Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 79
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Capítulo 79

Maddox

Escucho el quejido gutural de Marcio y alzo la vista. Sigue colgado del techo, exactamente en la misma posición en la que ha estado pudriéndose durante la última semana.

Llevo media hora sentada en esta silla, a dos metros de él, fumando y observándolo en silencio.

De vez en cuando se estremece, arrastrando las cadenas, emitiendo sonidos que apenas califican como humanos.

Irónicamente, tiene mejor aspecto que la última vez.

Di la orden estricta de que, tras cada sesión, recibiera atención médica, lo necesario para que no muriera de una infección ni se desangrara por la profundidad de los cortes.

Por supuesto, eso no incluyó un solo miligramo de analgésicos. No soy una persona compasiva.

—¿Recuerdas cuántos días me torturaste tú a mí? —pregunto en un susurro monótono.

Ladeo la cabeza, encendiendo otro cigarrillo. La llama del encendedor ilumina brevemente la penumbra del sótano. Marcio no responde, solo deja escapar otro gemido rasposo.

—Cuatro días —murmuro en respuesta.

—Mátame de una puta vez, Maddox —suplica.

Me cruzo de piernas, inhalando profundamente hasta que el humo me quema los pulmones.

—Cuando hui a Francia, no tenía ni la menor idea de qué iba a hacer con mi vida —comienzo, soltando el humo lentamente—.

Necesitaba distancia. Todo fue demasiado.

No solo la tortura que orquestaste, sino que Máximo, el hombre que creí amar, me hubiera entregado.

—Un quejido ahogado responde a mis palabras—.

Creí que con tiempo, mi cabeza se enfriaría para planearlo todo.

—Y vaya que lo hiciste —escupe, tosiendo sangre a medias.

Asiento, dándole otra calada al cigarrillo.

—Tuve demasiada claridad. Ocurrió después de cenar con mi madre. Estaba en la cama, a punto de dormir... No sé si lo sabías, pero para poder dormir sin que me diera un ataque de pánico, necesité pastillas durante meses.

—No me digas.

—Llevaba seis meses limpia. Todo un logro, a decir verdad. Pero una noche… tuve una parálisis de sueño. —trago saliva ante el recuerdo—. Sí. Una figura enorme, una sombra negra y densa, se paró a los pies de mi cama. Me miraba como si fuera a devorarme viva.

—Quizás solo fue una pesadilla —balbucea.

Niego lentamente, expulsando una nube gris de mis labios.

—Las pesadillas son distintas. En ellas, una parte de ti sabe que está durmiendo.

Pero la parálisis… —Hago una pausa—. Tu cuerpo está despierto.

Tus sentidos están en alerta máxima, pero estás congelado en tu cuerpo.

No puedes moverte. No puedes gritar. Pero eso ni siquiera fue lo peor. Lo peor fue escuchar la risa.

Marcio alza la cabeza con una dificultad agónica.

—¿Una risa?

—Tu risa —sentencio, descruzando las piernas para inclinarme hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—.

Te escuchaba reírte de mí. Cuando por fin logré romper la parálisis, grité con tanta fuerza que me desgarré la garganta.

Mi madre tuvo que irrumpir en la habitación y sostenerme hasta que dejé de temblar.

Trago saliva, tirando la colilla al suelo de concreto y aplastándola con la punta de mi bota.

—Esa noche no volví a dormir. Me quedé mirando el techo, diseñando mi venganza. Cada segundo. Cada detalle. —Abro los brazos, señalando el espacio—. Diseñé esto, elegí cada herramienta, cada gancho, pensando específicamente en cómo te haría suplicar.

—Déjame adivinar —escupe él, sacudido por un ataque de tos húmeda—. Estás extasiada porque lo lograste.

Asiento.

—Sí, aunque la verdad… no parece suficiente.

—Me pongo de pie, alisando los pliegues de mi ropa negra, y camino despacio hacia él—.

Mi terapeuta me lo dijo una vez: vengarse es como esnifar cocaína.

Te da un subidón de poder irreal, te sientes intocable, pero cuando el efecto pasa… no soluciona nada.

—Sientes un vacío.

—No. —Pongo los ojos en blanco, alejándome hacia la mesa de acero quirúrgico—. No hay vacío. Al contrario, descubrí que podría seguir torturándote durante años, arrancándote pedazos, y no me cansaría. ¿Tú qué dices?

—Que me mates de una vez —suplica de nuevo, derrotado.

—Lo haré. Pero no por piedad. Lo haré porque, honestamente, Marcio… ya me aburriste.

Lo escucho intentar reírse, un sonido patético que se corta de inmediato.

—¿Saldrás a buscarte un juguete nuevo?

—Ya lo tengo —murmuro, de espaldas a él—. Solo tengo que ir a recogerlo.

Me coloco los guantes de látex negro con movimientos deliberados y precisos.

Tomo una jeringa nueva, rompiendo el plástico esterilizado, y me acerco al pequeño refrigerador de muestras.

Mis dedos sobrevuelan los frascos hasta que encuentro la etiqueta exacta.

Lo saco, hundo la aguja en la tapa de goma y tiro del émbolo.

—¿Qué es eso? —su voz está impregnada de terror—. ¿Es lo mismo que le inyectaste a Luc?

Lo ignoro y empiezo a silbar una melodía ligera que rebota contra las paredes. El líquido ambarino, espeso como la resina, llena el cilindro de plástico. Cuando está lista, desecho el frasco vacío y me giro hacia él.

No dejo de silbar. El eco de mis botas marca el ritmo mientras me acerco. Sus ojos oscuros están desorbitados por la confusión y el miedo visceral, siguen cada uno de mis movimientos.

—Maddox —jadea, tirando inútilmente de las cadenas—. ¿Qué diablos es eso?

Me detengo a escasos centímetros de su rostro. Le guiño un ojo y le clavo la aguja en la vena del antebrazo. Intenta sacudirse, pero el líquido entra. Un segundo después, un dolor tan profundo lo atraviesa que suelta un grito desgarrador.

Niego con la cabeza y dejo de silbar.

—No. Esto es infinitamente peor. —Me acerco a su oído—.

Primero, se te adormecerán las extremidades.

Cuando estés completamente paralizado, sentirás un tirón en la base de la columna.

Y entonces llegará el calor. Sentirás como si alguien te estuviera clavando un millón de agujas al rojo vivo debajo de la piel, quemando cada nervio de tu cuerpo.

Retiro la aguja con exasperante lentitud. Me quito los guantes negros, tirándolos sobre la mesa de metal.

—Se llama Keres-9 —le informo con calma—. En los foros más retorcidos de la deep web lo llaman el Fuego de Érebo. Pagué una cantidad obscena de bitcoins por un solo miligramo.

Marcio tira de las cadenas de nuevo, pero el movimiento ya es torpe.

—Lo diseñaron para interrogatorios en agujeros gubernamentales, pero lo desecharon porque morían del dolor antes de poder confesar. No detiene tu corazón. Ataca el sistema nervioso central. Básicamente, convence a tu cerebro de que te estás quemando vivo de adentro hacia afuera.

El primer espasmo real lo golpea.

Su espalda se arquea con una violencia brutal, tensando los grilletes al límite. Un alarido inhumano, crudo, brota de sus pulmones, pero se ahoga a la mitad porque los músculos de su garganta se paralizan.

Sonrío.

—Esa es la mejor parte —susurro—. En dos minutos, ni siquiera podrás gritar. Tu cerebro registrará que hierves en ácido, pero estarás congelado. Y si tu corazón resiste el shock inicial… tardarás unas ocho horas en morir. Ocho horas de pura agonía sin escapatoria. Que las disfrutes.

◆◆◆

Enciendo un cigarrillo mientras cruzo el estacionamiento. Encuentro las llaves en mi chaqueta de cuero, desactivo la alarma de mi coche y subo. Pongo el móvil en el soporte, lo conecto al estéreo y marco el número de Will mientras hago rugir el motor.

Contesta al tercer tono.

—Estaba a punto de llamarte —dice a modo de saludo. Frunzo el ceño.

—¿Qué pasa?

—No, tú primero —suspira con fastidio.

—¿Estás bien? Oh, por Dios, ¿te interrumpí un polvo? Soy una maldita...

—Maddox, no. —Su irritación es palpable—. Solo dime qué necesitas.

—Nada, que llames al equipo de limpieza y los mandes al sótano en... —Miro el reloj del tablero—. ¿Diez horas? Sí, en diez horas el trabajo estará terminado.

—¿Qué estará terminado?

—El cadáver de Marcio.

Lo escucho soltar una maldición entre dientes.

—¿Qué le diste?

—Relájate. Ya me aburrió. Simplemente...

—Te deshiciste de él.

—Por estas cosas te adoro, Will. Eres tan inteligente.

—Deja de jugar, Maddox.

—No estoy jugando —pongo los ojos en blanco, maniobrando para salir a la calle—. Lo digo muy en serio.

—La última vez casi me cortas la cabeza porque tardé tres minutos más en desencriptar un archivo.

Suelto una carcajada oscura.

—¿Estarás resentido para siempre? Entiende que no podía haber errores.

Escucho a Will suspirar.

—En fin, ¿cómo está el gran Don retirado?

—Insufrible. Descubrió lo mío con Matthew.

—¿Y qué hay exactamente entre tú y Matthew? —pregunta. Su tono cambia, hay una genuina intriga—. Porque luce como un campo minado desde afuera.

Me encojo de hombros, como si pudiera restarle importancia, aunque por dentro un nudo de pánico frío se me instala en el estómago.

—No lo sé. Supongo que cuando acabe con su hermano menor veremos qué pasa. Si puede soportarme y se queda, o si sale huyendo y tengo que buscarme un nuevo consigliere .

—Bien. Hablando de eso...

—¿Qué pasa? —lo interrumpo.

—Estaba monitoreando la señal del teléfono de Máximo y está en la antigua casa de su familia.

Frunzo el ceño.

—¿Esa casa sigue en pie?

—Está abandonada pero es propiedad de Levi. Pero hay más, tengo acceso a las cámaras de seguridad que instaló hace décadas, antes de que los Hardaway siquiera se mudaran ahí. Entré por curiosidad y...

—Habla ya, Will.

—Matthew está ahí.

Acelero, clavando los dedos en el cuero del volante hasta que los nudillos se me ponen blancos.

—Por lo que parece, Matthew fue a su antigua casa y se lo encontró. Están en la habitación principal. La situación está jodidamente tensa, Maddox.

—¿Tensa cómo?

—Como si Matthew estuviera a un segundo de volarle los sesos, y Máximo estuviera intentando… convencerlo de algo.

Mi mente hace clic. El muy hijo de puta piensa que si manipula a Matthew y lo pone de su lado, evitará que yo apriete el gatillo.