Capítulo 79 #2
—Le voy a arrancar los putos ojos —siseo, girando el volante de golpe para tomar la autopista hacia los suburbios. Los Hardaway vivían a cinco calles de la mansión Salvatore—. Llegaré en diez minutos.
—Ten cuidado, Maddox —me advierte Will, su voz perdiendo todo rastro de sarcasmo—. Si lo matas, puedes perder más de lo que ganas. ¿Estás segura de esto?
Trago saliva. El miedo está ahí, latiendo en mis venas, pero la decisión es inamovible. Esta es la prueba de fuego. Si Matthew y yo vamos a sobrevivir a nuestro propio infierno, tenemos que sobrevivir a esto. A todo o nada.
—Will, ¿puedes reproducir sonido desde tu terminal a los altavoces de esa casa?
El silencio al otro lado de la línea es pesado.
—Sí. Creo que puedo hackear el sistema de alarma antiguo.
—El archivo de audio que recuperaste de la memoria encriptada de Máximo. La grabación.
—No, Maddox. Es una puta locura.
—Will —gruño—. Son mis gritos. Yo decido cómo y cuándo usarlos. En cuanto te dé la orden, quiero que la reproduzcas a todo puto volumen. ¿Entendido?
Un suspiro resignado.
—Entendido.
Cuelgo, manteniendo el chat de la aplicación abierto. Quemo asfalto saltándome tres semáforos, el motor rugiendo como una bestia salvaje, hasta que freno bruscamente a una calle de la casa. Apago las luces. Busco mi Mossberg en el asiento del copiloto, reviso la recámara y salgo al aire frío.
La casa de los Hardaway se alza en la oscuridad.
La puerta principal está entreabierta. Entro sin hacer el menor ruido, mis botas militares apenas rozan el suelo polvoriento mientras avanzo por el pasillo.
Escucho voces y sé que vienen de la habitación del fondo.
Me pego a la pared, a escasos metros del umbral, cubierta por las sombras.
—Esto es increíble, Máximo —la voz de Matthew es un gruñido cargado de asco y furia—. ¿Te escondes aquí? ¿En la casa de nuestros padres?
—Para ti es muy fácil. Duermes con la mujer que me quiere ver muerto —replica Máximo—. ¿No te pesa ni un poco, hermano?
—No me jodas. Mereces su odio. Y ahora prefieres esconderte como una rata. Si nuestros padres te vieran, sentirían puta vergüenza.
—¡Cierra la boca, Matthew! —estalla Máximo—. Esto jamás habría pasado si tú no hubieras mentido. Si me hubieras dicho la verdad sobre ellos...
—Sí, me equivoqué —concede Matthew, su voz está tensa—. Debí ser honesto. Pero eras un crío y quería protegerte de la mierda en la que estaban metidos nuestros padres.
—¿Qué, quieres una jodida medalla?
—Quería que no vieras a tu hermano mayor como un monstruo. Porque a los dieciséis años me manché las manos de sangre por esta familia. Asesiné a un hombre para que tú pudieras tener una vida limpia.
—No es justo que me eches eso en cara...
—¡Y tú dejaste que Marcio Silva te envenenara la cabeza! Te llenaste de una fantasía de poder, y usaste a Maddox. A mi Maddox. La traicionaste para entregársela en bandeja de plata.
Cierro los ojos, apoyando la nuca en la pared.
—No me culpes de todo, Matt. Tampoco fue tan difícil llevármela a la cama.
El odio me quema las entrañas. Escucho el chasquido inconfundible de un arma quitándole el seguro. Matthew acaba de apuntarle.
—¿No funciona así nuestro mundo? —continúa Máximo, intentando sonar arrogante aunque escucho el temblor en su voz—. Queremos algo y lo tomamos.
—Hay límites, pedazo de mierda. Y siempre fue ella. Lo sabes.
—Soy tu hermano, Matt. ¿Vas a dispararme por una chica? ¿Qué pensarían nuestros padres?
—Maddox no es una chica —sisea Matthew—. Es mi vida entera. Y si nuestros padres nos vieran, lo único que les daría asco sería tener un hijo traidor.
—Me manipularon —ruega Máximo. Saca la carta de víctima, tan patético, tan predecible—. Marcio me hizo creer... sabes lo que me hicieron cuando la secuestraron. Me molieron a golpes. Estaba aterrado. Yo no sabía qué iban a hacerle...
Suficiente. Saco el móvil y le doy enviar al mensaje a Will. Es instantáneo. De los viejos altavoces del techo de la casa estalla el sonido.
Mis propios gritos, crudos, desgarradores, rebotando en las paredes llenas de polvo, acompañados del sonido del metal golpeando carne. Y luego, por encima de mi llanto agónico, la voz clara de Máximo hablando a través del micrófono de vigilancia.
«—Dile al jefe que no toque su dragón, es demasiado bonito como para que lo arruinen».
Entro a la habitación.
Matthew está de espaldas a mí, con el arma levantada hacia su hermano. Pero veo cómo sus hombros se tensan al reconocer los gritos de la grabación. Se queda petrificado. Máximo, frente a él, pierde todo el color de la cara.
—Cuatro días —anuncio.
Matthew gira el rostro hacia mí. Sus ojos están llenos de lágrimas. Es la primera vez que escucha el sonido de lo que me hicieron en ese sótano, y la agonía que le cruza las facciones me rompe un poco más el corazón. Pero no bajo el arma.
Vuelvo a clavar mis ojos en Máximo.
—Me torturaron durante cuatro días, Máximo. Y tú estabas sentado en una sala de control, viendo todo en tiempo real. Así que no me jodas con que fuiste una víctima.
—¡Es mentira! —grita Máximo, el pánico lo domina. Mira a su hermano de forma desesperada—. ¡Matt, te juro que es un montaje! ¡No le creas a esta puta psicópata!
Matthew aprieta la mandíbula hasta que los músculos le saltan. Se vuelve hacia Máximo, el dedo presionando el gatillo de su pistola.
—Da un solo paso, y yo mismo te volaré los sesos.
Sonrío. Matthew jamás dudaría de mí. Me eligió, ante el infierno y ante su propia sangre, me eligió a mí.
—Lo voy a matar —murmura Matthew con la voz rota, apuntando al pecho de su hermano.
—No —lo interrumpo con firmeza. Matthew me mira confundido—. Baja el arma. Esto lo termino yo.
Doy dos pasos hacia adelante. Máximo retrocede, chocando contra el borde de la vieja cama matrimonial, acorralado. Sabe que no hay salida. Sabe que va a morir.
—No te disparo ahora mismo por respeto a lo que este hombre que tienes enfrente ha sacrificado por ti —le digo, sin que me tiemble un solo músculo—. Pero quiero que te quede claro algo, Máximo: no significas nada. Ni odio, ni lástima, ni dolor. Eres solo un puto estorbo que estoy a punto de barrer.
Me giro para salir de la habitación. Máximo suelta una risa ahogada, histérica, intentando aferrarse a un orgullo que ya no existe.
—Si me quisieras muerto, princesa... ya te habrías encargado.
Me detengo en seco.
Clavo la mirada hacia la pared del pasillo. Entre el polvo y las sombras, hay un viejo portarretratos colgado. Una mujer sonriendo a la cámara mientras un hombre apuesto intenta besarle la mejilla. Milenka y Jacob Hardaway.
Los padres del hombre que amo. Los padres del parásito que voy a exterminar.
Clavo mis ojos en la foto.
—Lo siento —murmuro, tan bajo que solo las sombras y los fantasmas de esta casa pueden escucharme.
Me giro hacia Máximo.
Con un movimiento fluido levanto la Mossberg, apunto directo a su corazón y aprieto el gatillo.