Capítulo 76
Maddox
La realidad parece haber vuelto a su cauce. O, al menos, a la retorcida versión de la normalidad que manejamos los Salvatore.
Hace una semana que Levi recibió el alta.
Sin embargo, los médicos le exigieron regresar para controles estrictos y curaciones, lo que derivó en que mi madre se instalara en una de las habitaciones de la mansión.
Pensé en volver a mi antiguo cuarto por un tiempo, solo para no perder de vista a mi padre, pero me quedó dolorosamente claro que ambos necesitaban espacio.
No tengo la menor idea de en qué punto está su relación, pero, al fin y al cabo, están casados. Dejaré que resuelvan sus propios demonios a puerta cerrada.
Nora me bombardea a mensajes contándome la evolución de Levi, y él me escribe a escondidas para quejarse de que mi madre le tiene prohibido el whisky. Es imposible no soltar una carcajada al leerlo; el antiguo Don de Chicago comportándose como un niño castigado y berrinchudo.
Por mi parte, hace una semana que retomé el peso absoluto de mis obligaciones como Regina de Draghi .
Le agradezco a Matthew por ayudarme a sostener el imperio a mi lado.
Es asfixiante procesar todo lo que mi padre hacía, especialmente considerando que de día también maneja un imperio legal de coches de lujo.
Aún no he tenido la charla con Matthew, pero se ha instalado extraoficialmente en mi departamento. En mi habitación. En mi cama, para ser exacta.
No ha vuelto a pisar su casa más que para buscar ropa limpia. Ha intentado que hablemos un par de veces, pero me he vuelto una experta en evadir el tema, usando mi cuerpo y cualquier otra táctica para convencerlo de quedarse callado y simplemente estar conmigo.
Está mal, lo sé. Es irónico. Hace un tiempo, él era quien quería ser honesto y yo huía por terror a que se alejara.
Pero ahora el miedo tiene otra textura. Porque una cosa es aceptar que soy un monstruo sediento de sangre y venganza, y otra muy distinta es asimilar que te estás yendo a la cama con la mujer que ansía asesinar a tu propio hermano.
Me ha demostrado de mil formas que no le importa, que está de mi lado. Pero las palabras son fáciles. El problema será cuando ocurra. Cuando la sangre corra y descubra que no lo soporta. Que le da asco mirarme a la cara.
Necesito retrasar ese momento a toda costa.
Así que pasa las noches enredado en mis sábanas. Desayunamos juntos y luego vamos al club. Él se encarga de rastrear la nueva droga que alguien tuvo la estupidez de ingresar a Chicago, y yo me ocupo de mantener a las familias socias alineadas. O aterradas. Lo que funcione mejor en el momento.
Todas las noches, antes de dormir, voy al depósito.
Me encierro en la celda de Marcio y lo torturo metódicamente hasta que me harto, para luego regresar a mi departamento, lavarme la sangre de las manos y deslizarme bajo las sábanas.
Matthew me atrae hacia su pecho, me envuelve entre sus brazos y dormimos profundamente, como si no fuéramos dos depredadores con las almas manchadas.
Sonrío contra el borde de la encimera cuando siento el calor de su cuerpo a mi espalda.
Sus brazos fuertes rodean mi cintura mientras esperamos a que la cafetera termine de gotear.
Esconde el rostro en la curva de mi cuello, su nariz rozando mi piel, y cuando aspira mi perfume, un escalofrío eléctrico me recorre desde la nuca hasta la punta de los dedos.
—Buenos días, tesoro —murmura. Su voz es ronca, pesada por el sueño, y siento que me derrito en el acto—. ¿Qué quieres hacer hoy?
Dudo un segundo y me giro entre sus brazos, apoyando las manos en su pecho desnudo.
—Debería visitar a Levi —Matthew asiente, inclinándose para dejar un beso suave en mi frente—. Y tengo que hablar con Will. Necesitamos saber de una maldita vez quién metió esa droga.
—De acuerdo, te acompaño —responde, bajando para capturar mis labios en un beso lento y perezoso—. De todas formas, ayer les dejamos bastante claro a todos que no hay lugar para esa porquería en nuestra ciudad.
—Sí, el problema es que, si les importa una mierda lo que decimos, harán lo que quieran.
Matthew se encoge de hombros, rozando su nariz con la mía.
—Eres la dueña de todo, Maddox. Tú decides qué hacer si no siguen tus órdenes. —Me da un beso rápido, de esos que me dejan queriendo más, y da un paso atrás—. Me daré una ducha rápida y luego vamos a la mansión, ¿bien?
Asiento, viéndolo caminar hacia el pasillo.
En cuanto la cafetera emite un pitido, me sirvo el café negro en una taza grande y echo dos rebanadas de pan a la tostadora.
Bebo un sorbo antes de ir a la habitación.
Escucho el agua de la ducha correr mientras abro los cajones para buscar ropa.
Me pongo unos pantalones oscuros y una camiseta de tirantes básica, buscando mis botas favoritas.
Me las calzo con rapidez y regreso a la cocina.
Tomo mi taza, pero me congelo en el sitio cuando escucho dos golpes secos en la puerta principal. Arrugo la frente confundida porque no espero a nadie. Dejo la taza en la isla y me acerco, quitando el seguro con cautela.
Al abrir, el aire se me atasca en los pulmones.
Mi padre está de pie en el pasillo, apoyado en un bastón elegante, regalándome una sonrisa inmensa. Detrás de él, Nora también me sonríe. Pero la alegría de mi madre dura exactamente un segundo. Su mirada escanea mi expresión y sus labios se tuercen en una mueca de comprensión absoluta.
—¿Q-qué...? —es lo único que logro articular.
—Buenos días, abejita —saluda Levi con entusiasmo. Se adelanta, me da un medio abrazo rápido y entra al departamento. Camina con cierta rigidez; aún le cuesta moverse con libertad—. Con tu madre creímos que sería una excelente idea venir a desayunar juntos.
—¿De verdad? —siseo entre dientes.
Mi madre aprovecha que Levi avanza hacia la sala para acercarse a darme un beso en la mejilla.
—Dime que no está aquí —me suplica en un susurro inaudible.
Aprieto los labios en respuesta y Nora cierra los ojos un segundo.
—Mierda, Maddox.
Me esquiva y entra al departamento. Cierro la puerta con el pulso martilleándome en los oídos. Miro de reojo el pasillo que conecta con mi habitación y rezo a cualquier dios dispuesto a escucharme para que Matthew no salga.
—¿Qué dices, mia cara ? —pregunta mi padre, acomodándose cerca de la cocina.
—Dante —interrumpe mi madre, con un tono ligeramente agudo—. ¿Por qué no bajamos a desayunar? He visto un café precioso en la calle siguiente...
—Pero Maddox ya tiene la cafetera encendida —replica Levi, señalando la isla con el bastón—. No la haremos perder el tiempo.
— Tesoro ...
La voz ronca de Matthew inunda la sala.
Deseo, con cada célula de mi cuerpo, que el suelo de porcelanato se abra y me trague entera.
Matthew se detiene en seco a un par de metros del pasillo. Como las paredes ocultan el ángulo, al principio solo me vio a mí, pero al dar un paso más, la imagen de mis padres se despliega ante él.
Trago saliva. Está semidesnudo. Lleva una toalla blanca envuelta peligrosamente baja en las caderas y otra más pequeña en la mano, secándose el cabello mojado. Gotas de agua resbalan por su pecho tatuado.
—Mierda —murmuro.
La escena parece transcurrir en cámara lenta.
Veo a mi padre congelarse. Sus ojos verdes se abren de par en par, asimilando la imagen del hombre en toalla en el departamento de su hija.
Sus manos se cierran en puños tan apretados que los nudillos crujen.
Y entonces, la máscara del padre amoroso se quiebra en mil pedazos.
Su expresión se transforma en pura y absoluta furia homicida.
—Te voy a asesinar —ruge Levi.
Ignorando el dolor de sus heridas, arremete contra Matthew.
Cualquiera en su sano juicio habría retrocedido, pero Matthew no, cuadra los hombros, dispuesto a enfrentarlo. Conozco esa mirada en mi padre, la he visto antes de que alguien termine en una bolsa para cadáveres, así que me lanzo entre ambos, frenando el avance de Levi con mi propio cuerpo.
—Maddox, hazte a un lado —me ordena Matthew, su voz baja y peligrosamente tranquila a mi espalda.
—No —replico en seco.
Mi padre ni siquiera me mira. Se detiene a escasos centímetros de mí, pero la tensión en el aire es tan densa que asfixia. Sus fosas nasales se dilatan; respira con furia contenida. Está a un segundo de cometer un asesinato.
Matthew, por el contrario, es un bloque de hielo. Lo siento a mi espalda, inamovible. Ahora que los veo frente a frente, me doy cuenta de que tienen exactamente la misma estatura. Y a Matthew no le intimida el Don en lo absoluto.
—Hazte a un lado, ahora, Maddox —gruñe mi padre, arrastrando cada sílaba.
—No —repito, levantando la barbilla.
Por el rabillo del ojo, veo a Nora acercarse, lista para intervenir.
— Tesoro , hazte a un lado —vuelve a pedir Matthew, rozando mi cadera con su mano desnuda.
Ese contacto, y esa maldita palabra, son el detonante.
—Si la vuelves a llamar así, te voy a arrancar los ojos, Hardaway —escupe Levi, perdiendo los estribos.
—¡Levi! —grito—. ¡No te comportes como un salvaje!
Los ojos verdes de mi padre por fin bajan para clavarse en los míos. Están inyectados en sangre.
—Maddox. Hazte a un lado. Tengo un asunto que arreglar con tu consigliere .
Niego con la cabeza, incrédula ante su actitud territorial.
—No.
—Maddox.
—Promete que no lo vas a golpear —exijo en un susurro feroz.
Mi padre me sostiene la mirada un segundo antes de torcer los labios en una sonrisa sádica.
—No lo golpearé. Le arrancaré la garganta.
—¡Dante! —El grito de mi madre estalla como un látigo. Su autoridad es tan repentina que me sobresalta. Coloca una mano firme sobre el hombro de Levi—. Estás completamente fuera de lugar. Contrólate.
—¡No, te diré quién está fuera de lugar! —grita Levi, soltándose del agarre de Nora y apuntando a Matthew con un dedo tembloroso por la ira—. ¡Tú! ¡Es mi hija! Por el amor de Dios, le llevas... ¿qué? ¿Diez malditos años? —Niega con la cabeza, asqueado—. Hazte a un lado, Maddox.
Siento las manos grandes de Matthew aferrar mi cintura.
Con un movimiento firme pero suave, me aparta de su camino.
Me giro hacia él, confundida, pero no tengo tiempo de reaccionar.
En menos de un segundo, el puño de Levi vuela por el aire y se estrella con un sonido sordo contra la mandíbula de Matthew.
El impacto hace que la cabeza de Matthew gire bruscamente.
Pero el quejido de dolor brota de ambos.
El golpe obligó a Levi a torcer el torso, estirando las incisiones recientes de su abdomen.
—¡Dante! —chilla Nora, horrorizada, sosteniéndolo por el brazo cuando él trastabilla.
—¡Levi! —gruño, empujando a mi padre por el pecho para alejarlo—. ¿Qué demonios te pasa?
Me giro hacia Matthew de inmediato, pero él levanta una mano, deteniéndome.
—Estoy bien —dice.
Un hilo de sangre oscura brota de la comisura de su labio inferior. Se pasa el pulgar para limpiarlo, sin inmutarse. Gira el rostro lentamente, volviendo a fijar sus ojos fríos en mi padre
—Levi, no hace falta liarnos a golpes. Si quieres hablar...
—¡No voy a hablar una mierda contigo! —ruge Levi, pero un pinchazo de dolor lo obliga a doblarse ligeramente con un jadeo.
Mi madre pone los ojos en blanco, sosteniéndolo con fuerza.
—Estoy bien... —masculla él.
—No, no lo estás —sentencia Nora, su voz gélida cortando el drama de raíz—. Y meterte en una pelea a puñetazos con un hombre diez años menor que tú no va a resolver absolutamente nada.
Mi padre aparta la vista de Nora al instante.
Hay un destello fugaz de vergüenza en su rostro antes de que la rabia vuelva a dominarlo.
Intento dar un paso hacia Matthew, pero él me dirige una mirada de advertencia y niega imperceptiblemente con la cabeza.
Tiene razón; si lo toco ahora, Levi será capaz de sacar un arma.
Levi se yergue todo lo que su cuerpo maltrecho le permite y clava una mirada venenosa en Matthew.
—La conoces desde que era una niña —escupe, y el asco en su voz es palpable—. La manipulaste todos estos años para... ¿qué? ¿Para llevártela a la cama en cuanto yo estuviera fuera de combate?
—¡Papá! —estallo, asqueada por sus palabras.
La mandíbula de Matthew se tensa de tal forma que temo que se rompa los dientes.
—¿De verdad eso es lo que crees? —sisea Matthew, y su tono es tan letal que la temperatura de la habitación parece descender diez grados—. No me conoces ni un poco al parecer, Levi.
Mi padre niega, burlón.
—Quizás no. —Se gira hacia mi madre, atando cabos, y la traición inunda su rostro—. Tú lo sabías. ¡Sabías de esta mierda!
—Por favor, Levi, no seas cínico —responde Nora sin pestañear—. No hay que ser un genio para notar cómo él babea por nuestra hija desde hace años.
Bajo la vista, mordiéndome el labio inferior, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Mierda —gruñe Levi.
—¿Y exactamente qué es lo que te molesta de esto, Dante? —continúa mi madre, implacable—. ¿Que sea su consigliere o que le lleve diez años?
—¡Es mi niña! —ruge él.
—Tu niña es una mujer adulta —le recuerda Nora entre dientes, mirándolo con un reproche tan afilado que Levi se ve obligado a bajar la vista—.
Tu niña lidera Draghi . ¿Puede ser la maldita Regina de la mafia, dar órdenes de ejecución, pero no puede salir con un hombre diez años mayor?
¿El mismo hombre que ha velado por su seguridad con su propia vida?
¿El hijo de tu mejor amigo? ¿De verdad es tan descabellado, Levi?
—No lo entiendes —gruñe él.
—No, el que no lo entiende eres tú. Tu problema es que sigues queriendo controlarla, porque te aterra que no te necesite.
¿No aprendiste la lección en esa cama de hospital?
—Trago saliva ante la brutalidad de las palabras de Nora.
Intercambio una mirada rápida con Matthew.
Vuelvo a ver a mi padre, y noto un brillo doloroso en sus ojos antes de que apriete la mandíbula—.
Deja de comportarte como un puto niño celoso, Dante.
Levi maldice en italiano, pateando el suelo de madera, lo que solo consigue que suelte otro quejido de dolor. Mi madre suelta un suspiro cargado de impaciencia, hastiada de su testosterona.
Observo toda la escena sintiéndome en medio de una película surrealista. Pero, en el fondo, siento un alivio retorcido. Ya era hora de que la bomba estallara. Si Matthew y yo íbamos a seguir adelante, ocultárselo a Levi solo habría traído más problemas.
El silencio inunda la sala. Mi padre respira con dificultad, intentando recomponer su máscara. Cuando vuelve a mirar a Matthew, sus ojos ya no buscan asesinarlo, pero sí desollarlo vivo.
—¿Qué quieres de mi hija? —exige saber—. Porque si tu puto plan es usarla y desecharla...
El pecho de Matthew sube y baja. Sigo el movimiento casi por inercia, mis ojos cayendo sobre el intrincado tatuaje del dragón que adorna su pectoral izquierdo.
Matthew levanta la barbilla. No hay duda, ni miedo, ni una pizca de arrepentimiento en sus ojos cuando sostiene la mirada asesina del hombre que le enseñó todo.
—Quiero casarme con ella.
El silencio en la habitación se vuelve absoluto.