Capítulo 72
Maddox
Intento recordar si alguna vez vi a mi padre en una situación similar, pero la memoria me falla. Jamás vi a Levi Salvatore postrado en una cama, ni siquiera por una maldita gripe.
Y ahora está aquí, conectado a una red de cables por culpa de una bala.
Está en coma.
Y siento que mi corazón se ha hecho pedazos en el suelo de esta habitación de hospital.
Sorbo el tercer café que Matthew me trajo hace rato.
Su mirada está perdida en algún punto de la pared blanca frente a nosotros.
Sé que está tan afectado como yo. No solo porque Levi ha sido su jefe indiscutible, ni siquiera porque ha sido lo más cercano a una figura paterna para él desde hace años.
Sé que el verdadero peso que lo está aplastando es el eco de sus propios fantasmas.
Esto lo arrastra directo a la muerte de sus padres.
«Te odio. Te detesto tanto».
Cierro los ojos con fuerza cuando el eco de mis propias palabras me golpea la nuca.
Intento convencerme de lo que dijo Matthew: que esa no fue nuestra última conversación.
Pero jamás le pedí perdón por escupirle aquello.
Jamás le dije que, por mucho daño que nos hubiéramos hecho, era biológicamente imposible que lo odiara.
Porque es mi padre. Porque me crio, me protegió de los peores monstruos a costa de su propia alma, y porque lo amo con la intensidad torcida que solo una hija criada en este mundo podría albergar.
Y ahora está en coma.
Las posibilidades de que despierte son un lanzamiento de moneda. La idea de que su último aliento pudiera ocurrir bajo el peso de mi mentira hace que me asfixie.
Abro los ojos y me obligo a mirarlo. Lleva una mascarilla de oxígeno; su pecho sube y baja a un ritmo constante y las líneas en el monitor mantienen un pitido hipnótico, pero se ve mortalmente pálido. Demasiado delgado. Frágil. Una palabra que jamás pensé que asociaría con él.
Llevamos doce horas encerrados aquí. Sabía que la recuperación no sería inmediata, pero cada minuto que pasa sin que abra los ojos me empuja un milímetro más hacia el borde del acantilado.
Estoy a punto de decirle algo a Matthew cuando la puerta se abre.
Me sorprende ver a mi madre cruzar el umbral otra vez.
Nora entra con un aspecto desolador: los ojos inyectados en sangre, los párpados hinchados, el maquillaje finamente corrido bajo sus pestañas y el cabello recogido de cualquier manera.
Noto unas tenues manchas rojizas manchando la manga de su blusa blanca.
—Mamá...
—Vayan a descansar —ordena en voz baja. Me mira y esboza una sonrisa cargada de tristeza, para luego dedicarle un leve asentimiento a Matthew. Él le devuelve el gesto, apenas curvando los labios—. Yo me quedaré con tu padre.
—No —me apresuro a decir, levantándome de la silla como un resorte—. No me voy a ir...
—Maddox —su voz se vuelve grave—. Pasaré la noche aquí y cuidaré de mi esposo.
—Arqueo una ceja ante la palabra. Es la segunda vez que la usa hoy y, en realidad, no debería sorprenderme; hasta donde sé, Levi jamás firmó los papeles de divorcio—.
Si ocurre algo, te llamaré de inmediato. Pero tú necesitas descansar.
—No, pero es que yo...
—Y yo necesito estar aquí a solas —confiesa. Las palabras me dejan sin aire. La miro, confundida—. Por favor.
Lo necesita de verdad. Lo veo en la desesperación que le tensa los hombros.
Aprieto los labios y asiento, dedicándole una sonrisa minúscula antes de girarme hacia Matthew.
Él ya se ha levantado y me ofrece su mano.
Entrelazo mis dedos con los suyos, fríos y firmes, pero antes de salir, me giro una última vez para mirar a mi padre.
Mi madre ya está sentada a su lado, acariciándole el cabello.
Abandonamos la habitación. Matthew aprieta mi mano con suavidad y, al mirarlo, me dedica una sonrisa que hace que el nudo en mi garganta se apriete aún más.
Entramos al ascensor, él pulsa el botón del estacionamiento y yo me giro hacia el espejo.
Matthew se coloca justo detrás, descansando su mentón sobre mi cabeza. Hago una mueca al ver mi reflejo.
—Me veo terrible —murmuro, examinando las ojeras oscuras bajo mis ojos.
—Yo te veo preciosa —responde sin dudar. Pongo los ojos en blanco y lo escucho reír bajo—. Lo digo de verdad...
—Ya, claro —le doy un pequeño empujón para apartarme y señalo las raíces de mi cabello—. ¿Ves esto? —Matthew hace una mueca divertida—. Tengo que retocarme las raíces urgentes. No puedo gobernar la ciudad con el pelo así.
Él suelta una carcajada genuina y niega con la cabeza.
—De acuerdo —concede—. ¿Qué más necesita la jefa?
—Dormir. Necesito dormir mil horas.
Matthew asiente, apretando los labios para contener la sonrisa.
—Anotado. ¿Algo más?
—Mmh —finjo pensarlo con dramatismo—. Masajes. Una buena película. Cajas de pizza y litros de helado.
Siento los brazos de Matthew rodear mi cintura desde atrás, atrayéndome hasta pegar mi espalda contra su pecho.
—Tú solo pide y lo tendrás a tus pies.
Me muerdo el interior de la mejilla, y la sonrisa se me borra de golpe. La realidad vuelve a caerme encima como un yunque.
—Esa sería la lista de necesidades de una persona normal —susurro, sintiendo el cansancio hasta en los huesos—. Yo solo necesito que mi padre despierte.
—Hey —me interrumpe, girándome con suavidad para acunar mi rostro—.
Puedes desear todo eso y, al mismo tiempo, querer que Levi abra los ojos.
—Trago saliva y bajo la vista al suelo metálico del ascensor—.
Querer desconectar un par de horas no te convierte en una mala hija, Maddox.
Sé que tu cabeza está intentando convencerte de eso, pero es mentira.
Necesitas respirar. Y si lo que necesitas hoy es pizza y tinte, lo tendrás.
—Matthew...
—Lo tendrás —sentencia con una firmeza absoluta—. Tendrás todo lo que quieras y más. Yo me voy a encargar de ello.
—No tienes que hacer esto —digo, alzando una ceja y conteniendo la risa—. En serio, puedo hacerlo yo sola.
—Deberías dejar de pensar que hago las cosas por obligación, tesoro . Cuando se trata de ti, todo lo que hago es porque me da la puta gana de hacerlo.
◆◆◆
Me muerdo el labio y bajo la vista hacia mis manos entrelazadas, evitando reír.
Matthew está concentrado leyendo el reverso de la caja del tinte, ceñudo, evaluando los productos capilares como si fueran explosivos plásticos.
Le repetí mil veces que no era necesario, pero en el trayecto desde el hospital, aparcó el coche en tres lugares distintos para comprar todo lo de mi supuesta lista.
No me dejó bajar del auto; él se encargó de conseguir cada maldita cosa.
Ahora estamos en mi departamento. La isla de la cocina está invadida por bolsas de farmacia.
Dijo que el plan de acción empezaría por mi cabello y terminaría con nosotros cenando frente al televisor.
Y la verdad es que, a pesar del nudo constante en el estómago, no he dejado de sonreír desde que cruzamos la puerta.
—De acuerdo —dice, dejando la caja a un lado—. Vamos. Asumo que el quirófano para esto es el baño.
Me tiende la mano. La miro con cautela, pero asiento y camino junto a él hacia la habitación principal.
Cuando entramos al baño, Matthew se planta frente al espejo, volcando el contenido de las bolsas sobre el mármol negro.
Observo fascinada cómo se coloca los guantes de látex, mezcla los líquidos en el recipiente de plástico hasta lograr el tono adecuado y empuña la brocha.
—Yo puedo hacerlo —insisto, estirando la mano hacia el bol, pero él me aparta con suavidad.
—Hey. Dije que lo hago yo.
Y lo hace.
Joder. Nada de esto tiene sentido. El consigliere de la mafia me está tiñendo el pelo.
Matthew cepilla mi cabello con una delicadeza abrumadora.
Trato de mantenerme inmóvil en el borde de la bañera, pero es imposible ignorar la intimidad del momento.
La forma en que sus dedos rozan accidentalmente la piel de mi nuca o el lóbulo de mi oreja me envía descargas eléctricas por toda la columna vertebral.
Una vez que termina de seccionar los mechones, comienza a aplicar el tinte directamente sobre las raíces, concentrado y metódico.
Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro al sentir las cerdas de la brocha acariciando mi cuero cabelludo.
—¿Alguna vez habías hecho esto? —pregunto, intentando que mi voz suene casual, aunque sé que estoy fracasando. A través del espejo, lo veo moverse con una sonrisa relajada, casi arrogante.
—Nunca en mi vida.
—Entonces, ¿cómo diablos sabías lo de... seccionar el cabello?
—Está escrito en el manual de instrucciones, Maddox. No es física cuántica.
—Claro —murmuro, removiéndome incómoda sobre la porcelana fría.
—¿Estás bien?
—Por supuesto —miento con descaro.
Lo veo sonreír mientras se muerde el labio inferior, divertido por mi nerviosismo. Repasa con la brocha la línea de mi frente, da unos últimos retoques, deja el recipiente manchado en el lavabo y me recoge el cabello en un moño alto con una pinza de plástico.
—Bien. Operación completada. Ahora debes esperar... media hora, ¿no?
—Así es —él asiente, quitándose los guantes y tirándolos a la basura—. Gracias, de verdad.
—No es nada —se encoge de hombros, apoyando la cadera contra el lavabo de mármol.
Sus ojos chocolate se clavan en los míos. Estoy sentada, con la cabeza embarrada de tinte negro, y de repente me siento más expuesta y vulnerable bajo su mirada que si estuviera desnuda. Bajo la vista. Él se aclara la garganta, rompiendo la tensión asfixiante que se ha instalado entre ambos.
—Iré por la pizza.
Asiento y lo sigo con la mirada mientras abandona el baño. Cuando escucho la puerta de la habitación cerrarse, al fin suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Tomo mi móvil de la encimera y empiezo a revisar la avalancha de notificaciones pendientes.
Lucchese y Penny me han estado bombardeando a mensajes desde la tarde, pero no he tenido la energía para responderles. Abro el chat de mi mejor amiga y tecleo una disculpa rápida por desaparecer del radar; por lo que leo, Harry ya la puso al tanto, lo cual me ahorra explicaciones dolorosas.
Luego, entro al chat de Lucchese para escribirle.
Maddox:
Mi padre sigue en coma.
Mi madre está con él en el hospital
y tenemos guardias asegurando todo el perímetro.
Yo ya estoy en mi departamento.
Su respuesta entra casi de inmediato. Pongo los ojos en blanco al leerla.
Harry:
Bien. ¿Estás sola o con tu novio?
Maddox:
Matthew no es mi novio. Pero sí, estoy con él.
Harry:
Debería serlo. Descansa,. Mañana hablamos.
Suspiro, dejando el móvil boca abajo. Me quito la ropa y entro a la ducha.
Abro el grifo al máximo, dejando que el baño se llene de vapor espeso antes de meterme bajo el agua hirviendo.
Me quedo inmóvil, con los ojos cerrados, esperando que el chorro arrase con el tinte oscuro y con toda la maldita angustia que me oprime el pecho.
Necesito relajarme. Necesito un respiro, aunque sea ilusorio, antes de volver a la realidad.
Aún quedan demasiadas cabezas por cortar.
Después de perder la noción del tiempo bajo el agua caliente, cierro la llave.
Envuelvo una toalla alrededor de mi cabello, bostezo y salgo hacia mi vestidor.
Busco ropa interior limpia y me pongo una de las camisetas negras enormes de Matthew.
Vuelvo al baño frente al espejo; el negro de mi cabello ha quedado impecable.
El consigliere tiene futuro en la peluquería.
Cuando termino, salgo hacia el salón. Justo en ese momento, Matthew aparece desde el pasillo sosteniendo dos cajas humeantes de pizza, haciendo malabares para no tirar las llaves.
Me sonríe, y no puedo evitar reír al ver el caos.
Me acerco rápido para ayudarle y dejar la comida sobre la isla de la cocina.
—¿Qué traes ahí? —pregunto, señalando el bolso negro deportivo que cuelga de su hombro.
—Ropa —contesta con total naturalidad, mientras abre la primera caja de pizza—. A menos que... hayas cambiado de opinión y no quieras que me quede a dormir.
—Claro que quiero.
—Gracias a Dios —murmura, fingiendo alivio. Suelto una carcajada—. Entonces, creo que debería darme una ducha y quitarme el olor a hospital...
—Claro. Puedes usar mi baño —me encojo de hombros, esforzándome por fingir indiferencia.
Como si la simple imagen mental de Matthew metiéndose desnudo en mi ducha no me acelerara el pulso. Pero lo hace. Joder si lo hace.
Él me dedica una sonrisa que deja claro que sabe exactamente lo que estoy pensando, y se da la vuelta hacia el pasillo de las habitaciones.
—Mierda —murmuro para mí misma, agarrando una porción de pizza.