Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 78
96%

Capítulo 78

Maddox

Detengo el motor del coche frente a la mansión. Apago las luces, hundo la espalda contra el asiento de cuero y cierro los ojos.

¿Por qué siento que, en el maldito segundo en que el agua parece calmarse, siempre cae una bomba que lo hace volar todo en pedazos?

«Quiero casarme con ella».

La frase de Matthew se reproduce en mi cabeza en bucle. Se adhiere a las paredes de mi cerebro como la sangre seca bajo las uñas: por mucho que raspes, siempre queda un rastro. Y lo más aterrador es que ni siquiera estoy segura de querer arrancármelo.

Mi mente es un jodido desastre. Una parte de mí está paralizada por el terror; me grita que esto es una estupidez, un error que me estallará en la cara.

Nada bueno puede salir de que alguien como yo se enamore.

Mis propios padres son el ejemplo perfecto.

Veinte años de matrimonio sostenidos sobre una cuerda floja trenzada con rencor, sangre y una devoción enferma.

Yo no fui criada para jugar a las casitas. Fui hecha para cumplir mi deber. Y el matrimonio, los hijos... no. Ni siquiera lo considero.

Pero hay otra parte de mí. Una parte retorcida y hambrienta que se aferra a la idea de que, a pesar del miedo que me paraliza, merezco esto.

Merezco ser adorada por un hombre tan implacable y leal como Matthew, alguien que me mira como si fuera una maldita reina intocable.

Quiero dejar que esa fantasía me consuma.

Sin embargo, Máximo es otro problema, aunque Matthew jure que lo soportará, comparten la misma sangre.

Cuando apriete el gatillo. Cuando yo misma acabe con la vida del hombre que me traicionó, cuando su hermano menor se ahogue en su propia sangre por mi mano...

¿Matthew seguirá mirándome con esa misma devoción?

¿O solo verá a la asesina que le arrebató a su familia?

Abro los ojos de golpe. Una lágrima traza un surco por mi mejilla.

Me la limpio con un movimiento furioso, salgo del coche y avanzo hacia la mansión con paso lento.

El eco de mis botas militares contra el pavimento es el único sonido que quiebra la quietud de la tarde.

Cruzo el perímetro, le doy un asentimiento seco a Marcellino en la entrada y marco mi huella dactilar y la contraseña en la puerta principal.

En cuanto el seguro cede, los gritos me golpean en la cara. Vienen de la cocina. Levi y Nora discutiendo, por supuesto.

Me quedo inmóvil en el pasillo. ¿Es esto lo que me espera?

¿Guerra fría en el desayuno y gritos en la cena?

Y si alguna vez llegamos a tener un hijo...

¿cómo diablos voy a ser una buena madre?

Mi propia madre me abandonó de niña, y mi padre me afiló como si fuera una cuchilla.

¿Podré ser mejor que ellos? ¿Acaso quiero serlo?

Avanzo en silencio hasta detenerme a centímetros del marco de la puerta de la cocina, oculta en las sombras, agudizando el oído.

—¿¡Tenías que comportarte como un puto crío!? —El tono de Nora de pura furia—. ¿No viste cómo la acorralaste? ¿Lo incómoda que estaba Maddox?

—Quizás estaba incómoda porque Matthew es demasiado mayor para ella —gruñe Levi.

—¿Mayor? —Mi madre suelta una risa seca, carente de humor—. No me jodas, Levi. ¿Desde cuándo las edades importan?

Mi padre murmura algo que no llego a comprender.

—Por favor —ataca Nora de nuevo—. Estás histérico porque perdiste el control. Ya no puedes controlar a tu hija, acéptalo de una maldita vez.

—Dios, Nora. Hay momentos en los que te detesto profundamente.

—Me importan una mierda tus berrinches, Dante —sisea ella—. ¿Cuál es tu puto problema con Matthew? Lo has criado casi como a un hijo. Es un hombre brillante y leal. ¿Y ahora resulta que no es digno de ella?

Puedo imaginar la postura de Levi.

—Es mi niña —su voz baja una octava—. Está destinada a dominar. Se merece algo más que…

—¿Más que el hombre que ha estado dispuesto a recibir una bala por ella desde que era una niña? —lo interrumpe Nora. El veneno en su voz me hace tragar saliva—. Matthew ha sido su sombra. La ha protegido más de lo que tú y yo lo hemos hecho jamás.

—¡La conoce desde que era una niña! ¿No te parece jodidamente retorcido?

—Maddox es una mujer —replica Nora, y juraría que acaba de poner los ojos en blanco—. Y te recuerdo que ya estuvo en la cama del hermano menor.

Cierro los ojos, sintiendo un pinchazo fantasma en el pecho al escuchar eso en voz alta.

—Cállate —advierte Levi.

—Estuvo con Máximo. El mismo hijo de puta que la traicionó y casi la destruye. Y no te vi movilizar al imperio para arrancarle la cabeza.

—Esa es su presa. —Las palabras de mi padre caen como plomo sobre la encimera de la cocina—. Sabes cómo funciona esta familia, Nora. Cada quien debe cobrarse su propia venganza para ascender.

El aire se me congela en los pulmones.

Doy un paso al frente, saliendo de las sombras.

—Por eso me diste Draghi —digo.

Ambos se giran hacia mí, sorprendidos, pero avanzo hacia la cocina, sintiendo la bilis arder en mi garganta.

—Por eso me dejaste tu lugar —continúo, clavando mis ojos en Levi—. Dios, ¿algún día dirás toda la verdad de frente?

—Oh, lo siento, recibí un maldito disparo y estuve en coma —se defiende él, cruzándose de brazos.

—Dante, deja de comportarte como un crío —le advierte mi madre entre dientes.

Niego con la cabeza, soltando un suspiro cargado de decepción.

—Me dejaste Draghi para que lleve a cabo mi venganza —comprendo en voz alta, encajando por fin las piezas del tablero de ajedrez—. Y por eso mi abuelo se retiró antes de tiempo contigo. ¿Así se gana el trono aquí? ¿Cobrándose una maldita deuda de sangre?

—Sabes que sí —me recuerda, endureciendo los rasgos—. No finjas confusión ni sorpresa, Maddox. En esta familia el poder se demuestra aniquilando a quien te traiciona. Yo me vengué de los Marchetti. Y tú con los Silva. Por eso te entregué el mando.

—Eres un monstruo manipulador —murmuro.

Y lo peor, lo que más me asquea, es que lo entiendo. Mi abuelo hizo lo mismo, porque la mafia no se rige por lazos de amor.

—Lo que no estaba en mis malditos planes —gruñe Levi, acortando la distancia y apoyándose en su bastón—, era que empezaras a jugar a la casita feliz con tu consigliere .

El cinismo me golpea con fuerza.

—Claro —escupo—. Porque, ¿cómo diablos podría Maddox Salvatore permitirse amar a alguien, si tú te encargaste de extirparme el corazón desde niña?

El silencio que sigue es asfixiante.

Nora me mira, parpadeando. La confusión agrieta su impecable fachada de hielo. Luego, gira el rostro lentamente hacia mi padre.

—¿Qué? —exige saber.

Levi desvía la vista, parece incapaz de sostener la mirada de ambas.

—No fue así —murmura él, con la voz áspera—. Es decir, la crie para que nadie pudiera romperla jamás…

—¿Inculcándole qué, Dante? —La voz de Nora es tan afilada que podría rebanar hueso.

Levi traga saliva.

—Que el amor te hace débil —confiesa en un susurro ronco.

Nora se lleva las manos a la cabeza, como si necesitara contener la furia que amenaza con hacerla estallar. Cierra los puños a los costados y aprieta los ojos.

—Eres un imbécil —dice, con la voz temblando de rabia contenida—. Un jodido imbécil.

—¡Me dejaste! —ruge Levi de pronto. Sus ojos brillan con una vulnerabilidad que me estremece—. ¿Qué esperabas que le enseñara? Te amé hasta volverme loco, te entregué mi maldita alma, y tú… desapareciste. Me dejaste pudriéndome en mi propio infierno. Estaba destruido. Quería quemar el mundo entero.

Nora se tensa.

—Tú sabes perfectamente por qué tuve que irme —susurra ella. Levi asiente de forma rígida—. ¿Y eso te dio el derecho de envenenar a nuestra hija? ¿De convencerla de que sentir algo por alguien iba a ser su condena?

—¿Acaso no es así? —la desafía él.

—No. —Nora avanza hacia él, hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—. Pregúntale a tu hija qué le pasó al hijo de puta que te disparó.

Levi voltea a mirarme. Levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada con frialdad.

—Esa estupidez de que el amor es debilidad es un cuento para cobardes —continúa mi madre, sin apartar los ojos de Levi—.

Porque en el maldito segundo en que supe que estabas herido, no sentí debilidad.

Sentí la necesidad imperiosa de reducir la ciudad a cenizas.

Lo torturé, Dante. Le arranqué la piel a tiras hasta que se ahogó en su propia sangre. Y lo hice porque te amo.

Mi padre se queda de piedra. La magnitud de esa devoción enferma y violenta flota en el aire, densa como el humo. Nora se gira hacia mí. Sus ojos oscuros son dos abismos brillantes.

—Quizás en el mundo normal, el amor ablande a la gente —me dice, con voz baja—. Pero en nosotros, Maddox... en nosotros funciona distinto. Nos hace más salvajes. Nos vuelve unos putos psicópatas dispuestos a aniquilar ejércitos enteros por proteger lo que es nuestro.

Trago saliva con dificultad.

—No dejes que nadie te convenza de que no estás hecha para esto —concluye mi madre.

Acorta la distancia entre nosotras hasta rozar mi mejilla con sus nudillos—.

Eres un arma, sí. Pero cuando elijas amar, Maddox...

lo vas a hacer con la misma brutalidad con la que matas.

Y serás mucho más letal que cualquiera de nosotros.