Capítulo 73 #2
—Eres perfecta —murmuro contra su piel, bajando mis manos por su cintura, acariciando sus curvas con reverencia.
Maddox suelta un gemido suave, un sonido que viaja directo a mi entrepierna.
Sus manos bajan por mi espalda, quitándome la ropa con urgencia, buscando el contacto de piel contra piel que ambos estamos desesperados por sentir.
Me deshago de mi camiseta y de mis pantalones en un abrir y cerrar de ojos, hasta que no queda ninguna barrera entre nosotros.
Vuelvo a ella, besándola con más pasión, dejando que todo mi arrepentimiento, mi devoción y mi amor oscuro se transmitan en cada roce. Cuando mis dedos encuentran su centro húmedo y dispuesto, ella arquea la espalda, jadeando mi nombre en la penumbra.
—Matt... por favor.
—Dame un puto momento —murmuro, con la respiración entrecortada.
Me aparto lo justo para acomodarme entre sus piernas. Tomo una por el tobillo y comienzo a dejar besos ardientes, casi mordiscos, subiendo por su pantorrilla. Ella se retuerce, sorprendida, y deja escapar una risa ahogada que me envía una sacudida eléctrica a mi miembro.
—Mierda, te he extrañado de una forma que es jodidamente inhumana —gruño entre dientes. Paso a su otra pierna, marcando mi territorio, adorando cada centímetro de su piel—. No he deseado nada en mi vida como deseo estar dentro de ti ahora mismo.
Suelto sus piernas y me arrastro hacia arriba, cerniéndome sobre ella como una sombra. Planto mi antebrazo a un lado de su cabeza, acorralándola, encerrándola en mi mundo hasta que nuestros rostros quedan a milímetros. Su aliento agitado choca contra mis labios.
—Estuve cinco años sin tocar a otra mujer, Maddox —le suelto, y las palabras salen cargadas de una intensidad cruda, sofocante.
Sus ojos esmeraldas se abren de par en par en medio de la oscuridad.
—¿Qué? —susurra, sin aliento.
Asiento lentamente, rozando su mejilla con la punta de mi nariz, respirando el aroma de su piel como si fuera mi oxígeno.
—No podría estar con nadie que no fueras tú, tesoro —confieso, desnudando la obsesión que me gobierna—.
Aunque tuviera que arrastrarme y esperarte toda la maldita vida.
Incluso si me hubieras rechazado para siempre, me importaría una mierda.
Solo existo cuando me miras. Solo soy real cuando pronuncias mi nombre o cuando me tocas.
Fuera de ti, no soy nada. No me interesa existir para nadie más.
—Mierda, Matthew... —jadea.
Sus caderas se alzan, rozándose contra mí, arqueándose lista, suplicando que termine con esta tortura. Pero necesito que lo entienda. Necesito que sepa la magnitud de mi condena.
—Pasé cinco putos años viéndote sonreír a otros imbéciles, controlando las ganas de arrancarles la cabeza solo porque se atrevían a mirarte —susurro contra sus labios, sintiendo su pulso errático saltar bajo mi escrutinio—.
Pero ni siquiera esa agonía, ni un solo día de esos cinco años, me dolió tanto como estas últimas días sin ti.
Creí que me iba a morir, Maddox. Me estaba volviendo loco.
Levanto la vista para perderme en sus ojos, que ahora brillan con lágrimas y un fuego que me pertenece solo a mí.
—Así que mañana... —mi voz se quiebra en un susurro—. Mañana vuelve a odiarme si quieres. Pero esta noche... esta noche eres mía.
La miro a los ojos una última vez antes de embestirla.
En esos orbes esmeraldas veo el dolor, el miedo, pero también un deseo tan abrasador que me calcina.
Entro en ella despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo, disfrutando del calor sofocante con el que me envuelve.
Maddox entierra las uñas en mi espalda y suelta un grito ahogado cuando finalmente estoy hundido por completo en su interior.
Me quedo quieto por un instante, apoyando mi frente contra la suya, respirando su mismo aire.
—Mía —susurro, casi sin pensar.
Ella me abraza más fuerte, aferrándose a mis hombros.
—Tuya —jadea, rozando su nariz con la mía.
Comienzo a moverme, lento al principio, marcando un ritmo profundo y reverente que le arranca dulces gemidos.
No es sexo; es hacer el amor en su forma más pura, tierna y desesperada.
Cada embestida es una disculpa, cada beso es un juramento de lealtad.
La habitación se llena con el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el choque suave de nuestros cuerpos.
Llevo sus piernas más arriba, envolviéndolas en mi cintura para poder llegar más profundo, queriendo tocar su alma si es posible. Maddox se deshace debajo de mí, su cuerpo tiembla con cada movimiento, aferrándose a mi espalda como si yo fuera lo único firme en su mundo destrozado.
—Te necesito, Matt —gime, perdiendo por completo el control mientras sus caderas suben para recibirme.
—Me tienes. Me tienes hoy, mañana y siempre —jadeo, acelerando el ritmo cuando siento que sus paredes se contraen rítmicamente a mi alrededor.
El orgasmo nos golpea a ambos al mismo tiempo. Ella grita mi nombre, arqueándose hacia mí mientras se rompe en olas de placer, y yo me derramo en su interior con un gruñido ronco, enterrando mi rostro en su cuello, sintiendo su pulso acelerado latir contra mis labios.
Cuando el fuego finalmente se convierte en brasas, no me aparto. Me dejo caer a su lado y la atraigo de inmediato contra mi pecho. Maddox apoya la cabeza sobre mi corazón, y yo la envuelvo con ambos brazos, besando la cima de su cabeza mientras el sueño y el agotamiento comienzan a vencerla.
Puede que mañana despierte y me odie de nuevo. Puede que mañana me pida que cruce esa puerta y me vaya de su vida. Pero esta noche, le pertenezco en cuerpo y alma, y haré hasta lo imposible para reparar lo que rompí.