Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 75
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Capítulo 75

Matthew

El metal helado del capó de mi coche me traspasa la chaqueta, pero apenas lo noto.

Son las tres de la mañana. Llevo más de media hora aparcado en el callejón trasero del depósito, esperando en la oscuridad.

Sé que Maddox sigue ahí abajo; Will me confirmó por las cámaras de seguridad que el espectáculo aún no terminaba. Me negué a pedirle detalles.

Puedo imaginar perfectamente la carnicería que está llevando a cabo en ese sótano, pero prefiero mantenerme al margen. Hoy le tocaba a ella ser el verdugo.

Me cruzo de brazos y exhalo una nube de vaho en la noche helada de Chicago. Reviso la hora en el móvil por quinta vez, pero el chasquido metálico de la pesada puerta de seguridad me obliga a levantar la vista.

Ahí está.

Emerge de las sombras como el mismísimo diablo, envuelta en ropa negra.

No debería cortarme la respiración verla así, pero lo hace.

Se ha intentado limpiar, pero veo algunas manchas oscuras que salpican sus brazos y su ropa.

Abandono mi postura contra el coche y doy un paso hacia ella.

Aún no me ha visto; está demasiado concentrada intentando encender un cigarrillo con las manos ligeramente temblorosas por la adrenalina.

No estoy seguro de en qué momento empezó a fumar, pero la he visto hacerlo en mi apartamento, cuando el insomnio nos devoraba a ambos.

La llama del encendedor ilumina sus facciones afiladas por un segundo. Guarda el mechero, levanta la barbilla y exhala una densa nube de humo gris. Entonces clava sus ojos en mí. Se queda inmóvil a un par de metros de distancia.

—No sabía que estabas aquí —dice. Su voz suena ronca y el eco retumba en el callejón desierto—. ¿Me escribiste? Podría haber terminado antes.

Acorto la distancia que nos separa con pasos largos.

Antes de que pueda decir algo, paso un brazo alrededor de su cintura, hundo los dedos en la tela de su chaqueta y tiro de ella contra mi pecho.

Estampo mis labios contra los suyos con una intensidad que la hace jadear.

Sabe a menta y a tabaco. La beso hasta que la tensión abandona sus hombros.

—¿Y eso por qué fue? —susurra contra mi boca, casi sin aliento.

Me encojo de hombros, rozando mi nariz con la suya.

—Te extrañé.

Una sonrisa arrogante y preciosa tira de la comisura de sus labios. Vuelve a llevarse el cigarro a la boca, pero se lo quito de los dedos, la beso una vez más y lo arrojo al asfalto. Ella se contiene para no poner los ojos en blanco, odia que haga eso.

—¿Cómo estás? —pregunto, escudriñando su mirada.

—Espléndida —responde.

Y sé que es verdad. Hay un brillo salvaje y satisfecho en sus ojos que me calienta la sangre. Niego con la cabeza, incapaz de reprimir una media sonrisa.

—Son las tres de la mañana, tesoro . Creí que a esta hora estarías durmiendo.

—Los gritos de mis enemigos son mi maldita canción de cuna —replica con naturalidad.

Suelto un suspiro pesado, rindiéndome a su locura, y la atraigo aún más contra mí.

—¿Qué quieres hacer ahora?

Ella baja la vista hacia su ropa, evaluando el daño. El olor a hierro oxidado de la sangre fresca llega hasta mí.

—Debería darme una ducha —murmura, arrugando la nariz—. Y empezar a usar un maldito delantal.

—Definitivamente deberías. —Me inclino para dejar un beso largo en su frente. Tomo su mano, entrelazando nuestros dedos, y tiro de ella hacia la puerta del copiloto—. Vamos. Te puedes dar una ducha, y si quieres, pasamos por el hospital a ver a tus padres.

Maddox asiente en silencio. Le abro la puerta y espero a que suba antes de rodear el coche y ocupar mi lugar.

Hago rugir el motor y me integro en las calles vacías de Chicago.

Enciendo la radio a volumen bajo. La veo dejarse caer contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos, buscando un momento de tregua.

Pero la paz nos dura exactamente tres minutos.

El tono estridente de su teléfono rompe la melodía de la radio. Maddox abre los ojos de golpe y saca el aparato del bolsillo de su chaqueta con urgencia. Por el rabillo del ojo, distingo el nombre de su madre en la pantalla iluminada.

La atmósfera dentro del coche cambia drásticamente.

—¿Mamá? ¿Qué ocurrió? —pregunta, y el pánico le estrangula la voz.

No alcanzo a escuchar a Nora del otro lado de la línea, pero el impacto de sus palabras golpea a Maddox con fuerza. Una lágrima solitaria, traicionera, resbala por su mejilla pálida. Maldigo entre dientes, apretando el volante hasta que los nudillos se me ponen blancos.

—De acuerdo —murmura Maddox, con un hilo de voz. Cuelga y gira el rostro hacia mí. Sus ojos están cristalizados, pero su expresión es imperturbable—. Levi despertó.

Piso el freno de golpe, giro el volante con brusquedad para cambiar de carril y hundo el acelerador a fondo, saltándome un semáforo en rojo en dirección al hospital.

El trayecto se convierte en un borrón de luces de neón y asfalto. Maddox no articula una sola palabra. Se limita a apretar el móvil entre las manos, con la vista clavada en el parabrisas, mientras las lágrimas le empapan el rostro en silencio.

Veinte minutos después, derrapo frente a la entrada principal del hospital.

Ni siquiera he apagado el motor cuando Maddox abre la puerta y sale disparada hacia el interior del edificio.

Corro detrás de ella, ignorando a la recepcionista, ni siquiera espera al ascensor; se lanza hacia las escaleras y las sube de dos en dos.

Me mantengo pegado a su espalda, dispuesto a ser su escudo, su soporte o lo que sea que necesite cuando cruce esa maldita puerta.

Alcanzamos el pasillo del primer piso. Maddox va directo hacia la zona de seguridad. Se detiene en seco frente a la habitación de su padre. Su cuerpo entero tiembla, y su mano izquierda se queda paralizada sobre el picaporte metálico.

Apoyo una mano en la base de su espalda, dándole el valor que le falta. Ella toma aire, gira el pomo y empuja la puerta.

Nora está a los pies de la cama, con los brazos cruzados. Y ahí está él. Levi Salvatore está despierto. Tiene las manos descansando sobre su regazo, la cabeza apoyada en las almohadas y, para ser un cabrón que pasó días en coma por una bala, luce malditamente invencible.

Maddox se queda congelada en el umbral.

Los ojos de Levi la encuentran al instante. Una sonrisa inmensa, cargada de alivio, le ilumina el rostro. Se le llenan los ojos de lágrimas al ver a su hija.

Eso es todo lo que Maddox necesita.

El diablo que torturaba hombres hace media hora desaparece, y la chica aterrorizada por perder a su padre echa a correr hacia la cama. Levi abre los brazos justo a tiempo para que ella se estrelle contra su pecho.

Trago saliva con dificultad. El sonido del llanto desgarrador de Maddox llena la habitación, rompiendo algo muy profundo dentro de mi propio pecho, para luego volver a ensamblarlo de una forma nueva.

—No te odio —solloza Maddox, aferrándose a la bata de su padre como si temiera que fuera a desaparecer—. No te detesto, papá. No te odio...

—Está bien, mia cara —susurra Levi con voz áspera. Entierra el rostro en el cabello de su hija y le acaricia la espalda con adoración—. Estoy aquí.

—Lo siento tanto —llora ella, temblando de pies a cabeza—. No quise decir todo eso... Estaba tan enojada, pero no te odio. Te quiero. Te amo demasiado. Me aterraba pensar que podías morir creyendo que...

—Ya, ya pasó —la interrumpe Levi, apretándola más contra él—. Te quiero, Maddox. Estoy aquí.

El llanto de Maddox se vuelve más fuerte. Escucho a Nora sollozar a mi izquierda. Levi levanta la mirada hacia su mujer y le sonríe con devoción absoluta. Nora no resiste un segundo más y se lanza a la cama, envolviéndolos a ambos en un abrazo.

Observo a la familia Salvatore reconstruirse frente a mis ojos.

El nudo en mi garganta se vuelve insoportable.

Levi me mira por encima del hombro de su hija.

Sus ojos brillan con gratitud infinita. Le devuelvo una sonrisa apretada, asiento en silencio y doy un paso atrás, cerrando la puerta con cuidado para dejarles su momento.

Me alejo un par de metros por el pasillo vacío. Dejo caer mi espalda contra la pared, flexiono una rodilla y cierro los ojos, exhalando todo el aire que tenía contenido en los pulmones.

Quiero esto. Quiero una familia. Siempre la he querido.

Y siempre me he imaginado a Maddox en el centro de ella.

Me importa una mierda que no tengamos una vida normal.

Me da igual que ella sea la jefa de uno de los imperios criminales más sanguinarios del país, o que mi trabajo como su consigliere sea ensuciarme las manos con sangre.

Quizás soy un idiota, pero la quiero. Quiero construir con ella todo lo que me arrebataron.

Maddox tuvo una segunda oportunidad hoy. Estaba aterrorizada de que su padre muriera pensando que ella lo odiaba, pero el destino le regaló este momento.

Yo jamás tendré esa oportunidad.

Mis padres murieron sin saber que eran el centro de mi universo.

Siempre fui frío y calculador, convenciéndome de que las acciones valían más que las palabras.

Creí estúpidamente que mis padres sabían lo mucho que los admiraba y amaba porque les era leal.

Nunca los miré a los ojos para decirles que los quería.

Y he pasado cada puto día de los últimos años arrepintiéndome.

—Eres exactamente igual a tu madre.

Abro los ojos de golpe. Nora está de pie frente a mí. Sus ojos marrones, aún enrojecidos por el llanto, me evalúan como si fuera la primera vez. Hay una sonrisa nostálgica en sus labios. Siento un picor molesto detrás de los párpados, pero mantengo la compostura.

—Tienes su misma mirada salvaje —continúa, apoyándose en la pared a mi lado—. ¿Sabías que a los quince años Milenka escapó de Rusia, y cuando los hombres de su padre intentaron arrastrarla de vuelta, ella misma asesinó a dos de los guardias?

Trago saliva. Conozco la historia. No porque alguien se haya sentado a contármela, sino porque a los doce años encontré los viejos diarios y cartas de mi madre escondidos en un cajón.