieran curiosidad por ver cómo acaba la cosa, probablemente con la esperanza de que se comporte con la misma falta de tacto que ellos.
Es mucho más alto de lo que lo recordaba, aunque supongo que es lo normal después de tres años.
También tiene la mandíbula más marcada, como si ya hubiera dejado atrás del todo las facciones redondeadas infantiles.
Pero el pelo sigue igual: negro azabache y ondulado, con el largo perfecto para que le caiga sobre los ojos cuando lee o se inclina sobre un juego de mesa.
Clava los ojos grises en los míos, y el corazón me empieza a latir con fuerza en el pecho, como si volviera a tener trece años.
No creo que fuera consciente de cuánto lo había echado de menos hasta este momento.
—Hola —responde.
—Cuánto tiempo, ¿no? —continúo con cautela—. Me alegro de volver a verte.
—Ya.
—Es muy fuerte que estemos en el mismo instituto.
El rostro no se le ilumina como yo esperaba.
—Muy fuerte. Pero al menos vuestra banda es buena.
—Mejor que la de Oak Grove. Diría «sin ánimo de ofender», pero estaría mintiendo.
Un fogonazo de alegría le cruza el gesto, y respiro hondo para tranquilizarme. Vale, está siendo un momento incómodo, pero tiene arreglo.
—Siento que te haya tocado la sección de percusión —añado en voz baja—. ¿Seguro que no se te dan bien el saxofón o la flauta, para que puedas cambiarte?
—¿A qué te refieres?
—A ver… —Hago una pausa para buscar las palabras adecuadas, y al final me quedo con—: Son lo peor.
Su expresión se vuelve neutra.
—Si no recuerdo mal, Glen Vale nos ganó el premio a mejor percusión en una de las competiciones del curso pasado. Nos pasamos varios días cabreadísimos.
Pongo los ojos en blanco. No hace falta que me lo recuerde.
Los percusionistas estuvieron insoportables después de esa victoria.
Se hicieron camisetas y unas chapas enormes en las que ponía «campeones», y hasta se inventaron un saludo especial que les encantaba hacer delante del color guard para recordarnos que nosotros nunca hemos sido los mejores en nada.
—No digo como músicos, sino como personas.
Se le ensombrece la expresión.
—Pues a mí me han tratado bien.
Ay, Dios. Me doy cuenta, más tarde de lo que debería, de que acabo de meter la pata hasta el fondo.
Y, aunque tengo razón en lo de la sección de percusión (sobre todo Brody, su jefe de sección y capitán oficial de los imbéciles), no debería haberlo soltado sin pensarlo.
Es el primer día de Max y ya se dará cuenta por sí solo. No hace falta que yo se lo restriegue.
Intento reorganizar mis ideas a toda velocidad, pero, antes de que pueda reconducir la conversación, Max vuelve a hablar.
—Mira, Hazel, igual el problema lo tienes tú. Perdona si no todos alcanzamos el nivel de perfección al que estás acostumbrada.
Lo miro fijamente, sorprendida por el tono cortante de su voz y preguntándome si lo habré oído bien.
—¿Pe… perdona?
—No todo gira alrededor de que tu vida siga tal y como tú quieres.
—Yo no estoy diciendo eso. —Sus palabras me hacen mucho más daño del que esperaba—. Es que, como eres nuevo, quería avisarte como amiga. Brody puede ser horrible. —Trago saliva—. Y no me soporta.
Espero que ese detalle le importe, pero Max me mira con total indiferencia.
—No voy a darle la espalda a mi sección, Hazel. Como acabas de decir, vuelvo a ser el nuevo, así que tengo que adaptarme. Y me estoy adaptando. Así que hazme el favor y no te metas.
Max se aleja y yo me quedo plantada, sin saber qué decir.
¿Qué… acaba… de pasar?
Soy imbécil. ¿Qué ha sido del chico divertido y friki que conocía? Pensaba que se alegraría de verme, que incluso me habría echado de menos como yo a él todos estos años, pero está claro que me he hecho falsas ilusiones. No se parece en nada a la persona que recuerdo.
1 1 Grupo que suele acompañar a las bandas de música escolares de Estados Unidos y que, al ritmo de la música, pone en práctica una coreografía utilizando banderas u otros artefactos. (N. de la T.)