Capítulo 73
Matthew
Maddox lleva puesta mi camiseta. Otra vez. Y no lleva nada debajo. O, al menos, eso parece.
Saberlo no debería joderme la cabeza de esta manera, pero es inútil. Mi cuerpo reacciona en el puto segundo en que la veo. Solo ruego que no se haya dado cuenta de lo tenso que estaba cuando prácticamente salí huyendo de ahí.
El agua casi hirviendo me golpea los hombros, buscando arrastrar la tensión por el desagüe.
Pero la resaca de la noche anterior sigue martillándome las sienes.
Cierro los ojos bajo el chorro de la ducha y las imágenes me atropellan: Maddox encarándose con Marcio, Levi tirado sobre un charco de su propia sangre, la mirada helada y vacía de ella al ver a su padre...
Paso las manos por mi pelo mojado. Necesito apagar el cerebro. Mañana será otro día, mañana lidiaremos con los cadáveres y los escombros donde lo dejamos. Pero esta noche... por unas horas, necesito que finjamos que tenemos una vida normal.
Salgo de la ducha, saco ropa limpia de mi bolso y me visto a toda prisa. Intento con todas mis fuerzas ignorar que hace apenas unos minutos ella estuvo aquí, quitándose la ropa. Su maldito perfume se ha mezclado con el vapor del baño y está impregnado en cada molécula de aire que respiro.
Trago saliva.
Contrólate.
Avanzo por el pasillo frotándome el pelo con una toalla. Cuando llego a la sala, la imagen me frena en seco: está instalada en el sofá, con una caja de pizza sobre la mesa de centro y la vista clavada en la pantalla, concentrada buscando algo para ver en la televisión.
—¿Qué quieres ver? —pregunta sin mirarme, me acerco y dejo caer mi cuerpo en el sofá, entonces me mira con una sonrisa— ¿Acción, terror…?
—Lo que quieras —susurro y cierro los ojos dejando caer mi espalda contra el respaldo.
—¿Estás cansado? —murmura y siento sus dedos acariciar mi frente, abro un solo ojo y veo como hace a un lado algunos mechones—. No es necesario que te quedes, Matt. Puedes ir a tu departamento…
Con rapidez tomo su muñeca cuando parece que va a alejarse y la vuelvo a acercar.
—Deja de poner distancia —pido en un susurro.
Maddox está ligeramente inclinada hacia mi cuerpo, la veo desde abajo, su cabello negro aún está húmedo y pequeñas gotas caen en mi ropa. Sus ojos verdes parecen brillar con el contraste de la luz cálida del living, noto como traga saliva y su labio inferior tiembla.
—Yo…
—Siempre creíste que lo que hacía era por obligación, ¿cierto? —separa sus labios pero no dice nada—. Incluso ahora, luego de la conversación que tuvimos hace un par de días tú crees que todo lo que hago por ti es porque debo hacerlo.
—Matthew —dice sin aliento.
Presiono mis dedos alrededor de su muñeca y siento su pulso volverse loco, mis ojos caen a sus labios carnosos y tengo el deseo de devorarlos.
Controlo el impulso animal de obligarla a quedar encima de mi regazo, estoy al borde de la locura, con Maddox siempre fue así: siempre al borde de un abismo que acaba en ella y donde puedo perder mi cordura por completo.
—No hay nada de obligación en esto, preciosa —le digo, mi voz suena ronca, más profunda de lo normal—.
Soy un hijo de puta egoísta, Maddox. Todo lo que hago, cada maldita cosa, es porque estoy enamorado de ti.
Porque la sola idea de que respires lejos de mí me vuelve loco, y saber que tienes que enfrentar esta pesadilla sola me destruye por completo.
Sus ojos se llenan de lágrimas y el escudo que siempre levanta frente al mundo comienza a resquebrajarse bajo la cálida luz de la lámpara.
—Te lastimé —continúo, soltando su muñeca solo para acunar su rostro entre mis manos, rozando sus mejillas húmedas con mis pulgares—. Te rompí, y viviré el resto de mi maldita vida arrastrándome a tus pies si eso es lo que toma conseguir tu perdón. Pero no me pidas que me aleje. No hoy.
—Matthew —dice con la voz estrangulada y los ojos brillantes.
—Tampoco te escondas de mí, tesoro . Deja de usar esa máscara.
Un sollozo ahogado escapa de sus labios.
La máscara de chica dura cae por completo, revelando el dolor crudo y lacerante por lo de su padre.
Se derrumba hacia adelante y mis brazos la envuelven al instante, apretándola contra mi pecho con una necesidad feroz.
Escondo mi rostro en su cuello humedecido, inhalando el aroma de su piel mezclado con el del jabón.
Sus manos se aferran a la tela de mi camiseta como si fuera su único salvavidas en medio de un océano oscuro. Llora en silencio durante lo que parecen horas, y yo me limito a sostenerla, a acariciar su espalda, a ser el ancla que desesperadamente necesita.
La película y la pizza pasan a un segundo plano, en este preciso momento lo único importante para mí es Maddox.
Ella acurrucada entre mis brazos, llorando y dejando que la reconforte.
Así que cierro los ojos y no dejo de besar su cabeza, mis manos acarician su espalda y sus brazos con lentitud, no sé quién de los dos tiembla, pero creo que somos ambos.
De pronto, se separa un poco. Levanta el rostro, con los ojos verdes empañados y brillantes, mirándome con una vulnerabilidad que me roba todo el aliento. Sus dedos tiemblan cuando suben para acariciar mi mandíbula.
—Fantasma —susurra mi apodo y ni siquiera me contengo, busco sus labios con los míos y los acaricio con suavidad primero para después profundizar el beso.
La beso con intensidad y una necesidad que raya la violencia, dura solo unos segundos pero cuando nos separamos su aliento es irregular y yo siento que me quedo sin aire al sentirla lejos—.
Matthew —susurra sobre mis labios, apoya la frente en la mía y mantengo los ojos cerrados—. Abre los ojos.
Niego.
—No sobreviviré si veo el arrepentimiento en tus ojos —admito con el corazón en un puño.
—¿Por qué crees eso? —su voz es un susurro bajo.
—Porque estás enojada y con razón. Y el hecho de que tu padre esté en el hospital y estemos aquí no cambia el hecho de que me equivoqué.
—Matthew…
—No cambia lo que hice y nada lo cambiará. Lo sé —trago saliva y presiono los párpados, si abro los ojos y la veo será como lanzarme por un acantilado—. Estás enojada y me odias, y está bien, lo entiendo. Pero no me pidas que acepte el hecho de que me veas con arrepentimiento por besarme.
—Es cierto —dice y mi corazón se rompe por completo, abro los ojos y ella me sonríe de forma cálida, sus ojos brillan y están un poco rojos por las lágrimas pero ya no llora—.
Tenías razón cuando dijiste que siempre creí que todo lo que hacías por mí era una obligación, una orden que seguías como el gran consigliere que eres —dice esas palabras en un susurro mientras lleva una mano hacia mi cabello y comienza a acariciarlo—.
Y también es verdad que ahora mismo soy un desastre, que sigo enojada contigo y esto… esto no cambiará eso.
Trago saliva y bajo vista, asiento despacio y me sorprende sentir su otra mano pequeña en mi otra mejilla, me obliga a alzar los ojos hacia ella.
—Siempre has tenido razón en muchas cosas, el tiempo lo ha demostrado a la perfección —ladeo la cabeza y dejo que acune mi rostro en su mano—. Al respecto de tu hermano, por ejemplo.
—Maddox…
—Tenías razón en que él no me quería —sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas pero no deja escapar ninguna, su sonrisa se hace más grande—.
Y tenías razón en lo que dijiste aquella vez, pude haberle entregado a él una parte de mí pero al final del día tu siempre serás el que limpia la sangre de mis manos —trago saliva al recordar mis palabras—. Al final del día, siempre fui tuya…
No tengo intenciones de dejarla seguir hablando, la acerco a mis labios y esta vez el beso es profundo e intenso desde el inicio, ella jadea en mi boca y me trago ese ruido, planeo tragarme todo lo que tenga para darme porque es mía.
Aunque me odie. Aunque esté enojada. Es mía.
De la misma forma como yo soy suyo, como siempre lo he sido.
Llevo mi mano a su nuca para profundizar el beso pero coloca ambas manos sobre mi pecho para alejarme, la miro sin comprender y parpadeando. Ella tiene los labios hinchados y una sonrisa triste.
—Matthew, quiero esto…
—Bien —gruño.
—Pero ahora mismo soy un desastre —susurra.
—Eso ya lo dijiste. No me importa. Yo he sido un desastre siempre y soy tuyo…
—Escúchame —me interrumpe y otra vez toma mi rostro con ambas manos—. No quiero que sientas que te estoy usando porque no estamos juntos pero... necesito esto, te necesito —su voz es un susurro roto, cargado de deseo y desesperación.
Siento un latigazo directo al pecho. Mi corazón se oprime con tanta fuerza que casi duele.
—Úsame, Maddox —suplico contra sus labios, rindiéndome a ella en cuerpo y alma—. Úsame por completo, soy tuyo, úsame esta noche, no importa si mañana no me quieres.
No espera ni un segundo más. Se inclina sobre mí y capturo su boca en un beso que sella mi promesa.
No es un beso salvaje ni exigente; es una devoción absoluta.
Es mi forma de decirle que la venero, que es la dueña de cada uno de mis latidos y de toda mi maldita vida.
Ella abre los labios, dejándome entrar, y nuestras lenguas se encuentran en una danza lenta y profunda que nos deja a ambos sin oxígeno.
La levanto en mis brazos sin romper el contacto. Maddox envuelve sus piernas alrededor de mi cadera, aferrándose a mis hombros mientras la llevo por el pasillo hasta su habitación. Con un movimiento suave, la recuesto sobre el colchón.
La penumbra del cuarto apenas nos ilumina, pero no necesito ver para adorarla; me sé su cuerpo de memoria. Me posiciono sobre ella, sosteniendo mi peso con los antebrazos para no aplastarla. Le quito la camiseta que lleva puesta, mi camiseta, deslizándola por su cabeza y arrojándola al suelo.
Su piel desnuda se eriza al contacto con el aire de la habitación, pero me encargo de calentarla de inmediato. Reparto besos húmedos por su cuello, bajando hacia su clavícula, deteniéndome para succionar suavemente el lóbulo de su oreja.