Capítulo 75 #2
—Era... intensa —añade Nora con una risa suave—. Pero leal hasta los huesos. Jamás conocí a nadie como ella.
Bajo la vista hacia la punta de mis botas negras. Si Nora sigue escarbando en el recuerdo de mi madre, voy a terminar perdiendo el control.
—Jacob, en cambio... —Nora niega con la cabeza, riendo por lo bajo—. Era un dolor de cabeza. Impulsivo, sarcástico. Hizo locuras impensables solo para que ella se fijara en él. Aunque recuerdo una vez que Milenka intentó clavarle un cuchillo en el muslo por excederse con sus bromas.
Una sonrisa sincera se me escapa. Alzo la vista hacia ella.
—Eso me recuerda peligrosamente a Maddox —comento. Nora asiente, dándome la razón—. Hay demasiadas cosas que no sé sobre ellos.
El rostro de Nora se suaviza, teñido de una tristeza profunda.
—Milenka amaba a Jacob de una forma que para el resto del mundo no tenía sentido.
Lo amaba con ferocidad, con una lealtad brutal, y con ese instinto asesino que solo poseen los que son un poco...
monstruos. —Se encoge de hombros—. Nunca entendí esa clase de amor devoto hasta que vi a Levi en esa camilla.
—El amor a veces nos convierte en monstruos —susurro, y el peso de mis propias palabras me ancla al suelo.
Nora me clava la mirada.
—Me agradas, Matthew —dice, cruzándose de brazos—. Y te seré sincera: nunca vi a Maddox tan viva ni tan feliz como cuando está contigo.
La culpa me raspa la garganta.
—Le mentí —confieso en un susurro ronco, incapaz de sostenerle la mirada—. No la he hecho feliz todo el tiempo.
Ella bufa con cansancio, restándole importancia con un gesto de la mano.
—¿Y quién demonios no ha mentido alguna vez en este mundo?
—Me observa con severidad—. ¿Sabías que Jacob descubrió que Milenka era la heredera de la Bratva cuando tu abuelo intentó llevársela a Moscú a la fuerza?
Milenka se lo ocultó durante meses porque le aterraba que Jacob no la quisiera si descubría el monstruo que llevaba dentro.
Jacob se lo perdonó, por supuesto. Si había un hombre en la tierra que amara a tu madre con locura, era tu padre.
Mi pecho se expande. Regreso la vista hacia ella, encontrando consuelo en sus palabras.
—Amo a Maddox —confieso.
Nora asiente, conforme.
—Lo sé, Matthew. Y me alegra, porque te aprecio. Siempre le prometí a Milenka que cuidaría de ti si ella faltaba. —Da un paso hacia mí, y la calidez maternal desaparece—. Pero amo más a mi hija. Así que, si la vuelves a hacer llorar...
—Entiendo —la corto de inmediato, sosteniéndole la mirada sin titubear—. Antes de permitir que derrame una sola lágrima por mi culpa otra vez, prefiero meterme una bala en el cráneo yo mismo.
—Bien —sisea entre dientes—. Porque de lo contrario, la que apretará el gatillo seré yo.
Asiento con respeto. Ella se da la vuelta para regresar a la habitación, pero se detiene a medio camino y me mira por encima del hombro.
—Y espero que no tardes mucho más en proponerle matrimonio.
Abro los ojos de par en par, completamente descolocado.
—¿Cómo...? —empiezo a preguntar, pero las palabras mueren en mi boca.
Nora chasquea la lengua y me dirige una mirada de pura suficiencia.
—Solo un idiota no se daría cuenta, Matthew.
Estoy a punto de replicar cuando la puerta de la habitación se abre y una tercera voz inunda el pasillo.
—Oh, aquí están.
Maddox nos mira. Tiene los ojos hinchados y enrojecidos, pero sus mejillas han recuperado ese color saludable y hay una luz nueva en su rostro.
No puede ni quiere ocultar la felicidad absoluta que le desborda el alma, y esa visión basta para calentarme el pecho y disipar cualquier rastro de oscuridad.
—Levi quiere verlos —nos avisa, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el interior—. Y también exige comida. Está insoportable.
Nora suelta una carcajada limpia, negando con la cabeza.
—Ese hombre solo ha pensado en comer desde que abrió los ojos —comenta, caminando hacia la puerta. Pasa por el lado de Maddox y entra—. Ustedes quédense con él. Iré a buscar a una enfermera.
—De acuerdo —murmura Maddox.
Espero a que Nora desaparezca por el pasillo antes de acercarme a Maddox. Cuando llego a su altura, me regala una sonrisa cómplice e imperceptible. Su mano roza la mía, rozando sus nudillos contra mis dedos durante un microsegundo antes de apartarse.
Sé perfectamente lo que está haciendo. Lo último que necesita Levi en este momento, recién salido de un coma, es enterarse de que su hija y su consigliere han cruzado todas las líneas posibles. Podría darle un puto infarto y esta vez sí que no sobrevive.
Pero me quema por dentro.
Me muero porque Levi lo sepa. Porque el mundo entero lo sepa.
No tengo idea de cómo serán las cosas entre nosotros de ahora en adelante, pero hay algo de lo que estoy absolutamente seguro.
Necesito que Levi me acepte, necesito poner un maldito diamante en el dedo de su hija y necesito construir un imperio a su lado, cueste la sangre que cueste.
Necesito gritarle a esta ciudad, y a quien se atreva a interponerse, que Maddox Salvatore es mía, con la misma fuerza despiadada con la que yo soy suyo.