Traidores y mazmorras (Romántica 3)
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Capítulo uno
A hora que estoy a punto de empezar el último curso de instituto, pensaba que ya no habría nada más en el campamento de la banda de música que pudiera sorprenderme.
Pero me basta con adentrarme un paso en el aula de música para darme cuenta de que estaba equivocada.
Más allá de las sillas de plástico, de las fundas negras de los instrumentos y de los corrillos de estudiantes entusiasmados, está mi amor platónico de la infancia, Max Coleman, hablando con mi mejor amiga, Nova.
Me quedo paralizada al verlo. Mi madre me había comentado que su familia volvía a mudarse a la zona, pero quise hacer como si no fuera verdad.
Llevaba tres años sin verlo. Nuestros padres jugaban juntos a Dungeons & Dragons los domingos cuando Max y yo estábamos en secundaria, y pasábamos innumerables tardes jugando a juegos de mesa, viendo YouTube y trasteando con ideas para D & D que nunca llegamos a poner en práctica de verdad.
Era un muy buen amigo y, además, resultaba que era muy mono, incluso durante esa fase más desgarbada de la adolescencia por la que todos pasan.
Y es posible que yo estuviera un poquito obsesionada con él.
En el pasado, claro. Ya no.
Aunque verlo de nuevo después de tanto tiempo hace que me cueste respirar.
Señala la camiseta de Nova y dice algo que la hace sonreír. Eso, por sí solo, ya basta para llamar mi atención, porque Nova no sonríe fácilmente. Cuando se gana tu confianza, es leal para toda la vida, pero por lo demás tiende a odiar un poco a todo el mundo.
Antes de que pueda recomponerme y acercarme a ellos, me llama la atención una voz muy familiar.
—¡Hazel!
Me giro de golpe y veo a mi madre adentrarse con paso apresurado en el aula de música.
Se detiene un momento para sonreírle a la estancia con cariño, como hace cada vez que entra.
En el instituto era la trompeta principal y dudo que haya otra exalumna viva que adore esta banda tanto como ella.
Pero eso no significa que quiera tenerla rondando por aquí.
Ya no soy ninguna recién llegada: estoy en último curso y no necesito que me esté prestando atención.
—Te has bajado del coche tan rápido que te has olvidado la comida. —Levanta la fiambrera como si estuviera mostrando a Simba ante todo el reino animal—. Estaba prácticamente saliendo del aparcamiento cuando me he dado cuenta. No quiero que te mueras de hambre.
Cruzo la mirada con Max durante una décima de segundo, pero este aparta la vista y vuelve a mirar a Nova. Tenía dudas de si se acercaría a saludarnos a mi madre y a mí, ya que también la conoce desde hace años, pero supongo que es normal que no le apetezca socializar a estas horas de la mañana.
—Gracias, mamá. —Le cojo la comida—. Será que tenía muchas ganas de empezar.
—Seguro que es eso. Se me habría hecho raro si no hubieras entrado corriendo al edificio.
Presiento que este curso va a ser muy especial para ti.
—Se vuelve muy despacio, para empaparse del ambiente—.
¡Buenos días, Milord! —exclama, saludando al director de la banda, al que apodaron así hace años porque nos llamamos los Caballeros de Glen Vale.
Este le devuelve el saludo con una sonrisa, pero a mí no me hace ninguna gracia.
Mi madre (y también mi padre, la verdad) ya está muy implicada de por sí en todos los aspectos de la banda.
Lo último que me apetece es que Milord le pida encargarse de los ensayos del primer día.
Tiene un trabajo caótico como jefa de proyectos en una constructora de la zona, pero sin duda alguna sacaría el móvil y se pediría el día libre a la menor oportunidad.
—En fin, gracias otra vez —digo, alzando aún más la voz—. Pero tengo que empezar a prepararme y sé que tú tienes que irte al trabajo, así que…
Mi madre frunce el ceño.
—¿Seguro que no necesitas nada?
—Nada. Todo bien.
—Vale. Pues entonces no te molesto más. —Me estrecha en un fuerte abrazo y yo me encojo. Sé que lo hace con buena intención, pero no quiero empezar el campamento de la banda dando la imagen de una niña sobreprotegida que aún necesita que su mami le lleve la comida y la abrace.
Cuando por fin sale por la puerta, vuelvo a mirar a Nova y a Max. Pero Max ha desaparecido y Nova me contempla con una expresión divertida. Corro a su lado.
—A tu madre le gusta tanto la banda que me sorprende que no intente echar a Milord para ocupar su puesto. —Se levanta y se aparta el pelo corto de la cara pálida.
Nova no es exactamente gótica, pero le encanta el negro. Lleva tiñéndose de negro el pelo, ya castaño oscuro de por sí, desde que su madre le dio permiso al cumplir los catorce, y le encanta la bisutería de plata enorme y la ropa negra ajustada.
—¿Estabas hablando con Max?
Nova mira a su alrededor, confusa.
—¿El chico de antes?
—Sí. Ya te había hablado de él. ¿Te acuerdas? Venía siempre a mi casa hace unos años.
—Perdona, ¿es ese? —Niega con la cabeza, sorprendida—.
Se me ha acercado y se ha puesto a hablar conmigo de D & D porque se ha fijado en mi camiseta del azotamentes.
Ya sabes que no soporto hablar con desconocidos, pero…
—Frunce los labios, como si estuviera dudando—.
La verdad es que no ha sido tan terrible.
Ostras, pedazo de piropo. Necesito que me cuente todos los detalles de la conversación y lo necesito ya, en algún sitio donde no nos oiga nadie.
Estaré mucho más tranquila hablando yo con él cuando sepa mejor de qué rollo va.
Le indico con un gesto a Nova que vayamos al almacén de los instrumentos y avanzo con cuidado entre los enormes estuches negros que hay en el suelo.
Por suerte, como somos jefas de sección, hemos llegado temprano y aún no está todo petado de gente.
—¿Qué te ha dicho? —le pregunto, intentando sin éxito evitar hablar con una voz demasiado aguda.
Mientras que Nova es pura indiferencia y una elegancia oscura, yo soy toda emociones a flor de piel y un pelo indomable.
Admiro su capacidad para mantenerse tranquila y serena en cualquier situación, pero nunca he conseguido imitarla.
Me cuesta horrores esconder lo que siento.
O esconderme en general, teniendo en cuenta que tengo el pelo tan rizado (y normalmente encrespado) que la gente tiene que apartarse más de lo normal cuando pasa junto a mi pupitre en clase.
Se cruza de brazos y me examina.
—Relájate, que tanto no hemos hablado. ¿Aún respiras? Tienes mala cara.
Suelto una risa ahogada y me apoyo en las estanterías metálicas de la pared.
—Perdona. Es que… ha vuelto. Está aquí. Ahora mismo podría estar al otro lado de esa puerta.
Las dos nos volvemos hacia la puerta, pero por suerte no se abre mágicamente para mostrar los ojos grises de Max y su pelo negro y ondulado.
—Oye, ¿a qué viene este ataque de pánico? Siempre me has hablado de él como de un chico cualquiera con el que jugabas de pequeña, pero estás a punto de hiperventilar. ¿Odiamos a este tío? —Ladea la cabeza para estudiarme—. ¿O nos encanta?
Buf. Pues claro que sabe exactamente lo que me pasa por la cabeza.
Aunque esa es una de las cosas que más me gustan de ella.
Nos hicimos buenas amigas en noveno curso, cuando Max ya se había marchado y las dos éramos nuevas en la banda y estábamos nerviosas y solas.
Desde entonces somos inseparables, aunque ella toca el clarinete y yo estoy en el color guard 1 .
Teniendo a Nova, no necesito muchos amigos más, lo cual me viene de perlas porque no los tengo.
—Nos… gusta.
—Ah, vale. Interesante.
—O sea, en plan normal. Me parece bien contar con otra cara conocida.
Nova sonríe de medio lado.
—Sí, ya.
Se me están calentando las mejillas. Nunca hubo nada romántico entre Max y yo.
Éramos unos frikis preadolescentes y ninguno era lo bastante maduro para tener pareja.
Pero eso no me impidió pensar en lo que podría haber pasado, ni entonces ni en los años posteriores a su marcha.
Cuando Max y yo éramos amigos, yo no sabía absolutamente nada de chicos.
Sí, era divertido y de trato fácil, y aceptaba mis rarezas y mis intereses frikis, pero no me daba cuenta de lo poco habitual que era eso.
Pensaba que habría más chicos así, pero sin la competitividad de Max ni su costumbre de hacer trampas en los juegos de mesa.
Sin embargo, después de que se fuera y yo empezara a hablar con otros chicos, me di cuenta de que no había nadie como Max.
Antes era ingenua, pero ahora lo tengo claro. Y vamos a pasar juntos nuestro último curso de instituto.
—Sabes que es percusionista, ¿no? —pregunta Nova.
Frunzo el ceño. Vamos a dejar las cosas claras: no es que odie a todos los percusionistas por sistema, pero las secciones de percusión y color guard de Glen Vale tienen una larga tradición de llevarse fatal.
Todos los años competimos por ver quiénes lo hacen mejor durante el curso, y todos los años la sección de color guard pierde de manera estrepitosa.
La mayoría de las «competiciones» acaban con unos cuantos percusionistas restregándonos por la cara lo pésimos que somos, y no los soporto.
—Que sea percusionista no significa que vaya a ser como Brody y los demás. Seguro que no es así.
Nova se apoya en la estantería, frente a mí.
—Como siempre, tienes demasiada fe en la humanidad en general y en los chicos en particular.
Pero crucemos los dedos. Es verdad que me ha dado algunos consejos bastante útiles para mis personajes, así que, de momento, no está en mi lista negra.
¿Y si esto fuera la señal para que por fin pongamos en marcha nuestra partida de D & D, como siempre decimos?