Traición y Sangre II (Draghi 2) Capítulo 74
90%

Capítulo 74

Maddox

Me despierto buscando mi móvil a ciegas.

Ruedo entre las sábanas desordenadas, estiro el brazo hacia la mesa de noche y atrapo el aparato, parpadeando contra la luz de la pantalla para enfocar la vista.

Las cortinas están abiertas y el sol de la mañana inunda la habitación.

El lado de la cama de Matthew está vacío, pero el sonido tenue proveniente de la cocina y el aroma a café recién hecho me calientan el pecho al instante.

Sigue aquí. Conmigo.

Reviso las notificaciones. No hay ningún mensaje de mi madre. Un nudo frío se me instala en la garganta; la falta de noticias significa que mi padre sigue exactamente igual. Deslizo la pantalla, ignorando el dolor sordo, y abro los mensajes de Will.

Will:

Les administré la dosis exacta para que permanezcan

sedados hasta que tú des la orden. Por otro lado, Máximo se movió.

Sigue en Chicago, pero se metió en un motel de mala muerte

sobre una gasolinera en las afueras. Quizás planea huir.

Maldigo entre dientes. Mi pequeña visita nocturna surtió efecto.

Maddox:

No hagas nada. Veamos qué pretende.

Solo asegúrate de que no se dé cuenta de que lo tenemos rastreado.

Will:

Copiado.

Estoy a punto de bloquear la pantalla cuando entra un mensaje de Jace. Pongo los ojos en blanco, me acomodo la sábana sobre el pecho desnudo y busco a tientas la enorme camiseta negra de Matthew que quedó tirada en el suelo la noche anterior.

Jace:

Jackson asomó la cabeza de nuevo.

Me paso la camiseta por la cabeza y tecleo rápido.

Maddox:

¿Qué demonios quiere ahora?

Jace:

Esta vez no busca problemas.

Quiere hablar sobre una nueva droga

que empezó a circular en los callejones.

Supongo que está tanteando el terreno

para saber si somos nosotros.

Maddox:

No es nuestra. No cambiamos de proveedores

ni metimos nada nuevo en las calles.

Jace:

Lo sé. Pero tenemos que investigar de dónde salió

y tomar una decisión antes de que nos coman el territorio.

Suelto un suspiro que me vacía los pulmones. El mundo sigue girando. Tengo a los responsables de mi infierno encadenados en un sótano, mi padre está en coma luchando por su vida, y aun así, la mafia no descansa. ¿Cómo demonios hacía Levi para sostener este imperio sin volverse loco?

Maddox:

Nos vemos en el club por la tarde.

Abro el navegador, dispuesta a buscar cualquier estadística absurda sobre pacientes en coma inducido que me dé una falsa esperanza, pero una mano grande me arrebata el teléfono.

—¡Hey! —protesto, alzando la vista.

Matthew está de pie junto a la cama. Sostiene una bandeja de desayuno en una mano y mi móvil en la otra. Me mira con una ceja arqueada, evaluando la pantalla antes de bloquearla.

—No es lo que parece... —intento excusarme.

—¿Sabes que no es tan sencillo como buscar sus síntomas en internet, verdad? —lanza el móvil al lejos y deposita la bandeja sobre colchón—. Despertará, Maddox. No te tortures buscando respuestas que no encontrarás.

Tomo la taza de café humeante y le doy un sorbo sin apartar la vista de la comida. Hay un tazón con fruta picada, cereales y las tostadas que me gustan. El estómago me ruge con violencia.

—¿Cuándo? —murmuro, levantando la mirada hacia él—. ¿Cuándo va a despertar?

Se encoge de hombros con suavidad, sentándose en el borde de la cama.

—Es Levi Salvatore, tesoro . El cabrón más terco que pisó esta tierra —suspira—. Despertará cuando se le dé la puta gana.

Se me escapa una risa amarga y niego con la cabeza.

—Tenemos que ir al hospital a verlo...

—Iremos —asegura, robándome la taza de café para darle un sorbo—. ¿Por qué tienes esa expresión?

Arrugo la frente, tomando una tostada y dándole un mordisco. Joder, tenía un hambre voraz y ni siquiera me había dado cuenta. Pensándolo bien, anoche no cenamos y mi última comida real fue hace días.

—¿Qué expresión?

—Esa. Como si tuvieras una lista mental de mil cabezas por cortar y te estuviera estresando no tener tiempo para decapitarlas a todas. —Toma el tenedor y pincha una fresa—. ¿Qué ocurre?

Debería asustarme lo mucho que me conoce, pero solo me ancla a la tierra.

—Jace me escribió. Dice que Jackson contactó con él por una nueva droga que está inundando los barrios bajos.

Matthew frunce el ceño, masticando la fruta.

—¿Nueva droga? —Asiento—. Imposible. Tenemos ese mercado controlado.

—Eso creía yo. Alguien está moviendo mercancía sin nuestro permiso.

—Ya —dice, pensativo—. Al menos Jackson tuvo el cerebro de informarte.

—Claro, después de lo que le hice, más le valía —mascullo con la boca medio llena. Matthew me dedica una sonrisa torcida—. Si dudan de mí, tendré que recordarles por qué soy la jefa a base de amenazas.

Matthew se ríe por lo bajo.

—Bien. Haremos todo eso. ¿Qué más hay en la lista? —Dudo un segundo, pero él me lee los ojos—. Quieres ver a Marcio.

—No soporto un puto minuto más sin empezar a torturarlo —confieso.

Él asiente, comprensivo.

—¿Algo más? —insiste, notando mi vacilación. Muerdo el interior de mi mejilla, evaluando si es prudente lanzar la bomba ahora. Él entrecierra los ojos—. Me estás ocultando algo.

—Hace un par de noches... fui a visitar a tu hermano.

Su expresión se congela. Sus cejas se juntan y el ambiente en la habitación se tensa, aunque él intenta disimularlo clavando la vista en la bandeja.

—¿Y eso a qué viene?

—Quería dejarle claro que entregarme un USB no borra sus pecados. —Matthew baja la taza con lentitud y exhala un suspiro pesado. Arqueo una ceja—. ¿Tú creías que sí?

—Sí —la culpa le raspa la voz. Se pasa una mano por el cabello, frustrado—. Llegué a pensar que...

—¿Qué? ¿Que iba a perdonar a Máximo? —Su silencio es toda la respuesta que necesito—. Tu hermano merece morir.

—Lo sé —asiente. Hay un brillo oscuro en sus ojos—. Sé que suena retorcido que hable así de mi propia sangre, lo siento...

—No —lo corto, implacable—. No te disculpes. Esto es entre él y yo.

—Haré lo que me pidas, Maddox. Incluso si eso significa no involucrarme.

—Bien. El punto es que tengo demasiadas cosas encima. Lo principal es ver a mi padre, pero sigo siendo la Regina de Draghi y tengo que encargarme de Jackson. Si a eso le sumo que me niego a retrasar la sesión con Marcio Silva... Mierda, ¿cómo demonios hacía Levi para manejar todo esto sin colapsar?

Matthew suelta una carcajada limpia. Se inclina hacia mí y me toma de la barbilla con dos dedos, obligándome a mirarlo.

—Tenía un consigliere —susurra, rozándome los labios. Sonrío—. Y por suerte para ti, tú también tienes uno dispuesto a quemar la ciudad si se lo pides. —Acaricia mi mejilla con el pulgar—. Tú ve a divertirte con Marcio. Yo me encargo de Jackson. ¿De acuerdo?

◆◆◆

El hospital sigue siendo una zona de guerra silenciosa.

Mi padre aún no despierta. El sabor a bilis se me asienta en la lengua y el nudo en el estómago amenaza con doblegarme. Pero Matthew es un muro de contención absoluto. Él y los mensajes constantes de Penny me mantienen cuerda.

Con Matthew las cosas fluyen con una naturalidad que asusta.

No hemos hablado de lo que sucedió ayer, pero la incomodidad no existe entre nosotros.

Estoy extendiendo lo que ya sé: lo he perdonado.

Quizás estaba cometiendo un error, quizás debería seguir odiándolo por haberme ocultado la verdad, pero me es físicamente imposible.

Mi amor por él es mil veces más violento que mi orgullo.

El único cabo suelto es Máximo.

Noté el cambio en la mirada de Matthew cuando le recordé que lo quiero muerto.

No dudo de su lealtad; se ha cansado de jurarme que él mismo le volaría los sesos a su hermano si yo se lo ordenara.

Pero las palabras son solo eso. ¿Me miraría con la misma devoción después de que yo asesinara a su sangre?

¿O el peso de ese cadáver terminaría por pudrir lo nuestro?

Tendría que enfrentarme a eso pronto. Pero hoy, la prioridad es Marcio Silva.

Esta mañana encontré a mi madre espléndida. Al menos, lo más espléndida que se puede estar cuando tu marido está en coma. Consiguió que el hospital le cediera la habitación contigua para ducharse y descansar, y no piensa moverse de ahí.

También me enteré de por qué la celda de Marcio tenía un invitado menos: Nora se encargó del guardia que le disparó a Levi. Supongo que los Salvatore llevamos la brutalidad tatuada en el ADN.

Me dirijo a la celda. Todo está preparado exactamente como lo pedí. Atravieso la puerta blindada y el olor a humedad y óxido me da la bienvenida.

Luc está inmovilizado sobre una camilla de acero inoxidable. Marcio, su padre, está sentado en una silla en el centro de la sala, con las muñecas aprisionadas por grilletes conectados a un sistema de poleas en el techo. Ambos siguen bajo los efectos de los sedantes.

Me acerco a la mesa quirúrgica. Desgarro el plástico esterilizado de una jeringa y hundo la aguja en el frasco que contiene el líquido amarillento que encargué especialmente.

Me acerco a la camilla de Luc con paso tranquilo.

Escucho un gemido pastoso salir de su garganta.

Sonrío, clavándole la aguja directamente en la vena del brazo derecho.

Empujo el émbolo.

El líquido desaparece en su torrente sanguíneo. Will me aseguró que este compuesto actúa rápido: paraliza el sistema motor, induce convulsiones y, en cuestión de minutos, colapsa el corazón. Todo mientras el cerebro se mantiene lúcido.

Lanzo la jeringa vacía al suelo. Vuelvo a la mesa, tomo el mando a distancia del sistema de poleas y empuño un látigo de cuero grueso.

Camino hacia Marcio, como si lo supiera, abre los ojos. Parpadea, luchando contra la niebla de los narcóticos. Su mirada desorientada barre la habitación hasta que choca de frente conmigo.

El pánico le deforma el rostro. Empieza a retorcerse contra la silla, tirando inútilmente de las cadenas.

—No —murmura, con la voz rasposa—. No. No, no...

—Sí —le respondo, con una sonrisa.

—No —sisea, sacudiendo la cabeza—. Esto... esto no...

—Ahórrate la sorpresa.

Traga saliva con dificultad y tose, intentando aclarar su mente.

—¿Dónde estoy? —Su voz va ganando volumen y desesperación—. ¡¿Dónde demonios estoy, perra?!

Me inclino hacia él, apoyando el peso en una pierna y cruzando las manos a mi espalda, acariciando el cuero del látigo.

—Estás en mi celda —susurro—. Y es una suerte que hayas despertado a tiempo para el espectáculo.

Sigue el trayecto de mi mirada hacia la camilla donde descansa su hijo. Noto el instante preciso en que el terror verdadero se le incrusta en el alma. Le guiño un ojo.

—No. No, por favor —sus ojos se llenan de lágrimas gruesas. Verlo llorar como un niño no me produce absolutamente nada—. No a Luc, por favor...

—¿Y entonces por qué no fuiste a buscarlo? —Mi voz es baja—. Te envié un puto mensaje. Te envié un dedo de tu propio hijo. Y ni siquiera asomaste la cabeza. ¿Por qué?

Me mira con una mezcla de odio visceral y cobardía.

—¿Qué esperabas que hiciera? —solloza, mostrando los dientes—. ¡No podía arriesgarme! No podía...

—¿Ni siquiera por tu hijo? —Me enderezo, cuadrando los hombros para mirarlo desde la altura—. Supongo que no debería sorprenderme. Hiciste exactamente lo mismo con su gemelo, Kevin. Lo abandonaste a su suerte hace dos años mientras tú huías por las alcantarillas como la maldita rata que eres.

—¡Perra! —brama, tirando de las cadenas hasta que sus muñecas sangran.

—Pensé que la historia con Luc sería diferente —finjo decepción—. Ya sabes, todos tienen un hijo favorito. Pero resulta que tú solo te amas a ti mismo.

—Cállate... —llora—. ¡Cállate!

—Él arriesgó su vida para traerte de vuelta a Chicago. Y cuando las cosas se pusieron feas, lo entregaste.

—¡No! ¡Basta!

Se calla de golpe cuando un ruido grotesco y húmedo rompe el silencio.

Gira la cabeza hacia la camilla. Luc ha empezado a convulsionar. Una espesa espuma blanca le brota de la boca mientras su cuerpo se arquea violentamente contra las correas. Marcio grita.

—¡Luc! —aúlla, luchando contra los grilletes como un animal en el matadero—. ¡Hijo...! ¡Luc!

Yo me quedo inamovible, observando sus ojos. Disfrutando de cómo el alma se le hace trizas mientras presencia la agonía de su hijo.

—¿Por qué no regresaste por él, Marcio? —susurro sobre sus gritos.

—¡Cállate, hija de puta!

Un minuto después, el último espasmo violento sacude el cuerpo de Luc. El silencio cae sobre la habitación con el peso del plomo. Su corazón se ha detenido. Marcio se derrumba. Su barbilla cae sobre su pecho, sollozando sin control, murmurando palabras inconexas entre lágrimas.

—Es una verdadera lástima que haya muerto pensando que jamás fue suficiente para ti —comento, limpiándome una pelusa invisible de la ropa.

Él levanta la cabeza lentamente, con los ojos inyectados en sangre.

—¿Qué...?

—Estaba consciente —confieso, encogiéndome de hombros—. Su cuerpo estaba paralizado, pero su cerebro funcionó a la perfección hasta el último segundo. Te escuchó, Marcio. Te escuchó justificar por qué lo abandonaste.

El color desaparece por completo de su rostro.

—No...

—Podrías haberle mentido para que muriera en paz. Pero no. Dejaste que su último pensamiento fuera la certeza de que su padre es un cobarde que jamás lo quiso.

Levanto el mando y presiono el botón verde.

El motor del techo ruge. Las cadenas se tensan y tiran de las muñecas de Marcio hacia arriba, arrancándolo de la silla con brutalidad. Él grita de dolor mientras sus pies se despegan del suelo, quedando suspendido a centímetros del concreto frío.

—Estás teniendo un déjà vu , ¿cierto? —susurro. Doy un paso al frente.

Él gira la cabeza hacia mí, con el pánico deformando sus facciones. Despliego el látigo, dejando que la punta de cuero negro golpee el suelo con un chasquido sordo.

—No puede ser... —jadea, con los ojos desorbitados—. ¡Estás demente!

—Aún no has visto nada —le prometo, arrastrando las sílabas con puro veneno—. Ahora dime, Silva... ¿te arrepientes de lo que me hiciste hace dos años?

Marcio escupe al suelo, intentando aferrarse a lo último que le queda de orgullo.

—Vete al diablo.

Sonrío.

—Tú ya estás con él.