Capítulo 77
Matthew
Maldito Levi.
Llevaba una semana entera planeando el momento perfecto.
Quería que fuera a mi manera, bajo mis términos, una maldita sorpresa para la mujer que me tiene de rodillas.
Y él tuvo que obligarme a escupirlo en el pasillo de su departamento, envuelto en una toalla, para evitar que nos matáramos a golpes.
De acuerdo, aún no tengo el anillo en la mano ni se lo he pedido formalmente, pero el secreto acaba de detonar en nuestras caras. Toda la ventaja se evaporó.
No me atrevo a mirar a Maddox. Una de las razones por las que he estado posponiendo esta conversación es el terror paralizante a encontrar rechazo en sus ojos.
Sí, nos acostamos juntos. Sí, sé que me quiere con la misma ferocidad con la que yo la quiero a ella.
Pero el amor y el matrimonio son monstruos muy distintos.
Nada, absolutamente nada en la vida de Maddox, indica que alguna vez haya soñado con una alianza en el dedo o con formar una familia.
Así que clavo mis ojos en Levi. Le sostengo la mirada, enfrentando la tormenta de furia, estupefacción y pura confusión que arde en sus retinas verdes.
Nora, por su parte, me observa con una sonrisa temblorosa, incapaz de ocultar la emoción que le empaña los ojos.
El corazón me martillea contra las costillas con tanta fuerza que temo que se me quiebre el pecho.
Un escalofrío me recorre la piel húmeda, y tenso cada músculo para no temblar.
—¿Qué? —la voz de Levi raspa, como si de repente le faltara el aire—. ¿Qué demonios estás diciendo?
Trago saliva, irguiéndome en toda mi estatura.
—Lo que escuchas, Levi —respondo, el tono tan frío y duro como el acero—. No estoy jugando con Maddox. Esto no es un pasatiempo —niego lentamente y aprieto los puños a mis costados—. Quiero estar con ella. Quiero una vida entera a su lado, si ella me acepta.
Y entonces, la miro. No sé cómo interpretar la tormenta que arrasa sus ojos esmeralda. Hay asombro, hay confusión, y hay algo más, algo oscuro y vulnerable que me aterra descifrar. Tiene los labios ligeramente entreabiertos y está paralizada en su sitio.
—Y si no acepta —continúo, sin apartar la vista de ella—, seré su consigliere . O lo que ella me permita ser en su vida. Me quedaré a su lado.
—Matthew... —murmura Maddox y su labio inferior tiembla de forma imperceptible.
—¿Y pensabas pedirle matrimonio sin consultarlo conmigo primero? —ladra Levi, indignado.
Parpadeo, girando el rostro hacia él, genuinamente desconcertado por su prioridad en este momento.
—Dante, por el amor de Dios —interviene Nora, frotándose la sien.
—¡Levi! —sisea Maddox, saliendo de su trance—. No estamos en el siglo pasado...
—Es mi hija de quien hablamos —gruñe Levi, acortando la distancia, territorial e implacable—. Si alguien va a proponerle matrimonio, yo debo ser el primero en saberlo.
Presiono los labios en una línea fina, conteniéndome.
—Esto es ridículo —sentencia Nora. Toma a Levi por el brazo sano y tira de él hacia atrás con una fuerza que no admite réplicas—.
Estás incomodando a todos, Dante. Ellos son adultos, pueden hacer lo que quieran y cuando quieran.
—Levi abre la boca para protestar, pero ella lo silencia con una mirada—.
Nos vamos de aquí. Al parecer, nuestra hija y Matthew tienen mucho de qué hablar.
—Pero...
—Nada —corta Nora entre dientes—. Ya has hecho suficiente daño por hoy. Camina.
Levi nos fulmina a ambos con la mirada, pero no añade nada más.
Sus ojos se detienen en Maddox por un segundo y hace que ella trague saliva con dificultad.
Finalmente, Levi suelta un suspiro pesado y se gira hacia la puerta.
Nora lo escolta hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, me dirige una última mirada y me regala un atisbo de sonrisa cómplice.
No sé si está feliz o si simplemente me está deseando suerte para salir vivo de esta. Como sea, la voy a necesitar.
El clic de la puerta al cerrarse retumba como un disparo.
El silencio que nos envuelve es asfixiante. Maddox no me mira. Tiene la vista clavada en la madera de la puerta por la que acaba de salir su padre. Su pecho sube y baja de forma errática, reflejando el caos que también me devora por dentro.
Doy un paso hacia ella.
— Tesoro ...
—No —me corta de inmediato, sacudiendo la cabeza. Trago saliva. Siento un hueco en el estómago. No sé si le está diciendo que no a la propuesta o si simplemente no puede con la conversación—. No. Ahora no puedo hablar de esto.
Sigue sin mirarme. Asiento, aunque ella no pueda verlo, bajando la vista. Me paso una mano por el cabello húmedo, desordenándolo por completo, intentando liberar la tensión que me quema los músculos.
—Entiendo —murmuro, con la voz ronca.
Me doy la vuelta y camino hacia la habitación. Necesito vestirme. Está claro que Maddox necesita espacio, que mi presencia ahora mismo la está sofocando, y yo prefiero cortarme un brazo antes de acorralarla.
Abro un cajón y saco mi ropa. Me estoy pasando por la cabeza mi camiseta cuando escucho el leve roce de sus botas contra el suelo de madera. Alzo la vista. Está parada en el marco de la puerta.
—¿Es verdad? —pregunta. Tiene las manos cerradas en puños apretados a sus costados, los nudillos blancos—. Lo que le dijiste a Levi... ¿es cierto?
Me quedo inmóvil por un segundo, procesando la duda real en su voz. Me dejo caer en el borde de la cama, sentándome lentamente mientras termino de acomodarme la camiseta.
—¿De verdad lo dudas?
La veo tragar saliva. Cierra los ojos con fuerza y niega con la cabeza.
—Necesito que lo digas, Matthew —exige, y se le quiebra la voz—.
Porque yo fui criada con un único propósito: ser la sucesora de Levi.
Nunca, jamás, hubo espacio para otras cosas en mi cabeza, mucho menos para la ridícula fantasía de casarme y tener una familia...
—Abre los ojos, y el brillo húmedo en sus pupilas esmeralda me atraviesa el pecho—.
Siempre he sido un arma, Matthew. Lo sabes.
Abandono la cama en un segundo. Cubro la distancia que nos separa con pasos largos y decididos.
—Yo jamás te vi así —confieso, deteniéndome justo frente a ella—.
A mis ojos, siempre fuiste Maddox. Eres, ante todo, una mujer.
Y puedes desear ser lo que te dé la maldita gana.
Tener o no una familia, casarte o no... Me importa una mierda cómo te criaron.
Me importa que te amo tanto que la sola idea de no pasar mi vida entera a tu lado me vacía por dentro.
Llego a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos parecen a punto de desbordarse.
—¿De verdad? —susurra, como si le faltara el aire. Asiento sin dudarlo—. ¿Aunque sea un monstruo?
—Igual que yo. —Me encojo de hombros, rozando el dorso de mi mano contra su mejilla—. No somos tan diferentes, Maddox.
—Lo somos —asegura con un nudo en la garganta, apartando el rostro un milímetro—. Lo somos, porque yo estoy dispuesta a hacer cualquier cosa.
—Sí. Igual que yo...
—No, Matthew —me interrumpe. Da un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestros pechos casi chocan. Sus manos suben y agarran la tela de mi camiseta, aferrándose a mí con desesperación—. Yo voy a asesinar a tu hermano.
Siento que mi corazón se detiene, pero no aparto la mirada. No me muevo un centímetro. Permanezco anclado frente a ella, respirando su mismo aire.
—Y yo seguiré enamorado de ti como el primer día —sentencio, mi voz profunda, resonando en la habitación—. Y seguiré teniendo la firme intención de hacerte mi esposa y construir un imperio a tu lado.
Maddox niega, frenética. Aprieta la tela de mi camiseta entre sus puños con tanta fuerza que tiembla, para luego soltarme bruscamente.
—No. No sabes de lo que hablas —murmura, retrocediendo.
La veo dar un paso atrás, y luego otro, como si yo fuera la amenaza y ella el animal acorralado. Es la primera vez en mi vida que veo a Maddox encogerse de esta manera. Comienza a caminar de espaldas por el pasillo, regresando a la sala.
—Sé exactamente de lo que hablo, Maddox —digo, dando un paso para seguirla, pero ella levanta una mano en el aire, frenándome en seco.
—¡No! —estalla, y la grieta en su voz me golpea el pecho con la fuerza física de una bala—.
Crees que puedes soportarlo ahora, porque estamos aquí, porque esto...
—Hace un gesto señalando el espacio entre ambos— se siente más grande que cualquier otra cosa.
Pero cuando lo haga, Matthew... Cuando lo mate y veas su sangre manchándome las manos, no vas a ver a la mujer con la que quieres casarte.
Vas a ver a la asesina de tu hermano. Vas a ver al monstruo que Levi creó.
Sus ojos esmeralda son un tormento en estado puro. Hay tanto caos en ellos que casi puedo palparlo. Veo el anhelo desesperado de creerme, luchando a muerte contra el terror absoluto de que termine destruyéndola. Se muerde el labio inferior hasta dejarlo blanco.
Está aterrada. No le teme a mi hermano, ni a la guerra, ni a la muerte. Le teme a la esperanza. Le teme a esta pequeña fantasía de una vida normal que le acabo de poner entre las manos, porque está convencida de que, si la abraza, la va a llenar de sangre y a hacer pedazos.
—Me odiarás —susurra. Su respiración es errática, una lágrima solitaria escapa y le corta la mejilla pálida.
Es como ver sangrar a una estatua de mármol—.
Y yo no podría soportarlo. Yo puedo vivir en la oscuridad, Matthew.
Nací en ella, sé cómo gobernarla. Pero si me das la luz, si me dejas creer por un segundo que puedo ser algo más que un arma, y luego me la quitas cuando te des cuenta de lo que realmente soy... eso me destruiría por completo.
Se abraza a sí misma, frotándose los brazos como si de repente el departamento se hubiera vuelto un congelador.
La dualidad la está partiendo en dos frente a mis ojos: la mujer que ansía ser amada grita pidiendo que la sostenga, mientras la asesina que fue entrenada para ser le ordena que huya para evitar daños colaterales.
Siente culpa por un crimen que aún no ha cometido, y siente pánico de perder un futuro que hasta hoy creía no merecer.
Me quedo quieto. Respeto la línea invisible que acaba de trazar, porque entiendo que, si la toco ahora, se romperá de forma irreversible.
—No te voy a pedir que elijas entre tu naturaleza y yo, tesoro —digo en voz baja, pero con una firmeza absoluta, asegurándome de que cada palabra se le grabe a fuego en los huesos—.
Y no voy a fingir que la muerte de mi hermano no me va a doler.
Pero si el precio por tenerte en mi vida, por despertar en tu cama cada maldito día y formar una familia contigo, es cargar con esa oscuridad juntos...
lo pago. Lo pagaré mil veces. Mi amor por ti no es condicional, Maddox.
No te amo a pesar de lo que eres, te amo por lo que eres. Todo. La luz y la puta oscuridad.
Maddox suelta un sollozo ahogado, un sonido rasposo que parece habérsele arrancado del pecho a la fuerza. Cierra los ojos y niega repetidamente, incapaz de lidiar con un amor que no le exige redención, sino que la acepta con las manos empapadas en sangre.
—Vete —murmura finalmente, dándome la espalda. Sus hombros suben y bajan, tensos como la cuerda de un arco a punto de reventar—. Por favor, Matthew. Mi cabeza es un puto caos ahora mismo. Dame tiempo. Solo... sal por esa puerta.
No es un rechazo definitivo. Es el grito de auxilio de alguien que necesita reconstruir sus muros solo para descubrir cómo volver a derribarlos.
Trago el nudo de pura angustia que me asfixia la garganta. Aunque cada célula de mi cuerpo me exige acortar la distancia, acorralarla contra la pared, rodearla con mis brazos y no soltarla hasta que deje de temblar, asiento a su espalda.
—Me iré —concedo, encaminándome lentamente hacia la salida—. Pero que te quede claro algo, Maddox: puedes intentar alejarme para protegerme de ti misma todo lo que quieras. No va a funcionar. Ya te elegí.
Cierro la puerta del departamento detrás de mí con suavidad, dejándola a solas con sus demonios, y apoyo la nuca contra la madera fría del pasillo exterior. Suelto un suspiro tembloroso, pasándome ambas manos por la cara.
La verdadera guerra será convencerla de que, aunque sea un arma, merece ser feliz. Y por ella, estoy dispuesto a quemar el mundo entero hasta las cenizas.